Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 42. Violet
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Capítulo 42. Violet

Violet

Encontramos a El Cirujano. Todos estamos equipados, preparados para la misión, a la espera de que llegue el Chinook.

La adrenalina me corre por las venas y lucho por mantener a raya el miedo que amenaza con colarse dentro de mí.

En su lugar, lo usaré como motivación para contratacar con más fuerza, tal y como Kade me enseñó.

Estoy sentada junto a Slater cuando Booker vuelve a exponer el plan.

Kade no estaba en mi habitación cuando me desperté esta mañana y tampoco está aquí ahora. ¿Dónde se ha metido? Se marchó en mitad de la noche, algo que ya ha hecho en otras ocasiones, pero faltar al trabajo... eso sí que no es habitual en él. Estoy preocupada.

Yo: Dónde estás?

Espero. Pasan los minutos y no recibo ninguna respuesta.

De pronto, el sonido de la hélice del helicóptero al cortar el aire me obliga a bloquear el móvil y guardarlo en mi taquilla.

—El pájaro está aquí. ¡Moveos! —grita Booker al señalar en dirección a la puerta. En cuanto salgo, veo una figura enorme y familiar. Kade está fumando y observando cómo aterriza el Chinook.

Ha estado fuera todo este tiempo.

Da una última calada y tira el cigarro al suelo. Lo pisa dos veces con la bota y se pone el pasamontañas.

Todos pasan corriendo a su lado mientras él juguetea con su cuchillo unos segundos antes de guardarlo en su equipo. Avanzo hasta alcanzarlo y también me pongo el pasamontañas.

—¿Kade?

No me mira. Mantiene la vista clavada en los soldados que permanecen delante de mí.

—Es sargento maestro —me corrige con un tono frío y distante. Al principio no le doy importancia. Hago todo lo posible para no dejar que me afecte.

—¿Dónde te habías metido?

—No es de tu puta incumbencia —escupe, y yo retrocedo.

Jesús. Nunca lo había visto así de cabreado.

—Guau. ¿Qué te pasa? —Doy un paso hacia delante y me pongo de puntillas. Necesito que me mire, pero no lo hace. Entrecierra los ojos de forma intimidante. Es la primera vez que veo a Kade irradiar pura rabia.

—Me mentiste. Se te da de puta madre hacer sentir especial a alguien para luego arrancarle el corazón de cuajo.

¿Qué coño dice? Trago saliva con dificultad. Hacerle daño a Kade es lo que menos quiero. Ni me lo plantearía.

—¿De qué estás hablando, Kade?

—Le contaste a Karen lo nuestro. Le restregaste en la cara nuestra relación para cabrearla. Me dijo que me estás utilizando para prosperar en tu carrera.

¿De dónde se ha sacado todo eso?

—¡No es verdad!

—¡Mentirosa! —gruñe—. Seré muchas cosas: un capullo, una mierda de persona... pero no soy mentiroso, y creía que tú tampoco —me suelta, cada palabra más rápida que la anterior.

Un sentimiento de inquietud me recorre la nuca y aprieto los labios. Siento el cuerpo pesado ante sus acusaciones, que me caen como un jarro de agua fría.

—Kade, por favor. Créeme. No te estoy utilizando —digo, sin levantar la voz.

—Conozco a Karen desde hace años. Tú y yo solo somos dos personas rotas que se autoengañan.

Pero lo nuestro termina aquí y ahora. No quiero verte.

No quiero escucharte. Si no es por algo relacionado con el trabajo, ni se te ocurra dirigirme la palabra.

Cuando acabe esta misión, cada uno seguirá su camino.

¿Te queda claro? —ruge, incapaz de mirarme.

Siento que me arden los ojos y el corazón se me rompe en mil pedazos irreparables. Kade parece destrozado, y eso que fue él quien me repitió que no me encariñara. Sé que se refiere a esta misión, lo que significa que se marchará en cuanto terminemos.

¿Qué coño le ha contado Karen?

—Kade, lo que sea que te haya dicho es...

—¿Le hablaste sobre el incidente de las duchas?

Entrecierro los ojos; el corazón me late con tanta fuerza que casi lo noto al fondo de la garganta. Intento recordar todas las interacciones que he tenido con Karen y el único lugar en el que hablé con ella fue en The Drunken Shell. Entre dientes, mascullo avergonzada:

—Sí.

Él chasquea la lengua, asqueado.

—Escucha, no es...

—Basta. Lo nuestro era imposible desde un principio. Siempre ha estado... destinado al fracaso —escupe con la voz rota, derrotado.

Se pone los guantes negros, metiendo los dedos uno por uno. Me quedo mirando sus manos fuertes y curtidas, echando de menos su tacto sobre mi piel..., preguntándome si volveré a entrelazar mis dedos con los suyos alguna vez.

—¿Qué? —se burla con sarcasmo, como si se mofara de mi dolor—. ¿De verdad creías que tendríamos un final feliz? ¿Que replicaríamos la historia de amor de tu abuela? ¿Una chica que se enamora de un boina verde mayor que ella? —Su mirada fría se ensancha y me hiela la sangre.

—Basta, Kade. Yo jamás te utilizaría. Si me dejaras explicártelo de una puta vez...

Doy un paso hacia delante y él retrocede, sin parar de hundir el dedo en la llaga.

Suelta una risa malvada y cruel que hace que mi corazón se encoja todavía más, entonces lo único que siento es humillación.

Se ríe.

Su pasamontañas oculta su misteriosa expresión. Ojalá pudiera verle la cara, porque me diría mucho más que sus propias palabras. Sin embargo, su tono impasible ya me ha dicho todo lo que necesitaba saber. El Kade con el que tanto me encanta estar, mi ancla ... ha desaparecido.

—Intentaste ligarte a Booker primero, ¿no? Él fue quien te invitó al bar y tú accediste a venir. ¿Es eso lo que te va? ¿Los hombres mayores? ¿Los instructores?

Sus palabras me atraviesan mientras sigue destrozándome.

—¿Por qué me haces esto? —pregunto, conteniendo las lágrimas.

—¡Sargento maestro! —ruge Slater, quien interrumpe nuestra conversación.

Él lo mira y después se acerca a mí para que solo yo lo oiga. Su arrebato de ira me inflige más daño cuanto más se acerca.

—¿No lo entiendes? Nunca podré cogerte de la mano y llevarte de cita a ver una película sin que todo el mundo nos juzgue. ¿Crees que Penny aceptará que salga con la exnovia de nuestro hijo? ¿Crees que Adam querrá saber algo de mí cuando se entere de lo que hemos hecho?

—¿A quién le importa lo que opinen los demás? —espeto.

—No son cualquier persona. Son mi familia —replica con dureza.

—¿Y yo qué soy, Kade? —gruño—. ¿No sería suficiente familia para ti? ¿No soy suficientemente buena para ti? —Se me llenan los ojos de lágrimas.

—Lo que tú y yo tenemos no es más que pura lujuria, por eso no funcionamos. Yo no quiero esto. No quiero tener más hijos. Me prometí que no volvería a casarme.

Sus palabras me parten el pecho en dos y se me seca la lengua y la garganta. La agonía me carcome por dentro.

—¿Y no te has parado a pensar que quizá yo no quiero todas esas cosas?

¿Que quizá solo te quiero a ti? Solo necesito un motivo para que lo nuestro funcione.

No me hace falta un anillo en el dedo ni un vestido blanco.

Quizá me baste con el título de pareja o de novia para ser feliz porque estoy enamorada de ti.

Sé que convives con tus demonios y tu oscuridad, pero eso no me asusta. No eres tan malo como crees.

Él niega con la cabeza.

—Sabes igual que yo que lo nuestro tenía fecha de caducidad.

—¿Y ya está? ¿Primero me destrozas para cualquier otro hombre y ahora me vienes con estas, Kade? —Elevo el tono.

Él resopla.

—Es sargento maestro O’Connell. Se acabó. La misión ha empezado. —Se aleja, dejándome en estado de shock . Con los ojos llorosos observo su fuerte espalda mientras se dirige al Chinook. Niego con la cabeza hasta que la dejo caer y apoyo todo mi peso en una pierna.

Me ha dejado.

Sabía que en algún momento acabaría, pero, en el fondo, creía que lo nuestro tenía futuro. ¿Por qué me estoy viniendo abajo cuando él ni se inmuta? ¿Por qué dejé que alguien entrara en mi corazón?

¿Y por qué Karen está haciendo esto?

Bloqueo las rodillas para no sucumbir al huracán de ira que me revuelve por dentro.

La misión es lo primero. Siempre es lo primero.

Kade se sube al helicóptero y todo el equipo lo sigue.

Me apresuro a alcanzarlos y me dejo caer en el asiento más alejado de él.

Observo el sitio vacío que hay a mi lado; Castle debería estar aquí para que pudiera seguirla, pero su ausencia hace que se me forme un nudo en la garganta.

Slater permanece fuera del Chinook cuando la puerta se cierra y se despide.

Hoy debe quedarse al mando de otra misión.

Sus planes cambiaron hace un par de horas.

La risa de Booker estalla a mi derecha y giro la cabeza ante el sonido.

Está sentado al lado de Kade, que permanece imperturbable con su pasamontañas de calavera.

Debe sentir mi mirada deprimente y angustiosa, porque se vuelve hacia mí.

Frunce el ceño y yo le sostengo la vista durante un segundo que me parece eterno.

Atisbo un fuego imperdonable en sus ojos desiguales y oscuros, una mirada de odio y traición.

Antes de que me dé tiempo a parpadear, gira la cabeza con brusquedad y saca su cuchillo.

Para evitar que alguien se percate de nuestra pelea, cierro los ojos y apoyo la cabeza contra la pared de la cabina.

Qué estúpida he sido al pensar que Kade O’Connell acabaría enamorándose de alguien como yo.

Pero soy todavía más tonta por pillarme hasta las trancas de alguien con quien no debería estar.

No sé cómo lo hago, pero no permito que se me caigan las lágrimas. Ahora mismo no soy Violet Isla, soy Mariposa, y eso nadie me lo arrebatará. Tengo que cumplir con la misión.

El helicóptero despega y las náuseas me golpean a medida que ganamos altura. Inteligencia nos informó de que la zona en la que aterrizaremos debería estar libre de insurgentes y tendremos que caminar unos dieciséis kilómetros para emboscar a El Cirujano.

Permanezco callada todo el camino mientras el resto habla de sus familias, esposas e hijos.

Presumen de lo que harán cuando regresen a casa.

Por el contrario, la única familia que a mí me queda se está desmoronando.

Saco el pequeño osito azul del bolsillo para distraerme del dolor.

Es el mismo que mi abuela me envió cuando estaba en el curso.

Acaricio el pelaje y el corazón se me rompe de nuevo cuando recuerdo las crueles palabras de Kade.

«¿Creías que replicaríamos la historia de amor de tu abuela? ¿Una chica que se enamora de un boina verde mayor que ella?».

Cierro los ojos e intento controlar la tristeza. En algún momento me quedo dormida, librando una batalla contra todas las palabras hirientes que me dijo. No puede sacarme de la oscuridad y arrojarme a ella de nuevo solo porque crea que nuestra relación está destinada al fracaso.

Estoy enamorada de él.

De repente, el helicóptero se sacude y hace una maniobra brusca, por lo que se me cae el osito.

Me sorprendo por la inesperada turbulencia.

Todos sueltan un chillido y contienen el aliento sin apartar la vista de los pilotos.

El oso de mi abuela se desliza por el suelo lentamente hasta acabar a los pies de Booker.

Él lo mira durante un instante; la curiosidad se cuela en sus ojos avellana.

Antes de que me dé tiempo a pedirle que me lo devuelva o a desabrocharme el cinturón, unos gritos caóticos salen de la cabina.

—¡RPG! ¡Están por todas partes! ¡Nos están disparando!

¡¿Qué?!

Todos se tensan. Me agarro a mi cinturón hasta que la fricción me quema las yemas de los dedos.

Llevamos alrededor de una hora en el aire, acercándonos a nuestro destino.

El helicóptero vuelve a sacudirse; parece que estamos atravesando una bolsa de aire, pero eso es imposible.

Me pitan los oídos. Me muerdo el carrillo hasta hacerme sangre.

El estómago me da un vuelco y la bilis me arde en la garganta cuando empezamos a caer en picado.

Es un intento desesperado de los pilotos por aterrizar a salvo antes de que nos derriben.

Vislumbro las montañas a lo lejos cuando los pilotos mueven sus palancas para esquivar el fuego enemigo. Nos estamos acercando al suelo.

Contengo el grito que me oprime el pecho mientras busco mi osito para evitar pensar en el peor de los finales.

Estrellarnos. Morir.

Voy a vomitar.

—¡¿Qué cojones?! —gritan los Boinas Verdes ante el caos. Antes de ser consciente de lo que hago, mi mirada aterrorizada se encuentra con los ojos confiados, calmados y serenos de Kade.

Se quita el pasamontañas y yo lo imito. La necesidad de correr hacia sus brazos y cogerlo de la mano me está matando.

Lo necesito, anhelo sentirme a salvo con él.

Si vamos a caer, quiero estar a su lado.

Puede que me odie, pero, en lo que parecen ser nuestros últimos segundos de vida, nos miramos a los ojos con un deseo que ninguno puede ocultar.

El motor del helicóptero explota y un dolor agudo me taladra los oídos.

Su rostro es lo último que veo antes de que la gravedad arrastre la aeronave hacia el suelo.

El impacto hace que todos perdamos el conocimiento.

Lo último que recuerdo es ver la intensa mirada de Kade y preguntarme dónde habrá acabado mi osito.