Capítulo 18. Kade #2
Se pone tensa, le cambia la cara de golpe y echa un vistazo por encima del hombro.
Se baja de la mesa con un vaso de licor en alto para evitar que se derrame.
Me lanza una mirada asesina y echa a andar hacia el pasillo que conduce al baño.
Nuestros brazos se rozan y mi piel cobra vida con su roce.
La sigo inmediatamente, sin importarme si Karen o cualquier otra persona que conozco nos está mirando.
Me adentro en el espacio oscuro, apenas iluminado por las lámparas con forma de palmera atornilladas a la pared.
Antes de que pueda llegar a otra puerta, la agarro de la muñeca.
—¿Y ahora a dónde vas? ¿A subirte a otro escenario para seguir poniéndote en evidencia? —Mi pregunta le afecta más de lo que pretendía. Debería aprender a controlar mi forma de hablar, aunque no va a ser esta noche.
—No es asunto tuyo lo que hago o dejo de hacer en mi tiempo libre.
—Sí lo es. Adam me pidió que cuidara de ti. ¡Y estoy bastante seguro de que no le parecería bien el espectáculo que acabas de dar delante de todos!
Retrocede con la boca abierta.
—Me importa una mierda lo que opine tu hijo. —Me imita con un gruñido más grave—. ¡Quiero bailar! ¿A ti qué más te da?
—Pues porque no me hace ni puta gracia todo esto.
Mis palabras nos sorprenden a ambos.
Su expresión se suaviza y se le ponen las mejillas rojas.
Sus labios carnosos y dulces podrían conseguir que cualquier hombre se arrodillara y se preguntara cómo sería sentirlos contra los suyos.
Sus ojos almendrados brillan con curiosidad.
Lleva la cruz de su collar girada a causa de sus torpes movimientos de baile.
Una capa de sudor baña su piel perfecta y luminosa.
El vestido se ajusta a cada una de sus curvas, caderas y gruesos muslos.
Por fin me encuentro en una situación en la que puedo estudiar su cuerpo al milímetro, sin miedo a mostrar lo mucho que me atrae.
Antes de que pueda decir algo, reacciono.
Tiro del escote del vestido hacia arriba y le rozo el pecho con la yema de los dedos al taparle los pezones. Después, le doy la vuelta a la cruz para que los diamantes brillen correctamente. Ella entreabre los labios y traga saliva. Su mirada tensa se transforma en una de comprensión.
—Mierda. No me había dado cuenta de que se me había bajado el sujetador... joder. Qué tonta soy. —Se frota las sienes y se reacomoda el vestido.
—No, solo estás borracha —la corrijo.
Se muerde el labio inferior al mirarme a los ojos, pero rápidamente baja la vista hacia su collar, como si fuera incapaz de aguantarme la mirada de la vergüenza que siente.
—Y estás...
«Preciosa».
No puedo decirlo.
¿Para qué cojones abro la boca?
Cállate, Kade.
Vuelve a mirarme y le brillan los ojos color miel con destellos dorados igual que aquel maldito día en la ducha. Está esperando que termine la frase. No puedo pensar con claridad. Tal vez yo también estoy borracho y me queman en la garganta las confesiones que sé que tendrán consecuencias.
—¿Cómo estoy, Kade?
La forma en la que pronuncia mi nombre... me pone la polla dura. De pronto, los vaqueros me aprietan y la sangre me baja de golpe a la entrepierna. Joder, necesito una ducha de agua fría para quitarme de encima el efecto que provoca sobre mí. Su belleza me tortura.
—Olvídalo. Deja de ser tan descuidada y piensa un poquito las cosas. ¡Ese tío casi te graba! Primero te emborrachas y casi acabas hecha papilla al caerte de la azotea y ahora esto. ¡Y en ambas ocasiones estabas bajo mi vigilancia!
Su expresión severa refleja la mía.
—Ya no eres mi instructor.
—No, pero eres la novia de Adam y lo único que hago es cuidaros a los dos.
—¡¿Cuántas veces tengo que repetirte que ya no estamos juntos?! —me grita, ladeando la cadera.
—La madre que me parió. —Le apunto con el dedo—. No bebas más, Isla, y...
—¡Kade! ¿Dónde te has metido? —La voz chillona de Karen me interrumpe. La nube en la que estaba flotando hace apenas unos segundos desaparece y vuelvo a la realidad.
Me giro y veo la cabeza de Karen al final del pasillo.
—Será mejor que vuelvas con tu cita —murmura Violet. Se da la vuelta, la falda de su vestido se levanta un instante, y desaparece en el baño de mujeres.
—Joder —maldigo entre dientes y saco mis cigarrillos.
Necesito fumarme uno.
Dudo que Karen haya oído nada porque permanece la mar de tranquila cuando paso junto a ella.
—Voy afuera —la informo. Lanza una pequeña sonrisa al verme, pero se le borra en un abrir y cerrar de ojos.
—¿Qué coño ha sido eso? —Karen me sigue fuera del bar. Su voz está empezando a irritarme. Últimamente, las cosas con ella son distintas. Ya no puedo hablarle como antes.
—¿Qué ha sido el qué? —respondo con brusquedad. Pasamos junto a Slater y a Booker en la puerta. Están enfrascados en su conversación cuando los alcanzo y tiro de Booker por el cuello de la camisa hasta que pego la boca a su oído para que me escuche por encima de la música.
—Vigila a Violet. Está borracha. Y me niego a hacer de niñera ahora que el curso ha acabado. —Lo suelto y él tropieza contra Slater.
—¿Adónde vas? —me pregunta sin soltar la puerta para que Slater entre primero en The Drunken Shell.
Señalo hacia el mar, al otro lado de la calle.
Karen y yo caminamos en un silencio incómodo.
Saco mi cuchillo y lo hago girar entre los dedos.
Siento la enorme necesidad de acuchillar algo, y no me refiero a las figuritas de madera que tanto disfruto tallando.
Necesito calmarme para no volver al bar y acabar con todos los que le vieron los pechos y no la avisaron.
—¿Esa chica es el motivo de tu repentina abstinencia sexual?
No respondo. Estoy demasiado cabreado. Su pregunta me entra por un oído y me sale por el otro mientras echo humo.
—Nunca te había visto así. La forma en la que la mirabas...
—¿De qué cojones hablas? —Guardo el cuchillo en el bolsillo.
—Es la forma en la que un hombre mira algo que quiere, pero que no puede tener.
Me detengo.
—Por Dios, baja la voz.
—Es por ella, ¿verdad?
Me paso una mano por el pelo mientras continúa interrogándome. Siento un volcán dentro del pecho que está a punto de entrar en erupción, ya no hay manera de detenerlo.
—Karen, no seas ridícula. Es la exnovia de mi hijo.
Ella se echa hacia atrás. Al principio, me mira inexpresiva, pero, luego, la piel de alrededor de sus ojos azules se arruga y suspira. Sus labios rosados se curvan en una sonrisa de alivio.
—Uf, menos mal. Pensaba que sentías algo por esa chica. —Entrecruza sus dedos con los míos—. Solo la estabas cuidando. Lo siento. Sé que acordamos no tener ataduras, pero no puedo evitarlo cuando se trata de ti. Pensé que estabas celoso.
«¿Celoso?
»¿Sentimientos?».
En realidad, sí los tengo.
Frustración. Confusión. Dolor ardiente.
Nunca había sentido algo así. Esa emoción que te hace querer reducir el mundo a cenizas si alguien intenta tocar algo que no le pertenece. Una sensación que me impulsa a asegurarme de que está bien... en todos los sentidos.
No.
Violet es un incordio. Nada más, ni nada menos.
—Kade, ¿adónde vas? —me pregunta. Se engancha de mi brazo e intenta seguirme el ritmo.
Suspiro.
Acerco el mechero a los labios y sigo caminando en dirección a la playa. Cada paso que me aleja de Violet hace que pensar se vuelva más fácil y respirar más difícil. Tengo el cigarro entre los dientes e intento encenderlo tres veces antes de que por fin prenda y la punta chisporrotee.
—A la playa —respondo. El mar siempre me calma. Podría mirarlo durante horas y perderme en un lugar al que nadie pueda seguirme.
—Ya, pero ¿por qué no vamos a mi casa? —Tira de mi muñeca en dirección contraria. Se muerde el labio inferior en un intento de seducirme.
Ojalá fuera así de fácil.
—Creo que prefiero quedarme aquí un rato antes de dar la noche por terminada —me justifico entre calada y calada.
Karen se cruza de brazos y el viento mece sus rizos rubios. Frunce el ceño y me lanza una mirada de desconfianza cuando echo el humo hacia el otro lado.
—A ver, si no estás pensando en una mujer, entonces ¿qué es lo que te pasa?
—Karen —le advierto.
Soy un hombre de pocas palabras y Karen se está pasando. No me gusta abrirme. Mantengo mi vida personal en privado. Joder, ni siquiera tengo redes sociales. Soy como un fantasma en el ciberespacio, solo mis amigos más cercanos y mi familia tienen mi número de teléfono.
—¿Quieres hablar de lo que te ronda por la cabeza? ¿Es por lo que pasó en el último despliegue, cuando perdiste a aquel chico?
«Chico».
Y así, con solo oír eso, regresan todos los recuerdos de cuando vi morir al hombre que iba a ser padre. Me paro en seco, con los dedos pegados al cigarro, y me pierdo en la última misión que llevé a cabo antes de volver al curso.
El sonido de su cuerpo al caer tras recibir dos disparos.
Todo se reproduce en mi cabeza a cámara lenta.
Su rostro pálido parecía congelado en el tiempo cuando exhaló su último aliento.
Todos cumplimos con su última petición: decirle a su mujer lo mucho que la amaba cuando a él ya solo le quedaban unos segundos de vida.
Diez.
Nueve.
Ocho.
Siete.
—¿Kade? —Karen mueve la mano delante de mí con una expresión desconcertada. Sus cejas oscuras se fruncen al acercarse a mí con paso vacilante.
—Mierda —murmuro al darme cuenta de que se me ha apagado el cigarro. ¿Cuánto tiempo llevo pensando en mis cosas? Bajo la mano.
—Perdona, Kade. No pretendía sacar el tema.
¿En qué cabeza cabe pensar que hablar sobre una misión en la que murió uno de mis soldados sería un buen tema de conversación?
—Estoy bien, no pasa nada. —Mis palabras no la convencen. Joder, no me convencen ni a mí, pero nunca hablo de estas cosas con nadie. Y Karen no sabe guardarse las cosas para sí misma. No confío en ella. No confío en nadie.
—Vamos a mi casa. No tenemos que hablar si no quieres —me insiste.
Le coloco un rizo rubio detrás de la oreja y ella contiene la respiración a la vez que se sonroja. Cuando paso la yema del dedo por su oreja, deja escapar un leve gemido. Aprieto la mandíbula y la miro por última vez.
—Lo que sea que hubiera entre nosotros... se ha acabado. —Retiro la mano de su rostro, me doy la vuelta y me alejo.