Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 34. Kade
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Capítulo 34. Kade

Kade

Querido Graham:

No he parado de leer la última carta que me enviaste. Cuando estoy triste o el día se me hace cuesta arriba, la cojo y la leo. Llegados a este punto, creo que ya me la sé de memoria. Te habría dicho que sí si te hubieras declarado.

Pero los días son largos y las noches, todavía más.

Por favor, no me odies, Graham. Si cuando acabe tu misión eres capaz de perdonarme por lo que estoy a punto de decir, me gustaría que siguiéramos siendo amigos.

Lo siento, pero no puedo hacerlo. No puedo esperarte.

Han pasado tres meses desde que recibí tu última carta y es como si nunca hubieras existido.

Cuando me despierto, la forma de tus labios persiste sobre los míos, persiguiéndome.

Después de haberme imaginado una infinidad de horribles escenarios sobre lo que podrías estar viviendo, me digo a mí misma que estás bien, y así es como consigo dormirme y soñar contigo.

Sin embargo, los sueños se están convirtiendo en pesadillas.

La única prueba de que realmente existes es el dolor de mi corazón, las cartas y el osito de peluche azul que ganaste en la feria y que me regalaste.

Es la única evidencia a la que me aferro.

Debes pensar que soy una egoísta, y lo más probable es que tengas razón.

Me odio por decirte esto, pero esta será la última carta que te escriba.

Siento que hago lo correcto al dejarte ir.

Nadie quiere que estemos juntos. Todos en el restaurante dicen que soy demasiado joven para ti.

.., demasiado joven como para esperar a un soldado.

Tengo diecinueve años y tú veintiocho. No me canso de repetirles que lo nuestro es especial, pero todos me hacen sentir como si estuviera loca por estar enamorada de un hombre al que no veo desde hace meses.

Lo siento. Cuídate. ¿Harías eso por mí?

Te prometo que te sigo amando.

Grace

No debería estar leyendo esto, pero Violet es igual que yo. No confía en la gente con facilidad. Cada vez que se abre, el miedo es más que evidente cuando intenta ocultar sus partes más vulnerables. Esas son las que más ansío conocer.

Las cartas sobre la historia de amor de su abuela me tienen completamente fascinado. Están fechadas durante la guerra de Vietnam. ¿Por qué las tiene ella?

Las guardo de nuevo en mi cajón junto con mis herramientas de talla.

Han pasado horas desde la última vez que vi a Violet y me duele no estar cerca de ella.

Es una sensación completamente nueva, algo que creo que nunca había experimentado, ni siquiera con Penny.

¿Despertarme y echar de menos el calor de alguien?

¿Que se te acelere el corazón solo con escuchar su voz?

Ella es una droga. Eso es lo que es: morfina.

Nos pasamos los últimos días en la cama.

Me respondió todas las preguntas que llevaba tiempo queriendo hacerle, como cuál es su comida favorita o cómo le gusta el café por las mañanas.

Me dio una paliza al Catan y me di cuenta de que soy un mal perdedor.

Además, se aseguró de informarme de que tengo siete canas en la barba.

«Boba».

Sigo en mi despacho. Son casi las nueve de la noche, el trabajo se ha alargado. La misión humanitaria está llevando más tiempo de lo habitual, lo que me tiene un poco agobiado. Las últimas comunicaciones que tuve fueron con Slater, quien dijo que ya venían de vuelta... pero eso fue hace dos horas.

Le pego otro trago al vaso de whisky , el cual me deja una sensación de ardor cuando me baja por la garganta. Reviso el papeleo y la lista de objetivos que tenemos pendientes de atrapar. Es interminable.

La puerta se abre y yo frunzo el ceño. Todo el mundo sabe que hay que llamar antes de entrar.

Me preparo para pegarle un grito al soldado que haya osado entrar en mi despacho sin mi permiso, pero relajo los hombros en cuanto me doy cuenta de que se trata de Violet.

Entra en silencio y cierra la puerta despacio para no hacer ruido.

—¿Qué haces aquí? ¿Te ha visto alguien? —Mi pregunta es apenas audible. Lo que sea que hay entre nosotros debe permanecer en secreto. Me enderezo en la silla, a la espera de su respuesta.

—No, ya se han ido todos. Me he asegurado bien antes de entrar.

Camina hacia mí. El sonido de su uniforme cuando le rozan los muslos a cada paso que da inunda la habitación. Le brillan los ojos al observar el despacho. Se acerca a la única foto que tengo, una de mi madre, mis hermanos y yo cuando éramos pequeños, al otro lado del escritorio.

—¿Y tu padre? Asumo que la señora rubia es tu madre porque tiene los mismos ojos esmeralda que tú. —Recorre la foto con el dedo.

—Para mí está muerto —respondo con frialdad.

Ella me mira con vacilación; por suerte, se da cuenta de mi respuesta cortante y no insiste.

—Bueno, si tú me hablas de tu padre, puede que yo te hable del mío —añado.

Su cuerpo se tensa cuando la observo por encima del hombro.

—Él... —Traga saliva, las palabras se le quedan atascadas en la garganta—. También está muerto. Pero muerto de verdad, bajo tierra.

—Eso ya me lo habías dicho, pero ¿qué le pasó? —Camino hacia ella y levanto la mano para tocarle el hombro, aunque se aparta antes de que pueda hacerlo. Me quedo con la mano levantada durante un segundo antes de dejarla caer a mi costado. Retrocede hacia la puerta con pasos rápidos y decididos.

Veo que para ella su familia es un tema delicado.

Se detiene, con la mano sobre el pomo y su mirada clavada en la puerta.

—No finjas que te importa. Sé perfectamente lo que tenemos.

Volverás con tu equipo cuando esta misión termine y yo me quedaré aquí.

Lo nuestro no tiene futuro. Si descubren nuestra relación, seré yo quien se enfrente a las consecuencias.

He trabajado muy duro para llegar hasta aquí.

Tú estás a punto de retirarte, pero yo me ganaré la reputación de haberme acostado con mi jefe.

Bajo la cabeza al recordarlo. No obstante, hay algo en lo que se equivoca: me importa más de lo que debería.

—Tienes razón. No deberíamos contarnos cosas tan personales. —Le doy la espalda y jugueteo con mi reloj mientras regreso al escritorio. El ambiente ha cambiado por completo. Somos dos personas con muros demasiado altos. Y no tiene pinta de que el escudo que ella finge llevar vaya a caer pronto.

La puerta se abre de golpe y obliga a Violet a retroceder, muerta de vergüenza.

Se pone pálida, incapaz de mirar a Booker, por lo que baja la mirada al suelo.

Yo mantengo la calma porque mi mejor amigo ya está al tanto y no dirá ni una palabra.

Él la mira de reojo y después se vuelve hacia mí con una expresión fría como el hielo que conozco a la perfección

«Malas noticias».

—Se viene una noche muy larga. Hay dos personas muertas. Han sufrido una emboscada —escupe Booker con rabia.

—Vete, Violet. —Mi tono es duro y autoritario.

—¡¿Qué?! —grita, sorprendida—. No pienso irme a ninguna parte. —Niega con fuerza. Se le ponen las mejillas y el cuello rojos.

Booker ni siquiera la mira, mantiene sus ojos clavados en mí a la espera de una orden.

—Escúpelo. —Me cruzo de brazos.

—Los hombres en edad militar abrieron fuego contra ellos cuando se iban. Han matado a médicos, enfermeras y niños. Luego llegaron las bombas y las explosiones... Era una trampa. Tenemos que llamar a todo el mundo para sacarlos de allí cagando hostias.

—¡¿Quién ha muerto?! —grita Violet.

—No contestes a eso, Booker —exijo apretando los dientes.

Existe un protocolo para estas situaciones, son cosas que pasan.

No necesito que la información equivocada se esparza como la pólvora antes de verlo con mis propios ojos.

Cojo mi cuchillo favorito del escritorio, cierro el cajón de golpe y me dirijo hacia la salida con paso decidido—. Vamos. Manos a la obra.

—¿«No contestes a eso»? —Violet nos sigue por el pasillo—.

¡Mis amigos también iban en esa misión! ¡Por favor, Booker, dime algo!

—suplica mientras intenta contener las lágrimas.

Aprieto los dientes porque siento una necesidad de calmarla que me consume, pero ahora mismo no podemos detenernos, y me niego a tratarla de manera distinta.

—¡Y los míos también, Isla! —le suelta él con brusquedad cuando se da la vuelta. Se detiene y se enfrenta a Violet con el ceño fruncido, casi como si la retara a cerrar la boca—. Todos tenemos amigos en esa misión.

Llevo la mano al pecho de Booker para impedirle soltar otra crueldad. Él se queda quieto y clava la mirada en mi mano. Al fin y al cabo, nadie tiene el derecho de hablarle así.

«Nadie».

Violet me mira con lágrimas en los ojos, esperando encontrar consuelo en los míos.

Tiene los puños apretados a ambos lados del cuerpo y respira como un toro enfurecido.

Parece que quiere arrancarnos el pellejo a ambos.

Siempre me ha gustado porque es una chica apasionada y no oculta sus emociones, pero ahora mismo no es el momento.

Necesita aprender a controlarse. Booker me contó que intentó desafiarlo delante de los demás el pasado fin de semana, cuando él solo seguía mis órdenes para que permaneciera aquí.

—Posa, si no puedes controlar tus emociones, entonces no puedes estar con nosotros ahora mismo. —Mi tono es frío y cortante, como debe ser cuando hay vidas en juego. Nuestra relación personal desaparece cuando se trata del trabajo. Esa parte de mí nunca cambiará.

Ella se pone tensa, como si la hubiera golpeado. Me mira y su cuerpo se relaja. Respira de forma agitada e intercambia la mirada entre Booker y yo.

—¿Estás bien o necesitas que te mande a un escritorio? —pregunto con crueldad. Ella se recompone rápidamente y se transforma en la Soldado Inquebrantable.

—Responde cuando tu superior te habla —se burla Booker.

Aprieta la mandíbula y se pone la máscara que usó durante todo el curso. A Violet no le gusta que le digan lo que debe hacer, pero jamás se atrevería a desafiar a sus superiores. Por mucho que le guste provocarme, se nota el respeto que me tiene por la forma en la que se relaja y responde:

—Sí, sargento maestro. Estoy bien.