Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 43. Violet
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Capítulo 43. Violet

Violet

¿Estoy muerta?

No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. La memoria me falla.

Veo todo negro. No siento el cuerpo, lo que solo puede significar que la muerte me ha alcanzado.

.., ¿no? Pero, entonces, el lejano sonido del motor del helicóptero regresa a mis oídos como una pesadilla amortiguada.

Los recuerdos de cómo he acabado en esta situación se arrastran dentro de mí y contradicen mis pensamientos iniciales.

No es un sueño. Es mi cruda realidad.

La adrenalina me corre por las venas y abro los ojos de golpe.

Estoy tumbada boca arriba, respirando de forma agitada e intentando recuperar el aliento.

Me tiemblan los dedos cuando intento tocar las briznas de hierba del suelo.

Parpadeo varias veces para ahuyentar la oscuridad y clavo la vista en el cielo.

Tengo la visión borrosa y solo veo estrellitas.

Esto no pinta bien.

El pánico hace que tome conciencia de cómo he llegado aquí. Me tumbo de lado y un líquido caliente me cae sobre los ojos. Reacciono de inmediato e inspecciono con el dedo índice lo que me está nublando la vista. Toco lo que espero que sea sudor, pero veo la yema teñida de rojo cuando la aparto.

Estoy sangrando.

Inclino la cabeza hacia un lado y, por fin, el entumecimiento desaparece y es reemplazado por un dolor insoportable.

Gimo cuando una punzada afilada me atraviesa el tobillo al intentar doblar la rodilla.

Suelto un grito seguido de quejidos ahogados.

En cuanto me golpea la agonía, dejo caer el pie y el dolor se vuelve más tolerable.

—¡Mariposa!

La voz de mi superior resuena en mis oídos. Lo oigo cerca, pero a la vez muy lejos.

«¿Dónde estamos?».

—¡Mariposa! ¿Dónde estás?

Su tono me provoca ese ardor familiar en el pecho y me muero de ganas de verlo. ¿Se encontrará bien?

—Bestia —intento gritar, no obstante, su nombre en clave apenas sale de mis labios como un susurro débil y seco.

Me aclaro la garganta y lo intento de nuevo—.

¡Bestia! ¡E-estoy aquí! —Levanto la mano, esperando que eso lo ayude a localizarme.

Espero unos segundos, ansiando escuchar de nuevo su voz grave y preocupada, pero no responde.

Con las palmas a ambos lados de las caderas, me incorporo hasta sentarme.

Tengo que levantarme... seguimos en plena lucha.

Aprieto los dientes mientras la sangre me gotea de la barbilla y cae sobre mis pantalones de camuflaje.

Encuentro un árbol alto a apenas unos metros.

Me arrastro hasta llegar al tronco. El corazón me da un vuelco cuando unas espantosas imágenes se me graban en la mente.

Hay cuerpos ardiendo entre los restos del helicóptero.

Muchos de mis compañeros están envueltos en llamas de pies a cabeza.

La bilis me sube por la garganta y me entran ganas de vomitar.

Me trago las náuseas y cierro los ojos. Se me hiela la sangre y la fuerza que había reunido se desvanece.

—¡Te veo! ¡No te muevas! —Sus pasos se vuelven más fuertes y sé que está cerca. Mis labios secos se curvan en una pequeña sonrisa al saber que ambos estamos vivos.

—Al menos tú puedes caminar —bromeo con los ojos cerrados. La oscuridad tira de mí y me arrastra hacia las sombras. Lucho contra ella todo lo que puedo, aunque es inútil. Frunzo el ceño e intento abrir los ojos de nuevo, pero fracaso.

Odio fracasar.

—No hables, tú encárgate de mantenerte despierta —me ordena. Siento su mano en mi tobillo y suelto un quejido, pero ya no soy capaz de abrir los ojos. La adrenalina se ha desvanecido.

—Creo que somos parte del bando de los afortunados..., no estamos muertos —le digo con un hilo de esperanza en la voz. A pesar de la terrible situación que estamos viviendo, tiene que significar algo que sigamos aquí. Todo saldrá bien.

—Kade, ¿eres tú?

Oigo la voz ahogada de Booker por encima del crepitar del fuego.

—Joder, ¿de verdad nos la hemos pegado? ¿Estoy vivo o estoy hablando con un fantasma? —Sus pasos se oyen cada vez más cerca, pero no puedo mirarlo. Cada segundo que pasa me siento más mareada.

Dios, necesito que deje de darme vueltas todo. ¡Tengo que levantarme y ayudar a los demás! Pero no puedo. Cada vez que intento abrir los ojos, me pongo peor.

—Te prometo que me levantaré, solo necesito un par de segundos —murmuro.

—Y una mierda. Quédate quieta —gruñe Kade.

El sonido de unos pasos pesados se detiene junto a mi cabeza.

—¿Está...? —Oigo a Booker tragar saliva.

—Está viva, pero se ha dado un buen golpe en la cabeza, puede que tenga un traumatismo. Se ha jodido el tobillo.

—Mierda... —dice Booker antes de toser con fuerza—. ¿Y tú? ¿Estás herido?

El sonido de Kade palpándose el cuerpo me hace abrir ligeramente los ojos.

—Creo que me he roto la muñeca izquierda, pero mientras no sea mi mano buena, me la suda. Eso sí, me he dislocado el hombro. Necesito que me lo vuelvas a colocar.

Entorno los ojos. Su brazo cubierto de calaveras y serpientes cuelga a su lado como si no tuviera ningún control sobre él.

Tiene el uniforme roto por varios sitios: en el abdomen, los brazos y las piernas.

Alcanzo a ver una quemadura de tercer grado bastante profunda en su tríceps.

La sangre se ha secado en su nariz y ha dejado pequeñas gotas carmesíes por todo su pecho.

Booker es el que mejor aspecto tiene de los tres. Es un milagro que sigamos vivos.

Booker me rodea cuando ambos se ponen de pie.

Kade deja que lo agarre por la espalda y el brazo y me mira con expresión seria.

Le palpita la vena del cuello mientras se prepara mentalmente para la agonía.

Permanece impasible, con los pies plantados en el suelo y los muslos tensos bajo los pantalones.

—¿Preparado? Joder, se me había olvidado lo fuerte que estás, cabrón —resopla Booker, que refuerza su agarre alrededor de los enormes músculos de Kade.

—Hazlo de una puta vez —ruge.

Da un tirón rápido y se produce un fuerte chasquido. Sin vacilar, la maniobra obliga a Kade a soltar un suspiro. Aprieta la mandíbula y gruñe entre dientes.

—Perfecto, ya puedo moverlo. —Se aclara la garganta y gira el brazo hacia delante y hacia atrás.

Si siente dolor, lo enmascara bajo una expresión fría y pétrea.

Se arrodilla a mi lado y nuestra cercanía hace que el corazón me dé un vuelco.

Dios, lo amo. Amo a este hombre y él lo ha mandado todo a la mierda. En fin, ese dolor tendrá que esperar.

Me toma del rostro con las dos manos.

Está preocupado por mí, pero necesito que crea que estoy bien, aunque no esté del todo segura. La misión sigue en pie. No puede quedarse aquí y lo sabe.

—Enseguida vuelvo. Tenemos que...

—Vete. No te preocupes por mí. Me quedaré aquí sin moverme.

Este árbol y yo vamos a ser mejores amigos.

—Doy palmaditas contra la corteza y él sonríe.

Me obligo a bromear para calmar el ambiente.

Me encanta cuando sonríe—. Además, no quiero potarte encima y estoy bastante segura de que no tardaré mucho en hacerlo.

Aunque por lo que parece, ya se me ha adelantado alguien, sargento maestro.

Tenéis que ir a comprobar si los demás siguen con vida.

Yo estoy bien. De puta madre. ¡Marchaos!

—Señalo sin fuerza los restos del helicóptero.

—Cómo no, siempre preparada para dar órdenes en lugar de acatarlas —se burla Kade, y Booker deja escapar una risa apagada.

—Tienes toda la razón —añade este último con un leve temblor en la barbilla.

Se aleja cojeando y lo vemos desaparecer en dirección al lugar del accidente detrás de la espesa maleza.

Kade vuelve a mirarme y se detiene. Clava su hermosa mirada en el corte profundo que me recorre la sien. Después, se inclina hacia mí.

—Estoy bien, de verdad. No es más que un rasguño.

Él sacude la cabeza y sonríe. Se pasa la lengua por los caninos afilados.

—Bien. —Me da un beso rápido. El roce de sus labios me envía una corriente eléctrica directa al corazón. No recuerdo nuestra discusión antes del golpe, nada de eso importa ya. El estado de nuestra relación no importa.

—Estás sonriendo. —Extiendo la mano para acariciarle la barba, pero él me la baja al suelo antes de que pueda hacerlo.

—Estás viva —responde.

Acto seguido, se levanta y corre en dirección a los restos del Chinook.

Me miro el tobillo; la sangre sigue manando de la herida. Quizá no es tan grave como pensaba. Quizá puedo ayudarlos. Odio sentir que estoy fuera de combate. Ellos me necesitan.

Sin embargo, cuando lo muevo, un dolor agonizante me atraviesa y me ciega.

Pierdo la fuerza en las piernas cuando vomito en la tierra toda la bilis y.

.. sangre. Se me revuelve el estómago y un ardor me sube desde el abdomen hasta la garganta.

Con la cabeza martilleándome, cierro los ojos; las estrellas me acompañan en la oscuridad y parpadean a medida que mi visión se oscurece.

Mierda. Esta no puede ser buena señal.

Pierdo el conocimiento.

—¡Papá! ¡Por favor, ayúdame! ¡Papá!

Vuelvo a encontrarme en medio del agua helada, forcejeando y suplicando por conseguir algo de aire. El agua está tan fría que me quema la nariz, los pulmones y la garganta.

— ¡Mija! ¡Violet! —Sus gritos desesperados apenas se oyen con la corriente. El cuerpo de mi padre está completamente borroso y dejo de verlo cuando las olas azul oscuro me golpean una y otra vez.

No pensé que la corriente sería tan fuerte. La subestimé y ahora estoy pagando las consecuencias. Cada vez que intento salir a la superficie, el agua me traga de nuevo.

Intento aguantar la respiración, pero me arden los pulmones. El sonido del agua ahoga mis gritos y mis súplicas mientras lucho por mi vida. Mi espalda choca con una roca afilada y la corriente me arrastra sin piedad en todas las direcciones.

Todo pasa tan rápido que las sombras se abalanzan sobre mí. Se me acaba la energía. Todo a mi alrededor se queda en silencio. Puedo sentir cómo me hundo cada vez más y acepto la derrota contra mi voluntad. Mi corazón se ralentiza cuando intento pedir ayuda de nuevo, pero no logro abrir la boca.

Lo siguiente que siento antes de perder la esperanza por completo son unos brazos alrededor de mi cintura.

Papá.

El sonido del fuego me despierta de golpe.

Seguimos en el lugar del accidente; Bestia y Caos continúan buscando más supervivientes.

Por desgracia, los restos del helicóptero estaban esparcidos entre veinte cuerpos mutilados.

Estoy segura de que estas imágenes me atormentarán el resto de mi vida.

Ver a nuestro equipo, los hombres más fuertes, respetados y brillantes que tuve el privilegio de conocer, desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. ..

Sus familias nunca volverán a verlos: sus esposas, hijos... Algo dentro de mí se rompe y dudo que vaya a arreglarse alguna vez.

Parpadeo débilmente al ver a Kade transformarse en el instructor que siempre me intimidó.

Es fuerte, serio y frío como el hielo cuando tiene que serlo.

Aunque acabemos de sobrevivir a un accidente de helicóptero, no puedo venirme abajo.

No ahora, no cuando el enemigo podría estar cerca, quizá a la vuelta de la esquina, preparado para rastrear la zona y buscarnos.

Tenemos que movernos más rápido.

—¡Han abierto fuego en el cielo! Hace apenas unos instantes estábamos ahí arriba y ahora todos nuestros amigos están muertos, hermano. ¡Estamos jodidos! Mi chica me está esperando en casa y puede que nunca vuelva a verla. Mi madre, mis hermanas. Joder...

Kade se abalanza sobre él, lo agarra del chaleco y lo sacude con fuerza. Se le ensanchan las fosas nasales cuando lo mira directamente a los ojos.

—Caos. Relájate. De. Una. Puta. Vez. Bajaremos la montaña y todo saldrá de puta madre. Te reunirás con tu chica. Pero, ahora mismo, te necesito. ¿Entendido? No puedo cargar con los dos. Tienes dos piernas funcionales, así que úsalas.

Parpadeo débilmente y observo cómo Booker pasa de entrar en pánico a relajarse. Asiente y aprieta la mandíbula. El sudor le cae por el rostro sucio y cubierto de hollín. Todos tenemos el mismo aspecto.

Kade es el soldado y el hombre más fuerte que he conocido. Su capacidad de sacar a relucir nuestra fortaleza es increíble.

—Entendido, sargento maestro.

—Solo tengo mi cuchillo. Tenemos que movernos.

El enemigo sabe que estamos aquí —dice Kade.

Me levanta con sus fuertes brazos y me acurruco contra él todo lo que puedo para facilitarle cargar con mi peso muerto.

Aunque estamos en medio del bosque, rodeados de humo, su aroma cálido me envuelve y calma mis nervios.

—¿Adónde vamos? —escupe Booker, nervioso.

—¿Cuál es el plan, sargento maestro? —logro decir con los labios secos, sin abrir los ojos.

—Te he dicho que no hables. Reserva tu energía, soldado —gruñe.

Booker carraspea.

—¿Qué quieres hacer, O’Connell?

—Caminaremos hasta la base de operaciones avanzada más cercana. Es nuestra única opción. Seguro que nos están buscando. Puede que nos encuentren por el camino.

Se hace el silencio y mis dos superiores se miran como bestias preparadas para luchar a muerte.

En lugar de dirigir su rabia contra el otro, la aprovechan para apoyarse mutuamente.

La forma en la que Booker se relaja y sus lágrimas desaparecen me dice que Kade conoce a su mejor amigo como la palma de su mano.

Kade es así, siempre sabe qué decir y cuándo decirlo para subirle el ánimo a alguien y que la misión no se vaya al traste.

Un zumbido letal me roza la oreja y me abrasa la piel del pómulo. Mi primer instinto es gritar, pero Kade me silencia al aplastarme contra su pecho para protegerme. Sus fuertes músculos me envuelven con firmeza.

Me han disparado en la cara.

—¡Nos están disparando, tenemos que movernos! —estalla Kade.