Capítulo 30. Violet
Violet
Chasing Cars – Snow Patrol
Abro la puerta de mi habitación y tiro las llaves encima del pequeño escritorio de la esquina. Una voz grave se cuela en mis oídos antes de que me dé tiempo a encender la luz.
—Interesantes cartas.
«Kade».
La luz de la luna que entra por la ventana ilumina su imponente figura. Con los dedos temblorosos, tiro del cordón de la lámpara más cercana. La claridad revela el precioso rostro de Kade. Está enfrascado en un montón de papeles.
¿Qué narices hace en mi habitación?
—¡Me has dado un susto de muerte! ¿Cómo has entrado, sargento maestro? —Poco a poco, mi corazón recupera su ritmo habitual.
Frunce el ceño al doblar las cartas de mi abuela y las vuelve a guardar en el cajón.
—No me llames por mi rango —responde con serenidad.
—¿Qué haces husmeando en mis cosas? —le espeto—. ¿Me estás espiando?
Se recoloca las gafas sobre la nariz y mantiene sus ojos heterocromáticos clavados en mí.
—¿Llevas gafas? —pregunto. Kade, con ellas puestas, hace que se me acelere el corazón.
—A veces, cuando leo.
—¿Por qué estás aquí, Kade? —continúo interrogándole cuando me quito la chaqueta con estampado de camuflaje y la lanzo al rincón donde guardo la ropa sucia.
—Creo que ya sabes por qué.
Se endereza por completo. Claramente mide más de un metro ochenta, tal vez uno ochenta y cinco o más. Es intimidante y hermoso, y su expresión fría hace que me derrita.
—Ni idea —murmuro con sarcasmo al quitarme la coleta. El pelo me cae hasta las caderas. Kade se acerca un poco más y se apoya contra el marco de la puerta.
—Quiero saber quién es. No te dejaré en paz hasta que me lo digas —advierte señalando el anillo que llevo en el dedo.
—Dios, eres incorregible, ¿lo sabías? —Camino hacia él, sin apartar la mirada.
—Me han llamado cosas peores.
Me acaricia la mejilla con los nudillos y los desliza hasta mis labios. Me encanta cuando los toca.
—No estoy comprometida —confieso.
Se queda quieto y lo miro.
—¿No? —Levanta la ceja de la cicatriz.
—No —respondo.
—Entonces, ¿por qué...?
—Le estaba enseñando a Castle el anillo de mi abuela.
Me lo puse porque me hace sentir cerca de ella.
Cierta persona se lo pidió prestado para proponerme matrimonio.
Cuando estuve en casa de permiso, intenté devolvérselo a mi abuela antes de venir aquí.
No estaba lúcida cuando le pedí que se lo quedara, así que mi abuelo me dijo que me lo llevara.
Me mira fijamente, se le curvan las comisuras de los labios y continúa comiéndome con la mirada. Juguetea con mi pelo, se lo lleva a la nariz y lo huele. Le resbalan gotas de sudor por la cara y le caen sobre la camiseta negra.
Hace un calor infernal en mi habitación. Ya me he quejado a mantenimiento, pero todavía no han venido a arreglarlo. Todas las noches tengo que dormir desnuda y con un ventilador encendido para sobrevivir a este calor.
—No me funciona el aire acondicionado.
—Cállate, Violet —gruñe Kade. Me mira con rabia—.
No he dejado de pensar en ti. Cada noche, te siento en mis venas cuando estoy solo.
Cada vez que me voy de misión, puedo oler ese dulce perfume que llevabas en la playa, o quizá es tu propio olor, no lo sé.
No consigo sacarte de mi cabeza, me atormentas.
—Me agarra de la cara con fuerza, obligándome a abrir la boca—.
No puedo tenerte, Violet. Pídeme que me vaya de tu habitación.
Dime que soy un capullo. Dime que soy un monstruo indigno de una mujer que sabe a gloria. Dime que no vale la pena esperarme.
Me acaricia las mejillas con su nariz y esconde su rostro en mi cuello. Sus manos descansan sobre mi cadera, pero no me sujeta.
¿Por qué dice esas cosas?
—No, Kade. Te deseo, y me importa una mierda lo que piense la gente. Quiero que te permitas ser feliz conmigo. ¿Te hago feliz?
Presiona sus labios contra mi cuello. El gesto es dulce y demasiado breve. Necesito más. Sigue caminando hacia delante, lo que me obliga a retroceder hasta posar mi espalda contra la pared.
—¿Feliz? No. Esa palabra no describe lo que siento por ti. Me enfureces. Estoy obsesionado contigo. Eres la primera persona que me hace sentir vivo y eso me cabrea. Existe una interminable lista de razones por las que besarte y abrazarte es una mala idea.
Golpea la pared a mis espaldas, como si luchara consigo mismo.
—Soy. Tuyo —ruge.
Se odia por desearme y nuestra atracción lo debilita. Quiere ser un hombre honorable, no quiere cruzar esta línea, y lo entiendo.
—¿Lo eres? —Suspiro y deslizo mis manos por las serpientes y las calaveras tatuadas en sus musculosos brazos—. ¿Eres mío? Lo entiendo, Kade. Entiendo que no quieras entregarte a mí.
«Soy la exnovia de tu hijo. Tú eres mi jefe. Hay mucha diferencia de edad».
—Sea lo que sea esto, se queda entre nosotros. Estamos solos. Ahora mismo. Justo aquí. Olvídate del mundo.
Su aliento cálido me acaricia el cuello y yo cierro los ojos mientras disfruto de su roce. Jadea con suavidad. Suena como una súplica, como si pidiera ayuda... como si quisiera que lo salvara de sí mismo.
—No puedo mantenerme alejado de ti —admite, besándome el cuello de nuevo.
—Pues no lo hagas.
«Por favor, no lo hagas».
Deposita otro beso en mi clavícula.
Se pone recto y toma mi rostro entre sus manos enormes y curtidas.
Se acerca y me roza la barbilla con su barba.
La vena del cuello le late de puro deseo.
Su mirada se suaviza cuando clavo la mía en su iris esmeralda.
Me pierdo en esas pupilas dilatadas. Me siento cautivada por este operador de las Fuerzas Especiales mayor y experimentado.
—Conmigo no tendrás un final feliz, Violet. Necesito que lo sepas antes de que te folle. No te enamores de mí. No creo en el matrimonio. No quiero tener hijos. No puedo darte la vida que te mereces.
¿Que no me enamore de él?
—¿Tan pronto me hablas de amor? —bromeo.
—Hablo en serio. —Sus ojos caídos recorren mi rostro con tenacidad—.
Me perteneces hasta que yo decida que lo nuestro se acabó.
No gritarás el nombre de nadie más. Si otro hombre te toca, lo mataré.
No me gusta compartir lo que es mío. Me importa una mierda si me hace parecer un desquiciado.
Soy egoísta. Tienes que saber qué pasa cuando te entregas a un hombre despiadado, cruel y hambriento.
Su amenaza posesiva me provoca un escalofrío.
—Entonces... —Trago saliva, casi asustada por esta versión de Kade. ¿De verdad mataría a otro hombre si me tocara? Me parece un poco excesivo, seguro que no lo dice en serio—. ¿Significa eso que me toca cancelar la cita de mañana con el soldado de infantería que conocí esta noche?
—¿Quién es el desgraciado? —gruñe al levantarme del suelo. Me quedo sin aire en los pulmones cuando mis costillas chocan con su hombro. Me sujeta boca abajo y yo aprovecho para mirarle el culo.
—Me lo pones demasiado fácil, Kade. —Estallo en risitas. Me baja los pantalones y me conduce a mi cama. En cuanto mi piel queda expuesta, me pega un azote en el culo con fuerza.
—Te castigaré por esto, pequeña Mariposa.
—Su tono posesivo hace que se me caliente la sangre, convirtiéndola en fuego líquido.
Cada vez que me toca lo deseo todavía más—.
Pórtate mal y te follaré tan fuerte que me sentirás dentro de tu alma durante el resto de tu vida e incluso cuando estés descansando en la tumba.
Me suelta sobre la cama y caigo de espaldas.
Está impaciente, igual que yo. Puedo notarlo en sus movimientos y en cada mirada.
Me agarro a las sábanas con fuerza y lo observo mientras desliza sus manos hasta el final de su camiseta negra y se la quita por encima de la cabeza.
La tira a una esquina de mi habitación y se desabrocha el cinturón.
Mis ojos siguen el contorno de sus abdominales marcados hasta llegar a un tatuaje tridimensional: un esqueleto increíblemente detallado le cubre el pecho. Clavo la mirada en las venas de su ingle. Quiero lamerlas.
Nunca había visto a Kade sin camiseta. Tiene una cicatriz en el lado derecho del estómago que parece una cuchillada profunda.
Cuando me da la espalda para sacar su móvil y un paquete de tabaco, me encuentro con sombras detalladas y realistas de calaveras y balas.
Las sombras son largas y se extienden hasta rozarle el hombro y la nuca.
La forma en la que los músculos de su espalda se mueven bajo el tatuaje cuando se quita la ropa me provoca todo tipo de sensaciones.
Abro la boca y me paso la lengua por el labio inferior porque tengo tantas ganas de tocarlo que me estoy volviendo loca.
—Dios —murmuro.
Kade se ríe entre dientes cuando gira la cabeza y levanta su ceja marcada para que solo pueda verle un lado del rostro.
—Es Kade o Bestia —me corrige con una sonrisa de oreja a oreja. Se le clavan los colmillos afilados en el labio inferior.
Me levanto de la cama y me quito el resto del uniforme lo más rápido posible.
Tiro al suelo la camiseta y el sujetador en cuestión de segundos.
Me agacho, me desato las botas y me las quito de una patada.
Tengo los pantalones bajados hasta los tobillos y, antes de que me dé tiempo a quitármelos, Kade me empuja sobre la cama.
Se quita las gafas, las deja encima de la mesita de noche y oigo cómo abre un preservativo con los dientes.
—No. —Niego con la cabeza. Él frunce el ceño—. Quiero sentirte. Estoy tomando la píldora —susurro. Le acaricio la cicatriz que cruza su rostro, desde la ceja hasta la mejilla. El corazón me late a toda velocidad, desbocado. Nunca me había sentido así—. Y estoy limpia —añado.
—Yo también.
En el fondo, sé perfectamente qué es todo esto: lujuria. Pero, aun así, siento algo distinto. Cierra los ojos y pega más el rostro contra mis dedos para saborear las caricias en su cicatriz.
Me mira a los ojos y yo abro las piernas todo lo que puedo, con los tobillos todavía aprisionados por mis pantalones.
—Nunca había dejado que alguien tocara mi cicatriz —dice con la mandíbula apretada, pegando su cabeza a la mía. Nuestras narices se rozan con suavidad. Hay pasión detrás de cada uno de sus movimientos. Cierra los ojos con fuerza, como si luchara contra los demonios de su cabeza.
¿Va a cambiar de idea? ¿O hay una razón más profunda?
Lo conozco lo suficiente como para saber que no es tan monstruoso como el ejército y nuestros compañeros lo pintan.
Es un hombre honorable: siempre pone su trabajo, sus principios y su familia por encima de su propia felicidad.
Lo veo en la forma en la que intenta protegerme.
En cómo se esfuerza por estar presente para Adam, incluso cuando no puede.
Fue él quien me asignó a Carolina del Norte para que pudiera estar más cerca de mi abuela. Alguien así no puede ser un monstruo.
—Te deseo, Kade. Permítete sentirte bien. Sé egoísta por una vez. No soy tan mala... creo.
Se detiene y deja caer el condón al suelo.
Casi me retuerzo por la intensidad con la que sus ojos ardientes se clavan en los míos.
Apoya sus manos a ambos lados de mí, como si esperara para explotar y conquistarme como ha estado deseando todo este tiempo.
Clavo la mirada en sus ojos helados. Ahora que lo tengo tan cerca, me fijo en las motas de color azul marino que rodean su pupila izquierda.
Le huele el aliento a tabaco con un toque de whisky .
—Ya voy a ir al infierno, así que... a tomar por culo.
Sus labios se encuentran con los míos en una oleada de fuego que implosiona bajo nosotros.
Siento un hormigueo en la piel de alrededor de los labios a causa del roce de su barba.
Me encanta cuando hace eso. Nuestra respiración se acelera y la necesidad de sentir cada centímetro de él me consume.
La punta de su polla se desliza contra mi entrada y me hace gemir suavemente.
La provocación me está volviendo loca. Él rompe el beso y su lengua baila con la mía.
Competimos por llevar la iniciativa, pero me gana en cuestión de segundos.
Inclina la cabeza hacia un lado, me agarra por la cadera con tanta fuerza que hasta me duele, y me pega contra él.
—Hasta nuevo aviso, soy el único que puede tocarte así. Hasta que salga el sol, eres mía, Violet. Cada gemido, grito y aliento me pertenece. Y, de nuevo, hasta que la luna se oculte, eres mía .