Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 25. Kade
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Capítulo 25. Kade

Kade

—¡Kade! —Tillie, mi vecina y estudiante universitaria, está dando otra de sus malditas fiestas llenas de borrachos y música a todo volumen que se cuela hasta mi propiedad.

¿Cuándo me he vuelto tan cascarrabias? ¿Cuándo empezó a molestarme que la gente aparque su coche delante de mi jardín?

Nunca estoy en casa, pero cuando estoy, es una pesadilla.

—¿Sí, Tillie? —suspiro.

Cruza toda la calle con un vaso rojo en la mano. Cuando llega al lado del copiloto de mi camioneta, se tropieza y se agarra a mi hombro para no caerse.

—Uy, perdón. —Se ríe y apoya de nuevo la mano en su cadera.

—Tranquila. —Entorno los ojos.

—¿Te apetece unirte a la fiesta? Últimamente no estás en casa y me da a mí que te vendría bien tomarte un descanso del trabajo. —Un intenso rojo carmesí le tiñe las mejillas.

Cada vez que vuelvo de una misión o que estoy de permiso, Tillie aparece en mi puerta o en mi jardín. Probablemente esta sea la vigésima vez que rechazo sus insinuaciones desde que me mudé al vecindario.

—No —respondo al cerrar la puerta de mi camioneta.

Ella frunce el ceño y su sonrisa coqueta se desvanece de inmediato.

Presiono dos veces el botón de las llaves del coche hasta que suena un pitido y me aseguro de que está cerrado. Ella se queda allí plantada, esperando a que cambie de idea.

No lo hago.

Finalmente, capta la indirecta y vuelve a su casa. Por el rabillo del ojo, veo a un grupo de chicas rodearla en su jardín delantero. Esconden sus sonrisas, pero no me quitan el ojo de encima.

—¡Lo he intentado! —exclama Tillie más alto de lo que debería, por encima del barullo de la música estridente.

—Madre mía..., ¡está buenísimo! —dice una de las chicas.

—Los padres solteros son mi tipo —añade otra.

Acelero el paso con el cuerpo tenso.

¿Yo? Un hombre que ronda los cuarenta no tiene el más mínimo interés en que lo inviten a una fiesta para universitarios veinteañeros. ¿Qué cojones pinto yo en esa fiesta? Si lo primero que hago cuando llego a casa a las nueve de la noche es irme a planchar la oreja. Eso es lo que me va.

Niego con la cabeza al llegar a la puerta, cabreado con la idea de que esa niñata pensara que aceptaría su oferta. Sé que no lo ha hecho con mala intención, pero aun así...

Una paz momentánea me invade cuando abro la puerta de mi casa.

Sin embargo, la sensación nunca dura demasiado.

Un sentimiento de soledad me atraviesa la cabeza y el alma, haciendo añicos la esperanza de volver a escuchar sus voces dándome la bienvenida, como solían hacer.

Han pasado años desde mi divorcio, pero cuando tienes una mujer y un hijo esperándote, esa sensación cálida nunca se desvanece por completo.

Eso dejó una falsa esperanza permanente en mi corazón.

Lanzo las llaves sobre la mesa de la entrada y escucho el tintineo del metal contra la madera.

Cierro la puerta y me quito el jersey, seguido de mi camiseta de camuflaje.

Me voy desvistiendo a medida que me dirijo a mi habitación.

Empujo la puerta y me quito del todo la camiseta.

Solo me dejo puestas mis placas de identificación, que cuelgan justo encima de la enorme cicatriz de bala que tengo en el pecho.

Una bala casi me quita la vida cuando estaba de despliegue en África.

Me ruge el estómago cuando me siento al fondo de la cama perfectamente estirada. Empiezo a desatarme las botas. Siento que no me respiran los pies cuando las llevo puestas. Al quitármelas, me invade una sensación de alivio. Me muero de hambre, pero no tengo energía para ponerme a cocinar.

La misma mierda de siempre, pero en un día distinto.

Llevo a cabo esta pequeña rutina antes de irme a trabajar a las cinco de la mañana.

Hago la cama, preparo café y conduzco en la oscuridad con mi termo en la camioneta porque siempre me despierto antes de que amanezca. Así es como empiezan mis días.

Estos últimos meses no he tenido nada de apetito.

Me he estado obligando a comer para ser capaz de mantener mi rendimiento.

Siempre he sido así. Mantengo mi cuerpo en forma, listo para las misiones.

Pero últimamente, por primera vez en mi vida, se me pasa por la cabeza la idea de mandarlo todo a la mierda, como si unos demonios se hubieran cargado mi actitud positiva.

La muerte me ronda como una puta sombra cuando estoy solo y sin trabajar.

No obstante, no me animo a hablar de ello. La gente no habla de ello. Es tabú permitir que alguien sepa cómo te sientes al volver a casa después de todo lo que hemos visto: guerra, muerte, tortura... La culpa del superviviente. A veces, regresamos con cicatrices físicas que lo demuestran.

Después de quitarme las botas, me saco los calcetines y los lanzo al cesto de la ropa sucia.

Esta vida no es para todo el mundo.

Esta vida es dura.

Esta vida a veces es solitaria.

Pero no la cambiaría por nada del mundo.

Soy un soldado de las Fuerzas Especiales. He trabajado muy duro y me he sacrificado. Mi trabajo consiste en proteger y servir junto a mis hermanos, algo que es mucho más importante que uno mismo. He nacido para esto... aunque no es fácil, al igual que tampoco es justo.

Pongo las noticias y me quedo en calzoncillos. Me quito el reloj, guardo el cuchillo en mi mesita de noche y cierro el cajón. Sentado en el lado derecho de la cama, me cubro la cara con la mano y observo el nuevo trozo de madera que compré y que descansa sobre la mesilla.

¿Qué debería tallar ahora?

Se me dibuja una sonrisa en los labios y una sensación cálida y agradable me recorre el estómago cuando unos ojos color miel se me vienen a la cabeza.

Una persona libre, segura y fuerte que sabe igual de dulce que su corazón.

No puedo creerme que la besara. Rompí mi propia regla sin ni siquiera pensarlo dos veces. Y fue como un soplo de aire fresco.

El hecho de que sienta que no tiene familia me preocupa.

Penny mencionó algo sobre que su madre y su hermana la culpan por la muerte de su padre.

¿Qué clase de persona hace eso? ¿Echar de su vida a su hija por algo que, seguramente, no estaba en sus manos?

Quiero saberlo todo sobre ella. Quiero saber por qué Adam y ella cortaron.

Quiero saber qué la hace reír y si cree que tallar madera es un pasatiempo que le gustaría.

¿Le parecerá una estupidez? Penny y Adam nunca se molestaron en conservar las cosas que tallaba y que les regalaba, aunque yo sigo intentándolo.

Quiero saber cuál es su color favorito. ¿Será el rojo?

No he podido recuperar el aliento desde que la vi bailar con aquel vestido.

Quiero saber cuál es su comida favorita.

Quiero saber todos esos pequeños detalles que nadie más sabe.

«Pero no debo hacerlo».

Prometí que me mantendría alejado de ella.

No se merece que le joda la vida con mis demonios y no puedo traicionar a Adam más de lo que ya lo he hecho.

Aunque, al parecer, no soy el único que está engañando a alguien.

Después de que Violet se fuera, apareció una chica joven.

Reconocí su voz de inmediato. Era la chica que estaba en la cama con él cuando me llamó para pedirme que la vigilara.

Trajo a casa a la chica con la que ha estado engañando a Violet después de que ella anunciara que lo habían dejado.

Penny sabe que se ha estado acostando con otras a sus espaldas, pero finge delante de ella como si nada.

Yo no fui capaz de hacerlo. Me largué en cuanto la otra chica apareció.

Salgo de golpe de mi ensimismamiento cuando una alerta de última hora aparece en la pantalla.

«Los Navy SEAL han sufrido una emboscada en el extranjero».

Como era de esperar, mi teléfono empieza a sonar una y otra vez. El chat del grupo echa humo y mi breve descanso ha llegado a su fin.

Es hora de volver al trabajo.