Capítulo 12. Violet #2
No quiero contarle que la única familia que me queda no me quiere en casa.
Ni que la enfermedad de mi abuela está empeorando tanto que en el hospital no le permiten visitas hasta que se mejore.
Ni que Adam y yo no hemos hablado porque ambos somos demasiado cabezotas como para abordar en qué punto de la relación nos encontramos.
Aunque creo que está bastante claro que se ha acabado.
—Porque prefiero quedarme aquí y entrenar. Solo quedan un par de semanas para la graduación, así que ¿por qué no?
Técnicamente, no estoy mintiendo.
—Seguro que mi hijo te echa de menos —afirma con un tono frío y distante, como si estuviera a miles de kilómetros y no a tan solo un paso de distancia, de pie frente a mí, como el operador especial enorme, temido y varonil que es.
«Así que sabe lo mío con Adam».
—Seguro que sí, pero... —Pierdo el equilibrio al intentar ponerme derecha y termino chocándome con su tríceps musculoso. Estoy a punto de caerme de nuevo, pero él me agarra por el codo.
El alcohol empieza a hacer efecto. ¿Puedo meterme en algún problema más esta noche? El ambiente entre nosotros cambia y siento un cosquilleo cuando rozo su piel.
Me ayuda a ponerme de pie. Su olor me resulta irresistible.
No estoy segura de si se trata de su colonia o si es simplemente.
.. Kade. En cualquier caso, siento la tentación de sumergirme en él.
Doy un paso atrás y me suelta. Ya echo de menos el roce de sus palmas callosas y sus manos con las venas marcadas alrededor de mi brazo.
«No». No debería sentir esa presión entre los muslos. Es mi instructor de treinta y ocho años y el padre de mi exnovio.
Decir que es terreno prohibido sería quedarme bastante corta.
—Puedo olerte.
Levanto las cejas.
—Joder, me he olvidado de echarme desodorante, ¿verdad? —Arrugo la nariz.
—Ya sabes a qué me refiero. ¿Estás borracha? ¿Por eso te distrajiste mirando las estrellas, Isla? —La burla tiñe sus palabras cuando me fulmina con la mirada.
—Nop. —Marco bien la pe y arrastro las letras a causa de la borrachera.
Parpadeo lentamente y esbozo una sonrisa—.
Para nada, sargento maestro. —Le hago un saludo militar con la esperanza de que mi humor lo distraiga de echarme una reprimenda.
Intento quedarme quieta, pero siento que estoy en un puto tiovivo y el suelo me da vueltas.
Parpadeo de nuevo y aprieto los labios. Esta noche no hay quien entienda a mis emociones.
Hace apenas un minuto estaba al borde de un ataque de pánico y ahora quiero echarme a reír como una maldita borracha.
Es mi tónica habitual. Recurro al humor para camuflar el dolor.
—¿Te parece gracioso, Isla? —Avanza en mi dirección, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Porque esto no es una puta broma.
«Mierda».
Está claro que no tiene sentido del humor.
—¡Casi te matas por haberte pasado de copas!
—grita, como si estuviéramos en una sesión de entrenamiento de nuevo.
Veo cómo se le marca la vena del cuello mientras acaba conmigo.
Normalmente acepto su regañina de buena gana, pero esta noche es diferente.
Me he quitado la coraza—. ¡Podría hacer que te expulsaran en este mismo instante por estar borracha y ser irresponsable!
O también podría mandarte al hospital para que lleven a cabo una evaluación psicológica, al fin y al cabo, estoy obligado a reportarlo.
¡Así son las reglas! ¡Y yo siempre sigo las reglas!
¡Eso es justo lo que intento inculcaros a todos vosotros! ¡Ya no sois unos críos! —escupe.
Avergonzada, bajo la mirada.
Joder. No puedo permitir que me echen. He entrenado muy duro para esto, me niego a perderlo.
—Lo siento, señor... Yo solo... —Me muerdo el labio inferior.
—Tú solo ¿qué? —sisea.
—Me tomo esta escuela muy en serio. Me he esforzado mucho para llegar hasta aquí y graduarme es mi prioridad. Pero...
¿Por qué tiene este efecto sobre mí? No me rompo.
No me asusto con facilidad, pero el operador más cruel del ejército se encuentra delante de mí y.
.. ni siquiera yo soy inmune a cómo sus ojos gritan miles de verdades.
Con solo una mirada se nota que Kade O’Connell es un hombre de acción y de pocas palabras.
Su presencia me consume, me hace tartamudear, darles demasiadas vueltas a las cosas y me obliga a pensármelo dos veces antes de abrir la boca.
—¡Suéltalo, Isla!
Cedo. Finalmente permito que mis emociones fluyan.
—Quiero dejar de sufrir. Acción de Gracias es un día para pasar en familia y... yo ya no estoy segura de tener una.
Una confesión escueta.
Quiero hablarle de mi padre, mi hermana y mi abuela, pero entonces le estaría dando demasiado.
Abrirse puede ser algo bueno, aunque también te vuelve vulnerable.
Existen dos tipos de personas: las que de verdad quieren ayudarte y las que quieren usarlo en tu contra.
No conozco bien a Kade, pero si de verdad es el monstruo que todos dicen que es, lo de esta noche podría significar el fin de mi carrera en las Fuerzas Especiales.
No puedo seguir mirándolo, por lo que clavo la vista en el suelo mientras el viento me alborota el pelo. El silencio se extiende entre nosotros apenas unos segundos, aunque a mí me parecen minutos.
La he cagado.
¿En qué estaba pensando?
Es él quien rompe el silencio y yo estoy más que preparada para afrontar las consecuencias.
—Puedo hacer todas esas cosas. Puedo hacer que te expulsen, o ... —Se acerca, sus enormes botas militares entran en mi campo de visión. Me levanta la barbilla y me obliga a mirarlo a los ojos para dedicarme una mirada tierna. Siento una corriente eléctrica en el pecho a causa de su roce.
A su espalda, las estrellas brillan en la negrura del cielo. Trago saliva y se me nubla la visión. ¿Por qué me resulta tan fácil venirme abajo delante de él? ¿Por qué necesito su aprobación como necesito respirar?
—Puedo acompañarte a tu barracón y asegurarme de que llegas a tu cama sana y salva. Pero no quiero volver a verte en mi azotea nunca más. ¿Entendido? —Su voz se vuelve más grave y sus ojos se oscurecen.
«Me quedo con esa opción».