Capítulo 24. Violet
Violet
All The Stars – Kendrick Lamar y SZA
Kirk aparece treinta minutos más tarde. Adam y Penny van a la tienda de la esquina a comprar Shiner y yo me quedo en casa.
Tras quitarme los zapatos, entro en la cocina para coger un vaso de agua. No paro de revisar las notificaciones de mi móvil a la espera de recibir noticias de mi abuela y un mensaje de feliz cumpleaños de mi madre y mi hermana.
¿Se habrán acordado?
«Qué tontería».
Ni siquiera me han llamado ni me han escrito. Concentrada en el registro de llamadas perdidas y los mensajes, Kade y Kirk estallan en carcajadas, lo que llama mi atención. Kade le da una calada a su cigarro y Kirk mastica tabaco.
Necesito salir de aquí. Adam ya no es mi familia. No pertenezco a este lugar. Aunque últimamente siento que no pertenezco a ninguna parte. No tengo un hogar ni una familia.
Afortunadamente, unirme al ejército le ha dado un sentido a mi vida.
He hecho amigos a los que considero hermanos.
Cada vez que Kade me miraba, sentía una tormenta de sentimientos retorcidos.
Luché contra ellos todo lo que pude, pero es una batalla que no podía, ni puedo, ganar.
Excavó un oscuro túnel para romperme, pero siempre se aseguró de hacerme saber que había una luz al final. Entre sus brazos me sentía segura.
El vaso que sujeto se me desliza de entre los dedos y se hace añicos a mis pies, devolviéndome a la realidad.
Retrocedo, sobresaltada y piso los fragmentos de cristal rotos y afilados.
El dolor me atraviesa desde la planta del pie y siseo.
Un rastro rojo se me desliza por el pie y suelto un taco en voz alta.
—Mierda.
La puerta trasera se abre de golpe, pero estoy demasiado ocupada buscando la escoba y los productos de limpieza para mirar de quién se trata.
—Lo siento. S-soy muy patosa.
—Ven aquí. —Intenta alejarme de los trozos de cristal.
Kade.
—Apártate —me ordena.
—No.
—Que te apartes —repite con su tono autoritario.
—No, Kade, ya me encargo yo.
—Joder, mira que eres testaruda.
Me agarra por la cintura y me levanta en volandas. Suelto un grito ahogado y me agarro a sus hombros. Me apoya sobre la encimera blanca y se pone de rodillas.
—Déjame echarle un vistazo. Tengo conocimientos médicos.
—Ya, y yo, así que ya me ocupo yo sola.
—Maldita sea, Violet. Déjame cuidarte.
Frunce el ceño. Se le dilatan las pupilas al suplicar. Dejo caer los hombros, la coraza que uso para esconderme se desmorona cada vez que él me muestra compasión.
—Lo siento —me disculpo débilmente. Relajo la pierna y busco a Kirk con la mirada. Lo encuentro fuera al teléfono, caminando en círculos.
Kade me quita el calcetín navideño y el corazón me late a toda velocidad. Su mirada ardiente se cruza con la mía. Cuando me mueve el pie hacia un lado, me estremezco de dolor. Tengo un trozo enorme de cristal clavado en la planta del pie, incluso ha atravesado el calcetín.
Hace una mueca cuando me saca el trozo de cristal del pie y se levanta. Lo tira a la basura y yo me muevo para volver a ponerme el calcetín.
—No te muevas. Voy a por una venda —me ordena por encima del hombro.
Se acerca a la despensa, abre la puerta y saca un botiquín. Ni siquiera le ha hecho falta mirarme para saber que ya estaba planeando escaparme.
Se arrodilla de nuevo, limpia la herida y coge una gasa blanca. Intento no observarlo... Me resulta imposible. Me duele mirarlo.
—Entonces, ¿has vuelto con Adam? —rompe el silencio.
—Eh..., no. Qué va.
Se detiene durante tres segundos antes de continuar vendándome el pie.
—Creía haberlo oído decir que...
—Está mintiendo. Solo he venido por Penny.
—Explícate.
—No sabe que lo hemos dejado. Siempre se ha portado muy bien conmigo, así que estoy fingiendo que todo va bien entre nosotros. Es más fácil así.
Coge mi calcetín y me lo pone sobre el pie vendado.
—¿Y tu familia? ¿Dónde está? Seguro que te han echado de menos. ¿Por qué no asistieron a la graduación?
Sacudo la cabeza. No quiero hablar del tema. ¿Por qué no lo deja estar? Que deje de fingir que le importo. No quiero que sienta lástima por mí.
—Ya no formas parte de mi unidad. No tienes que preocuparte por mí. Estoy bien —expongo, pero se me rompe la voz. Me encuentro con su mirada cautivadora y un escalofrío me recorre la espalda. Cada vez que lo miro, me hechiza. Cada. Maldita. Vez.
Aprieta la mandíbula, como si se estuviera callando pensamientos intensos y crueles, lo que hace que se encienda algo dentro de mí.
Extiende la mano hacia mi rostro, como si quisiera abrazarme. Es la misma mirada que tenía cuando me alejé de él en la playa.
—Mariposa. —Su tono de voz se vuelve más oscuro.
—No me llames así —le advierto. Sé que estoy siendo rencorosa, pero no puedo evitarlo—. No estamos en el campo de batalla. No puedes llamarme así.
Joder. Esa maldita voz. Su olor. Su cuerpo, su piel, su alma.
Todo su ser me mete en problemas. No puedo sentirme atraída por él, aunque ya es demasiado tarde.
Necesito salir de aquí porque lo único que quiero ahora mismo es volver a experimentar esa felicidad que sentí cuando me tuvo entre sus brazos.
Cuando me besó.
Cuando me habló.
Lo anhelo todavía más desde que pude probar en qué se convierte cuando me desea.
—Tengo que irme.
Me bajo de la encimera y salgo pitando de la cocina.
Me dirijo a la puerta principal, cojo mi bolso y mis llaves de la mesita auxiliar.
Vuelvo a calzarme, ignorando la herida. Rozo el pomo de la puerta con los dedos cuando me empuja contra su pecho.
Un grito de pánico se me escapa de entre los labios y él me tapa la boca con la mano para que me calle.
Avanza hasta que mi espalda se encuentra con la pared.
Estamos pegados el uno al otro. Agarro los extremos de su jersey negro, como si quisiera pegarlo más a mí, pero no lo hago.
Presiona su abdomen contra mi pecho y gime.
—Kade. —Mi voz suena amortiguada. Él echa un vistazo a nuestro alrededor con cautela. Si Kirk o Adam nos ven, podemos irnos despidiendo de nuestras carreras.
Apaga las luces del pasillo con un movimiento rápido y me mira. Su mano se desliza hasta mi cadera.
—Suéltame —suplico.
—No. ¿Y tu familia? —Me acaricia la mejilla con el pulgar en círculos.
—No necesitas saberlo —replico, intentando apagar el fuego de mi corazón.
—No deberías irte por mi culpa. Nadie debería estar solo en Navidad. Me mantendré alejado de ti el resto de la noche.
—Eso es justo lo que no quiero. ¿Acaso no lo entiendes?
Se me forma un nudo en la garganta. El muro que construí desde que me uní al ejército regresa para atormentarme. Incluso en la oscuridad, sus ojos brillan con emociones malditas.
No sé si está igual de destrozado que yo o es que simplemente le molesta que esté aquí.
—Me gustas, Kade.
Se pone tenso, como si le hubiera golpeado. Frunce sus cejas oscuras y suspira. El olor de su colonia me atrapa todavía más. No es justo que me atraiga tanto sin ni siquiera intentarlo.
«¿Va a decir algo?».
Da un paso atrás, como si estar cerca de mí fuera algo malo.
—Me gustas —repito encogiéndome de hombros—.
No he parado de pensar en aquella noche.
De hecho, pienso en ella más de lo que me gustaría y me odio por ello.
No puedo estar cerca de ti. Nuestros trabajos.
Nuestra situación. Adam es tu hijo y... ¿qué pasa con Penny?
—Hunde los hombros y da otro paso atrás.
Mi cuerpo ya anhela que su piel esté en contacto con la mía.
Muevo la cabeza de un lado a otro con vehemencia.
—Violet. —Endereza la espalda. Ha vuelto esa fuerza indescifrable y lo odio—. Aquella noche nunca debió ocurrir. ¿Entendido?
Me levanta la barbilla para obligarme a encontrarme con su mirada oscura. Me tiemblan los labios y él aprieta la mandíbula con fuerza. Se me rompe el corazón cuando finalmente consigo la respuesta que tanto tiempo lleva repitiéndose dentro de mi cabeza, como si se tratara de una maldición.
—¿Te arrepientes de aquella noche? —murmuro levantando las cejas.
Se pasa una mano por la barba, como si estuviera intentando gestionar esta conversación mentalmente.
Las luces del árbol de Navidad del salón parpadean contra su rostro hipnotizante.
Se aleja de mí y observa cómo Kirk le da la vuelta a un filete con unas pinzas en la parrilla, ajeno a todo.
Le pega un trago a su cerveza. Después, Kade vuelve a mirarme con una expresión fría como el hielo.
—Fue un error. —Veo cómo traga saliva—. Nunca debió ocurrir. Ambos fuimos muy imprudentes aquella noche. No puedo.
—Pero ocurrió. Yo quería. Tú querías. Hay algo entre nosotros, y lo sabes.
—Tengo treinta y ocho años, Violet. Te saco diecisiete años.
—¿Y eso qué coño importa? —resoplo.
—Créeme, Violet. No me quieres en tu vida. No puedo permitirme tenerte..., te arrepentirás. Hay una enorme lista de razones por las que no funcionaría y una de ellas es que soy un capullo sin empatía que acabará decepcionándote —me advierte con frialdad, tratando de asustarme.
Trato de acariciar su rostro, pero retrocede.
Siento una puñalada en el corazón.
—¿De verdad te arrepientes de aquella noche?
—No quieres saber la respuesta. Aquella noche fue la primera y última vez que te tocaré. —Me mira como si fuéramos dos extraños.
Me tiembla el mentón.
—Dilo, Kade. Dime que todo está en mi cabeza.
Las duras líneas de su rostro se vuelven más profundas.
—Eres un error. Un momento de debilidad. Todo está en tu cabeza.
Me echo hacia atrás, sorprendida por sus palabras. Siento una enorme presión en el pecho y el corazón se me rompe.
Es un insensible. Esta es la cara de Kade de la que todos los soldados me advirtieron. Dejo caer la mano y parpadeo rápidamente.
Frío. Oscuro. Peligroso. Sombrío.
Monstruoso.
«Bestial».
Necesito irme.
—Eres un hombre obsesionado con el control y yo logro quitarte ese poder. Te jode, ¿verdad? —lo reto. Él se mantiene inexpresivo, lo que solo aumenta mi frustración ante su silencio—. Eres un cobarde.
Abro la puerta de golpe y me limpio con el nudillo la lágrima que me resbala por la mejilla. Me pongo mi gorrito rosa justo cuando Adam y Penny entran.
—¡Eh, cariño! ¿Adónde vas? —grita Adam detrás de mí mientras me dirijo hacia la entrada.
—¡Violet! He traído tus dulces favoritos. Por favor, quédate. Es tu cumpleaños. —Penny hace sonar la bolsa de plástico.
Me detengo y respiro hondo, sabiendo que esta será la última vez que salga de esta casa. Ya había llorado la pérdida de mi relación con Adam y su madre. Ahora lloro por la química que compartí con mi instructor.
Me doy la vuelta con una sonrisa forzada y los ojos llorosos.
—Es medianoche, Penny. Técnicamente, ya no es mi cumpleaños —respondo, despacio, con voz dolida. La tristeza tiñe mi tono—. Gracias por lo de hoy. Ha sido uno de los mejores días que he tenido en mucho tiempo. —Penny se lleva una mano al pecho con el ceño fruncido.
—Encantada de conocerle, sargento maestro O’Connell.
Levanto una ceja. Él se pone recto y me dirige un leve asentimiento con la cabeza, como si volviéramos a ser dos desconocidos. Se ha puesto de nuevo esa máscara perfecta e impenetrable que tanto solía odiar. Da media vuelta y regresa a la casa, como si yo no significara nada para él.
Adam está que echa humo. Tiene los puños apretados y la cara roja de ira. Penny continúa frotándose el pecho, deseando que vuelva.
—¡Cielo, quédate, por favor! —vuelve a llamarme y yo niego con la cabeza.
Le dedico a Adam una mirada firme. Espero que se le meta en la cabeza que hemos acabado y que el hecho de que haya vuelto a casa no significa que vuelva a ser una chica que está disponible a su antojo.
Soy una soldado. Elegí este trabajo. Estoy honrando a mi padre, hago todo esto por él. Incluso aunque esta carrera me prohíba entregarme a mis deseos prohibidos. Mi trabajo y mi deber son lo primero.
—Adiós, Adam. Lo siento, Penny, pero Adam y yo ya no estamos juntos.