Capítulo 21. Violet
Violet
Greenville no queda muy lejos del lugar donde me han destinado.
Es un viaje de cuatro horas. Echo de menos el pueblecito situado en las estribaciones de la Cordillera Azul.
Voy escuchando un pódcast de true crime durante todo el camino y me mantengo despierta gracias a un vaso grande de café con hielo.
Kade se me viene a la mente cada pocos minutos y siento que un rayo me atraviesa el pecho. No nos hemos dado nuestros números de teléfono. Yo no tengo redes sociales y me niego a crearme una solo para stalkear al padre de mi exnovio.
Sin embargo, no consigo sacármelo de la cabeza. No puedo hablar con nadie sobre lo que ocurrió en la playa y, sinceramente, me gusta que sea nuestro secreto. No obstante, necesito concentrarme en mi carrera. Apenas acaba de empezar.
Kade y yo compartimos ese mismo interés. El trabajo va por encima de los sentimientos.
Antes de irme, les preparé una sorpresa a mis abuelos en el hospital. Sé de sobra que si mi abuela no tuviera una salud delicada habría venido a mi graduación. Pero la única cara familiar que se presentó allí para apoyarme fue... la de Kade.
No sabe lo mucho que significó eso para mí.
Siento la necesidad de ganarme su aprobación y odio que tenga ese efecto sobre mí.
Aunque creo que nos pasaba lo mismo a todos los alumnos del curso.
Sabe cómo presionar a las personas, cómo destrozarlas para después volver a reconstruirlas.
He acabado el curso siendo una mujer completamente distinta y la confianza en mí misma se ha disparado.
Estoy a una hora de Greenville cuando tengo que parar para echar gasolina. Aparco el coche en un hueco vacío y saco el teléfono antes de bajarme.
Abuelo: ¡Feliz cumpleaños, Violet! Qué ganas tengo de verte.
Penny: ¡Feliz cumpleaños! ¡Adam me ha contado que te has graduado! Ya he envuelto tu regalo. Por favor, llámame cuando tengas tiempo. Enhorabuena por haber entrado en las Fuerzas Especiales.
Adam: ¡Feliz cumpleaños! ¿Vas a venir a Greenville? Por favor, contéstame. Te echo muchísimo de menos.
Número desconocido: Al habla Booker. Feliz cumpleaños de parte de todos los instructores.
Un torbellino de emociones me invade. No esperaba recibir un mensaje de Booker. Le di mi número la última noche antes de irme de permiso por Navidad. Supongo que ahora somos... ¿amigos?
Penny siempre ha sido muy amable conmigo, es como una segunda madre para mí, y soy incapaz de pasar de ella. A Adam puedo ignorarlo, pero a ella no. No me ha hecho nada malo. Puede que Adam y yo lo hayamos dejado, pero no quiero perder la relación que tengo con Penny.
La culpa me reconcome. ¿Cómo se sentiría si supiera que su exmarido, una persona a la que ha puesto a caldo durante todos estos años, ha sido mi instructor? Un hombre al que he conocido, con el que he convivido un año y he compartido momentos íntimos.
Trago saliva y me tiembla la mano con la que sostengo el teléfono. Nadie puede enterarse de esto. ¡No sé en qué estaba pensando! Bueno, directamente, no estaba pensando.
¿Quién en su sano juicio besa a su instructor? ¿A su instructor buenorro que tiene un movimiento de lengua que parece de otro mundo?
Yo.
Esa soy yo.
Actué por impulso. Cuando lo tengo delante, se me nublan las ideas.
Además, al fin y al cabo, soy una sensiblona.
Kade me hace sentir bien y creo que él también siente lo mismo.
De todas formas, nunca sabré a ciencia cierta qué es lo que piensa porque lo nuestro se ha acabado.
Por mucho que me duela, nuestros caminos se han separado.
«Nuestro momento de no ser más que un chico y una chica en la playa ha llegado a su fin».
Le respondo a Penny. Hablamos de todo un poco hasta que me convence de pasarme por su casa antes de que termine mi permiso para celebrarlo.
Todos los años, desde que Adam y yo empezamos a salir, preparo un pastel de arándanos con ellos para mi cumpleaños.
Cocinar siempre me ha dado la vida. Culpo a mi abuela por meterme en ese mundillo.
¿Qué puedo decir? La comida es el camino más rápido para llegar a mi corazón.
—Aquí tienes, abuelita. Un flan recién hecho con un vaso de leche.
Coloco el plato sobre la bandeja del hospital. Ella levanta la cucharita con las manos temblorosas y amoratadas y le da un bocado. El utensilio corta sin apenas esfuerzo el postre y a mí me ruge el estómago.
Reservé una habitación de hotel antes de llegar a la acogedora casa de mis abuelos.
Preparé yo solita el flan lo más rápido que pude y me fui directa al hospital justo antes de que se pasaran las horas en las que permiten visitas.
Mi madre no quiere saber nada de mí. No tengo un hogar al que volver cuando estoy en Greenville y no quiero que mis abuelos se preocupen por la relación medio rota que tengo con mi hermana y ella.
Mi abuelo tuvo que salir a hacer unos recados hoy, así que todavía no lo he visto.
Tomo asiento, agotada, con mi propio plato de flan, y devoro el postre con el estómago vacío. No he probado bocado durante todo el viaje, por lo que me sabe todavía mejor.
—Ay, mija . Te ha quedado igualito que el mío, está buenísimo. Buen trabajo, Violetta —dice con voz ronca antes de llevarse otro trozo a la boca—. ¡Mi nieta es la mejor cocinera del mundo y ahora también es una soldado! —exclama mientras mastica.
Sonrío, satisfecha. Sigo comiendo, aunque no puedo evitar pensar en Kade. ¿Habrá probado el flan alguna vez? ¿Le gustará?
¿Por qué me comporto como si fuera la primera vez que me gusta alguien? A cada cosa que hago, pienso en él.
«Contrólate, Violet».
—¿Y esa sonrisita a qué viene? ¿Por fin le dijiste que sí a Adam? —me pregunta mi abuela con curiosidad.
Frunzo el ceño ante su pregunta y me quedo completamente paralizada.
—¿Decirle que sí a Adam? —repito, confundida. Entonces, se me viene a la cabeza su ultimátum sin propuesta de matrimonio en el aeropuerto antes de subirme al avión—. ¿Y tú cómo sabes eso?
Se encoge de hombros.
—Le pidió mi anillo a tu abuelo. Le dijo que iba a proponerte matrimonio en tu graduación, pero tú le dijiste que no fuera.
¿Era su anillo?
Dios, qué bien me conoce. A veces creo que mi abuela sabe lo que pienso incluso antes de que yo lo sepa.
Suspiro y miro mi postre a medio terminar.
—En realidad, nuestros caminos se han separado.
Lo hemos dejado —respondo con tono firme—.
No hay mucho que contar, la verdad. Él no quiere estar con una persona que trabaje en el ejército y, al principio, eso me cabreó, pero ahora que he vuelto a casa y ya no estoy estresada por el curso, entiendo su postura.
Después de perder a su padre por las misiones y los despliegues, entiendo por qué le da miedo estar conmigo: tuvo que presenciar cómo sus padres se separaban debido a la distancia y el tiempo. Mi padre también estuvo en el ejército, aunque nos tuvo cuando ya era mayor, a pocos años de retirarse.
Adam y yo estuvimos juntos durante casi seis años.
No es fácil dejar atrás una historia así.
Una pequeña parte de mí lo echa de menos, pero otra más grande recuerda la pelea que tuvimos en el aeropuerto.
No creía en mí. ¿Por qué querría estar con alguien que me corta las alas y no me motiva a mejorar?
¿No se supone que de eso va el amor? ¿De apoyarnos mutuamente para convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos?
—Entiendo su punto de vista. Enamorarse de alguien que trabaja en el ejército no es fácil.
Cuando me enamoré de Graham, no era consciente de lo duro que sería.
Lo echaba tanto de menos que sentía que cada día que él pasaba en la guerra una parte de mí se moría —confiesa mi abuela, abrazando con fuerza su osito de peluche.
—¿En serio? Pero si sentías eso por él, ¿por qué elegiste al abuelo? —pregunto con el tenedor levantado.
—Cuando lleguemos al final de las cartas, te lo diré. Pero te daré una pista.
—¡Sí! ¡Por favor! —Aprieto los labios y disfruto del dulce sabor a vainilla en la lengua.
—Había una pequeña diferencia de edad. Él era más mayor. Yo tenía diecinueve años y él... tenía veintiocho. La gente no aprobaba que estuviéramos juntos —resopla, molesta.
—Oh, abuela, ¿a quién le importa lo que piense la gente?
—Sí, lo sé, pero por aquel entonces no contaba con el apoyo ni la aprobación de nadie. Ni siquiera de mis padres o de mis hermanos. No me atreví a contárselo a mis amigos porque sabía lo que dirían. «Eres demasiado joven para él». Tuvimos un romance secreto.
Cierra los ojos durante un momento y hace una pausa, respirando despacio, como si le doliera. Su bolsa de suero está casi vacía.
Un romance secreto y prohibido.
Se me viene a la cabeza el hermoso, magnético y marcado rostro de Kade.
Imágenes de la playa, de sus brazos, de su pesado cuerpo sobre el mío. La manera en la que saboreé cada segundo, cómo podía deslizar mis manos sobre sus músculos definidos y sus tatuajes...
—Entonces, ¿por qué sonríes así? Es la sonrisa de alguien enamorado.
Casi me atraganto con la comida cuando la veo mover sus cejas plateadas con picardía.
—¡Abuelita! —grito entre toses, casi escupiendo un pulmón.
—Dime quién es. Has encontrado a otro, ¿verdad?
—¡No! —respondo, aunque mi tono aguado grita lo contrario.
—O me lo dices o leemos las cartas. Tú decides.
Me quedo con la boca abierta.
—¿En serio, abuelita?
Ella asiente y una débil sonrisa se dibuja en su rostro.
—Vale, vale. —Me levanto de la silla y cojo la caja que está sobre la mesita de noche junto a su cama. Cuando la abro, un enfermero entra en la habitación, vestido con un uniforme de color azul clarito, y le mete algo por la vía.
—¿Qué tal el postre, señora Isla? —pregunta al tirar la aguja usada en el contenedor de residuos.
—Está delicioso —responde. Señala la bandeja, donde hay un teléfono junto a la pared blanca y lisa—. Ha quedado un poco, ¿quieres probarlo? —le ofrece mi abuela mientras se acomoda en la cama y apoya la cabeza en la almohada.