Capítulo 19. Violet
Violet
¿Qué narices le pasa al sargento maestro? ¿Qué hay de malo en emborracharse y bailar toda la noche? Ya no estoy a su cargo. Puedo hacer lo que me dé la gana. Estoy soltera y él ya me ha dejado claro que lo que ocurrió en las duchas no significa nada.
«¿Está celoso?».
La mujer que se encuentra a mi lado se queda quieta mientras se pinta los labios.
Sin apartar la vista del espejo, me enjabono las manos lo más rápido que puedo.
Su mirada me está incomodando. Rodea el lavabo y chasquea la lengua.
Se apoya contra la pila y acerca su cadera a la mía.
Cierra su pintalabios y se aclara la garganta, lo que llama mi atención.
—Kade O’Connell también fue mi instructor. Me suspendió. Conseguí pasar el curso a la segunda con otro grupo de instructores.
La miro de reojo y enarco una ceja con cautela.
—¿También eres de las Fuerzas Especiales? —le pregunto al abrir el grifo.
—Sip —responde, marcando bien la pe—. Kade.
—Pronuncia su nombre despacio—. Padre soltero.
Divorciado. Con muros más altos que el cielo.
Guapísimo. —Suspira y se balancea sobre los talones.
Mira al techo y se sonroja—. Y un gruñón de tres pares de cojones.
Intenté coquetear con él hace tres años, pero ese tío nunca sale con nadie.
Su vida es trabajar, trabajar y trabajar.
Parpadeo y me seco las manos con el papel marrón del dispensador de plástico que hay junto a la pared mientras Mariposa traicionera de Maná suena a todo volumen y retumba contra las paredes de piedra gris. Niego con la cabeza, tiro los trozos de papel a la basura y me cruzo de brazos.
—Ah, yo es que no lo conozco tanto —respondo, e intento ocultar mis emociones confusas con mi voz temblorosa.
—Tía, no mientas. Tus secretos están a salvo conmigo. No hace falta que niegues que te parece que está buenísimo. —Se pone recta, abre su pequeño bolso Gucci y guarda el pintalabios dentro—. Os he visto discutiendo en el pasillo. Tranquila, que no he oído nada, aunque ojalá haberlo hecho.
Al parecer, me he quedado muda, porque, aunque mi boca se mueve, de ella no sale ni una sola palabra.
—Me llamo Anna Castle —se presenta mientras extiende la mano.
Parece inofensiva. Directa, eso está claro, pero su figura alta y fuerte me transmite buena energía. Le estrecho la mano con suavidad.
—Violet Isla.
Después de usar el baño y recolocarme el vestido, quiero encontrar a Kade y discutir con él por creerse con el derecho a decirme cómo debo gastar mi tiempo libre y por pegarle un puñetazo a un tío solo por mirarme.
«Pues porque no me hace ni puta gracia todo esto».
Sus palabras resuenan en mi cabeza durante todo el tiempo que paso buscándolo por cada uno de los rincones del bar.
Y cada segundo que pasa y no lo encuentro, lo único que consigo es que cale todavía más dentro de mí.
Al final, me doy por vencida cuando Booker me escolta de regreso a la barra y le pide al camarero que se limite a servirme agua durante lo que queda de noche.
Empieza a contarme por qué se unió a las Fuerzas Especiales y me pregunta cuál fue mi motivo.
Sin embargo, no tengo muchas ganas de abrirme con él sobre la muerte de mi padre.
Por suerte, nota mi incomodidad y mantiene la conversación enfocada en él.
Dijo que quería servir a su país y que se alistó junto a Kade después de acabar el instituto.
Durante todo el tiempo que Booker se abre conmigo, no dejo de mirar por encima de su hombro con la esperanza de ver a Kade, pero no lo encuentro por ningún lado. ¿Se iría con aquella mujer tan guapa? Solo de imaginármelo, me duele en lugares que no debería.
—Oye, ¿dónde se ha metido el sargento maestro? Se está perdiendo el partido.
Intento actuar como si me diera igual y espero sonar convincente.
¿Por qué me importa? ¿Por qué quiero saber qué clase de hombre es Kade cuando no lleva puesto el uniforme?
Ya no es el padre de mi novio. Tampoco es mi instructor.
Esta noche será la última que pasemos juntos, por lo que debería estar celebrándolo, pero no lo hago.
Por fin voy a alejarme del mayor imbécil que he conocido, ese que me ha hecho la vida imposible durante doce largos y tortuosos meses, y que, a pesar de ello, todavía cree que puede seguir dándome órdenes.
Debería alegrarme de que regrese con su equipo.
«Debería».
—Dudo que le interese ver cómo su equipo pierde. Se fue a la playa. Probablemente a fumar.
Así que es fan de los Dallas Cowboys.
—¿Por qué es tan capullo? —suelto, borracha. Se me escapan un pequeño eructo y un hipo. Todavía quedan tres minutos. Su equipo podría ganar, aunque él no estará aquí para verlo.
Dejo de mover la pierna con nerviosismo cuando me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta.
—Mierda. Perdón, no quería decir eso.
Los labios de Booker se curvan en una sonrisa tranquila mientras pela un cacahuete.
—Lo conozco desde que éramos adolescentes.
No somos amigos, somos hermanos. Y puedo asegurarte que, aunque a veces parezca un gilipollas, tiene un corazón de oro.
Si lo necesitas, ahí estará. ¿Le cuentas un secreto?
Se lo lleva a la tumba. Me ha salvado la vida cientos de veces y yo he hecho lo mismo por él.
A veces, hay personas que simplemente necesitan estar solas.
A veces, la persona que te parece un monstruo es a la que en realidad quieres tener de tu lado.
Me muerdo el interior del labio.
—Nunca sonríe.
—Ha sufrido mucho.
—¿Estáis hablando de Kade? Porque el tío es un imbécil —añade la misma mujer que hace apenas un rato estaba enganchada de su brazo. Arrastra un taburete para sentarse a mi lado y tamborilea con las uñas sobre la barra.
Espera, ¿no se ha ido con ella?
Se me acelera el pulso.
—Hola, Karen —la saluda Booker, aunque evita mirarla.
—No es tan malo —suelto de golpe. No sé por qué, pero me pongo a la defensiva—. La otra noche unos tíos me atacaron en las duchas y él se encargó de la situación al momento.
Los ojos azules de Karen se oscurecen. Me mira con desprecio antes de que el camarero aparezca para preguntarle qué le sirve.
Un hombre se acerca a Booker y le da una palmada amistosa en el hombro.
—Caos. ¿Qué tal todo? Hacía tiempo que no te veía.
Es Max, el hombre de la prótesis que le agradeció a Kade que le salvara la vida. Lleva una camiseta blanca, unos vaqueros oscuros y una cerveza en la mano. Booker me da la espalda cuando se ponen a hablar sobre su despliegue juntos en Letonia.
Está claro que Max y Booker tienen mucho de lo que ponerse al día. La euforia de estar borracha desaparece y la necesidad de disculparme con Kade por comportarme como una idiota se apodera de mí.
Cuando me doy cuenta, ya he salido de The Drunken Shell y estoy cruzando la calle en dirección a la playa. Al principio no lo veo por ninguna parte, así que sigo caminando hacia el puente que cruza sobre el agua.
Ahí está. Observo su espalda ancha y musculosa mientras fuma en la oscuridad y observa el movimiento de las olas debajo del puente entre dos grandes pilares de madera.
La luna llena brilla justo sobre él. Lleva el pelo perfectamente peinado hacia atrás, aunque algunos mechones le caen delante del rostro.
La curiosidad me reconcome. Debería volver al bar antes de que Booker piense que lo he dejado plantado, pero necesito disculparme antes de que nuestros caminos se separen.
Sí, nos han asignado la misma base, pero eso no garantiza que volvamos a vernos.
A medida que me acerco, el tatuaje detallado y misterioso de serpientes y calaveras que le recorre el tríceps me confirma que se trata de Kade O’Connell.
—¿Sargento maestro? —Estoy a tan solo unos pasos de él, aun así, no se mueve ni me responde. Sé que puede oírme.
La graduación ya ha acabado. ¿De verdad va a seguir con esa actitud?
—¿Sargento maestro? —Alzo la voz para que me oiga mejor sobre el ruido de las olas al romper. Siento el sabor a sal en la lengua cada vez que el viento me golpea. La electricidad chispea en el aire, salvaje, cuanto más me acerco.
Sigue con la mirada clavada en el océano oscuro, con las manos ocupadas en algo que no parece un cigarro.
Entonces, lo oigo.
Está contando.
¿Por qué está contando?
—¿Bestia?
—Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco... —continúa con la voz temblorosa, inquieta. Saca un cuchillo y hace girar la hoja afilada entre sus dedos. Le da vueltas una y otra vez sin parar de contar. Cada vez que llega a cero, vuelve a empezar.
Lo llamo de nuevo, pero no se mueve. Continúa contando. Es entonces cuando comprendo que no está aquí. Su cabeza está en otro lugar.
Me pongo de puntillas para mirar por encima de su hombro y alcanzo a ver lo que tiene entre las manos. Está tallando madera. Sin pararme a apreciar los detalles, le toco el hombro.
—Kade.
Antes de que pueda parpadear, moverme o respirar, se da la vuelta con brusquedad y su pecho choca contra el mío.
Nos enredamos e intentamos mantener el equilibrio, pero fallamos.
Entre gruñidos y jadeos, caemos juntos. Me quedo sin aire en los pulmones cuando me estrello de espaldas contra la arena dura.
Abro los ojos de par en par al darme cuenta de que está tumbado encima de mí, con su mano detrás de mi cabeza.
Un dolor agudo me recorre la base del cuello.
Bajo la vista y veo la hoja de su cuchillo contra mi garganta.