Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 36. Violet
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Capítulo 36. Violet

Violet

Una semana más tarde, llamo a la puerta de Kade.

No he conseguido dormir más que un par de horas desde la misión humanitaria.

La realidad de la guerra me absorbe y siento una presión en el pecho cada vez que tomo aire.

Aun así, trato de controlar mis emociones antes de enfrentarme a mis superiores.

El no saber lo que me espera detrás de la puerta me carcome.

No estoy lista para hablar del horror que presencié.

Vi llegar a todos mis compañeros con heridas de bala y bombas que les cambiarán la vida para siempre.

Castle ha perdido las piernas, han muerto niños, soldados y médicos por culpa del objetivo de alto valor que habíamos estado buscando. El Cirujano dio la orden de atacar.

Le pregunté a Booker por qué me impidió unirme a la misión aquella noche una vez que las evacuaciones médicas habían terminado. Me confesó que lo hizo porque Kade se lo pidió.

He ignorado todos los mensajes que me ha enviado, solo dos y ambos sobre trabajo. No ha ido a buscarme a mi habitación y yo a él tampoco. Estoy demasiado cabreada como para enfrentarme a él porque temo lo que podría hacer. Intento con todas mis fuerzas empezar de cero y ser profesional.

Jugueteo con la placa de identificación que llevo colgada al cuello; froto el metal una y otra vez cuando llamo a la puerta de nuevo. Tal vez no me ha oído por la tormenta que se avecina. Finalmente, después del segundo intento, la voz de Booker retumba al otro lado.

—Adelante.

Giro el pomo y empujo la puerta. Los tres oficiales de alto rango permanecen de pie delante de un escritorio, observando una montaña de papeles. Entro con la barbilla en alto, las manos a los costados y una expresión seria.

—Sargento maestro O’Connell. —Lo saludo a él y a los demás.

—Todos fuera, necesito hablar con Isla en privado.

Los demás asienten, carraspean y abandonan la habitación. Kade se da la vuelta, como si yo no estuviera ahí, como si no me hubiera dicho que pasara, como si fuera un fantasma.

Los relámpagos iluminan la habitación en penumbra. Los truenos llegan unos segundos más tarde. El sonido hace vibrar las paredes del edificio, lo que provoca que la lámpara del techo se balancee y la luz titile.

—¿Me he metido en un lío?

Kade introduce un código de seis dígitos en un casillero y una luz verde se enciende.

Lo abre y deja a la vista una botella alta y elegante de bourbon .

Se vuelve hacia mí con dos vasos en la mano, aunque no me mira.

Llena los vasos y observo cómo el líquido ámbar sube hasta casi el borde con el hielo. Cierra la botella.

—¿Cómo estás? —Sus ojos hipnóticos por fin se encuentran con los míos cuando se inclina sobre el escritorio. Se aferra con fuerza a la madera y se le tensan los músculos de los tríceps.

Abro la boca para decir:

«Estoy bien. Todo bien. No hay de qué preocuparse».

Pero no me salen las palabras.

La cierro mientras se me forma un nudo en la garganta. No me vendré abajo. No puedo. Tengo que ser fuerte.

—Violet, te he hecho una pregunta. —El mismo tono autoritario que usa cuando está al mando.

—Estoy bien.

Las palabras salen sin convicción, lo que las convierte en una mentira audible. Él aprieta la mandíbula y se lleva el vaso de bourbon a los labios.

Aparto la mirada de sus ojos oscurecidos y echo un vistazo por la ventana, donde la lluvia golpea con fuerza. A través del cristal, alcanzo a ver las banderas ondeando por el viento y las enormes gotas de lluvia.

Se me viene a la cabeza el cuerpo mutilado y ensangrentado de Castle y me estremezco. Después de varios minutos en los que la luz no para de parpadear, termina apagándose, y nos deja a Kade y a mí sumidos en la oscuridad, con solo un leve destello de la luz de la luna filtrándose entre las sombras.

Finalmente... me rompo.

Niego con la cabeza y aprieto los labios temblorosos con la esperanza de que eso detenga el ataque de ansiedad que amenaza con consumir mis sentidos.

No obstante, da igual lo que haga, la realidad de la guerra me golpea de lleno y, en esta ocasión, no puedo evitar pensar en la posible pérdida de Castle.

Las últimas noticias que tengo de ella son que estaba en estado crítico y que la Cruz Roja ha avisado a su familia.

—Estás bien —repite Kade con un tono tranquilizador y la voz grave. Lo dice como si fuera una pregunta.

—¿Cómo puedes tú estar bien? ¡Han muerto dos soldados! ¡Han muerto civiles inocentes! ¡Castle se está muriendo! Ha perdido las piernas y tú ni siquiera te inmutas. ¿Ni una lágrima? ¡¿Acaso no sientes nada?!

Mis preguntas no le provocan ni una sola reacción..., nada. Me quedo mirando el lugar donde lo vi por última vez, mientras la tenue luz de la luna apenas delinea su enorme figura. Lleva las gafas puestas y se lo ve igual de tranquilo que siempre, bebiendo como si fuera otro día más en la oficina.

No paro de llorar. Me cuesta respirar y me llevo una mano al pecho, que sube y baja sin control. Las lágrimas me caen por las mejillas mientras intento quitarme la parte de arriba del uniforme.

—¡Sé que no estuve en esa misión por tu culpa, hijo de puta! ¡No puedes detenerme solo porque nos estemos acostando! ¿Crees que eso te da derecho a arruinar mi carrera? ¿A sacarme de las operaciones? ¡Te estás cargando mi trabajo!

—Baja la puta voz —me reprende con dureza, y se le marca la vena del cuello.

—¡Debería haber estado allí, Kade! —grito. Me arden los ojos. Ese puto nudo en la garganta vuelve a aparecer, lo odio—. ¡Podría haberlos ayudado! ¡Quizá así mi mejor amiga no se estaría muriendo ni la estarían trasladando a Alemania ahora mismo! Quizá... —Sollozo—. ¿Y si...?

—Ni se te ocurra jugar al juego de «qué habría pasado». No vas a ganar. Y a Castle no le servirá de nada que te pongas a lloriquear.

—¡Que te den, Kade!

Él se echa hacia atrás, inexpresivo, y yo me desmorono por completo.

—No puedo respirar. N-no puedo respirar. —Intento permanecer firme, pero se me quiebra la voz.

«Un ataque de pánico».

—Deja que te ayude.

—¡No!

—Mariposa.

—¡No, Kade!

—¡Es una puta orden! —gruñe.

—Me importa una mierd...

—¡Sigo siendo tu superior, así que controla cómo le hablas a alguien de mayor rango!

—¡Deja de actuar como si no fuera más que otra soldado para ti!

Rodea el escritorio y se sitúa delante de mí con una expresión tan fría que podría congelar el mundo.

—¡No puedo respirar! ¡Siento que me ahogo!

Tomo aire de forma entrecortada y me desabrocho la chaqueta con estampado de camuflaje, pero se me atasca la cremallera. Gimo de frustración a la vez que sigo tirando y tirando, aunque no consigo quitármela.

Sacudo la cabeza y cedo.

—Por favor, quítamela. Quítamela, ayúdame. ¡Por favor, sargento maestro!

Kade reacciona de inmediato y sus enormes manos envuelven las mías.

Tira de la cremallera con fuerza, la desatasca y me arranca la prenda.

Una oleada de alivio me invade. Deja caer la chaqueta sobre su escritorio.

Tomo una profunda bocanada de aire y él me envuelve entre sus brazos.

Me aferro a su cuerpo firme y dejo que su olor me inunde los sentidos.

Me entierro en el aroma a cedro y me desmorono.

Las imágenes de mi padre irrumpen en mi mente y me obligan a taparme los ojos con las manos.

—No pasa nada por romperse, Violet. Castle es una soldado ejemplar.

Joder —susurra justo antes de depositar un beso sobre mi cabeza.

Continúo sollozando contra su pecho y arañándole la espalda.

Aun así, no paro de temblar y los sonidos de mi padre ahogándose con su propia sangre continúan perforándome los oídos.

—Creo que, después de todo, no estoy hecha para esto.

—Nosotros no nos rendimos —responde con un tono firme. Sigo hundiendo las uñas en su espalda y él no se resiste cuando lo hago; en cambio, me abraza con fuerza, como si quisiera llevarse todo mi dolor—. No pierdas la fe. Se pondrá bien, ¿me has oído?

—Lo siento. No me estoy rindiendo, solo que no es justo.

—La guerra no es justa, Mariposa. Es brutal y cruel. Salvamos a quien podemos.

Nos quedamos así durante lo que parecen horas. Me acaricia la espalda en círculos hasta que consigo volver a respirar con normalidad.

—¿Permiso para llamarte Kade?

Asiente.

—Kade. —Lo miro y, en cuanto lo hago, me arrepiento de inmediato.

—Violet.

—¿Cómo haces para no romperte?

Me suelta y su mirada cruel regresa. Se da la vuelta, camina en dirección a su escritorio y se bebe el bourbon en tres tragos. Se deja caer en la silla fulminándome con la mirada.

—No se puede romper algo que ya está roto.

Se pasa una mano por el pelo, como si quisiera añadir algo más, pero se contiene. Otro relámpago ilumina su despacho durante un segundo y después regresa la oscuridad.

—¿Cómo te acostumbras a perder soldados?

Él me observa. Su postura relajada se transforma en una oscura y atormentada.

—Turner Swanson, treinta y dos años, un Navy SEAL.

Murió a causa de un artefacto explosivo improvisado.

Jim Gray, dieciocho años, Boina Verde. Se pegó un tiro por el estrés.

Lo hizo delante de mí. Rick Pierce, veinticinco, un soldado de las Fuerzas Especiales.

Murió por una granada en una misión que yo dirigía.

Damon Hawke, veintidós. Murió quemado vivo porque llegamos demasiado tarde.

Owen Pearl. Murió por dos impactos de bala porque no fue capaz de reaccionar.

Frederick Schofield, treinta y siete años.

Murió por la guerra. ¿Entiendes ahora por qué soy tan duro con vosotros?

¿Por qué graduarse es casi imposible? ¿Por qué todos dicen que soy un capullo?

¡¿Un monstruo cruel?! ¡Es para salvaros la vida!

—Golpea el vaso contra el escritorio, astillando el borde, y yo me sobresalto—.

Así que, la respuesta a tu pregunta... ¿Que cómo me acostumbro a perder a mis soldados? No me acostumbro.

Balancea los hombros, como si intentara contener sus demonios. Aparta la mirada y la clava en el escritorio. Posa la mano sobre la madera y respira hondo. Cierra los ojos, como si le avergonzara mostrarse vulnerable, como si dejar ver que la guerra le afecta fuera un delito.

Esta noche es la primera vez que lo veo mostrar una emoción que no tenga nada que ver con el sexo.

Ahora lo entiendo. Se preocupa muchísimo por la gente que lo rodea, y la responsabilidad de nuestras vidas pesa sobre sus hombros como una losa.

No me puedo ni imaginar lo que debe de ser estar en esa posición durante casi veinte años, sin tener a alguien con quien hablar de ello. ¿Alguna vez lo habrá hecho?

Me muerdo el labio y camino hacia él.

—No eres un villano. Eres Kade O’Connell. Eres más que un operador especial. Eres un padre, un amigo, un hermano.

—Cuando todos te llaman villano y los soldados te miran con miedo... —Niega con la cabeza—. Por el amor de Dios, que hasta mi nombre en clave es «Bestia» —suelta con una sonrisa que no se le refleja en los ojos—. He empezado a creérmelo.

—No... —susurro con suavidad—. Eso que ves en sus miradas no es miedo, es respeto.

Eres todo lo que acabo de decir y, lo más importante, eres un ser humano con defectos.

No tienes que ser perfecto. Eres un hombre.

—Le tomo el rostro y lo obligo a mirarme—.

Eres un hombre al que admiro profundamente.

Se tensa. Entonces veo cómo sus pupilas se dilatan y los destellos de sus ojos heterocromáticos brillan con un deseo oscuro. En cuestión de un segundo, me levanta y me sienta de golpe sobre su escritorio. Sus labios se encuentran con los míos y no dudo en seguir sus movimientos.

—Kade —gimo entre sus labios. Su barba me araña la boca y el cuello cuando me muerde, me chupa y me marca con los dientes—. Hazme olvidar todo, fóllame hasta que no recuerde dónde estamos.

No quiero pensar en que mi mejor amiga podría morirse. Prefiero perderme en el único hombre que me hace sentir segura y protegida... como si nada ni nadie pudiera hacerme daño mientras él me toca.

Se aparta en cuanto esas palabras salen de mi boca. Sin aliento, necesitada y mojada, desearía poder decir que no me afecta que se haya retirado tan rápido.

Suspira y me recorre con la mirada cuando otro relámpago sacude el cielo.

—No. No después de... —Se pasa la mano por el rostro.

Sé que le duele rechazarme, lo entiendo más de lo que cree.

Resopla y juguetea con un anillo en forma de calavera que lleva en el dedo corazón.

Lo hace girar una y otra vez con nerviosismo—.

Necesitas tiempo para asimilar tu primer encuentro con la muerte.

Ahora tengo que reunirme con el general Hallows.

Va a ser una noche muy larga... —Su mirada seria se aparta de la mía, cargada de necesidad—.

Solo quería asegurarme de que estabas bien antes de irme.

Y entonces, se marcha y me deja sola con mis pensamientos.