Capítulo 14. Violet #2
—Claro, porque no tienen relación, ¿verdad?
—respondo. Estoy siendo demasiado cruel, pero tal vez le venga bien probar una dosis de su propia medicina—.
No necesito que nadie recoja mis pedazos porque no me rompo.
No me hago añicos. No me rindo. No necesito a Adam.
No necesito la ayuda de nadie. Puedo hacerlo sola, como lo he hecho desde el principio.
Mi madre me abandonó. Mi padre está muerto.
Mi abuela está conmigo, pero al mismo tiempo no, porque el alzhéimer y el cáncer se la están llevando.
Soy la única familia que me queda, señor .
—Escupo esa última palabra con desdén—. Y ahora, si me disculpa, voy a terminar de ducharme.
Mañana es mi último día aquí y pienso dormir como un bebé antes del último entrenamiento.
Me quito la toalla, ya me da igual todo. Mis pechos quedan al aire y mis pezones se endurecen. Frunzo el ceño con expresión desafiante. Él aprieta la mandíbula y clava sus ojos desiguales en los míos, negándose a apartar la vista. Los tatuajes de sus bíceps se tensan cuando flexiona los brazos.
—Tal vez desde su punto de vista no sea lo suficientemente buena como para estar aquí, pero pienso esforzarme para demostrarle que se equivoca cada día que lleve ese uniforme.
Con la toalla en la mano, estiro el brazo y la suelto. Él observa mi mano abierta y la toalla cae sobre sus botas militares. Doy un paso atrás y me giro para que pueda verme la espalda.
Cierro los ojos y dejo que el agua me caiga por el rostro. Me rasco suavemente el cuero cabelludo con las uñas y tarareo a medida que el dolor empieza a desaparecer.
—Todavía no he acabado contigo —gruñe—. Ponte la toalla.
—No. —Me froto los pechos hasta que se me endurecen los pezones.
Él no se mueve. Noto cómo no me quita el ojo de encima. Echo un vistazo por encima del hombro y veo el tormento reflejado tanto en su ojo verde esmeralda como en los destellos plateados del otro. No se me pasa por alto cómo se le agita la respiración ni cómo clava la mirada en mis labios.
Quiere mirarme. Quiere quedarse aquí.
—Debería irse —sugiero, bajando las manos por mi abdomen.
—Debería.
—Debería dejar de mirarme así.
—Debería.
—No puedo decir lo que realmente pienso sin que haya consecuencias, ¿verdad?
—No —gruñe. Se le dilatan las pupilas.
—¿Y si quiero que haya consecuencias? ¿Y si no quiero callarme? ¿Y si quiero que me castigue?
—Cuidado —me advierte.
—Tiene la respiración agitada... —respondo. La forma en la que su cadena se balancea cada vez que toma aire me provoca una presión en el pecho. Lo miro a los ojos y el fuego que distingo en ellos se intensifica. Deslizo los dedos hasta mi entrada. Lentamente, los introduzco.
—¿Qué estás haciendo? —ladra.
—Ducharme.
Separo los labios, desesperada por tocarlo, pero su habitual expresión seria regresa. De pronto, me cierra el agua de la ducha. La lujuria se desvanece y yo parpadeo, confundida. De un momento a otro, la burbuja en la que estábamos metidos explota.
Coge con suavidad una toalla seca de la repisa y me la tiende. Reacciono al momento y me envuelvo en ella, muerta de vergüenza.
—Estás cruzando líneas que podrían destruirnos a los dos. Ambos sufriríamos las consecuencias. Deja de poner a prueba tus límites, porque es un juego peligroso tanto para ti como para mí. —Su aliento helado me acaricia el cuello y eriza cada centímetro de mi piel desnuda.
—En cuanto suene esa campana, ya no seré su alumna. —Clavo la mirada en sus preciosos labios.
El deseo imprudente se refleja en nuestros ojos.
—Eso no cambia el hecho de que Adam forma parte de nuestras vidas.
La realidad duele, pero no me apetece pensar, quiero actuar.
—Sea temerario conmigo —lo incito, desafiándolo a entregarse a los pecados con los que quiero bailar solo con él.
—¿Sabes qué pasará si dejas que te toque? —gruñe contra mi oído como si me estuviera provocando. Hay algo siniestro en cómo lo dice. El corazón me late a toda velocidad y la tentación penetra en mi alma con entusiasmo.
—Dígamelo. Bueno, pensándolo mejor... no. Demuéstremelo —lo desafío, con la curiosidad recorriéndome las venas.
Quiero que me domine. Quiero que se olvide de esos oscuros demonios que invaden su alma.
—Es usted un hombre roto, sargento maestro O’Connell. Pero ¿cómo es el dicho? Solo aquellos que son iguales se reconocen unos a otros.
Emite un murmullo grave que es música para mis oídos. Joder, incluso los ruiditos que profiere lo vuelven irresistible.
—Conozco esa mirada y no me gusta. Es la misma que tenía yo hace dos noches en la azotea. Nos conocemos desde hace un año y nunca lo he visto sonreír. Se siente solo. Y lo sé porque yo también. Me gustaría quitarle ese dolor. Tal vez podríamos ser la morfina del otro durante una noche.
Él suspira, entrelaza las manos por detrás de la espalda y me mira.
—Me estás incitando a cometer un error y me niego a que eso ocurra.
Por algo soy el número uno en las Fuerzas Especiales.
Existe una razón por la que todo el mundo confía en mí y también por la que todos me temen.
No dudo a la hora de tomar decisiones complicadas para salvar a mi equipo y mantener con vida a mis soldados.
Yo siempre sigo las normas. No rompo las reglas, hago que se cumplan.
La culpa y la vergüenza me golpean hasta dejarme hecha pedazos. Todo ha sido obra de mi imaginación. Las miradas, la forma en la que su voz se volvía más dulce cuando me enseñaba.
Lo deseo. Cada vez que lo miro, la lujuria y algo parecido al odio se entremezclan en un solo sentimiento.
Conseguiré que me echen por provocarlo y me lo merezco.
Me muerdo el labio. Estoy a punto de limpiarme con la toalla cuando sus manos se lanzan hacia mi muñeca con la rapidez de una serpiente que ataca a su presa.
Siseo a causa del dolor y retrocedo, con una expresión de confusión grabada en el rostro. Me encuentro con su mirada oscurecida y él aprieta la mandíbula.
—Si quieres echar un polvo, hazlo, pero que sea lejos de mi vista. —Una vibración grave y profunda resuena entre nosotros—. Eres mi alumna —gruñe, y se me hiela la sangre.
Retrocedo de nuevo, pero él refuerza su agarre.
—¿Te queda claro? —escupe.
Mi visión se vuelve borrosa. Intento alejarme una vez más y asiento, pero solo encuentro resistencia.
Lo he pillado. Puede que Adam y yo ya no estemos juntos, pero Kade O’Connell...
El sargento maestro...
El operador Bestia... siempre será terreno prohibido.
—¿Señor? Ya puede soltarme. Le pido disculpas. No volverá a ocurrir. No sé qué me ha pasado...
Abro los ojos como platos y una corriente eléctrica me recorre todo el cuerpo cuando vislumbro una versión de Kade que hasta ese momento me resultaba desconocida.
Deseo. Furia. Locura. Hambre .
Acerca mi mano a su boca abierta. Se mete mi dedo entre los labios y lame mi excitación, saboreándome, sin dejar de mirarme a los ojos.
Suelto un grito ahogado, con la respiración agitada, y siento una presión entre los muslos que me enciende y me pide más.
Su lengua suave y cálida lame hasta la última gota de mi dedo.
Deja escapar un gemido grave y profundo antes de soltarme finalmente.
Creo que nunca me había puesto tan cachonda.
—Eres más que suficiente —sentencia, y me recuerda lo que le he confesado hace apenas unos segundos sobre sentir que decepciono a todo el mundo al no cumplir con sus expectativas.
Me sujeto la muñeca e intento decir algo, pero me he quedado en blanco. Todo ha ocurrido demasiado rápido. Me quedo inmóvil, sin palabras, aunque tampoco importa.
Él ya se está alejando, como si nada de lo que acabara de pasar hubiera cruzado todos los límites posibles. En cuestión de segundos, desaparece.