Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 33. Kade
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Capítulo 33. Kade

Kade

El plan era follar toda la noche, pero Violet se rindió después del cuarto orgasmo.

Y cuando digo que se rindió, me refiero a que perdió el conocimiento.

Se desmayó cuando la puse a cuatro, con ese culo redondo a mi completa disposición.

Su espalda pegada a mi pecho mientras le lamía y le mordía el cuello cuando ambos acabamos a la vez.

Me corrí dentro de ella con embestidas lentas y profundas, apretándole el culo con una mano hasta dejárselo rojo mientras con la otra le rodeaba la garganta.

Las ventanas estaban todas empañadas. Nuestros cuerpos estaban cubiertos de una gruesa capa de sudor cuando su cuerpo cayó inerte sobre mis brazos.

Por un momento, creí que la había matado.

Por suerte, todavía tenía pulso. Debería haberle pedido que viniera a mi habitación, donde sí funciona el aire acondicionado, pero estábamos demasiado ocupados follando como si fuera nuestro último día en la tierra como para parar.

La tiendo en la cama y la tapo con una fina manta. Ella deja escapar un suspiro adorable en sueños. Joder, si me dejara, seguiría follándomela hasta morirme.

«Si las cosas fueran distintas».

No quiero pensar en las consecuencias. Tampoco quiero verla con ningún otro hombre.

Me aclaro la garganta. La necesidad de abrazarla se apodera de mí.

Me tumbo en su diminuta cama y, con mi mano sobre su pecho, la atraigo hacia mí.

Ella se mueve y se acurruca contra mi pecho, dormida, de tal forma que me quedo inmovilizado boca arriba.

Cinco minutos después, unos ronquidos suaves resuenan contra el tatuaje de mi pecho.

Me río entre dientes y me aparto el pelo húmedo del rostro para verla dormir. Cierro los ojos y, por primera vez en años, todos los demonios y fantasmas de la guerra desaparecen. Tengo la mente en blanco, lo único que siento son mariposas.

De pronto, Violet empieza a inquietarse. Me araña la piel por accidente y me deja marcas rojas. Con los ojos todavía cerrados, sacude el brazo sobre mis abdominales. La agarro por la muñeca y le acaricio la piel con suavidad.

«P-papá..., n-no...

»Por favor. L-lo siento».

Son las únicas palabras que logro distinguir entre los murmullos que emite con los labios apretados. Sigue dormida, pero, sea lo que sea que está soñando, la atormenta.

¿Estará teniendo una pesadilla sobre su padre?

Se sobresalta y se despierta con la respiración agitada. Toma aire como si le costara respirar. Un par de lágrimas cálidas le resbalan por las mejillas y me caen en el pecho. El suyo sube y baja con rapidez. Entierra el rostro contra mí, como si no quisiera que la soltara.

—Violet. ¿Estabas teniendo una pesadilla? —pregunto con la mayor suavidad posible.

Le limpio las lágrimas con el pulgar, pero ella sigue sin mirarme.

«Silencio».

—¿Qué ocurre?

—No podía respirar. Creía que me estaba ahogando —admite, con el sudor corriéndole por la frente.

No menciono lo que ha dicho mientras dormía. Lo único que me preocupa es que esté bien. Aun así, ¿qué le ocurrió a su padre? Él es la razón por la que se unió al ejército y quiero entender por qué su madre la trata con tanta crueldad por ello.

Le levanto el mentón para que me mire y no se resiste. Me pierdo en sus ojos color miel y presiono mis labios contra los suyos, suaves. Después, los acaricio con el pulgar. Ella deja escapar un leve murmullo, disfrutando del gesto, e inclina la cabeza hasta que reposa por completo contra mi mano.

—Vamos a mi habitación.

Niega con la cabeza.

—No..., no podemos dejar que nos vean. No deberíamos arriesgarnos. Solo ha sido una pesadilla. Estoy bien, en serio.

Apoyo el pulgar sobre sus labios para hacerla callar.

—Violet. No me gustan los mentirosos. Además, no te lo estaba preguntando, es una orden.

El fin de semana es un borrón de lujuria insaciable. Me he follado a Violet Isla en todas las posturas posibles, he reclamado cada centímetro de su cuerpo. Es un fin de semana de cuatro días y no pienso desperdiciar ni un puto segundo.

Como el aire acondicionado de su habitación no funciona, se queda todas las noches en la mía y pone una alarma a las seis de la mañana para volver a la suya. Hoy me despertó comiéndome la polla. Le follé la garganta con fuerza y después pasé a su coño. Se desplomó en mis brazos y volvió a dormirse.

Es la primera vez que duermo con una mujer que no sea Penny. Normalmente, después de acostarnos, me voy yo o se va ella. Pero ¿ahora? No dormía tan bien desde hace años. Desde que me uní al ejército, solo he podido dormir tres o cuatro horas cada noche como máximo.

Llega la mañana. Los rayos de sol se cuelan entre las persianas.

Antes de las seis, me acerco al móvil de Violet y apago todas las alarmas.

Dejo el teléfono sobre la mesita de noche y me pongo de pie, desnudo.

Me doy la vuelta y la observo respirar. No puedo apartar la mirada del ángel que duerme en mi cama.

Estoy obsesionado. Cruzo los brazos sobre el pecho.

Hacía mucho que no me sentía tan feliz y es todo gracias a ella.

Por suerte, no ha vuelto a tener pesadillas desde la primera vez que dormimos juntos.

Se acurruca contra la almohada con un dulce susurro. Tengo que irme antes de acabar metiéndosela para despertarla... o comiéndole el coño. Me vale cualquiera de las dos cosas. O ambas.

Saco la ropa de deporte de los cajones porque mi idea es correr ocho kilómetros alrededor de la base antes de ir al gimnasio.

Es mi rutina, y me encanta la rutina, me nutro de ella, y, sin embargo, aquí estoy, dejando que esta mujer hermosa y cabezona la tire por la borda porque siempre acaba con mi semen entre sus piernas o en su garganta.

Es... diferente a cualquier otra mujer que haya conocido. Quiero que se quede aquí conmigo un poco más.

Bajo la vista a mi entrepierna. Tengo la polla dura como una piedra, me duele y exige su atención. La madre que me parió. No, la dejaré descansar, porque está preciosa cuando duerme. No quiero despertarla.

Corro al baño y me doy una ducha fría de cinco minutos. Me apoyo contra los azulejos mientras el agua me baja por la espalda y me corre por el pelo, incapaz de parar de pensar en la preciosa mujer que duerme en mi cama.

Soy su puto jefe, le saco diecisiete años y, aun así, aquí está, en mi habitación, y no me importa lo más mínimo. Sé que lo nuestro acabará, lo sé... pero, ahora mismo, es mía. He probado el cielo y pienso extraer hasta la última gota de esa sensación, hasta que solo me venere a mí.

En cuanto termino, Violet me llama.

—¿Kade?

Salgo de la ducha con una toalla envuelta alrededor de la cintura.

Siento un pinchazo nervioso en el estómago a causa de lo que ha descubierto Violet.

Mi cadera choca con la pared cuando me acerco de forma apresurada al escritorio para esconder mi arte.

Está cubierto de mis esculturas de madera y las herramientas de talla.

Me apasiona mi trabajo, solo tres personas conocen la existencia de mi pasatiempo.

Ahora cuatro, y ya me parecen demasiadas.

—No deberías estar mirando eso. —Me acerco a ella con pasos ruidosos. Intento quitarle el águila de madera por encima del hombro. Ella me da la espalda y se gira para impedirme que lo haga y me pega varios manotazos con una sonrisa amenazante en su precioso rostro.

Me hago a un lado, avergonzado.

Arrugo la nariz y me paso la mano por la nuca, aceptando la derrota.

«Mierda».

—No es mi mejor trabajo —susurro.

—Kade... —Se da la vuelta con una sonrisa alegre, sin parar de acariciar los detalles de las alas. Recorre las plumas una por una—. ¡Es una pasada! ¿La has hecho tú? —exclama emocionada. Sus dientes blancos y perfectos brillan con los rayos del sol.

—Sí —admito, con la mandíbula apretada.

—Cuántos detalles. Me encanta la forma en la que tallaste los ojos. Incluso puedo ver un sentimiento de emoción en ellos. —Hace una pausa y frunce el ceño—. ¿Cuánto tiempo te ha llevado hacer esto? —Me mira antes de girar el águila en un ángulo distinto.

Espera... ¿le interesa?

—Un par de semanas. Aprovecho para hacerlo siempre que tengo un hueco.

—Vaya —responde, estudiando las garras. Recorre la suave madera de ébano de Texas con las yemas de sus delicados dedos.

—¿Te gusta?

—¡Me encanta!

El corazón me da un vuelco cuando veo cómo le brillan los ojos.

A ella... le encanta.

—¿No te parece una tontería o una pérdida de tiempo? —pregunto, esperando que retire sus cumplidos. No sabe lo mucho que significa esto para mí.

—¿Qué? Claro que no. Es increíble. ¿Me la puedo quedar? —Aprieta la figura contra su pecho con fuerza. Sus labios se curvan en una amplia sonrisa y se muerde el labio inferior.

Joder.

Tiro la toalla al suelo, le quito la figura de madera y la dejo sobre la mesita de noche. Ella echa un vistazo a mi polla y observa cómo me toco desde la base hasta la punta. Se pasa la lengua por los labios. Esa puta lengua. Ya echo de menos cómo la envuelve a mi alrededor.

—Voy a arrancarte la ropa ahora mismo.

Se le tiñen las mejillas de un ligero tono rosa y su cabeza se balancea lentamente.

—Sí, por favor.

La sujeto por detrás de los muslos y la levanto en el aire a la vez que ella suelta un grito ahogado.

Antes de que pueda acabar de lloriquear, le robo el aire que se le escapa y reclamo su boca con mi lengua.

Está preciosa con mi camiseta, pero está mucho mejor sin ella.

La ayudo a quitársela por encima de la cabeza y sus pechos rebotan.

Sus pezones marrones quedan expuestos y se me hace la boca agua.

—Joder, tienes los pezones duros, como la zorra caprichosa que eres. —Le tiro del pelo hacia un lado y paso la lengua por todo su cuello hasta llevarme su pezón a la boca. Lo chupo y lo muerdo.

Ella gime, me tira del pelo y pega mi cara contra su piel.

—¿Te gusta que te chupe las tetas?

—Sí, Kade.

—¿Y esto? —Le pego un manotazo en el clítoris.

—Sí, Dios, sí.

—Tu belleza me hiere. Me rompe y me deja sin fuerzas. ¿Por qué eres tan jodidamente perfecta? Di que eres mía.

—Soy tuya. —Deja escapar un gemido gutural cuando introduzco dos dedos dentro de ella. Toma mi rostro entre sus manos y me besa con desesperación mientras cabalga mis dedos.

—No pares de moverte, nena.

—No. —Me aparta los dedos.

—¿No?

—Te quiero a ti, Kade. Por favor. Dámelo todo. Quiero correrme en tu polla. —Sus ojos color miel brillan a causa del deseo.

Le daré todo lo que me pida sin dudarlo. La dejo caer al suelo y le pego un azote con fuerza hasta dejarle el culo rojo. Las preciosas curvas de Violet y su culazo hacen que me baje toda la sangre a la polla.

—Manos a la pared —gruño. Se da la vuelta y me mira por encima del hombro mientras me lubrico con sus propios fluidos. Paso la punta por sus pliegues hasta llegar a su culo. Levanta una ceja y se sonroja—. Quiero follarme cada parte de ti.

—¿Quieres follarme hasta que esté llena de ti, Kade?

—me provoca con una sonrisa. Otra vez con esa puta boca sucia.

Pienso morderle los labios mientras me la follo por detrás.

Estrella su boca contra la mía y nuestras lenguas juegan como si estuvieran hechas la una para la otra sin detener el ritmo de mis embestidas lentas y profundas—.

Embísteme hasta que me duela —me desafía con esa boca que siempre me hará arrodillarme y me convertirá en un prisionero anhelante.

«La madre que me parió».

Se la saco y me arrepiento de inmediato.

Necesito estar dentro de ella. Mi polla salta ante la química que no sabía que podría encontrar. Violet se da la vuelta. Mi miembro choca contra su estómago y ella baja la vista para admirarlo. Sus deseos combinan con los míos a la perfección. No le da miedo pedir lo que quiere.

Me alejo de la pared y tiro de ella hacia mí hasta que nos encontramos en medio de la habitación.

La levanto en el aire, ella grita y me rodea el cuello con los brazos.

Su coño me gotea por toda la ingle. Le meto los dedos en la boca y se le dilatan tanto las pupilas que apenas puedo ver sus iris marrones.

—Chúpalos.

Le encanta que le dé órdenes.

Su cálida boca los deja bien mojados cuando los saco. Ella gime. Restriega su clítoris contra mi punta y echa la cabeza hacia atrás hasta mirar al techo.

—Buena chica.

Con una embestida, vuelvo a casa, a su coño apretado.

Me la follo de pie, mordiéndole el hombro, marcándola.

Saco los dedos y los hundo en su piel, le aprieto el culo, la reclamo sin piedad de esa manera que ambos deseamos.

Ella cabalga sobre mi polla y me gime dulces melodías al oído todo el tiempo.

«Fóllame.

»Más fuerte, Kade.

»Córrete y hazme tuya, por favor».

Me corro dentro con un gruñido salvaje, sin soltarla, y ella cae rendida entre mis brazos.

Me besa el cuello y sus labios rozan mi cicatriz.

Después, me hunde los dientes hasta que suelto un quejido y le tiro del pelo con dureza.

El placer doloroso nos vuelve locos. Sus uñas me arañan la espalda hasta que sangro.

Me encanta que me haga sangrar, podría tirarme así todo el puto día.

Recuperamos el aliento y nos alejamos del poderoso clímax sin dejar de abrazarnos.

—Me gustas... mucho, Kade —admite con timidez.

Todavía con la respiración agitada, paso las manos por su pelo largo y suave.

Quiero recordarle nuestro destino cruel, que lo nuestro acabará, pero me muerdo la lengua.

—No se me da bien abrirme a la gente, Violet. No me gusta aferrarme a las cosas. No estoy hecho para eso. Sinceramente, ni siquiera sé cómo hacerlo.

—Pues ahora mismo lo estás haciendo bastante bien.

Arqueo una ceja, incapaz de creerme las palabras que han salido de su boca. No me gusta que me mientan. Además, aunque me esté diciendo todas esas cosas buenas, no me siento merecedor de ello.

Cuando acabe la misión, también acabará lo nuestro. De hecho, debería ponerle fin ahora mismo, porque, por muy fuerte que sea Violet, puedo sentir que se está encariñando conmigo por cómo me mira, llena de esperanza, hipnotizada.

Y eso tiene que acabar... pero no ahora, no todavía.