Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 46. Violet
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Capítulo 46. Violet

Violet

Negro.

Veo todo negro.

Siento todo negro.

Una presión en el pecho me impide respirar. El sonido de un pulsómetro suena con intensidad a mi derecha y escucho el leve murmullo de unas conversaciones apagadas y distantes. El ambiente que me rodea es frío y oscuro. Debo de estar en un hospital o, al menos, en una clínica.

Pero ¿por qué estoy aquí? No me acuerdo de nada.

¿Por qué no puedo moverme ni gritar?

«Cariño, nunca se nos acabará el tiempo».

Esa voz adictiva, celestial y profunda se estrella contra mi alma sin piedad, provocándome un dolor desgarrador en el pecho. El corazón me da un vuelco cuando mi último recuerdo con el hombre al que amo me azota sin compasión.

La realidad me golpea.

Kade me empujó por el precipicio.

Me arrastré cojeando hasta que las Fuerzas de Reacción Rápida me recogieron. En cuanto me subieron al Black Hawk, me desplomé por la deshidratación y el agotamiento, sin parar de murmurar el nombre de Kade una y otra vez.

—Booker y O’Connell murieron en combate. Ella es la única superviviente. No sabemos exactamente qué fue lo que pasó, pero estamos esperando a que despierte y pueda darnos su versión. Todo esto es un desastre. —No reconozco esa voz, pero necesito que se callen.

No.

No.

¡No!

¡Por favor, esto tiene que ser una puta pesadilla!

—Le han subido las pulsaciones. ¡Está despierta! —exclama una voz femenina, desconocida y alegre.

—Soy yo, Violet. Estoy aquí.

Adam.

Con el corazón hecho pedazos, abro los ojos de golpe.

Una enfermera y un médico están en la habitación y Adam permanece a mi lado con unas ojeras muy marcadas bajo los ojos marrones.

Lo observo lentamente, intentando procesar todo lo que me rodea.

Lleva una camiseta de botones y unos vaqueros.

Todos me miran con los hombros tensos y la boca entreabierta.

Si Adam está aquí..., eso significa que me encuentro en Alemania.

—¿Violet? ¿Sabes dónde estás? —La enfermera da un paso vacilante, manteniendo su mirada seria y compasiva clavada en mí. Sostiene un dispositivo electrónico rectangular contra su pecho y aguarda con paciencia.

Todo esto es demasiado. No puedo pensar con claridad. Me limito a dejarme llevar por el dolor que invade mi cuerpo y mi mente. Booker está muerto.

¿Y Kade?

El corazón me late a toda velocidad, se me llenan los ojos de lágrimas y respiro de forma agitada y descontrolada. El aire frío me abrasa la garganta cuando intento estabilizar mis emociones.

—Violet. Estás viva. Tranquila. Intenta mantener la calma. —Adam se acerca en una silla giratoria. Me acaricia la pierna con la palma de la mano, dibujando círculos. Me aparto de un salto y le pego un manotazo con fuerza.

—¿Dónde está Booker? ¿Y Kade? —le pregunto al equipo médico.

En la sala entran varios hombres de uniforme.

Solo reconozco a uno de los cuatro soldados que permanecen quietos con expresión rota.

Slater. Sus ojos color avellana se encuentran con los míos y, por primera vez desde que lo conocí, siento una conexión con él al compartir su dolor, que coincide con el mío a la perfección.

—Mariposa. No te preocupes por eso ahora. Por favor, cuéntanos lo que ocurrió ahí fuera, nos sería de gran ayuda y... —empieza a decir un teniente general, aunque otro soldado lo interrumpe.

—El sargento Shane Booker ha muerto. —Slater da un paso al frente con los brazos tensos a ambos lados—. Y suponemos que Kade O’Connell también. Se han encontrado pruebas, pero no hemos podido recuperar su cuerpo.

Su voz grave se rompe y una lágrima le resbala por la mejilla. Todos, excepto Adam y Slater, permanecen con una expresión fría y vacía.

¿Cómo coño no se están desmoronando? Acaba de decirme que hemos perdido a dos de los mejores hombres y soldados que he conocido. Mi mundo se está viniendo tan abajo que estoy en el mismísimo infierno.

Abro la boca y grito con furia, revolviéndome y golpeando la cabeza contra la almohada. Intento arrancarme la vía.

—¡No! ¡Envíame de vuelta, Slater! ¡Puedo encontrar su cuerpo! ¡Sé dónde está! ¡Por favor! Se sacrificó por mí. ¡Dejadme ir a luchar!

Más enfermeras entran corriendo. Se abren paso entre los soldados y me rodean. Adam se levanta de la silla y se aleja tapándose la boca con una mano. Me da la espalda, sin parar de llorar.

—¡No he acabado! A Booker... le pegaron un tiro en la cabeza. Había muchísima sangre.

Las enfermeras invaden mi espacio personal cuando intento ponerme de pie. ¡Nada ni nadie me impedirá intentar recuperar su cuerpo! No puede estar muerto. Me niego a creerlo.

Mi puño impacta contra la mejilla de la enfermera más cercana.

Ella cae en los brazos del médico con un jadeo.

Miro a la siguiente, preparada para pelearme con cualquiera que se interponga en mi camino, pero Slater viene directo hacia mí.

Se abalanza sobre mi cuerpo y me aplasta hasta dejarme casi sin aire.

Me inmoviliza con la mayor delicadeza posible, aunque sin ceder.

Me sujeta por los bíceps con ambas manos, me retiene y protege a las enfermeras con su enorme cuerpo.

No dice nada mientras intento sacármelo de encima. Recibe cada golpe y cada patada sin protestar. Apoya el mentón sobre mi cabeza y me respira al oído; su cuerpo se estremece con cada uno de mis golpes.

—Sedadla. Ponedle diazepam —ordena el médico.

Abro los ojos de par en par.

—¡No, por favor! ¡Parad! No... —Slater me obliga a mirar hacia otro lado para que no vea cómo me inyectan el sedante. Clavo la vista en la pared blanca; él no me suelta. Un segundo más tarde, mi respiración se calma y empiezo a ver todo negro.

—Kade y Shane están muertos, Isla. Lo siento —me susurra al oído con tristeza.

Intento negar con la cabeza, no puedo.

—Por favor. Por favor... no —murmuro, incapaz de mover los brazos y las piernas. Todo se sume en el silencio. El dolor físico desaparece, como si nunca hubiera existido. Ya no siento el peso del cuerpo de Slater y las paredes blancas desaparecen—. N-no... —balbuceo débilmente—. Kade...

Cierro los ojos y busco al único hombre que me robó el corazón y se lo llevó consigo, dejándome destrozada para el resto de mi vida.

Lo último que siento antes de que las mantas de obsidiana me consuman es cómo se eleva la comisura de mis labios con una sensación de consuelo.

Ya lo veo. Su enorme cuerpo vestido con una camisa negra y unos vaqueros azules.

La misma ropa que llevaba aquella noche en The Drunken Shell cuando bailé la canción de Maná.

Lo veo donde me besó por primera vez, permitiéndome saborear el paraíso mientras las olas rompían a su espalda.

Si el único lugar donde puedo verlo es en mis sueños, entonces moriría feliz por poder pasar una sola fracción de segundo con el hombre que me cambió para siempre.