Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 47. Violet
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Capítulo 47. Violet

Violet

La siguiente vez que me despierto estoy en Estados Unidos. Lo sé porque veo escrito el nombre del hospital en el puesto de las enfermeras. Es un hospital militar, uno de los mejores del país.

En esta ocasión, veo a mi madre y a mi hermana esperando a que me despierte.

Mi madre está sentada en una silla, con la parte superior del cuerpo apoyada sobre mis piernas.

Su cabello negro con mechones blancos descansa sobre mis espinillas como una almohada.

Sus manos venosas rodean mi tobillo vendado de forma protectora.

Dulce. Tranquilo. Reconfortante.

Echaba de menos que mi madre me tocara sin molestarme. Miro a mi derecha y veo a mi hermana. Está durmiendo en el sofá, tapada con una manta blanca del hospital. Su rostro apunta en mi dirección, como si se hubiera quedado dormida mirándome.

Están aquí.

Han venido.

Una pequeña sonrisa se dibuja en mis labios cuando estiro la espalda y acomodo la cabeza en la almohada. Cuando una silueta aparece detrás de las puertas de cristal, el dolor me golpea. Frunzo el ceño al ver al hijo de Kade.

Adam permanece junto a la puerta con los brazos a los lados. Levanta una mano y me saluda lentamente. Su sonrisa no oculta la tristeza que siente. Es la clase de dolor que siente un hijo que ha perdido a su padre. Se me cae una lágrima y aprieto las sábanas.

—¿Mija? —Mi madre se despierta con los brazos temblorosos. Me da un apretón suave en la pierna y se levanta de la cama. No la había oído llamarme así desde hace tiempo. Se me hace raro, ajeno, pero no tengo fuerzas para discutir con ella ahora mismo.

—Violet. —Mi hermana bosteza mi nombre y estira los brazos por encima de la cabeza. Cuando se le queda el ombligo al aire, se baja rápidamente la camiseta negra con letras blancas y amarillentas que dice: «Mi hermana es soldado».

Se sienta y me observa con cautela, como si fuera a morderla.

—Nos dijeron que te pusiste como una fiera la primera vez que te despertaste —comenta Isabella sin dejar de balancear las piernas hacia delante y atrás.

¿Es esta su forma de romper el hielo? No me apetece hablar. Solo están aquí porque son mis contactos de emergencia y para restregarme un «te lo dije» en la cara.

—¿Qué hacéis aquí? —les pregunto. Me siento y cruzo los brazos llenos de moratones sobre el pecho.

Los tengo cubiertos de costras de color granate causadas por el accidente y por rodar montaña abajo—.

¿Habéis venido para echarme en cara que me lo advertisteis?

¿Vais a decirme que sabíais que esto pasaría y a hundirme más de lo que ya lo estoy?

¿A hacerme sentir menos de lo que soy? Porque si es así, no perdáis el tiempo. Podéis largaros.

—¿Qué estás diciendo, Violet? Estamos aquí porque eres mi pequeña. Casi te perdemos. El único lugar en el que debo estar ahora mismo es este —responde mi madre. Se pone de pie e intenta abrazarme; sin embargo, la detengo con la palma de la mano.

—Eres mi hermana. Sangre de mi sangre. No puedes deshacerte de mí —añade Isabella.

—Lo siento, mija . Lo siento muchísimo. Sé que no merezco tu perdón, pero quizá algún día entiendas lo que es perder a quien te mantenía entera.

Durante todo este tiempo, me he sentido rota y dolida.

Sé que no es excusa y que no justifica que te alejara y tratara como lo hice.

Pero ahora me tienes aquí y nunca te voy a dejar sola.

No puedo perderte como perdí a tu padre.

No puedo... —Se rompe—. Ningún padre debería enterrar a su bebé.

No puedo ni imaginarme lo que habrás tenido que vivir ahí fuera.

Estoy aquí para decirte que no tienes que pasar por este proceso de sanación tú sola.

Estamos aquí y nos quedaremos aquí por y para siempre.

Un sentimiento frío, vacío e inquietante se abre paso a través de mi alma al recordar a Booker y a Kade. La forma en la que Shane se vino abajo y suplicó volver a casa para ver a su madre y a sus hermanas. ¿Qué pasa con sus padres? ¿Y con los de Kade? ¿Qué se supone que les voy a decir?

No me quedan fuerzas para ceder, siento como si el sol se filtrara dentro de mí, quemándome viva.

No es justo. ¿Cómo voy a encontrar una salida?

Ahora mismo, me siento muy culpable. Siento que yo también debería estar muerta.

No es justo que yo esté aquí, en casa, rodeada de mi familia, y ellos no.

Los tres luchamos todo lo que pudimos para sobrevivir.

Bajo la mirada a mi pulsera del hospital.

—¿De verdad están muertos? ¿Mis instructores están muertos? ¿Kade y Shane se han ido? —Exhalo e intento controlar el llanto, aunque no lo consigo.

Isabella salta del sofá y se acerca a mi madre y a mí.

Se aferra a la barandilla de la cama después de apartar el suero.

Apoya sus manos con delicadeza sobre mi hombro.

No se me pasa por alto el miedo en sus ojos marrones, su respiración superficial y sus movimientos cuidadosos. .. Le preocupa que vuelva a romperme.

—Sí —responde en voz baja.

Mis pulsaciones se aceleran mientras digiero la respuesta. Me parte en dos hasta que suelto un grito y me tiro del pelo.

—Mamá, ¿dónde están? Necesito verlos —suplico. Me castañean los dientes.

—Ahora mismo están contactando a sus familiares. Todavía no se ha hecho pública la información.

Ahueco las mejillas mientras mi madre y mi hermana me acarician la espalda en círculos. Tomo aire una y otra vez, pero no sirve de nada. La soldado dentro de mí quiere prenderle fuego al mundo para poder morir en él. Quiero bajarme de esta cama y acabar con mi vida.

—¿Por qué? ¡¿Por qué?! —grito.

Entierro la cara entre las manos y sollozo, sin dejar de pensar en ellos. Tenían un propósito. Si muero, estaré tirando por la borda todo lo que sacrificaron.

Me repito una y otra vez las palabras que Kade me dijo antes de perderlo.

«¡Vete! Enamórate una y otra vez. Cásate, ten muchos hijos preciosos, vive tu vida...».

Él sabía que su tiempo había llegado a su fin. Por cómo lo dijo, lo había aceptado. ¿Cómo pretende que haga todo eso si él ya no está? La única forma que tenía de alcanzar mis sueños era con él a mi lado.

Me llevo una mano al vientre y agarro la bata del hospital. Quiero llevar dentro a su bebé, no al de otro hombre.

—¿Quieres que nos vayamos? —pregunta Isabella.

Suelto una bocanada de aire, como haría con un cigarro. Abro los ojos doloridos y me encuentro con los suyos, enrojecidos e hinchados. Abrazo el dolor que se abalanza dentro de mí y niego con la cabeza.

He perdido a mi soldado.

¿Es por esto por lo que la abuela me advirtió de que me mantuviera alejada de esta vida?

—Abuelita. ¿Cómo está la abuela? Mamá, perdí el osito que me envió. Joder —chillo, entrando en pánico—. Lo llevaba conmigo en el helicóptero, pero lo perdí cuando nos estrellamos. ¿Cómo se encuentra? ¿Está bien?

—Violet, sigue viva. Podemos entrar en detalles más tarde. En este momento, no es necesario que hablemos de nada más. Quiero mirar a mi hija pequeña y decirle lo mucho que la quiero —solloza sin dejar de acariciarme el pelo—. Y que estoy orgullosa de ella.

Lloro con ella en silencio. Ya había enterrado la esperanza de ganarme la aceptación de mi madre hace mucho tiempo. Sin embargo, esta frase revive nuestra relación tormentosa de entre las cenizas.

—Papá estaría orgulloso de ti.

Ahí viene. La tormenta familiar regresa y se arremolina alrededor de mi corazón. Me acurruco entre sus brazos y dejo que el dolor me invada. En esta habitación de hospital, mi madre y mi hermana me abrazan con fuerza.

Se me vienen Kade, Booker y Castle a la cabeza. Sus sonrisas preciosas y llenas de vida se vuelven oscuras y ensangrentadas. Aprieto las sábanas, cierro los ojos y el pecho se me contrae. Unos temblores apagados me sacuden el cuerpo porque he llegado a mi límite, a mi final.

—Ahora entiendo cómo te sientes, mamá —sollozo contra su hombro.

—¿A qué te refieres?

—Lo amaba —confieso—. Lo amaba con toda mi alma y ahora se ha ido.

—¿A quién, mija ?

No puedo contestarle. Mi madre perdió al amor de su vida y yo... también.

Mientras me derrumbo, renuncio a mi apodo: la Soldado Inquebrantable.