Capítulo 29. Violet
Violet
El primer día que me asignaron a este equipo fue el día que descubrí que Castle y yo trabajaríamos juntas.
Es una chica alta, guapa y sin pelos en la lengua.
Tiene una melena rizada y pelirroja, y la nariz y las mejillas cubiertas de pecas.
La conocí en el baño de The Drunken Shell.
Tiene más experiencia que yo, ya que lleva cinco años en las Operaciones Especiales.
Es de mente abierta y de corazón compasivo.
Ha trabajado muy duro para llegar a donde está y le encanta su trabajo.
—Bueno... —Castle se lanza un cacahuete a la boca y me estudia desde el otro lado de la mesa. Se quita el coletero y se le deshace el moño apretado. El pelo rojo y rizado le cae sobre los hombros. Yo guardo todas las piezas dentro de la caja roja y amarilla mientras se termina su comida.
—¿Qué? —Me muerdo el labio e intento con todas mis fuerzas dejar de pensar en lo que pasó en el armario hace un rato.
Después de que Castle me pegara una paliza al Catan y de beberme cuatro cervezas, me siento más viva que nunca.
La culpa que mi madre y mi hermana cargaron sobre mis hombros por la muerte de mi padre ha desaparecido.
El último mensaje que recibí de mi abuelo decía que la abuela se encuentra bien y que ha vuelto a casa por primera vez desde hace meses.
Y, además, he besado al hombre con el que he estado soñando durante los últimos tiempos.
En realidad, hice mucho más que besarlo y me siento en una nube.
No puedo parar de sonreír como una tonta después de saber que Kade O’Connell está celoso y que lo que sea que hay entre nosotros no está solo en mi cabeza. Él también lo siente. Y aunque sé que es algo prohibido, prefiero no pensar cuando estoy cerca de él.
—¿Por qué tienes el pelo hecho un desastre?
«Mierda».
—Pero si está perfecto. —Me pongo recta y hablo más alto de lo que me gustaría. Entro en estado de pánico y me suelto el pelo negro antes de volver a recogérmelo con cuidado.
—¿Y a quién se debe esa sonrisa? —insiste, pero niego con la cabeza.
—A nadie. —Finjo un bostezo lo más convincente posible y echo un vistazo a mi reloj, esperando que cambie de tema. Ya casi es medianoche, hace rato que debería estar durmiendo. Odio trasnochar, pero Anna tenía muchas ganas de hacer algo divertido.
—¿Te crees que no me di cuenta de que saliste del edificio con la cara colorada y los labios hinchados? —continúa presionándome, con la esperanza de que se lo cuente todo. Se mete otro cacahuete en la boca—. ¿Quién es? —me pregunta con una sonrisa traviesa.
Me encuentro con su mirada curiosa y me muerdo el interior de la mejilla.
Tamborileo con los dedos sobre la caja del Catan y me planteo la posibilidad de abrirme con ella.
Me conoce bastante bien a pesar de llevar solo dos meses trabajando juntas.
Se lleva la botella de agua a los labios, esperando mi respuesta.
Suspiro profundamente y niego con la cabeza.
Lo que Kade y yo tengamos o hagamos es algo que se queda entre nosotros.
Y no lo hago por las consecuencias o porque no confíe en ella, simplemente quiero guardarme esto para mí y no tener que darle explicaciones a nadie.
La gente juzga y critica a la mínima. Prefiero no hablar del tema todavía, sobre todo porque aún estoy intentando entender a Kade.
—Mira, te contaré mis secretos si tú me cuentas los tuyos. Me cuelo en la habitación de Slater todas las noches.
Abro los ojos como platos y espero a que me diga que es broma; sin embargo, me aguanta la mirada y le pega otro trago a la botella de agua.
No está mintiendo.
—¡Sabía que había algo entre vosotros! —Le doy un empujón juguetón en el hombro—. ¿Por eso desapareces todas las noches? ¡¿Él es la razón por la que me he despertado sola toda esta semana?! —La golpeo suavemente con el dorso de la mano antes de hacerle cosquillas en la zona de las costillas.
—Oye, cabrona, que me vas a tirar el agua.
—Se ríe y levanta la botella antes de que las gotas le caigan en el pecho—.
Además, nuestra habitación es una puta sauna.
Slater está bueno. Yo estoy buena. Los dos estamos solteros, así que ¿por qué no?
—Se encoge de hombros—. Lo que no entiendo es por qué me estoy pillando por él tan pronto. —Pone los ojos en blanco.
—A veces una no puede evitar rendirse ante ese sentimiento... —respondo con timidez.
—A mis veintisiete años, puedo decir que no se parece a ningún otro hombre que haya conocido.
Sabe lo que quiere. No se anda con excusas estúpidas ni tiene exnovias locas que intentan separarnos.
Tampoco me oculta ninguna esposa. Me dejó claras las cosas desde el principio, al igual que yo.
Es una relación sin ataduras. Gracias a ello, no tengo que comerme la cabeza sobre qué estará pensando o si realmente se está involucrando. Si me enamoro de él, será culpa mía.
Se termina la botella de agua y la tira al cubo de basura detrás de ella. Incluso en la penumbra, puedo distinguir el rubor que le tiñe las mejillas. George Strait suena débilmente y se mezcla con las conversaciones apagadas de los soldados que nos rodean.
La puerta de la habitación se abre y todos se vuelven para mirar al equipo Delta, a los médicos y a Booker.
¿Qué está haciendo aquí? Nunca trasnocha tanto.
Un grupo de soldados de infantería entra detrás de ellos.
—¿Voluntarios para una misión humanitaria la semana que viene? —pregunta un hombre alto con una barba espesa que le cubre la mandíbula. Recorre la habitación con la mirada antes de que todas las manos, incluida la mía, se levanten.
—Será solo un día. Vamos a entregar suministros médicos en un hospital infantil.
Nuestras manos permanecen alzadas cuando señala a tres soldados. Sus ojos oscuros se encuentran con los míos y añade mi nombre y el de Castle a la lista de voluntarios.
Poder ganar experiencia en el extranjero me viene de perlas.
—Isla no —le dice Booker al operador Delta al oído. Él asiente y elige a otros.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué no? —La pregunta se me escapa antes de que pueda evitarlo. Me levanto con la barbilla en alto y camino hasta colocarme delante de Booker.
¿Por qué me está saboteando?
Booker enarca tanto las cejas que se le marcan todas las arrugas de la frente.
—Porque lo digo yo, Posa —suelta una versión abreviada de mi nombre en clave con la mandíbula apretada.
Se ha puesto en modo jefe y la amistad que teníamos desaparece al instante.
Todos los presentes en la habitación nos miran, justo lo que no quería, pero necesito saber por qué no puedo ir a la misión de la semana que viene.
Quiero ganar toda la experiencia que pueda mientras esté aquí. ¿Por qué no me deja ir?
Abro la boca para discutir, pero Castle entrelaza su brazo con el mío y me saca fuera del edificio. Arrastro los pies por la arena y ella sigue tirando de mí hasta que nos alejamos lo suficiente. Doblamos la esquina del edificio y nos quedamos a solas.
—Isla, no les discutas a tus superiores. No seas esa clase de persona —me reprende como si fuera una niña.
—Quiero ir contigo mañana. Quiero ganar experiencia. Quiero conocer a esos niños y al personal médico. Quiero ayudar en todo lo que pueda. No es justo, me merezco una explicación. Y la quiero ahora mismo. No tengo otra cosa que hacer, así que ¿por qué no puedo ir?
Desde que me uní a las Fuerzas Especiales, he admirado a dos personas: a Anna y a Kade. Ellos son el ejemplo de lo que se debe y lo que no se debe hacer.
—¡A veces no obtenemos ninguna explicación, Isla! A veces nos obligan a seguir órdenes sin hacer preguntas. ¿Sabes por qué? ¡Porque a veces es mejor así! A veces , es mejor no saber la respuesta —levanta la voz y me señala con el dedo.
—¿Por qué? —Cruzo los brazos sobre el pecho.
Ella niega con la cabeza y le da una patada a una piedrecita con su bota. Relaja los hombros y respira hondo.
—Tendrás que descubrirlo por ti misma —responde. Se da la vuelta y camina en dirección a la habitación de Slater, dejándome con la duda de qué narices ha querido decir con eso.
Cada vez que alguien me dice que no puedo hacer algo, me entran más ganas de hacerlo. Estoy aquí para honrar a mi padre, aunque haya días en los que todavía dudo de mí misma. Adoro mi trabajo, pero no estoy segura de querer hacer esto el resto de mi vida.