Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 21. Violet #2
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Capítulo 21. Violet #2

—No hace falta. Gracias, señora Isla. —El enfermero se detiene junto a la puerta, se aparta el largo pelo rubio de la cara y nos dedica una sonrisa cálida acompañada de un gesto con la mano—. Recuerde, si necesita algo, apriete el botón. —Y desaparece por el pasillo.

—¿Lista? —le pregunto, desdoblando los papeles.

—Sí, mija . —Vuelve a cerrar los ojos, se acomoda en la almohada y abraza con fuerza su osito de peluche azul.

Doblo la carta y mi abuelita sonríe. Normalmente, cuando termino de leerle una, se pone a hablar sin parar sobre sus recuerdos, pero, esta vez, algo ha cambiado. En su mirada detecto un destello del pasado y ella se pierde en lo más profundo de sus pensamientos.

—¿Abuela? ¿Va todo bien? —pregunto. Apoyo mi mano sobre la suya, con cuidado de no tocar la vía.

Guarda silencio y mira a la puerta fijamente. Su expresión se torna inquieta, confusa. Frunce el ceño y se inclina hacia delante, intentando incorporarse.

—¿Está aquí? ¿Graham? ¿Ha vuelto? —pregunta con voz débil y se incorpora poco a poco. Busca su bastón, pero el mismo enfermero aparece corriendo con los ojos como platos.

—¿Qué pasa? ¿Está bien? ¿Enfermero? ¿Se encuentra bien? —cuestiono sin parar.

—Violet, debería irse ya —me responde mientras consuela a mi abuela.

—¿Qué? No pienso dejarla así. —Me levanto de golpe y me acerco al otro lado de la cama. Le acaricio la espalda con movimientos circulares. Es la primera vez que la veo tan alterada.

¿Cree que vuelve a tener diecinueve años?

—Señorita Isla, si quiere esperar hasta que se calme, lo mejor será que hablemos fuera de la habitación. Hace casi un año que no la veo por aquí. ¿La han puesto al corriente del estado de su abuela?

—¡He estado trabajando! No pienso irme a ninguna parte.

Dígame qué puedo hacer para ayudarla. —Se me revuelve el estómago cuando alterno la vista entre mi abuela y el enfermero, el cual intenta mantenerla sentada para administrarle su medicina.

Ella sigue gritando el nombre de Graham sin parar.

Está a escasos segundos de ponerse violenta.

—Dudo que quiera tener esta conversación delante de ella —afirma mientras trata de calmarla.

—¡Dígamelo de una vez! ¿Qué le pasa?

—Su abuela ha empeorado drásticamente. Solo le quedan unos meses antes de que la traslademos a paliativos o la mandemos a casa para que se vaya rodeada de sus seres queridos.

El sudor frío se me acumula debajo de la ropa mientras la noticia me golpea como un tren.

«No puede dejarme. No ahora. Por favor, Dios, no».

No puedo perderla. Es una parte imprescindible de mi alma.

—N-no... —balbuceo, con los labios y la mandíbula tensos.

Me niego a aceptarlo.

—A veces sufre alucinaciones y empieza a llamar a su madre y otras veces a su esposo. Pero la mayoría de las veces pregunta por un hombre llamado Graham. ¿Quién es Graham? ¿Se trata de un tío o un primo?

—Es... —Sacudo la cabeza—. Me contó que fue su primer amor. Quería que le leyera estas cartas porque la ponen de buen humor.

Él asiente con comprensión.

—Señora Isla, acuéstese. Descanse. —El enfermero le acaricia el pelo con suavidad.

—No, déjame en paz. Quiero bailar con Graham. Déjame bailar con él, por favor. ¡Dime que está aquí!

Se pone roja, con la agonía reflejada en cada arruga de su rostro. Se me parte el corazón. Intento consolarla y traerla de vuelta a la realidad.

—Abuela, por favor, tranquila. —Se me rompe la voz.

Se va a morir y no está pidiendo ver a su marido. Está suplicando ver a un hombre del que se enamoró cuando era una adolescente.

Intenta arrancarse la vía intravenosa. Se clava las uñas en la piel y se deja marcas rojas.

—¿Dónde estoy? ¿Qué es este sitio? ¡¿Por qué estoy aquí?! —grita entre sollozos, mirando a su alrededor, observando cada rincón de la habitación a la vez que lucha contra el enfermero, y este tropieza un par de veces cuando ella lo empuja en su intento de evitar que se lastime.

«¡Piensa, Violet, piensa!».

Trago saliva con determinación.

—Graham viene de camino, abuelita. Te lo prometo. Confía en mí.

Eso capta su atención. Se detiene, con una chispa de esperanza iluminando su rostro.

Sus músculos se relajan y deja de intentar levantarse de la cama.

Permite que el enfermero le suba los pies de nuevo al colchón y la acomode hasta que su espalda reposa sobre la almohada, aunque no me quita los ojos de encima.

—Está de camino, abuela. No pierdas de vista la puerta, ¿vale? Entrará por ella en cualquier momento.

Ella levanta levemente el mentón tembloroso en dirección a la puerta cerrada, con el ceño fruncido.

—Llevo esperándolo... tanto tiempo. —Una lágrima le resbala por la mejilla antes de clavar la mirada en la puerta—. ¿Estoy guapa? ¿Cómo me ves?

Se me encoge el estómago.

Su respiración se calma y el enfermero me dirige un gesto de aprobación con la cabeza para que le siga hablando. El agitado pitido del monitor cardíaco se reduce hasta alcanzar un ritmo normal.

—Sí, por favor, acuéstate. Ya viene —continúo. El corazón me va a mil. Me siento una mentirosa y me invade un sentimiento de repulsión al ver la felicidad que le provoca creerlo.

—¡Lo sabía! Me prometió que volveríamos a bailar. Me lo prometió en la playa.

—¿Es esa vuestra canción? ¿We Belong Together? —Cojo su oso de peluche y lo acomodo sobre su regazo mientras su ataque de pánico se disipa poco a poco con cada respiración profunda.

—Sí. Va a venir a bailar conmigo, ¿verdad? Dijo que lo haría.

—Sí. Tú solo túmbate, por favor —le suplico.

—Vale, mija . Me tumbaré. Si me quedo dormida, despiértame, por favor. No quiero perdérmelo.

—Sí, abuela.

Se desliza dentro de la cama después de dejar que le quite el bastón.

No me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que una de mis lágrimas cae sobre la sábana.

La tapo con la ropa de cama blanca hasta la altura del abdomen.

El enfermero me lanza una mirada tranquilizadora y una cálida sonrisa.

Dios, odio que estos momentos estén llenos de dolor. Ojalá, quienquiera que sea Graham, si es que ese hombre todavía sigue vivo en alguna parte, pudiera darle a mi abuela ese último baile que tanto desea. Haría lo que fuera por verla feliz antes de que se vaya.

Necesito averiguar cómo terminó su relación y por qué eligió a mi abuelo. La tentación de romper mi promesa y leer más de lo que ella me pidió me carcome por dentro, pero no puedo hacerlo.

Debo esperar. Ya quedan pocas cartas.