Capítulo 12. Violet
Violet
everything i wanted – Billie Eilish
Me colé a hurtadillas en la azotea del edificio que tiene las mejores vistas al mar. Curiosamente, la puerta que conduce hasta aquí no estaba cerrada con llave.
Desde que me ahogué, no he vuelto a ser capaz de mirar el agua de la misma manera.
Aun así, una mala experiencia no cambia lo que siento por la playa.
Aquí arriba todo está tranquilo. Es el lugar perfecto para bajar la guardia y nadie se dará cuenta de lo mal que lo estoy pasando si decido venirme abajo.
Me bebo mi cuarta cerveza y miro otra vez los mensajes de texto de mi móvil.
Los que me hicieron cancelar el vuelo de vuelta a casa.
Abuelo: La abuela se ha puesto malita. Está muy enferma y la han ingresado. No le permiten recibir visitas. Lo siento, Violet.
Yo: Tranquilo, abuelo. Mantenme informada, por favor. Qué tal le quedó el flan?
Abuelo: No llegó a hacerlo. Ya no se acuerda de la receta. Se frustró mucho y no me dejó ayudarla.
Se me forma un nudo en la garganta y los ojos me escuecen, pero no me permito llorar. Siento que cada día pierdo un poco más a la única familia que me queda.
«¿Debería marcharme?
»Ni de puta coña».
Niego con la cabeza.
Mi abuela no querría que lo hiciera.
—Anda, pero mira a quién tenemos por aquí. —La voz de Willis me pone la piel de gallina. No ha parado de fastidiarme ni un solo momento. Incluso me escondió mi equipo para que suspendiera. Por suerte, sus intentos no han servido de nada.
—Anda, pero si es Fimosis Willis.
—No me llames así, zorra —escupe.
—¿Por qué me odias tanto, Willis? ¿Me tienes envidia? —Me río. Normalmente, no suelo caer en sus provocaciones, pero el alcohol se me está subiendo a la cabeza esta noche.
—¿Envidia de qué? ¿De que no formas parte de las Fuerzas Especiales? ¿De que eres una hija de puta debilucha que no debería estar aquí?
Me vuelvo hacia él. Está de pie con su ropa de entrenar: unos pantalones cortos negros y una camiseta del ejército. Se le ensanchan las fosas nasales y sus ojos marrones me lanzan una mirada que me hace sentir de lo más incómoda.
—Envidia porque esta «hija de puta debilucha» te ha ganado en todas las pruebas —contrataco—.
He subido hasta aquí en busca de paz y tranquilidad.
Así que, si no te importa, te agradecería que me dejaras sola.
—Me giro y observo cómo las olas rompen en la orilla.
La marea está alta y la luna llena ilumina todo el cielo.
Es una noche preciosa cargada de brisa salada, a pesar de la terrible compañía.
Después de guardarme el móvil en el bolsillo, me cruzo de brazos y echo la cabeza hacia atrás en un intento de olvidarme de todo. Quizá consiga que se vaya si lo ignoro.
De pronto, me encuentro de pie y Willis me empuja hacia el borde de la azotea.
Grito con todas mis fuerzas, completamente impactada por lo mucho que me odia.
El cabrón me ha cogido por la cintura sin previo aviso, me ha pillado con la guardia baja.
Consigo aferrarme a la barandilla con las manos mientras me golpea contra el borde del edificio y me deja sin aliento. Mis piernas cuelgan en el aire.
Echo un vistazo hacia el suelo rápidamente e intento calcular la altura. No está lo suficientemente alto como para matarme, pero sí para romperme un hueso si caigo.
—Estoy hasta los cojones de verte en un lugar al que no perteneces. Y ahora, te dejo sola, tal y como querías. —Willis me dedica una sonrisa retorcida.
—¡Willis! ¿Qué coño haces?
Me da la espalda y se marcha, tal y como ha prometido. Me va el corazón a mil. Profiero una ristra de palabrotas y me sujeto a la barandilla con todas mis fuerzas. Estoy convencida de que puedo subir yo solita, pero cuando miro de nuevo hacia el suelo, el miedo me invade y empiezo a temblar.
Siempre me han dado miedo las alturas.
Aprieto los dientes e intento subir, pero el temblor no se detiene. Titubeo y suelto un grito. La sangre me sube a la cabeza, estoy bañada en sudor. Se me resbala una mano, pero sigo agarrándome con la otra. El pensamiento de caer y de abrirme la cabeza me atraviesa.
Estoy cagada.
—Isla, ¿qué cojones estás haciendo? —Oigo la voz del sargento maestro O’Connell sobre mi cabeza.
«Gracias a Dios». Sé que no le caigo bien a Kade, pero no parece la clase de tío que me dejaría morir bajo su vigilancia.
O quizá sí... Mierda .
—Ah, pues nada, aquí, pasando el rato —bromeo e intento forzar una sonrisa con la respiración agitada. Ni siquiera se inmuta.
«Vaya, un público difícil».
Una gota de sudor se desliza lentamente por mi sien.
Aprieto los dientes de nuevo en mi intento de subir, pero mis pensamientos intrusivos vuelven a ganar.
No quiero contarle la verdad sobre cómo acabé en esta situación.
Revelar que Willis me empujó solo me traerá más problemas y hará que parezca que no soy capaz de arreglármelas yo solita.
Kade me estudia y se da cuenta de lo mucho que tiemblo.
—Relájate, Isla. Te he visto, se te dan bien las dominadas.
—Señor, ¿podría echarme una mano?
—No —responde.
—Pero, señor...
—Eres capaz de subir tú sola.
Me quedo con la boca abierta. ¿Cómo puede estar tan tranquilo ante la posibilidad de que me caiga y me abra la cabeza?
Él traga saliva y su garganta sube y baja.
—¿De verdad no piensa ayudarme?
—Deja de temblar y haz lo que te digo, soldado. —Una fuerte ráfaga de viento nos golpea. Un mechón castaño le cae sobre la frente mientras me observa con una mirada distante.
—Sargento maestro, no puedo.
—Ni se te ocurra repetir esas dos palabras. No te dejes llevar por lo que tu mente piensa, eres capaz de salir de esta situación tú solita. En marcha.
—¿En serio?
«Creo que ahora mismo no es el mejor momento para darme una lección».
Como si fuera capaz de leerme la mente, sus ojos se oscurecen.
—Si te quedas paralizada en una zona de guerra, estás muerta. Venga, espabila. —Su tono se vuelve más grave.
—Señor, con todos mis respetos... —Mis dientes castañean con violencia y cierro los ojos.
Él no sabe que cuando tenía cinco años mi hermana mayor me empujó desde la azotea de mi casa y estuve en coma varios días y, desde entonces, le tengo pánico a las alturas—.
Por favor —suplico con los ojos llenos de lágrimas.
Se queda callado, pero no se me pasa por alto la batalla interna que lucha tras esa mirada cruel y despiadada.
—Por favor. —La vergüenza y la humillación tiñen mi voz.
—No —responde de manera tajante con la cabeza ladeada.
Inhalo profundamente, aunque me empiezan a arder los músculos. Echo un vistazo al suelo y me preparo para el impacto, porque siento cómo me resbalo. La gravedad me da la bienvenida.
«Tal vez debería soltarme. Quizá, entonces, conseguiría lo que me merezco y todos aquellos que me odian estarían felices».
—Mírame, Isla —gruñe.
Levanto la cabeza y una lágrima me resbala por la mejilla.
—Mírame y concéntrate.
Entrecierro los ojos y frunzo el ceño. Mi temblor disminuye y me concentro en sus ojos decididos.
—Concéntrate. No pasa nada. Aquí arriba solo estamos tú y yo... solo nosotros dos. No le hagas caso a la vocecita de tu cabeza que te dice que no puedes. Claro que puedes. —Esa voz autoritaria e impasible de instructor se ve reemplazada por una versión de Kade que nunca antes había visto ni oído.
¿Dónde está la bestia que creía conocer?
¿Dónde está esa mirada verde esmeralda fría y cruel?
—La Soldado Inquebrantable, ¿eh? —se burla con cierto desdén.
Cuando lo dice, parpadeo para dejar caer otra lágrima mientras un fuego se enciende en mi pecho y la adrenalina me hierve en las venas.
Nadie es capaz de aguantar la gélida mirada de Kade, y esta es la primera vez que no me siento intimidada por ella. De hecho, ni siquiera la aparto.
—¿Lo sientes? ¿Ese miedo? Pues no te hundas en él. En su lugar, úsalo como poder y como motivación para contratacar con más fuerza. —Su voz suena igual de calmada que de costumbre y logra sacarme del estado mental en el que me encuentro.
Nos miramos a los ojos. Juraría que vuelvo a sentir ese extraño aleteo.
Su voz y su actitud curtida se evidencian en cómo habla, cómo se mueve y cómo respira.
Por primera vez, esa máscara de macho alfa que tanto le gusta ponerse ha desaparecido.
Y eso me llega al corazón. Cuando me mira de esa forma, con determinación y paciencia grabada en esa expresión oscura y seria, soy capaz de distinguir retazos de color en el mundo en blanco y negro que he llegado a conocer.
Hago lo que me dice.
Clavo la vista en su atractivo rostro. Él agarra la barandilla justo al lado de mi mano, sin ayudarme a subir.
Mi mano izquierda se une a la derecha y me impulso hasta que mi barbilla alcanza el borde de la azotea en cuestión de segundos.
Trepo y me dejo caer sobre el tejado, pero justo antes de que mi rostro toque el suelo, Kade me agarra por la muñeca con su mano áspera y enorme y tira de mí para ayudarme a ponerme de pie.
Nos encontramos a menos de un centímetro. Ambos permanecemos en silencio, el único sonido que nos rodea es el de las olas. El corazón me va a mil... ¿Podrá oírlo?
—¿Me va a tocar mandarte al médico porque quieres suicidarte?
—No, señor, se lo prometo. Estoy bien. De verdad. No intentaba quitarme la vida.
—Entonces, ¿qué cojones hacías colgada de la azotea de un edificio?
Me muerdo el labio y se me corta la respiración.
—Responde, soldado —me ordena, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Me distraje mirando las estrellas. —No suena convincente ni de lejos. Carraspeo, en un intento de deshacer el nudo que tengo en la garganta. Sigo temblando, aunque no tanto como antes.
Enarco una ceja y lo miro para ver si se lo cree. Él aprieta la mandíbula, frunce el ceño y deja escapar un murmullo grave.
No me cree, pero tampoco insiste.
—Creía que volverías a casa por Acción de Gracias.
Cambia de tema.
—Ah, sí, bueno... cambié de idea.
—¿Por qué? —suelta.