Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 35. Violet
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Capítulo 35. Violet

Violet

La entrada a nuestra ubicación es un completo caos: los Humvees entran a toda velocidad, pasando junto a los guardias.

Las fuerzas de seguridad agitan los brazos mientras los guían, un Black Hawk de evacuación médica aterriza en la pista.

Veo cómo todo se desarrolla con la esperanza de encontrar a Castle con vida.

Siento que estoy dentro de una película de miedo.

Sacan cuerpos en camillas del helicóptero.

Mantengo los dedos dentro del chaleco y espero, con el miedo apoderándose de mis sentidos.

La Fuerza Delta, junto con el Regimiento Raider de los Marines, logran traer a la base a los heridos y a los soldados muertos en combate, pero todavía necesitan ayuda.

Siguen luchando, y nosotros estamos preparados para brindarles nuestro apoyo.

Todos estamos vestidos, cargados de armas hasta las cejas, con rayas verdes, negras y marrones pintadas por toda la cara. Los pasamontañas los llevamos asegurados en los bolsillos. Booker permanece a mi lado mientras yo no paro de hipar por aguantarme las ganas de llorar.

Me conocen como la Soldado Inquebrantable y, sin embargo, cada vez que Kade me toca, me hago añicos.

La forma en la que se transforma en el hombre al que todos temen y me reprende como si fuera una cualquiera para él me corrompe.

Me estoy encariñando demasiado, anhelo ese lado suyo que nadie más conoce.

Sé que no recibiré un trato especial por el hecho de que nos estemos acostando, pero, aun así, no me hace nada de gracia cómo me cortó antes.

Mis sentimientos están afectando a nuestra relación laboral y yo he sido tan tonta como para pensar que podría tener una relación sin ataduras con un hombre al que admiro tanto.

El móvil me vibra de nuevo contra el muslo. Lo saco y me alejo de Booker en busca de un poco de privacidad. También estoy cabreada con él por la forma en la que me habló antes. Esta noche mis emociones están del todo desbordadas, por lo que necesito tiempo para reflexionar sobre cómo reaccioné.

«Isla, no le discutas a tus superiores. No seas esa clase de persona».

Se me vienen a la cabeza las palabras de Castle y las ganas de llorar aumentan.

Hace un par de días estábamos juntas jugando al Catan, bebiendo y burlándonos del trabajo.

¿Y ahora? Podría estar muerta. Recuerdo nuestra última noche de chicas.

Sus rizos pelirrojos rebotaban cada vez que se reía y su sonrisa radiante era tan contagiosa que se me pegaba todo el rato.

No se me da bien hacer amigas, así que esta situación me está matando.

Al girar el móvil, el corazón me da un vuelco.

Abuelo: La abuela está un poco pachucha. Te echa de menos. ¿Tienes tiempo de llamarla y leerle una de las cartas esta noche?

Yo: Qué le pasa? Te ha dicho lo de las cartas? Por desgracia, ahora mismo estoy hasta arriba y me da que será así durante toda la semana. Las cosas se están poniendo feas por aquí, pero no te preocupes.

Abuelo: Soy su marido. Lo sé todo sobre ella.

Últimamente no tiene muchos días buenos.

No para de cantar We Belong Together ni de buscar su uniforme del restaurante para irse a trabajar.

Cree que estamos en 1960. Empeora con el paso de los días.

Quería avisarte para que pudieras llamarla antes de. .. ya sabes.

Yo: La llamaré en cuanto tenga un hueco. Te quiero. Por favor, dile que la quiero.

Los gritos de Castle me hacen apartar la vista del móvil.

Está aquí. Está...

«Oh, no».

Está viva, y una parte de mí se relaja, pero entonces me percato de la gravedad del asunto.

Nunca había oído a nadie proferir unos gritos de dolor tan desgarradores.

Hay demasiada sangre. Cae como una cascada y deja un rastro rojo carmesí a su paso cuando un grupo de apoyo médico la empuja en una camilla.

—¡Joder! —continúa gritando, junto con otros soldados, cuando la meten a toda velocidad en el servicio de emergencias de la base.

Corro hacia ella, pero antes de que pueda acercarme demasiado, Booker me agarra por el hombro y tira de mí.

—No te metas. Deja que hagan su trabajo y nosotros haremos el nuestro —sentencia.

Mantiene la mano sobre mí y me obliga a quedarme quieta. Me domina con facilidad. Lo miro por encima del hombro y veo que está controlando su cabreo. Se le dilatan las fosas nasales y mastica su tabaco con fuerza. No tiene sentido discutir con él, y tampoco quiero.

Entonces, lo veo: la fuente..., su herida. Las piernas de Castle han desaparecido por completo de las rodillas para abajo. Lleva los muslos envueltos en un torniquete, la carne desgarrada y el hueso le cuelgan.

Está sufriendo. Se está desangrando. Hay sangre, ¡muchísima sangre!

Nunca volverá a caminar. Su carrera en el ejército ha llegado a su fin. Su vida pende de un hilo y me siento completamente impotente mientras la culpa me carcome el corazón roto.

Debería haber estado con ella. Debería haber ignorado los deseos de Booker y haberme colado de alguna manera. Quizá entonces ella seguiría teniendo piernas. ¿Por qué Booker me lo impidió?

Me quedo mirando a mi amiga más cercana del equipo, grita y suplica por su vida hasta que todos desaparecen dentro del centro médico de urgencias, dejándome sumida en una rabia cegadora que me consume.

Sentada en el asiento trasero de un Humvee que atraviesa los baches a toda velocidad, no paro de pensar en Castle y sus heridas. Me hierve la sangre cada minuto que pasa. ¿Por qué? ¿Por qué ha tenido que pasarle a ella? ¿Por qué esos desalmados han atacado un hospital infantil?

Los SEAL y los Raiders nos siguen. Un rastro de cinco vehículos blindados llenos de tropas preparadas para desatar el infierno.

Booker empieza a cantar La Balada de los Boinas Verdes .

Poco después, Roberts se le une, seguido por mí.

Kade está sentado frente a mí, aunque su cabeza está en otra parte.

Apoya sus manos enormes y de venas marcadas sobre las rodillas, relajadas, a pesar de que estamos a punto de entrar en una zona peligrosa.

Cuanto más nos acercamos al objetivo, más puedo sentir las vibraciones de las bombas y los disparos a lo lejos a través del vehículo. No estoy nerviosa ni asustada; estoy furiosa y quiero asegurarme de que esos hijos de puta reciban su merecido.

—Según las últimas comunicaciones que tuvimos, todavía retienen a una niña y a un médico dentro del hospital. Tenemos órdenes de buscarlos y rescatarlos, eliminar a los objetivos y capturar a todos los que podamos. Ya conocéis las reglas del combate. —Kade nos mira a todos uno por uno.

—¡Sí, señor! —vociferamos al unísono.

El Humvee se detiene de golpe, lo que nos provoca una sacudida.

Kade es el primero en salir mientras los demás lo seguimos.

En cuanto pongo un pie en el suelo arenoso, la adrenalina se apodera de mi cuerpo.

Está todo cubierto de humo y los gritos de los operadores de diferentes equipos resuenan en mis oídos.

Se desata una batalla campal alrededor del hospital infantil.

Nos adentramos en el caos y buscamos cobertura detrás de una casa abandonada. Mi cuerpo se tensa en cuanto mi espalda golpea la pared de ladrillo descascarillada. Aprieto mi rifle con fuerza, a la espera de nuestra siguiente orden.

—Bestia, dos amenazas en el tejado, ¿las ves? —gruñe Caos por el micrófono tras mirar a través de nuestros binoculares de visión nocturna.

Usando mi propio visor, veo a unos soldados que nos apuntan.

Saben que estamos aquí, pero no consiguen localizarnos.

Uno de ellos nos dispara, lo que hace que pedazos de ladrillo salten por todas partes.

Un fragmento de metralla me golpea en la cara, pero apenas lo siento.

Todo ocurre tan rápido que no dudo en levantar el rifle y poner el dedo en el gatillo.

Mi padre me llevaba a campos de tiro de mil metros cuando era niña, hasta que falleció.

Siempre fui buena tiradora, así que, cuando mi bala atraviesa la cabeza de los dos objetivos al primer intento, la confianza me invade.

Estoy tan concentrada que apenas siento el retroceso del arma golpearme en el hombro.

Ahora mismo, es una situación de vida o muerte.

Otro aparece detrás de ellos con un chaleco bomba.

Se lo quita a toda velocidad y lo levanta sobre su cabeza, como si planeara lanzárnoslo.

Antes de que le dé tiempo a hacerlo, Bestia le pega tres disparos en el pecho y el tipo cae, lo que deja una niebla carmesí en el aire.

Siento un zumbido dentro de mí; el pecho me pesa más de lo habitual cuando intento ponerme de pie de nuevo.

Kade nos acaba de salvar la vida. Si esa bomba hubiera detonado solo un segundo antes, estaríamos todos muertos o muy cerca de estarlo.

Un líquido rojo gotea junto a mi bota.

«¿Estoy herida? ¿Por qué estoy sangrando?».

—¿Te encuentras bien, Posa? —Caos me agarra del hombro y me obliga a volverme hacia él. El pitido que me taladra los oídos se mezcla con su voz amortiguada. Con sus dedos enguantados, me aparta los mechones de pelo de la cara para buscar el origen de la sangre.

Asiento, todavía aturdida por la explosión.

Veo su cuerpo borroso, pero no se me pasa por alto su tono de preocupación. El pasamontañas le cubre la cara, pero sus iris color avellana brillan a través de la tela obsidiana. Al cabo de unos segundos, vuelvo a ser capaz de oír con claridad.

—Tienes un corte en la cara, pero estás bien. —Me da tres palmadas en la mejilla y me guiña un ojo.

Incluso en la oscuridad, Booker encuentra la forma de devolvernos la luz y hacernos sonreír.

—Estoy viva. Recibido. —Le devuelvo el guiño. Después, se pone a atender al resto del equipo para comprobar que la explosión no les ha provocado ninguna contusión.