Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 17. Violet
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Capítulo 17. Violet

Violet

Mientras le estrecho la mano al teniente coronel con la icónica boina verde sobre mi cabeza, un sentimiento de liberación me invade. Todo el trabajo ha merecido la pena. Soy la primera mujer de mi familia en entrar en la unidad de Operaciones Especiales del ejército.

Todavía estrechándole la mano, echo un vistazo a la multitud con una gran sonrisa. La gente continúa aplaudiendo, el escenario está completamente iluminado y contrasta con la tenue iluminación de la zona en la que se encuentran los familiares. Busco una cara conocida.

Inspecciono todos los rostros, uno por uno, a la espera de que alguien haya venido a verme. Pero la esperanza se desvanece a medida que los segundos pasan y solo veo caras desconocidas.

Como era de esperar, mi madre no ha venido. Isabella, mi hermana mayor, tampoco.

Nadie ha venido a verme.

Un ardor me atraviesa el pecho; sin embargo, desaparece con la misma rapidez con la que llegó.

No me derrumbaré.

No lo haré.

Contengo el aliento, pero una tormenta de emociones me destroza por dentro.

No ha venido nadie.

En una esquina lejana, donde las sombras lo abarcan todo, una presencia oscura y descomunal llama mi atención. Incluso en la oscuridad, logra atraerme como un imán.

Esos ojos desiguales están clavados en los míos. La forma en la que nos aguantamos la mirada me hace sentir como si nos encontráramos a solas; solo existimos nosotros dos.

Con su expresión estoica habitual, junta las manos y aplaude, inclinando ligeramente la cabeza.

A pesar de haber intentado ahuyentarme anoche, ahora está aceptando mi presencia.

Miro de reojo al coronel, que intenta hacerme una pregunta, aunque soy incapaz de escucharlo porque el hombre al que todos llaman «leyenda» me tiene fascinada.

Antes de responder, pestañeo, y la necesidad de echarle otro vistazo a Bestia me domina.

No obstante, cuando vuelvo a mirar hacia la esquina en la que se encontraba, ya se ha ido.

Pelo liso. Vestido y labios rojos. Pecas. Tacones. Mi perfume favorito en el cuello. Mi collar con una cruz sobre mi clavícula. Me gusta esto de sentirme algo más que una soldado esta noche.

Estoy más nerviosa por tener que socializar que por haberme graduado. No recuerdo la última vez que me puse un vestido y me siento un poco ridícula. Aun así, después de un año dedicándome las veinticuatro horas del día a entrenar, entro en The Drunken Shell sintiéndome una mujer renovada.

A pesar de que estamos en invierno, hay bastante humedad. Antes de agarrar el tirador plateado de la puerta, una brisa de aire me golpea y se me mueve la falda del vestido alrededor de los muslos.

Empujo la puerta y entro en el bar. Hay marineros, soldados e infantes de la Marina gritando y riéndose por todas partes.

Todas las mesas de billar están ocupadas, la pista de baile está llena y la barra, a reventar de gente.

Esta noche el local está a tope, lo cual no me sorprende, ya que es viernes.

En cuanto las puertas se cierran, el arrepentimiento me invade.

Quiero correr de vuelta a mi habitación y pasar la noche sola, con un libro en la mano y The Office de fondo. Prefiero mil veces ese plan antes que salir por ahí en mi tiempo libre.

Sin embargo, ya es demasiado tarde para darme media vuelta, porque Booker y Kade se vuelven hacia mí. Me arden las mejillas, juraría que me estoy poniendo roja. Cuando miro a Kade, lo único que veo son sus labios suaves y su bigote alrededor de mis dedos, como aquella noche en la ducha.

Compartimos un extraño momento de debilidad, uno que quiero guardarme solo para mí. Se quedará entre nosotros, pero sé que la atracción es mutua, aunque él pretenda fingir que nada de eso ocurrió.

Me mira dos veces y se lleva un vaso de lo que asumo que es whisky a los labios.

Booker me sonríe de oreja a oreja y me hace señas para que me acerque.

Kade levanta la ceja marcada por su cicatriz y fulmina con la mirada a Booker.

Resopla, sacude la cabeza y, aunque nos separan varios metros, puedo ver cómo aprieta la mandíbula.

Clava la vista en el lado opuesto de la barra.

¿Con quién está hablando?

—¡Aquí, Mariposa 1

Frunzo el ceño y echo un vistazo a mi alrededor.

¿Me lo está diciendo a mí?

«¿Mariposa?».

—Sí, tú, Violet Isla. Ven aquí. —Booker sacude la cabeza. En cuanto me acerco, echa a Slater de su silla de una patada. Slater me lanza una mirada asesina antes de ponerse detrás de Kade y de la persona con la que habla.

—¿Por qué «mariposa»? —pregunto.

—Es tu nombre en clave.

—¿En serio?

—Ajá —murmura, y le pega un trago a su cerveza Shiner Bock.

—¿Quién pone las reglas para asignar los nombres en clave? ¿Puedo cambiármelo?

—No. Y ahora deja de quejarte y bebe algo.

Mientras lo fulmino con la mirada, empuja en mi dirección dos vasos de chupito. Dudo. Cada vez que me emborracho me siento más ligera. La imagen del cuerpo sin vida de mi padre en su ataúd se desvanece, al igual que el sentimiento de culpa por cómo murió.

Si hubiera seguido siendo la chica callada... La que nunca pedía nada. La reservada. ¿Por qué tuve que ser aventurera aquel día?

Está muerto por mi culpa.

«Es tu culpa.

»Siempre será tu culpa. Por eso tu madre y tu hermana te odian. Tú lo mataste».

—¿Violet? —La voz de Kade interrumpe mis pensamientos autodestructivos. Está detrás de mí, con esa expresión que podría hacer caer a cualquiera.

Parpadeo y levanto la vista hacia él. Me encuentro con esos hermosos ojos vibrantes que me recuerdan a los de un lobo, afilados y que casi parecen de otro mundo.

Su presencia calma mis demonios por un instante, pero es la mujer que se encuentra a su lado quien acapara toda mi atención.

Tiene una expresión alegre y radiante, y se aferra al bíceps de Kade casi de manera posesiva, como si estuviera reclamándolo y asegurándose de dejármelo claro.

¿Tiene novia?

Le acaricia los tatuajes de los brazos con sus uñas largas y rojas.

Frunce el ceño y me examina con la mirada, como si fuera una intrusa, como si no perteneciera a este lugar.

Lleva el pelo rizado y rubio con la raya al medio, lo que enmarca su rostro con forma de corazón.

Es preciosa. Pues claro que Kade lleva a una tía guapísima enganchada del brazo. Odio lo que eso me hace sentir.

Este hombre probó mi sabor de mis propios dedos anoche y, ahora, tiene una cita.

Desvío de nuevo la mirada hacia los chupitos.

—P-perdona, O’Connell, pero a partir de hoy, ya no estás a cargo de mí —digo antes de beberme los chupitos de un trago uno por uno. El ardor se desliza por mi garganta. Arrugo la nariz y tuerzo el gesto. Booker me da una palmada en la espalda y suelta una risita.

—Más despacio —me advierte Kade—. ¿Por qué no le pides una cerveza o un margarita? —reprende a Booker.

Booker abre la boca, pero lo hago callar.

—No necesito que nadie pida por mí. —Le hago una seña al camarero—. Otra ronda, por favor.