Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 28. Kade
55%

Capítulo 28. Kade

Kade

Hurt – Johnny Cash

Violet se marcha cuando oímos los lejanos gritos de Castle fuera de la clínica. Me quedo dentro del armario y espero un par de minutos antes de salir para no levantar sospechas.

Me saca de quicio. A estas alturas, estoy convencido de que lo hace a propósito. Ojalá fuera lo suficientemente fuerte como para decirle que no la deseo, pero sería una puta mentira. Me encanta su cabezonería. Una pequeña mariposa testaruda... mi pequeña mariposa testaruda.

Pienso averiguar quién es ese hombre y me aseguraré de que evite cometer un error garrafal como es el matrimonio.

Si tengo que arrancarle ese puto anillo del dedo yo mismo, lo haré.

Pero no cometerá el mismo error que yo: creer que los matrimonios son para siempre, especialmente cuando trabajas en Operaciones Especiales. No quiero que siente cabeza todavía.

Salgo del edificio en el que me he follado la boca de Violet. Doy un paso y me encuentro con Booker, que sonríe de oreja a oreja. Mantengo mi expresión seria lo mejor que puedo, saco mis gafas de aviador y me las pongo.

—¿Ya le has echado gasolina a la camioneta? —me pregunta con un chicle en la boca. Se le mueve el bigote al mascar con una sonrisa socarrona.

—Sip.

Me llevo la mano al bolsillo de los pantalones para coger un cigarro cuando Booker me alcanza. Se está poniendo el sol. Caminamos en dirección a nuestros alojamientos; una brisa fresca y seca nos atraviesa. Contemplo el contorno de las montañas sobre el cielo rosa y morado.

—¿Ya te han vaciado los huevos?

Me paro en seco y le lanzo una mirada asesina. No necesito quitarme las gafas de sol para saber que está forzando la situación. Aprieto la mandíbula y lo miro con el ceño fruncido. Él levanta las manos en señal de rendición y se ríe por lo bajo. Mi silencio le sirve de advertencia.

—Como no cierres la puta boca, te mato —gruño.

Me llevo el cigarro a los dientes y lo enciendo.

Él se encoge de hombros.

—En cualquier caso, he venido a buscarte porque Delta quiere sacar a algunos miembros del equipo para llevar a cabo una misión humanitaria mañana. Solo serán un par de horas.

Echo el humo y niego con la cabeza.

—No me hace gracia.

Tengo un mal presentimiento.

—A mí tampoco. —Se encoge de hombros y me roba un cigarrillo.

Estiro el cuello a ambos lados hasta que me crujen los huesos y ese familiar estrés de la guerra me recorre las venas.

—Violet no irá —afirmo, y le doy otra calada al cigarro. Booker levanta una ceja y me mira—. Si se ofrece como voluntaria cuando se lo anuncies mañana al equipo, asegúrate de que no esté en esa lista.

No quiero que vaya a ningún sitio en el que yo no esté.

—Entendido, sargento maestro.

Esta noche todo el mundo está en la zona de reunión. Bebiendo, viendo películas y charlando. Yo, en cambio, estoy solo en mi despacho, volviéndome loco.

Me gusta estar solo, me he acostumbrado a la soledad desde mi divorcio.

Al llevar tanto tiempo en el ejército, me he adaptado a un estilo de vida tranquilo y sin sorpresas.

Mi madre y mis hermanos viven en Colorado y yo llevo destinado en la Costa Este desde que me alisté.

Hace tiempo que no los veo, pero me envían provisiones para cada misión.

Nunca me importaron las mujeres con las que echaba un polvo de vez en cuando.

Ni siquiera me molestaba en aprenderme sus nombres ni me interesaba si estaban poniéndole los cuernos a alguien.

Sinceramente, eso no es asunto mío, y tampoco he desarrollado nunca sentimientos por otra persona que no sea mi exmujer.

Pero Violet Isla me ha arruinado la vida al permitirme saborearla.

¿Con quién cojones está comprometida?

Le doy la vuelta a mi próxima escultura de madera y me concentro lo máximo posible para hacer los últimos detalles con una pequeña cuchilla.

Tallar madera siempre me relaja, pero, en esta ocasión, no está aliviando mi necesidad de saber qué se le está pasando por esa preciosa cabecita.

El matrimonio es una palabra de diez letras de pura basura.

Es una palabra de falsas esperanzas, porque comprometerte con otra persona es tan absolutamente deprimente como suena.

Si puedo evitar que alguien, más concretamente Violet, caiga en ese falso compromiso, lo haré.

Con cada segundo que pasa, me estreso todavía más. Sigo tallando la madera con fuerza, en profundidad, concentrado y perdido en mis pensamientos mientras la interpretación de Hurt de Johnny Cash continúa sonando. Muevo la pierna arriba y abajo sin parar.

«Joder, necesito otra copa».

Cojo mi vaso lleno de whisky y me lo bebo de un trago. El líquido me quema la garganta mientras apoyo el vaso de nuevo sobre el escritorio con más fuerza de la que debería.

Por algo la tasa de divorcios en parejas de Operaciones Especiales es tan elevada.

¿Quién en su sano juicio quiere esperar meses o años a que su pareja vuelva a casa?

¿Quién quiere someterse a días y noches en soledad, en una base lejos de casa, mientras se preocupa por si sus compañeros están vivos o muertos?

A medida que tallo más profundo y rápido, siento que el volumen de la canción va bajando lentamente. Vuelvo a estar en Carolina del Norte, tengo veinticuatro años y revivo el día en el que perdí mi razón de ser.

—Por favor... no me hagas esto exhalo cuando mi garganta amenaza con cerrarse. La mirada que encuentro en los ojos de Penny me confirma que hace tiempo que se ha ido, y esto es lo que me encuentro al volver a casa.

Una casa vacía. Una esposa vacía.

—Lo siento, Kade. Me he cansado de esperar.

Me he cansado de llorar hasta quedarme dormida.

—Echa un vistazo alrededor de la casa desierta antes de clavar sus ojos en los míos, como si estuviera preparada para irse—.

Me cabrea... —Se detiene con una expresión seria.

La frialdad de sus palabras, la crispación con la que las pronuncia me arrastran a un estado de desesperación.

No la reconozco. Ni a ella ni a este nuevo tono de voz que usa cuando me mira.

Ya no es mi amor del instituto. Es una desconocida que no soporta ser la esposa de un operador de las Fuerzas Especiales durante un solo segundo más.

—¿Qué te cabrea? —gruño con los dientes apretados.

Se me llenan los ojos de lágrimas, pero no aparto la mirada del botellín de cerveza.

Odia que beba, aunque creo que después de luchar por mi vida, presenciar los horrores de la guerra hace menos de cuarenta y ocho horas y encontrarme con que las cosas de mi hijo y de mi mujer ya no están en nuestro hogar, me lo merezco.

Al coger la botella, me fulmina con la mirada. Necesito que termine la frase. Aunque las verdades duelan, necesito que lo diga.

—Creo que ya lo sabes —responde al coger las llaves del coche.

Trago saliva con dificultad, se me forma un nudo en la garganta que no soy capaz de evitar.

—Dilo, Penny. —Levanto una ceja y aprieto los labios. Separo más las piernas y planto mis botas en el suelo como si estuviera a punto de levantarme.

Fuerzo una sonrisa sin vida y ella frunce el ceño con dureza. Apoyo los codos sobre la mesa del comedor, agito la mano delante de mí y el botellín de cerveza se balancea.

—¿Qué te cabrea, mi amor? —Me aclaro la garganta antes de desmoronarme.

«Los hombres no lloran. Sé un puto hombre. Nosotros no lloramos».

Oigo las palabras de mi padre en el fondo de mi mente. Las mismas que me decía antes de darme una paliza.

Penny me mira con intensidad. A estas alturas la conozco demasiado bien y mi ahora exmujer nunca se ha mordido la lengua, por lo que esto me va a doler más de lo que jamás le reconoceré.

—Tú me cabreas, Kade. No quiero tener que volver a esperar a que un hombre vuelva a casa.

Mi hijo se merece a un padre presente. ¡Y tú siempre estás fuera!

Durante tu ausencia me he desenamorado de ti.

Ya no puedo soportarlo más. Solo me quedé contigo porque no tenía otro lugar a donde ir, no porque te amara.

—Hace una pausa de nuevo y se frota los nudillos por el rostro cubierto de lágrimas—.

¿Y todo para qué? ¿Para que te pierdas cinco de sus siete cumpleaños?

¿Para pasarme casi todas las Navidades y aniversarios sola porque estás trabajando?

—Es mi...

—¿Para tirarme las noches pensando en cómo habría sido mi vida si hubiera decidido dejarte al acabar el instituto en lugar de casarme contigo?

—¡Es mi trabajo! Soy un operador especial, un soldado que daría la vida por su familia. He estado a punto de perderla más veces de las que soy capaz de contar. ¿Y tú me lo echas en cara?

Penny tiembla y se lleva las manos al pelo, como si quisiera arrancárselo.

—¡No me gusta tu trabajo! ¡Ya no te quiero! ¿Es que no lo entiendes? Odio haber desperdiciado los últimos siete años de mi vida contigo. ¡Eres un padre de mierda!

—Ni se te ocurra decirme eso. Quiero a mi hijo y sabes que también te quiero a ti.

Cuando estoy en casa, me paso todo el tiempo con vosotros.

Y si me voy es porque es la forma que tengo de manteneros a ambos.

Os he cuidado para que tengáis todo lo que os haga falta.

¿De verdad crees que a mí no me mata el no estar en casa?

Pienso en vosotros todas las noches justo antes de quedarme dormido.

Vosotros sois la razón por la que lucho con todas mis fuerzas para volver a casa. Yo...

—Me acosté con él. —Penny camina en círculos, como si se sintiera avergonzada de sí misma... o cansada de ocultar su secreto.

Se me rompe el corazón.

—¿Qué? ¿Con quién?

—Ya me has oído.

—¡Me cago en la puta, Penny! ¿Con quién? —grito, y pego un puñetazo en la mesa. Mis emociones me están sobrepasando. Respiro hondo y aprieto la mandíbula.

Un silencio inquietante se instala entre nosotros mientras me recompongo. No aparta sus ojos marrones de mí, pero puedo notar que está satisfecha consigo misma.