Capítulo 13. Violet
Violet
Siete días para la graduación Take My Breath Away – Berlin
El sargento maestro es peligroso. Nuestra cercanía es letal. Y él ha resultado ser una amenaza mayor de la que me pensaba. Estar a su alrededor es asfixiante. Me da miedo moverme, hablar y respirar. Todo por cómo me hace sentir.
Me acompañó hasta mi barracón en silencio. En cuanto puse un pie dentro y cerré la puerta, ya se había ido. Esperaba que rompiera su palabra e hiciera que me expulsaran, pero tuvo piedad. Algo que no es habitual en él.
Quizá no me odia tanto como yo imaginaba. Podría haberme echado del curso. No obstante, aquí sigo, a tan solo unos días de ganarme mi boina verde.
No me preguntó por Adam ni me hizo más preguntas sobre mi vida personal, lo cual agradezco. Aunque mi relación con Adam es algo confusa, no puedo negar que su padre es un instructor buenorro y que cada soldado que pasa por su lado se queda mirándolo... como ahora mismo.
Un grupito de mujeres soldado lo rodea, a la espera de que se percate de su presencia.
No lo hace.
Estoy en una esquina del gimnasio, sentada en el aparato de press banca , bebiendo agua después de terminar cinco series de cincuenta repeticiones.
Todos los instructores se encuentran al otro lado del gimnasio haciendo peso muerto, dominadas, y ayudándose unos a otros.
El sargento Booker les cuenta chistes y Slater se parte con todos, hasta tal punto que se dobla y se le pone la cara roja.
Pero Kade no se ríe... ni siquiera esboza una sonrisa.
Está tan concentrado en el entrenamiento que parece que está en otro mundo.
Se le da de muerte ignorar todo lo que lo rodea.
Lleva una gorra negra con un parche de la bandera de Estados Unidos en el centro y los mechones de pelo se le enredan alrededor de las orejas.
Las luces blancas del techo se reflejan en el sudor que le cubre la piel bronceada.
Las serpientes que tiene tatuadas en los brazos son cautivadoras o, mejor dicho, te distraen.
Su camiseta ajustada deja a la vista también los tatuajes de su espalda y del pecho: pistolas con calaveras.
Cada vez que flexiona los tríceps, me falla la respiración.
Se mira en los espejos que van del suelo hasta el techo para perfeccionar su postura.
Se le marcan las venas del cuello y de los brazos y, cada vez que arruga la nariz a causa del esfuerzo, no puedo evitar fijarme en sus colmillos afilados.
Levanta muchísimo peso; además, la forma en la que su culo. ..
«No».
Aparto la mirada y busco cualquier otra cosa que me sirva de distracción y apague el fuego que se ha encendido en mi interior. Me trago el agua con fuerza, me levanto y voy a la siguiente máquina del gimnasio, una desde la que no pueda ver a O’Connell.
Es el último fin de semana antes de la graduación y nos permiten usar el móvil. Solo tengo que sobrevivir siete días más y me convertiré en la primera mujer de la familia en alistarse en las Fuerzas Especiales.
Me suena el teléfono y veo que se trata de un número desconocido.
Qué raro. Aun así, contesto.
Me llevo el móvil a la oreja.
—¿Diga?
—¡Violet!
El corazón me da un vuelco y una oleada de dolor y rabia me golpea. Resoplo al recordar nuestra última conversación en el aeropuerto.
—Adiós, Adam.
—No, por favor, no cuelgues —suplica.
—¿Para qué me llamas? —susurro al altavoz por encima del ruido de las pesas, la música a todo volumen y el murmullo de las conversaciones que me rodean.
—Porque te echo de menos y lo siento muchísimo —responde a toda velocidad, con un tono de voz teñido por la desesperación.
Casi me hace sentir mal.
«Casi».
¿Ha tardado casi un año en echarme de menos? Hemos pasado meses sin saber nada el uno del otro. He llorado día y noche a la persona con la que creía que pasaría el resto de mi vida. ¿Y ahora me dice que lo siente?
Me muerdo el interior del labio.
—Tengo que irme.
—Escúchame, por favor.
—No. —Me muestro tajante.
—Por favor.
Me acerco a la máquina de hacer sentadillas de la esquina, que sorprendentemente está libre, y contengo la respiración. Aunque me quedo callada, capta el mensaje.
Deja escapar un suspiro de alivio.
—Gracias.
No respondo.
—Quiero que volvamos. Creo que puedo con esto. No, sé que podemos, juntos.
Me suelto la coleta de un tirón. El pelo largo me cae sobre los hombros. Me rasco el cuero cabelludo dolorido y frunzo el ceño cuando clavo la vista en mis zapatillas de correr.
—¿Por qué? ¿Por qué ahora?
—Bueno... bloqueaste mi número —replica.
«Lo hice».
Pero si de verdad hubiera querido hablar conmigo, habría encontrado una forma de hacerlo.
—No escuchar tu voz ha sido... —hace una pausa— insoportable. No soy capaz de concentrarme en los estudios. Me paso los días buscándote por los pasillos del campus. Echo de menos ir a tu casa después del trabajo para cenar juntos. Te echo de menos, florecita mía.
«Florecita».
El mote cariñoso que me puso.
Solía derretirme cuando lo oía, pero ahora... me ocurre justo lo contrario.
—Prefiero tener que esperarte antes que vivir una vida sin ti.
Me rasco la cabeza, molesta.
—No puedo gestionar esto ahora mismo. Me gradúo en un par de días.
—Sabía que lo conseguirías. Nunca te rindes. Siempre persigues lo que quieres. Te admiro, Violet.
Retrocedo. ¿Dónde estaba ese apoyo cuando de verdad lo necesitaba?
—Juraría que me dijiste que solo duraría un par de semanas.
—Fui un imbécil —resopla. Su respiración provoca interferencias en la llamada—. Dime el día y el lugar de la ceremonia de graduación y allí estaré. Por lo que sé, mi padre ha vuelto a dar clases en el curso. Tal vez pueda presentaros si tiene tiempo, así podremos ponernos todos al día.
¿Por qué Kade no le ha dicho que es mi instructor?
—No lo veo. Llevo todos estos meses intentando sacarme de la cabeza los ultimátums que me disteis mi madre y tú antes de que me fuera. La culpa que me hicisteis sentir por querer honrar a mi padre... ¿De verdad crees que voy a correr hacia tus brazos después de todas las cosas que me dijiste?
Se queda callado.
—No. En esta ocasión, soy yo la que lo siente —le recito su falsa disculpa.
—Vale, lo entiendo. Todavía sigues enfadada. Me parece válido. Pero ¿podemos vernos? Si no es en tu graduación, ¿en algún otro lugar? ¿En otro momento?
Menudo sinvergüenza. ¿Acaso no me está escuchando? No tengo la energía necesaria para discutir con él. Durante la relación, cuando teníamos algún desencuentro, no parábamos hasta arreglar las cosas, pero ahora mismo no tengo ningún interés.
—No, Adam. Si no te pareció lo suficientemente oficial cuando me dijiste todas esas cosas horribles en el aeropuerto, ya te lo dejo yo bien clarito ahora. Se acabó.
—Joder, Violet. No digas eso. Por favor. No me dejes por teléfono, que no estamos en el puto instituto.
Suena como si me estuviera echando la bronca y eso no hace más que alimentar mis ganas de escapar de esta conversación.
Fue él quien puso fin a lo nuestro hace meses.
Contengo las lágrimas de frustración y cuelgo.
Me niego a tener que gestionar esto ahora mismo. Me alegra que se haya acabado. Ahora ambos podremos dejar de preocuparnos sobre en qué punto nos encontramos. Haber arrancado la tirita de una vez por todas me produce un sentimiento de liberación.
Coloco un par de discos de veinte kilos a ambos lados de la barra mientras me obligo a dejar de pensar en Adam. Me sitúo debajo, coloco bien los pies y hago una sentadilla.
—Veo que todavía sigues por aquí con las piernas intactas —se burla Willis a mis espaldas. Se apoya a un lado de la máquina, mascando un chicle, y Preston se ríe como una marioneta.
Recorta la distancia y siento su aliento gélido contra mi oído al subir con la barra.
—No deberías asomarte en las azoteas. Podría ser peligroso.
Le dedico una mueca de rechazo cuando su aliento me acaricia el lateral del cuello. Me muerdo el interior del labio y ladeo la cabeza hacia él, preparada para recordarle lo que pasó en los combates cuerpo a cuerpo, pero una voz fuerte y familiar me interrumpe.
—Willis, Preston. —El acento sureño de Booker pone fin a nuestra conversación—. El sargento Slater os necesita. —Señala con el pulgar por encima del hombro y fulmina con la mirada a los dos hombres detrás de mí.
—Sí, sargento —responden Willis y Preston al unísono y se alejan con el rabo entre las piernas.
Booker se cruza de brazos y niega con la cabeza. Hasta él se ha dado cuenta de que esos dos no me dejan en paz y siempre están tramando algo para molestarme. Me pregunto cuándo se cansarán... o si Willis intentará hacerme algo peor.
El instructor Booker me dedica un leve asentimiento antes de dirigirse al baño de hombres.
Las gotas de sudor me resbalan por la mejilla y caen al suelo.
Hoy hace mucho calor en el gimnasio. A estas horas, la habitación parece una sauna.
Pongo la espalda recta, aprieto los glúteos y clavo la mirada en el espejo.
Abro los ojos de par en par cuando me encuentro con una figura monstruosa.
La máquina responsable de mi tormento me observa a través de mi reflejo.
«Bestia».
Está detrás de mí.
Suelto un grito ahogado.
—¿Señor?
Se acerca a mí; con cada paso que da un cosquilleo me recorre el cuerpo hasta que siento una corriente eléctrica entre los muslos y mis mejillas se tiñen de rojo. Contengo la respiración, inmóvil, y aprieto mi agarre alrededor de la barra hasta que los nudillos se me ponen blancos.
Se coloca detrás de mí. Nuestra diferencia de altura es de unos treinta centímetros, la parte posterior de mi cabeza apenas le llega al pecho. No responde al momento. Coloca uno de sus pies entre los míos y me los separa con pequeños golpes hasta que se queda contento.
—No te pongas de puntillas —me ordena sin mirarme a los ojos. Después, se aleja y no puedo evitar seguirlo con la mirada.
No le cae bien a nadie de mi clase. Todos le temen y se dispersan cuando entra en una habitación. Huyen, aterrados por aparecer en su radar cuando está cerca. Pero ¿yo? Anhelo la atención del diablo. Es tan imponente que me hace desear al villano. Bestia consigue que el pecado resulte tentador.
Abandona el gimnasio y cierro la boca de golpe.
¿Estaba babeando?
Sacudo la cabeza.
Madre mía, tengo que controlarme.
El grupito de mujeres soldados que lo miraban antes como si fuera un helado en un día caluroso de playa corre tras él.
Empujan las puertas, compitiendo unas con otras para ver quién es la que llega primero hasta él y desaparecen en el aparcamiento.
Las miro con desdén y frunzo el ceño, una punzada de dolor me atraviesa la mandíbula de tanto apretarla.
Nunca me había puesto celosa. Ni con Adam ni con ninguno de mis exnovios. Sin embargo, ¿con mi instructor? Es la primera vez. Pero no es alguien por el que debería sentir celos. Tengo que recordarme cuál es mi sitio antes de hacer alguna tontería. Como pensar en cómo es cuando está con una mujer.