Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 28. Kade #2
56%

Capítulo 28. Kade #2

—Qué más da —se burla. La miro a los ojos y sonríe. Yo estoy hecho una puta mierda y ella con una sonrisa de oreja a oreja.

Pues claro que no me lo va a decir.

—Tienes razón. Supongo que no le debes una explicación al hombre al que prometiste amar hasta que la muerte os separara, ¿no?

Últimamente, cada vez que volvía a casa, la notaba distante.

—Ya no te amo, Kade. Sinceramente, creo que nunca lo he hecho.

Gracias por darme a mi hijo. Pero me arrepiento de haber perdido todos estos años de mi vida esperando a que volvieras a casa, y ahora.

.. —Camina hacia la puerta de entrada, se cuelga el bolso del hombro y niega con la cabeza antes de salir—.

Ya no tendré que seguir haciéndolo. Cuídate.

Pero no dejaré que veas a Adam durante un tiempo.

—¡Penny! ¡Es mi hijo! ¡No me hagas esto! Y, sobre todo, no se lo hagas a él. Soy su padre. Es mi niño. —Me pongo de pie con un grito ahogado.

—Tengo que hacer lo que es mejor para él y creo que mantenerle alejado de ti le proporcionará estabilidad.

—No me lo quites —suplico, intentando ganarme su compasión. Aunque sé que no quiere concedérmela. Sigue caminando hacia la puerta. Da pequeños pasos y yo me quedo quieto. Los rayos de sol se filtran a través de las persianas y brillan contra mi alianza.

Esto. Duele. Una. Barbaridad.

—Necesito que me digas una cosa, cariño. ¿Llevabas puesta la alianza mientras te acostabas con él? —Entorno los labios, le doy otro trago a mi cerveza y clavo la vista en su mano.

¿Se lo tiró mientras a mí me disparaban? ¿O mientras cargaba el cuerpo sin vida de un niño después de un bombardeo?

—¿Te acostaste con él mientras a mí me partían la cara?

—Me levanto la venda que me cubre el rostro y la lanzo al suelo.

Mi herida más reciente la hace estremecerse, como si le pareciera un monstruo.

Se queda quieta y aparta la mirada sin ningún ápice de remordimientos—.

¿Vuelvo a casa cubierto de sangre y cubierto de vendas y ni siquiera te interesa saber si estoy bien o cómo me hice todo esto?

Silencio.

Pone los ojos en blanco.

No tiene corazón.

—¿Dónde lo hicisteis, eh?

Hace una mueca.

—¿En nuestra cama? —Se me cae una lágrima—. ¿En nuestro sofá?

Ella sacude la cabeza, como si quisiera que deje de hablar. Abre la puerta y da un paso hacia fuera. Cojo mi cerveza y me bebo hasta la última gota.

—Tú eras mi mundo y mi hijo todavía lo es. ¿Cuándo dejé yo de ser el tuyo?

Me dirige una última mirada vacía con sus ojos marrones. Se echa el pelo castaño por encima del hombro y resopla, como si no le importara ni lo más mínimo haberme hecho sentir indigno de tener un hogar..., una familia.

—Nunca lo fuiste. —Se encoge de hombros—. No eres un buen padre ni un buen marido. Nunca te casaste conmigo. Siempre has estado casado con tu trabajo.

Mi corazón se rompe un poco más. Frunzo el ceño y miro nuestra foto de bodas que descansa sobre la mesa: dos jóvenes de dieciocho años, con Adam en mis brazos. Nos casamos justo después de que él naciera.

Justo después de que yo me alistara en el ejército, nos casamos.

Observo aquel momento capturado tras la graduación y sonrío al recordarlo.

Una parte de mí siempre sintió que nos faltaba algo.

Como si supiera que no era mi alma gemela.

Sin embargo, lo pasé por alto para poder darle a ella y a mi hijo el mundo entero.

—Siempre he sido bueno contigo... —Clavo la vista en mi alianza y la giro entre los dedos y..., entonces, me doy cuenta. Nunca podré darle a mi hijo una familia completa.

Nunca volveré a llevar puesto este anillo y juro que nunca volveré a comprometerme con alguien.

—Adiós, Kade.

El dolor me golpea cuando, por accidente, me clavo el cuchillo en el dedo, lo que me saca de golpe del recuerdo que me convirtió en el hombre que soy hoy en día.

La sangre brota del corte de inmediato y la madera se mancha de huellas rojas.

Con una rabia ciega, arrojo el trozo de madera al cubo de basura que hay al otro lado de la habitación y cae con un golpe seco.

«¡Joder!».

Tiene que ser perfecto, pero no consigo sacármela de la cabeza. Su existencia me atormenta. Me pongo de pie, cojo la botella de whisky y le pego un trago. Camino de un lado a otro de la habitación mientras me preparo para elegir otro trozo de madera y ponerme manos a la obra.

Tiene que ser perfecto.

Me cae un reguero de sangre por el brazo y, aun así, no siento dolor. Me entrené para no sentir nada. Llevo casi veinte años en esto y soy capaz de hacer lo que haga falta sin necesidad de romperme.

Cojo una toalla y la uso como gasa hasta que pueda ocuparme del corte en condiciones, ya que tengo todo el equipo médico en mi habitación.

La enrollo alrededor del corte con fuerza hasta que está bien ajustada y corto el resto del tejido.

Después de unos segundos, la presión detiene el sangrado y yo ya estoy listo para ponerme a tallar de nuevo.

Cuando agarro el cuchillo, el mango golpea sin querer una pila de papeles.

—Mierda —mascullo, y dejo caer la hoja al suelo y me arrodillo para recogerlos.

A medida que los vuelvo a ordenar, veo los rostros de los soldados y las víctimas asesinadas por El Cirujano.

Ese monstruo es responsable de demasiadas muertes.

Solo una persona logró escapar de sus garras, un Navy SEAL al que llaman «Criatura».

Todos los demás fueron torturados y brutalmente asesinados. Cualquier persona preferiría estar muerta antes que caer en sus manos. No obstante, cada vez estamos más cerca de encontrarlo. En cuanto Inteligencia nos dé sus coordenadas, llevaremos a cabo un plan para capturarlo con vida.

Después de trabajar en mi proyecto secreto durante media hora sin ninguna otra herida autoinfligida, me dirijo a un edificio que no es el mío.

Necesito terminar lo que empecé antes. Cada paso que doy tiene un propósito implacable.

Avanzo hacia un destino que me condenará al infierno, pero soy incapaz de resistirme a la atracción magnética que ejerce sobre mí.

Estoy a punto de hacer algo que jamás había hecho por una mujer.