Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 40. Violet #2
79%

Capítulo 40. Violet #2

Joder. Jadeo y me embiste con más fuerza. Su polla es una puta maravilla y me quita la capacidad de pensar, hablar y respirar.

—Contéstame, zorra. Quiero oírte.

—Dios, qué gusto. No pares, joder —ronroneo sensualmente.

Estoy a punto de correrme. El sonido de nuestra piel al chocar se mezcla con el de los azotes que me da hasta dejarme el culo rojo y en carne viva. Hunde los dedos en mi piel para que no me caiga del escritorio. Mañana tendré todo el cuerpo lleno de moratones.

Me aparta y nos obliga a ponernos de pie.

Siempre se las arregla para levantarme y moverme sin ningún esfuerzo.

Antes de que me dé tiempo de preguntar en qué posición quiere que me ponga, me estampa contra el escritorio de forma posesiva, pero con cuidado de no hacerme daño.

Empuja mi cara contra la madera y yo sonrío.

Me pongo de puntillas para recibirlo. El sonido de nuestra piel al chocar y el chirrido de la madera se unen a nuestros gemidos.

—¡Sí! —grito cuando el orgasmo me arrolla.

La presión que siento en el vientre explota.

Abro la boca y frunzo el ceño. Cierro los ojos y me transporto a un manto de oscuridad, estrellas y fuegos artificiales.

Cada vez que Kade me folla, acabo en otro mundo, uno del que no quiero regresar.

Un nirvana eufórico es el resultado de cómo me venera.

Aumenta la velocidad y me golpea el coño dolorido con sus testículos. Su polla me da en un punto que no sabía ni que existía.

Voy a tener el mayor orgasmo de mi vida.

—¡Kade! —grito su nombre sin importarme si alguien se entera de que me están follando con tanta fuerza que ni siquiera soy consciente de mi propia existencia.

Él cae sobre mí y su pecho se encuentra con mi espalda cubierta de sudor.

Su enorme cuerpo se cierne sobre el mío y me hace sentir pequeña y delicada.

Su barba me araña un lado de la cara mientras él también se corre.

Su respiración agitada se une con la mía.

No se mueve, como si quisiera quedarse dentro de mí para siempre.

Creo que estoy obsesionada con todo lo que me hace este hombre. Podría quedarme mirándolo mientras respira, parpadea o me suelta la chapa más aburrida del mundo sobre los planetas o cualquier otra cosa. Probablemente caería rendida a sus pies una y otra vez, igual que el día en que lo conocí.

—Eres mi hermosa ruina —dice con voz ronca, pero cargada de cariño.

Me da la vuelta para apoyar su frente contra la mía. Mirándome a los ojos, estampa sus labios carnosos contra los míos hasta que me duelen, sin romper el contacto visual.

Gimo contra su boca y le rozo los labios con la lengua. Le acaricio la nuca hasta que una confesión se me escapa antes de poder detenerla.

—Y tú eres mi salvación, mi ancla en un océano en el que me estaba ahogando.

Kade se inclina sobre mí y se coloca encima.

Nos besamos como si nunca quisiéramos dejar de tocarnos el uno al otro.

Enredo los dedos en su pelo para pegarlo más a mí.

Se me va a salir el corazón del pecho. Envuelvo las piernas alrededor de su cintura y ambos nos hundimos sobre el escritorio de nuevo.

Me agarra del culo para acercarme más a él.

—¿Estás bien? —me pregunta sin dejar de acariciarme la espalda, lo que me provoca una oleada de escalofríos.

—Sí —asiento.

—Genial, pues a por la segunda ronda —exhala Kade.

De pronto, oímos un fuerte chasquido debajo de nosotros.

Las patas del escritorio ceden y lo parten por la mitad, por lo que ambos caemos al suelo.

Kade me coloca encima de él para llevarse la peor parte del golpe.

La caída nos arranca todo el aire de los pulmones.

El pelo me tapa la cara cuando abro los ojos como platos e inspecciono el desastre sobre el que estamos tumbados.

—Hostia puta, nos hemos cargado el escritorio. —Se queda mirando las piezas rotas. Una foto de él vestido de uniforme junto con un general yace justo al lado de su cabeza.

Sin poder evitarlo, estallo en carcajadas contra su cuello.

—Nos hemos cargado el escritorio —repito.

Me sigo riendo hasta que me duele la barriga.

Él me mira y sonríe. Es lo más hermoso que he visto nunca.

Echa la cabeza hacia atrás y deja a la vista esos dientes blancos y perfectamente alineados.

Se ríe con tanta fuerza que observo cómo se le mueve la nuez.

Me encanta su risa. Una sensación cálida me recorre el pecho y el rostro al verlo feliz.

Últimamente ha estado tan estresado que creía que nunca volvería a sonreír. Lo miro como si estuviera viendo la luz sobre una superficie oscura en la que estoy atrapada. De forma involuntaria, yo también sonrío.

—Joder, ¿ahora cómo voy a explicar yo esto? —gruñe, sin parar de reír. Se pone de pie, me agarra por el brazo y tira de mí hacia él para abrazarme. Nuestra piel desnuda se calienta mutuamente. Está tan fuerte que apenas puedo rodearlo con los brazos.

De puntillas, apoyo las manos sobre su pecho y levanto la cabeza para mirar a los ojos al hombre del que me estoy enamorando. Creo que nunca en mi vida me había sentido tan feliz. Mirar a alguien y darte cuenta de que harías cualquier cosa por esa persona... Eso es enamorarse, ¿no?

Un día, nuestras almas se entrelazaron sin ni siquiera buscarlo. Solo me hizo falta dedicarle una mirada a este hombre para saber que valía la pena sangrar por él.

—Échale la culpa a Booker —bromeo, lo que lo hace reír todavía más.