Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 18. Kade
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Capítulo 18. Kade

Kade

Mariposa traicionera – Maná

Lleva una cogorza que no puede con ella.

Se ha pasado de la raya, está borracha y atrae a todos los hombres del servicio con ese precioso vestido rojo y sus risitas irritantes a la vez que embriagadoras. Voy por mi cuarto vaso de whisky . Desde el extremo de la barra, observo cómo se ríe con Booker.

Cada vez que sonríe, me arde el pecho.

Karen, en cambio, sigue hablándome como si nada. De hecho, es como si estuviera hablando con una pared. Una pared que no soporta ver a Violet coquetear con otro hombre.

Jamás la había visto tan... libre. Y eso me está afectando. No se me da bien aceptar las cosas que me hacen sentir bien. Si a algo le temo, es a la felicidad. Porque eso implica tener algo que perder. Y, desde el divorcio, no he sido capaz de quitarme esa preocupación de la cabeza.

—Kade, ¿quieres que nos vayamos? —Karen me roza la muñeca.

No me he dado cuenta de que estaba apretando el vaso con tanta fuerza hasta que aflojo el agarre y un hormigueo me recorre la palma de la mano.

Abro y cierro el puño. Giro la cabeza hacia la televisión para echar un vistazo al partido de la NFL.

—No, quiero acabar de ver el partido.

En realidad, quiero asegurarme de que Violet no haga ninguna estupidez.

Como acostarse con Booker. Sí, es mi colega, pero necesito asegurarme de que esta noche no se le va la cabeza hasta el punto de ponerse hasta el culo de alcohol y colgarse del borde de una azotea a punto de resbalarse y palmarla, o despertarse arrepentida en la cama de otro hombre.

Booker es un tío respetuoso, y aun así no me gusta la idea de que cruce ciertos límites con ella.

Quizá estoy siendo un hipócrita por pensar así, pero su trabajo está en juego, igual que el mío. Tengo mucho que perder si decido dejarme llevar con Violet.

Pero ¿en qué estoy pensando? No hay ni nunca habrá un «si...».

Ella echa la cabeza hacia atrás por algo que ha dicho Booker.

Una sonrisa natural deja a la vista sus dientes perfectamente alineados y blancos.

Se le mueve la garganta cada vez que se ríe.

Sus pestañas negras, largas y espesas aletean mientras trata de recuperar el aliento.

Sin embargo, cuando termina el momento y Booker sigue hablando, regresa esa expresión seca y distante.

Esa máscara que le gusta ponerse para fingir que todo está bien.

Su risa forzada no me engaña. Puede que cuele con Booker, pero no conmigo.

Me dijo que cree que estoy roto, y que solo aquellos que son iguales se reconocen unos a otros. Pero ¿por qué está rota? ¿Por qué solo baja la guardia cuando el alcohol le corre por las venas?

No informé sobre lo ocurrido la noche que la encontré ebria en la azotea porque creo en las segundas oportunidades, pero esta noche, por cómo va, creo que necesita que alguien la cuide.

Yo solía beber hasta que me olvidaba de mi pasado.

Me he sentido perdido desde que Penny y Adam se fueron.

El alcohol y los analgésicos eran mi hogar hasta hace unos años.

Me llevó mucho tiempo poner mi vida en orden.

No obstante, sabía que, si no lo hacía, acabaría bebiendo hasta morirme.

Y, por suerte, Booker me echó una mano en aquel momento oscuro de un soldado que había perdido la cordura.

—Joder, Kade —se queja Karen—. ¿Para qué me has invitado a venir? No me estás prestando atención. No me has dicho ni una sola palabra en lo que va de noche. ¿Qué hago aquí?

Me llevo la botella a los labios, le doy otro trago y echo un vistazo a la pantalla plana del televisor. Van empatados. Probablemente, el partido tenga prórroga.

La excusa perfecta para hacer de niñera de Violet.

Debería sentirme mal, sobre todo porque no sé qué decirle. Estoy intentando arrepentirme, y quizá hundirme dentro de Karen esta noche me ayude a olvidar los límites que crucé con Violet ayer. Es la solución más lógica. Follarme a otra mujer hasta que me olvide de ella .

Los fríos y ardientes ojos azules de Karen siguen clavados en mi rostro a la espera de una respuesta.

—Parece que habrá prórroga. —Señalo la pantalla con mi bebida.

—No me gusta el fútbol. —Pasa la uña por la botella de cerveza y esta tintinea—.

Sé que dijimos que no hablaríamos del trabajo cuando no lleváramos puesto el uniforme, pero las cosas se están poniendo feas allá donde vas.

—Empieza a mover la pierna arriba y abajo sin parar—.

La información que llega al área de inteligencia.

.. Las cosas no van muy bien ahora mismo. —Se queda callada, inexpresiva.

—Sé perfectamente dónde me he metido.

Una avalancha de silbidos y vítores a todo volumen capta nuestra atención.

Al darme la vuelta en el taburete, el corazón me da un vuelco.

La ira me ciega por un momento. No creí que fuera posible que pudiera cabrearme más esta noche, pero, al parecer, Violet ha encontrado un nuevo límite que cruzar.

Me hierve la sangre. El vestido de Violet se mueve de un lado para otro mientras baila borracha, casi cayéndose de la mesa a la que está subida, al tiempo que los hombres la rodean y se la comen con la mirada.

Enreda las manos en su pelo, a ambos lados de la cabeza, con un brillo ardiente en los ojos.

Y a mí me arde el cuerpo cuando me pilla observándola.

Aprieto la mandíbula al percatarme de su mirada desafiante.

Pone los ojos en blanco y continúa bailando, ignorando cómo la fulmino con la mirada.

Como vuelva a ponerme los ojos en blanco, que se prepare.

¿Dónde cojones se ha metido Booker? ¿Dónde está Slater? No deberían haberla dejado sola. A Booker le gusta hacer el tonto y coquetear con las mujeres, pero no dejaría a Violet sola cuando claramente se ha bebido hasta el agua de los floreros. Debe de haber salido a fumar o a mear.

A Karen le suena el móvil en el bolso a la vez que yo trato de controlar mi ira.

—Voy a salir un momento. Tengo que cogerlo —dice. Se baja del taburete y sale corriendo en dirección a la entrada del bar. Antes de girarme hacia la joven que es el centro de atención, me aseguro de que Karen no puede ver lo que estoy a punto de hacer.

Miro en todas las direcciones con la esperanza de que Booker y Slater aparezcan y se encarguen ellos de Violet. No obstante, los segundos eternos pasan y no hay ni rastro de ellos.

Me cago en la vida.

«Y me cago en mi vida por preocuparme por ella».

Debería dejar que cometa errores para que aprenda de ellos, pero aquí estoy, rebuscando en el bolsillo hasta encontrar mi cartera y sacando el dinero para pagar mi cuenta, y la de Karen, mientras me levanto. El camarero, Isaac, se lo lleva.

Me abro paso entre la multitud. Choco con varias personas en mi intento de avanzar hasta situarme frente a Violet, con el pecho agitado.

Me crujo los nudillos, intento reordenar mis pensamientos y mantenerme indiferente delante de esta mujer que me saca de quicio.

Ella baila sin parar, consumida por la música.

Se balancea con los ojos cerrados, animada por las exclamaciones de asombro de los hombres a su alrededor.

«Qué puto asco».

Entonces, un movimiento descuidado hace que el vestido se le baje lo suficiente como para que se le vean los pechos.

Un hombre saca su móvil delante de mí y abre la cámara.

Creo que ese puto cerdo pretende sacarle fotos a alguien que no le pertenece, quizá incluso grabarla haciendo el ridículo. Y, como sospechaba, intenta hacer justamente eso. Apunta la cámara en su dirección y cambia al modo vídeo. Yo me crujo los nudillos, de nuevo lleno de rabia.

Por supuesto, Violet sigue moviendo las caderas con torpeza y meneando la cabeza al ritmo de Father Figure de George Michael, con el cabello tapándole lo que está ocurriendo delante de sus ojos.

Le pego un manotazo al teléfono del tipo y este cae al suelo con un golpe sordo.

—Oye, tío, ¿a qué ha venido eso? —El cabrón se atreve a enseñarme sus dientes amarillos. La peste a alcohol de su aliento me golpea. Está demasiado cerca para mi gusto.

Mi puño impacta contra su mandíbula y lo hace retroceder hasta caer en los brazos de sus amigos, quienes lo atrapan mientras él intenta recobrar la posición.

Es un grupo de cuatro marineros jóvenes que me miran con ojos dubitativos.

Uno de ellos echa un vistazo a su colega y clava su mirada incrédula en mí.

—Le has roto la mandíbula —murmura con voz temblorosa a causa del miedo.

«Genial».

Me enderezo y siento un hormigueo en los músculos por las inmensas ganas que tengo de romper algo. Todos me miran y luego vuelven a mirar a su amigo, decepcionados.

Uno de ellos recoge el teléfono y lo escolta fuera del local.

Al darme la vuelta, veo a Violet hecha una furia.

Antes llevaba el pelo liso, pero ahora le cae en ondas gruesas y lo lleva metido detrás de sus pequeñas orejas.

Arruga la nariz y se le marcan las expresiones del rostro.

Siempre pone esa cara cuando está enfadada.

Después de un año siendo su instructor, me he aprendido sus gestos a la perfección.

Verla así hace que me entren ganas de echármela al hombro y meterla en mi camioneta para alejarla de todo el mundo.

Me contengo.

—¿Acabas de pegarle un puñetazo...?

—Violet, bájate de ahí ahora mismo —gruño.

—¡No!

—Hay personas con los móviles en la mano y tú estás ahí con las... —Cierro los ojos con fuerza y aprieto la mandíbula para contenerme.

«Con las putas tetas fuera». Aunque en lugar de decir eso, intento otra clase de acercamiento.

Me inclino hacia ella para asegurarme de que nadie nos escucha.

—Tienes novio, ¿o es que ya no te acuerdas?