Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 14. Violet
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Capítulo 14. Violet

Violet

BITTERSUITE – Billie Eilish

Me tiemblan las pantorrillas después de la marcha con mochila de cuarenta kilómetros, aunque lo que más me duele son los pies.

No siento los hombros, y el pecho me arde con cada respiración.

Caminar cargando peso con temperaturas bajo cero no es precisamente mi pasatiempo favorito. Tengo los dedos y los labios morados.

A pesar de ello, me propuse ser la primera en terminar nuestra última gran hazaña antes de la graduación y lo conseguí, aunque ha sido a costa de llevar mi cuerpo al límite esta noche. Justo cuando estaba bajando el ritmo, el sargento maestro O’Connell apareció para motivarme a seguir adelante.

Cuando pienso que ya no me quedan fuerzas, él siempre me recuerda que solo falta un último empujón.

Entro en las duchas vacías solo con una toalla. Es un área grande, abierta y sin divisiones. Me acerco a la llave plateada y cuelgo la toalla en la alcachofa de al lado.

Con las manos entumecidas, abro el agua hasta que la estancia se llena de vapor. Me coloco debajo del chorro y dejo escapar un gemido de alivio.

El agua cae sobre mí y me relaja el cuerpo dolorido. Hundo los dedos en el pelo y me masajeo el cuero cabelludo castigado por los constantes moños y coletas apretadas.

—Vaya, vaya, vaya. Mirad esto, colegas. Todas las duchas para ella solita. Estas están mucho más limpias que las nuestras.

Me estremezco al oír esa voz chillona. Abro los ojos de golpe y me quedo paralizada.

Willis.

Me giro y lo veo entrar acompañado de Preston y Daniels, todos ellos con las mismas intenciones siniestras reflejadas en sus ojos oscuros.

«Parece que se ha acabado mi momento de tranquilidad».

Me apresuro a coger mi toalla y me la envuelvo alrededor del cuerpo. Tengo los pechos aprisionados y la tela apenas me tapa el culo.

—Willis. ¿Qué coño haces aquí?

—Bueno, ya sabes..., la graduación es en menos de veinticuatro horas y nuestros nombres no aparecen en la lista —me explica mientras todos me rodean, como si fueran tiburones esperando el momento perfecto para atacar.

—Qué pena —respondo con sarcasmo.

—Sí, sobre todo para ti —se mofa Preston a mi derecha.

—¿A qué te refieres?

Entonces, se abalanzan sobre mí. Preston me agarra por la muñeca, pero mi modo de defensa se activa y le retuerzo la mano hasta que grita de dolor. Tiro de él por encima de mi hombro y dejo escapar un gruñido agudo.

Daniels aprovecha la ocasión para agarrarme por la nuca y me golpea la cabeza contra la pared hasta que veo las estrellas. Me quedo sin respiración y se me oscurece la visión durante unos segundos.

—Deja que me despida, Violet. —Willis sube la mano por mis muslos—. De hecho, ¿qué te parece si nos despedimos todos? ¿Prefieres que lo hagamos a la vez o que nos turnemos?

—¡Que te follen! —escupo.

—A eso iba —me susurra Willis al oído. Y justo cuando está a punto de introducir sus dedos en mi vagina, se aparta.

En cuanto estoy libre, mi puño impacta contra la garganta de Daniels, que cae al suelo.

Antes de que pueda darle otro golpe bien merecido, se levanta a trompicones.

Se resbala en el suelo mojado, pero rápidamente recupera el equilibrio y sale corriendo antes de que pueda terminar lo que ellos mismos empezaron.

Me giro y veo la bota del sargento O’Connell plantada sobre la cara de Willis, aplastándole el pómulo.

—¿Quién cojones os creéis que sois para tocar a mi alumna en contra de su voluntad? —El sargento le retuerce a Willis una de sus manos y lo aprisiona contra el suelo con el pie.

—¡Lo siento, señor! Solo queríamos darle un susto, estábamos haciendo el tonto. Ella incluida. También tenía ganas.

«¡Menuda mentira!».

Niego con la cabeza.

—Eres un mentiroso de mierd...

Kade me lanza una mirada asesina y me advierte que cierre la boca. Esos ojos fríos como el hielo podrían congelar toda una habitación. Aprieto la mandíbula y doy un paso atrás cuando Preston se levanta, aturdido y cojeando, para salir de las duchas.

El sargento clava de nuevo la vista en Willis y le dedica una sonrisa siniestra. El soldado palidece cuando presencia cómo Kade se transforma en el demonio sádico al que todo el ejército conoce.

De pronto, un estallido resuena contra las paredes. Willis suelta un chillido agudo y empieza a retorcerse en el suelo. Intenta escapar del agarre de Kade, pero no sirve de nada.

—Te romperé un dedo por cada mentira —ruge.

—¡Joder! ¡Mi puto dedo! ¡Me lo ha roto! —agoniza Willis.

—¿Quieres que te parta otro? Atrévete a mentirme otra vez —lo amenaza. Una sonrisa perturbadora se extiende por sus facciones cautivadoras.

—¡Lo siento!

—Demasiado tarde, Willis. Venga, te haré otra pregunta.

—Presiona con más fuerza su bota contra el rostro de Willis, quien suelta un grito ahogado.

Me obligo a mí misma a no disfrutar demasiado de esta situación.

Me tapo la boca y miro a Willis con los ojos entrecerrados.

Verlo retorcerse y acobardarse ante Bestia me da la vida.

Madre mía, Roberts no exageraba cuando decía que este tío está como una cabra.

—Como me vuelvas a mentir, lo próximo que te romperé será la nariz —le advierte—. ¿Cuántos segundos tardarás en desaparecer de mi vista?

—Eh... p-pues... a ver... —tartamudea Willis.

—Eso no son números, Willis. —Le coge otro dedo y, cuando está a punto de retorcérselo en un ángulo antinatural, Willis se recompone.

—Tres segundos, señor —responde con los ojos llenos de lágrimas.

Con un último apretón, el sonido de un segundo dedo roto reverbera por toda la habitación.

A Willis se le escapa otro grito espeluznante que provoca que Bestia lo mire con desdén, como si se lo estuviera pasando de puta madre.

Willis le pega un manotazo al suelo de baldosas y se contiene para no decir nada.

—Como te atrevas a respirar el mismo aire que Violet, a mirarla.

.. o incluso a pensar en ella, te arrancaré los putos ojos con mis propias manos —le advierte con un tono peligrosamente calmado, con un rugido contenido en cada palabra que me provoca escalofríos.

Después, lo empuja y Willis sale disparado.

Se lleva la muñeca al pecho y retrocede, mirando a Bestia de reojo por encima del hombro como si temiera que fuera a perseguirlo.

—Uno. —Bestia empieza la cuenta atrás, con la voz teñida de una furia casi... posesiva.

Willis abre la boca, asiente de forma frenética, y sale corriendo de las duchas entre sollozos. Bestia y yo nos quedamos a solas.

El agua sigue corriendo detrás de mí. El vapor llena la habitación y se crea una nube de niebla a nuestro alrededor. Ya no alcanzo a ver la salida de las duchas.

—Capullos —mascullo mientras me aprieto con fuerza la toalla—. Gracias.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Estás segura?

—Sí, sargento maestro.

Clavo la mirada en la cicatriz que cruza su rostro. La curiosidad me puede y soy incapaz de reprimir la pregunta que se me escapa de la boca.

—¿Cómo se la hizo? ¿Fue de servicio? —Me llevo los dedos a la mejilla para imitar la forma de su cicatriz.

—En la guerra —responde—. Es todo lo que necesitas saber.

Trago saliva y una sensación de tristeza me invade cuando me imagino todos los posibles escenarios en los que alguien pudo acercarse tanto a Bestia.

Asiento en silencio.

—Llevo casi veinte años en el ejército. He visto morir a muchos amigos.

Los he sostenido entre mis brazos mientras tomaban su último aliento.

—Me estremezco al imaginármelo con su pasamontañas de calavera sosteniendo a sus compañeros caídos.

Nunca lo he visto con él puesto, por lo que sé, solo lo usa durante las operaciones.

—Algunos logramos regresar a casa, volver a nuestra rutina, pero nuestra cabeza sigue en el campo de batalla.

Vomita las palabras como si intentara intimidarme para que no indague más.

—No me asusta. Sé perfectamente dónde me he metido, sargento maestro.

Él se acerca un poco más a mí y esas malditas mariposas reanudan su revoloteo.

—Te conozco mejor de lo que crees —declara con voz ronca.

—¿De verdad? —Enarco una ceja.

—No eres una de los nuestros.

Y ahí está otra vez, intentando meterse dentro de mi cabeza. Creía que empezaba a hacerle gracia la idea de que me uniera al ejército, pero ya veo que me equivocaba.

Sigue avanzando en mi dirección y yo retrocedo mientras me aprieto la toalla con más fuerza. La tensión es palpable y ambos nos fulminamos con la mirada. Me estoy empezando a hartar de él y de sus discursitos.

—No estás hecha para esto. Eres una presa. Carnada. Pequeña y débil. He tenido que intervenir para protegerte. Todos te rodean...

—Y acaban en el suelo, sangrando y suplicándome misericordia —lo interrumpo—. No necesitaba que me protegiera. Tenía la situación controlada. —Él baja la vista hacia mí y veo cómo traga saliva.

—Acabarás ahogándote en este mundo. Es oscuro e injusto, ¡y luego le tocará a mi hijo recoger tus pedazos!

¿Acaso no me está escuchando? ¿Cómo se atreve? Una descarga de adrenalina me golpea el pecho. Ya me he cansado de morderme la lengua. Puede que todos le teman, pero no pienso irme a ningún lado.

—¡Adam y yo ya no estamos juntos!

Abre los ojos como platos y siento un nudo en la garganta. Se le corta la respiración durante unos segundos mientras procesa mi arrebato.

—No me lo había dicho. —Levanta la barbilla.