Capítulo 20. Violet
Violet
—¿Qué cojones estás haciendo, Violet? —gruñe con crueldad. Abre los ojos como platos y me mira con desprecio. Su mirada se me graba en la cabeza.
—¡Yo podría preguntarte lo mismo, Kade! —Toso con voz ronca e intento contener las lágrimas.
—Es sargento maestro.
—Ahórratelo. Estamos fuera de servicio. Se supone que deberíamos estar pasándonoslo bien, celebrando que el curso ha terminado. Ya eres libre de volver a lo que sea que hacías antes de que te asignaran como instructor y yo voy a...
—¿Qué quieres que celebre? ¿Eh? He fracasado. Deberías estar de vuelta en tu casa llorándole a tu papi. La guerra no es lugar para ti, Violet. Allí tampoco habrá mesas sobre las que puedas bailar con ese vestido —se burla.
—¡Que te den! ¡Mi padre está muerto, pedazo de misógino de mierda! Si tantas ganas tienes de que me largue de las Fuerzas Especiales, ¡¿por qué me has puesto en el mismo grupo que tú?!
—¿Quién te ha dicho eso? —Chasquea la lengua con desaprobación.
—¡Booker! —Le agarro la muñeca y aprieto con todas mis fuerzas, pero así solo consigo que se le dibuje una sonrisa feroz en ese rostro brutalmente atractivo y letal.
Logro quitarle el cuchillo, aunque me quedo paralizada cuando me doy cuenta de que me ha cortado.
La hoja está manchada con mi sangre y una oleada de sorpresa me invade.
—Mira por dónde, también sangras bonito —me susurra al oído con sarcasmo, pero con tono de seducción.
—Me has cortado. ¡Había venido para disculparme!
—No lo he hecho a propósito. Ni se te ocurra volver a acercarte a escondidas.
—No me estaba escondiendo. ¡Te llamé varias veces!
Aprovecho la actitud cruda de Bestia y lo empujo.
Solo Dios sabe cómo logro mover a un monstruo de casi dos metros, pero, de pronto, estoy encima de él.
Mis rodillas raspadas se hunden en la arena, a ambos lados de sus caderas.
Sus manos se aferran a mis muslos, como si quisiera apartarme. .. o sujetarme con más fuerza.
—La pequeña mariposa sabe saltar. Te he subestimado.
—Desde el puto primer día —resoplo.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro durante lo que parece una eternidad mientras el sonido de las olas rompiendo con fuerza contra la orilla llena el silencio.
Nunca lo había tenido tan cerca. Él nunca me había permitido tocarlo así.
Tampoco es que lo hubiera intentado antes.
Aun así, ¿por qué no se mueve? ¿Por qué no me muevo yo?
La brisa salada me revuelve el pelo y él me mira con el ceño fruncido, como si quisiera matarme. Ahí está, el instructor capullo que tan bien conozco y al que tanto odio.
—Isla, quítate de encima antes de que...
Levanto una ceja.
—¿Antes de que qué ? —lo desafío—. Técnicamente, ya no eres mi instructor. Ya no puedes seguir dándome órdenes.
—Siempre igual de testaruda. Siempre queriendo saber cosas que no te incumben. Siempre queriendo dar órdenes en lugar de cumplirlas —escupe con rabia contenida.
—Y tú... siempre ladrando sin llegar a morder —lo provoco.
Antes de que pueda procesar lo que está pasando, Kade está sobre mí y yo me encuentro tendida en la arena. Me sujeta la mandíbula con tanta fuerza que sus dedos me queman la piel y me dejan marca. Está entre mis piernas pero sé que algo no va bien con él. Me está haciendo daño.
—¿Quieres que te muerda?
Lo he cabreado.
—Kade... —Trago saliva y le sostengo la mirada. Mi oscuridad se complementa con la suya—. No pienso irme a ninguna parte.
Por mucho que deteste todo por lo que me ha hecho pasar este último año, lo respeto. Admiro a Kade porque me motivó a convertirme en la mujer que soy hoy. Más fuerte e inquebrantable de lo que jamás pensé que podría ser. No lo odio.
Lo deseo.
He llegado a conocer pequeños fragmentos de Kade y el cabronazo frío, despiadado y ausente que Penny y Adam describen no coincide con el que yo he visto. Es tal y como lo describió Booker: un hombre con un corazón de oro. Siempre se asegura de que todos se encuentran bien. Es responsable y directo.
Me mira y, por primera vez desde que lo conozco, suaviza su mirada para acabar dedicándome una sonrisa sincera. Se humedece los labios y aprieta la mandíbula. Me fijo en cómo se le marca la vena del cuello en la piel bronceada.
Me aprieta con fuerza entre el hueco del pómulo y la mandíbula, me obliga a abrir la boca y la expresión que se extiende por su rostro solo puede significar una cosa.
«Deseo».
Me acaricia el labio inferior con el pulgar. El gesto despierta las mariposas que se esconden en mi estómago a la vez que una oleada de calor recorre todo mi cuerpo. Aprieto los muslos e intento esconderme detrás de mi pelo. Kade es más rápido y me lo aparta hacia un lado.
—Soy un soldado ejemplar, un caballero, pero la forma en la que me haces perder el control es la ruina de mi existencia.
Apoya los codos a ambos lados de mi cabeza y me frota los labios con el pulgar arriba y abajo hasta que me abre la boca y me lo introduce hasta el fondo, provocándome una arcada. Cierro los labios alrededor de su piel callosa y se lo chupo.
«¿Qué estoy haciendo?».
En cuanto saca el dedo de mi boca, sus suaves labios chocan con los míos.
Mis labios, traidores, se mueven a la vez que los suyos adquiriendo vida propia.
Kade cierra los ojos como si le doliera.
La cicatriz de su ojo izquierdo se arruga cuando gime contra mi boca y, durante un instante, no quiero cerrar los ojos.
Es guapísimo, atractivo a más no poder, y me niego a pestañear aunque sea un solo segundo.
Kade O’Connell, el sargento maestro, me desea. .. a mí .
Nuestra tensión prohibida se ha transformado en algo embriagador: nuestra propia condena.
La forma en que me hace sentir consigue que me derrita y sucumba a esos pensamientos oscuros que llevo reprimiendo desde que lo conocí.
Le devuelvo el beso con más fuerza. Quiero sentir su polla en mi muslo desnudo.
Se frota contra mí y me arranca un gemido.
Sus movimientos son exigentes y hambrientos.
Pasa la palma de su mano con impaciencia por mis muslos y desliza su lengua dentro de mi boca.
El sabor a cerveza mezclado con el de su cigarrillo me atrae de nuevo hacia él. Me vuelve ansiosa, aunque él lo está todavía más. Su lengua baila con la mía, teniendo la necesidad de dominarme y devorar mi sabor a la vez que yo me pierdo en el suyo.
—Joder, pídeme que pare, por favor. Esto está mal —me suplica.
—Muy, muy mal —confirmo, aunque vuelvo a besarlo.
Tiene razón.
Se echa hacia atrás, pero sostengo su rostro entre mis manos y le acaricio la barba.
—Seamos egoístas por una vez. Finjamos que no somos más que un chico y una chica cualquiera en la playa. Nada de títulos ni rangos ni valores morales ni pensamientos... Un momento en el que solo existimos nosotros.
Frunce el ceño. La confusión y la duda se reflejan en su rostro.
—Quítate las bragas —me ordena. Suelto una risita nerviosa contra sus labios. Me toca el culo buscándolas y me lo aprieta con tanta fuerza que me duele. Continúa besándome por toda la mandíbula, pero cuando sus dedos rozan la sensible piel de mi clítoris, se echa hacia atrás, sorprendido.
—Violet..., ¿no llevas bragas? —Su voz se vuelve más grave. Me muerdo el labio y me encojo de hombros. Chasquea la lengua y acerca la boca a mi oído—. Más vale que empieces a ponerte bragas, de lo contrario, me follaré esa sonrisita de niña malcriada que tienes en la cara siempre que me apetezca.
«Eh..., sí, por favor».
Desliza su lengua húmeda desde mi mejilla hasta mi cuello.
Ver al Kade frío y callado sin máscara y sin filtros me llena de placer.
Me duele el pecho porque me está robando hasta el último suspiro.
Se detiene, me baja la parte de arriba del vestido hasta que mis pezones quedan al aire.
Están duros. Después, baja la mano y me sube la parte de abajo.
Antes de hacerlo, echa un vistazo a nuestro alrededor.
Lo imito. Miro a ambos lados, pero, por suerte, esta noche estamos solos en la playa.
Me levanta la tela para revelar que estoy empapada. Mi clítoris reclama su atención sin un solo ápice de vergüenza.
—Me vuelvo completamente loco solo de pensar que cualquiera podría haber visto tu precioso coño. —Desliza los dedos alrededor de mi entrada y roza mi excitación—. Qué mojada estás, joder. —Acaricia el clítoris, despacio y con suavidad, al mismo tiempo que sus labios se reencuentran con los míos.
—No deberíamos estar haciendo esto... —jadeo entre beso y beso.
Me tapa la boca con una mano mientras que con la otra me frota el clítoris con fuerza. Gimo, pero su palma silencia el sonido.
—No, no deberíamos. Comerte el coño es una idea malísima. Dime que es una mala idea. —Ladea la barbilla y me dedica una sonrisa de oreja a oreja que deja a la vista sus colmillos afilados. Se muerde el labio inferior, a la espera de mi respuesta.
—Es una idea malísima —miento.
—¿Quieres que pare?
—No, no pares nunca, por favor. —Niego con la cabeza. El fuego que arde dentro de mí se intensifica cada vez más a medida que Kade continúa tocándome. Cuelo mi mano por debajo de su camiseta y le araño. Él gime en respuesta y estudia mi sexo con las pupilas dilatadas por el placer.
—No he parado de pensar en tu dulce coño desde que saboreé su sabor en tus dedos.
—Su voz se vuelve más grave, casi brusca.
Hasta ese sonido consigue que el corazón me vaya a mil.
Me pone muchísimo. Se coloca encima de mí y guía mi cuerpo como tantas veces me había imaginado.
Se echa hacia abajo y coloca mis piernas sobre sus hombros.
Su bigote me araña el interior de los muslos y enredo los dedos en su pelo castaño oscuro cuando me lame.
—Yo tampoco he parado de pensar en ello... —admito.