Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 16. Violet
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Capítulo 16. Violet

Violet

Tres fuertes golpes en mi puerta interrumpen mi llamada con el abuelo. Justo acaba de informarme de que la abuela está mejor y los médicos esperan que se recupere por completo muy pronto.

—¡Te quiero! Y, por favor, cuídate mucho, ¿vale? Tengo que irme.

—¿Al trabajo? —refunfuña.

—Sí. ¡Hoy me gradúo! —exclamo al echar un vistazo a mi uniforme de gala, planchado y listo para usar. Está perfectamente colgado en mitad de mi armario.

—Lo sé. Nos habría encantado estar ahí.

Otros dos golpes suenan con más fuerza.

—¡Ya voy! —grito por encima del hombro—. Bueno, tengo que irme. Hablamos pronto.

—Por supuesto, mija . Te queremos.

Cuelgo.

Me dirijo hacia la puerta todavía en pijama, con el osito azul de mi abuela en la mano.

Al abrirla, se me corta la respiración cuando veo a Kade. Lleva puesto su uniforme verde del ejército, el pelo engominado hacia un lado y la barba recortada. Su aroma a cedro mezclado con ese perfume adictivo me golpea de lleno.

Pero la forma en la que me mira... me resulta inquietante. Su ojo verde, marcado por la cicatriz, tiene un brillo frío y cortante. Aprieta la mandíbula y clava la vista en mi móvil, como si fuera una amenaza.

—¿Con quién hablabas? —Su voz grave suena extrañamente tranquila.

¿Ha estado con la oreja pegada a la puerta? ¿Cuánto ha escuchado?

—¿Qué? ¿Lo has oído?

Baja la cabeza, pensativo, como si intentara contenerse.

—Olvídalo, no importa. Ya sé cómo funcionan estas cosas. Lo dejáis y un par de horas después volvéis a quereros como si nada —se burla y saca un paquete de Marlboro del bolsillo.

—Kade, no estaba...

—Booker quiere verte en su despacho a las dos —me interrumpe, cambiando de tema con indiferencia. Vuelve a estar distante. Me atraviesa con la mirada y retoma su papel de instructor por última vez. No puedo dejar de pensar en lo que ocurrió hace unas horas.

¿Él también le estará dando vueltas?

—Vale.

Asiente una vez más antes de darse la vuelta para marcharse.

¿Perdón? ¿Ya está?

—Kade. —Extiendo la mano para tocarlo, pero la retiro antes de llegar a rozarlo.

Aprieta la mandíbula.

—Es sargento maestro —me corrige.

—¿No vamos a hablar de lo que pasó anoche?

Toma una profunda bocanada de aire y mantiene la vista fija en el pasillo, hacia la salida.

—No tienes que preocuparte por Willis ni por los otros tíos que te hicieron daño. Ya se han encargado de ellos.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero —susurro. Echo un vistazo a ambos lados del pasillo para asegurarme de que estamos solos y podemos hablar libremente.

Él se detiene y el corazón me late a toda velocidad mientras espero su respuesta. Me gusta, y me muero por saber qué piensa. Es tan inexpresivo que parece un robot, pero sé que detrás de esa máscara existe otra versión de él. Anoche la vi.

—Si no vas a decirme nada relacionado con esta escuela o con el trabajo, entonces hemos terminado —concluye con una ceja levantada a la vez que juguetea con el reloj de su muñeca.

Ni siquiera se molesta en mirarme. Ojalá pudiera decir que mi ego es lo suficientemente grande como para soportar su frialdad, pero me temo que no lo es.

Qué tonta soy. ¿Qué esperaba? ¿Que admitiera que existe atracción entre nosotros?

Chasqueo la lengua y me la paso por los dientes, tragándome el rechazo.

Al parecer, Kade O’Connell siempre será Bestia, el operador especial, conocido como el soldado que tiene un corazón de acero. Tangible, pero incapaz de sentir.

Aprieto la mano en torno al pomo de la puerta y agarro el osito azul con fuerza debajo del brazo. Imito su expresión estoica.

—Hemos terminado.

—El puto Kade O’Connell.

Kade y yo nos volvemos hacia la voz grave que resuena al final del pasillo.

—La bestia legendaria. ¿Dónde te habías metido, colega? —añade otro soldado con una boina verde en la cabeza. Kade se aleja de mí como si no significara nada para él y me bloquea la vista con su enorme espalda.

—Max, ¿cómo estás, hermano? ¿Qué tal va esa pierna? —Se dan un apretón de manos y se abrazan con un par de palmaditas en la espalda. Por la forma en la que hablan, está claro que se conocen bastante bien.

Max se levanta la pernera del pantalón para dejar a la vista una prótesis.

—Puede que haya perdido la pierna, pero me salvaste la vida, tío. Siempre estaré en deuda contigo —responde con gratitud en cada sílaba.

Los ojos color chocolate de Max se vuelven más brillantes a medida que llegan más soldados y se unen a la conversación.

Todos miran a Kade con respeto y admiración.

Es muy conocido en la comunidad militar y, por cómo hablan de él, solo tienen cosas buenas que decir, dejando a un lado lo capullo que puede llegar a ser a veces.

Aun así, ni una sola persona se atreve a decir que es un mal hombre.

Cierro la puerta para darles privacidad. De todas formas, tengo que reunirme con Booker, y ya me ha quedado claro que Kade quiere fingir que lo de anoche nunca ocurrió.

Además, he trabajado muy duro para llegar hasta aquí. No permitiré que nada me impida disfrutar del día que da comienzo a mi carrera como soldado de las Fuerzas Especiales.

El despacho de Booker es tal y como me lo imaginaba.

Estanterías repletas de premios que demuestran su exitosa carrera militar y fotos de lo que supongo que son sus padres y sus hermanos.

No lleva anillo y nunca ha mencionado tener hijos.

Está sentado detrás de su escritorio, con montañas de papeles a ambos lados.

—Enhorabuena.

—Gracias.

Me resulta fácil abrirme con él y hablar sin tapujos. Es como el sol, mientras que Kade es una tormenta implacable en tonos grises.

—He pedido que me destinen a la Costa Oeste. Yo...

—Te quedarás aquí. En este grupo.

Frunzo el ceño.

—¿Me quedaré... —bajo la voz— en Carolina del Norte?

—Así es —responde sin emoción.

No. Necesito alejarme de O’Connell. No puedo pensar con claridad cuando estoy cerca de él.

Se ha vuelto una distracción. Me dan escalofríos solo de estar en la misma base que él.

Compartimos un momento íntimo hace apenas unas horas, lo que me ha dado otro motivo para querer irme a otro grupo, uno donde un par de ojos con heterocromía y con una cicatriz que le atraviesa la cara no me hagan desmoronarme.

—Pero yo...

—Ten cuidado, Isla. Te quedarás con el grupo que te asignaron, ¿entendido? —Booker cambia su tono de voz a uno más autoritario. Siempre suele ser amable conmigo, lo que significa que igual me estoy pasando al hablarle con tanta confianza. Al fin y al cabo, es uno de mis superiores.

Me aclaro la garganta y me pongo recta.

—Entendido, señor. Lo siento. No suelo quejarme, pero es que a todos los demás les asignaron la base que querían —señalo.

—Isla. Esto es cosa de Bestia.

El corazón me da un vuelco.

¿En serio? ¿Ha movido los hilos para que me quede aquí? Quiero preguntárselo a Booker, pero me muerdo la lengua. Mi cabezonería ya me ha metido en suficientes problemas y no me apetece ganarme esa clase de fama en mi primer equipo.

—La especialista Isla deberá presentarse en su nuevo destino después del permiso de Navidad —continúa, y me entrega una pila de documentos dentro de un sobre de manila.

Lo abro y hojeo los papeles hasta que encuentro mi nombre y mi destino.

Se me seca la boca al verlo impreso—. Ya es oficial. No hay vuelta atrás.

—¿Qué equipo me han asignado? —pregunto al cerrar el sobre.

—Lo descubrirás cuando te presentes allí. Pero prepárate, porque vas al mejor equipo de todos. Y pasan muchas cosas entre bambalinas.

—Estoy preparada.

Aprieta los labios.

—Eres una de las mejores soldados que he visto pasar por este curso.

Tienes inteligencia, resistencia y fuerza.

—Se me derrite el corazón. Qué bien sienta que reconozcan tu esfuerzo.

Una parte de mí desearía que esas palabras vinieran del sargento maestro.

Se me llenan los ojos de lágrimas, pero tomo una profunda bocanada de aire antes de que las emociones que tengo contenidas me metan en problemas—.

Y, ahora, me gustaría hablar contigo de otra cosa —añade.

Se pone de pie y queda más claro que el agua que mide más de metro ochenta.

Se quita la boina al mismo tiempo que rodea el escritorio.

Se pasa una mano por el pelo rubio y se apoya contra el borde de la mesa.

Cruza una pierna por delante de la otra y me observa con un destello de curiosidad en sus ojos color avellana.

«Eh... ¿de qué va todo esto?».

—¿De qué se trata? —pregunto, sin dejar de contener la respiración.

—Ya no soy tu instructor. —Sus dedos tamborilean sobre la mesa de madera.

—Correcto —corroboro, aunque suena más como una pregunta.

—Reúnete conmigo esta noche en The Drunken Shell.

Frunzo el ceño antes de entender lo que quiere decir.

Booker siempre habla con confianza y me trata con respeto, pero, por un momento, dudo.

Hay otro hombre que me vuelve loca, un torbellino de emociones me invade cada vez que lo tengo cerca.

Sin embargo, cuando se presentó esta mañana en mi habitación, me dejó muy claro que entre nosotros no puede haber nada.

Booker, en cambio, sabe lo que quiere y su sonrisa me resulta muy agradable. Es atractivo, divertido y no me saca de quicio.

Quizá debería hacerlo.

No.

Quiero hacerlo.

Le regalo una pequeña sonrisa. En realidad, me parece una buena idea.

—¿El bar que hay frente a la playa?

Asiente.

—Todos irán a celebrar el buen trabajo que hemos hecho.

Me gustaría que tú también vinieras. Deberías sentirte orgullosa.

Te has graduado y eres la mejor de la clase.

Todos estamos muy orgullosos de ti. Bestia no te lo dirá, pero también hablo en su nombre.

Probablemente, soy el único al que se lo permite.

—Se ríe e inclina la cabeza—. Y sabemos que tu padre también lo estaría. —Hace una pausa—. La hija del León.

—Gracias —susurro, y aparto la mirada. Me duele el corazón cada vez que el recuerdo de él en su ataúd, con el uniforme puesto, regresa para atormentarme.

«Todo esto es por ti, papá».

Booker me saca de mis pensamientos.

—Me gustas, Isla.

Levanto la cabeza para mirarlo a los ojos y, cuando lo hago, se pone rojo.

«¿Acaba de sonrojarse?».

—Ah, lo de esta noche... ¿es una cita?

Él sonríe.

—A ver..., ¿no? —responde mientras se arregla el pelo y se pone de nuevo la boina. Sus zapatos de vestir resuenan al pasar junto a mí. Me abre la puerta y añade:

—Mejor me retiro.

Lo miro por encima del hombro justo cuando se detiene, tamborileando los dedos contra la pared. ¿Por qué parece que sí me está invitando a salir? Abro la boca para recordarle las reglas sobre las citas entre compañeros de trabajo de distintos rangos, pero me interrumpe.

—Nos vemos esta noche, Isla.

Cierra la puerta.