Capítulo 10. Violet
Violet
Tres meses para la graduación Elastic Heart - SIA
Como alguien que creció entrenando artes marciales mixtas desde que aprendió a andar, el entrenamiento cuerpo a cuerpo me apasiona.
Willis se planta delante de mí con una actitud desafiante y una sonrisa demasiado confiada que le llega hasta los ojos marrones.
—Vamos, pégame justo aquí. —Se señala la mandíbula con la mano enguantada en un intento de hacerme morder el anzuelo.
—Yo no te recomendaría provocarla —le advierte Preston desde detrás de la jaula.
Miro por encima del hombro de Willis y me topo con su mirada asesina. Sigue molesto por lo que pasó hace cinco minutos. Apenas ejercí un poco de presión en su codo, pero se rindió al instante.
Nadie me ha vencido todavía y me lo estoy pasando demasiado bien como para parar.
—¡Venga ya! Estoy seguro de que no te dan los bracitos. Por eso no has lanzado ni un solo puñetazo. Me apuesto a que...
Antes de que pueda terminar, ataco. Mi puño acierta en su barbilla y lo mando directo al suelo con los ojos en blanco. Cae de espaldas con un golpe fuerte de cara al techo oscuro. Encojo el brazo y resoplo, satisfecha.
Todo el mundo fuera de la jaula grita y golpea el metal con las manos como si estuviéramos en un partido de fútbol americano un domingo y alguien hubiera marcado un touchdown .
Siento la mirada de Bestia clavada sobre mí. Está junto al resto de los instructores, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se le marcan los músculos de los brazos tatuados. Los flexiona cada vez que cae otro hombre. Le carcome por dentro ver a otro tío desplomarse.
Willis recobra la consciencia un par de segundos más tarde.
Sale de la jaula acompañado por el sargento Slater, quien le hace varias preguntas para comprobar que no necesita atención médica.
Con la mano en la cadera, respiro hondo una y otra vez, caminando de un lado a otro, a la espera de que suba el siguiente.
Me llevo los nudillos doloridos al labio superior para limpiarme el sudor.
—¡Roberts! —grita el sargento Booker. Roberts entra corriendo, pero su paso se ralentiza cuando se dirige hacia mí. Me da un toque en el brazo con el codo y se acerca a mi oído.
—No tengas compasión conmigo —susurra con una sonrisa.
—No era mi idea. —Le guiño un ojo mientras me tira de la coleta de broma. Una pequeña provocación. Lo empujo y se ríe entre dientes.
Roberts es uno de los buenos de la clase. Siempre es amable y respetuoso. Me trata como a cualquier otra persona. Se lanza contra mí con todas sus fuerzas, pero no es suficiente.
Con los labios cubiertos de sangre y los antebrazos alrededor de su cuello, aprieto hasta que su cuerpo se vuelve pesado. Entonces, lo suelto y me pongo de pie.
—A la mierda —suelta Willis desde detrás de la jaula.
Voy a graduarme. Me convertiré en una de las primeras operadoras especiales en unirme a esa pequeña lista de mujeres fuertes y consagradas. Y eso les jode muchísimo.
Unos pasos retumban detrás de mí. Echo un vistazo por encima del hombro y veo una cabellera negra que me resulta conocida.
Preston viene directo hacia mí, listo para atacar.
Está aprovechando que le doy la espalda.
Todos los instructores presentes le gritan que pare, pero es demasiado tarde.
Me asesta un golpe en la mandíbula con la mano desnuda.
Sus nudillos se clavan en mi barbilla y mi cabeza gira bruscamente.
La sangre brota de mi boca y salpica la estera.
La adrenalina camufla el dolor y lo único que siento son ganas de darle una dosis de su propia medicina hasta que me suplique piedad.
Me vuelvo y lo veo alzando el puño para darme otro golpe implacable directo en la cara.
Pero en esta ocasión, el aire es su única víctima.
Me deslizo hacia atrás, le meto tres puñetazos en el estómago y le retuerzo el brazo hasta que grita de dolor.
Intenta recuperar el oxígeno que le he arrebatado, tose y se retuerce en un intento de escapar, aunque no le sirve de nada.
Su rostro, ya enrojecido, palidece. Lo fulmino con la mirada en señal de advertencia.
Él me mira por encima del hombro, arrepentido, con la vena de la frente a punto de explotar y los ojos rojos.
Lanzo un escupitajo carmesí que cae a sus pies.
—¡Que te den, Isla! —chilla Preston.
Le dedico una sonrisa engreída y me acerco hasta casi pegar la boca a su oreja.
—No, que te den a ti, hijo de puta —declaro, con la esperanza de que Willis y todos sus amiguitos me oigan y lean entre líneas—. Soy la hija del León.
Mi paciencia se ha convertido en locura. Una sonrisa siniestra se me refleja en los ojos a la vez que disfruto de ver a Preston retorcerse.
—Quiero que me mires con atención porque será la última cara que veas hasta que te despiertes —le escupo al oído con desprecio mientras él aprieta los dientes, pero eso no evita que oiga sus quejidos de frustración. Lo dejo inconsciente de un golpe.
—¡Todo el mundo fuera! —gruñe Bestia. Su voz retumba y rebota en las paredes. Sonrío, satisfecha.
Roberts se incorpora, aturdido. Paso junto al cuerpo inconsciente de Preston y lo ayudo a levantarse.
—Apóyate en mí —murmuro, con la culpa carcomiéndome por dentro.
Él asiente, como si le diera vergüenza aceptar mi gesto.
Le ofrezco mi hombro, pero una mano grande y callosa me agarra de la muñeca y clava sus uñas en mi piel.
Siseo y, cuando giro la cabeza, Bestia se encuentra a escasos centímetros de mi cara.
Puedo oler ese mismo aroma a cedro de su colonia, con un leve regusto a cigarrillos.
Agarra a Roberts por el cuello y lo empuja hacia delante, lo que lo hace tropezar.
—Que te vea un médico. —Su voz es extrañamente fría, calmada y contenida, pese a su expresión asesina. Cuando usa ese tono de voz en lugar de gritar, es mucho más aterrador. Me vuelvo hacia el cuerpo de Preston cuando cuatro instructores se lo llevan de allí.
Se lo merecía.
—¡Ya habéis oído a Bestia! ¡Todo el mundo fuera! —grita Booker.
—Tú no. —Me empuja. Su cabreo me desconcierta tanto que tropiezo.
—¿Vale?
—Podrías haberlo matado, Isla. —Otro empujón.
—Me dijo que no tuviera compasión. —Sigue avanzando hacia mí hasta que mi espalda choca con la jaula—. Y Preston se lo merecía.
Se le marca la vena del cuello bajo la piel bronceada. Coloca sus manos a ambos lados de mi cabeza y me aprisiona.
No dejaré que me afecte.
Controlo mis emociones y levanto el mentón mientras se cierne sobre mí.
—¡Bestia! —le advierte Booker de manera protectora. Booker siempre me mira con compasión. Bestia... no tanto.
Bestia se vuelve hacia él despacio, con el ceño fruncido. No le veo los ojos. Están ocultos tras esas gafas de aviador, pero estoy bastante segura de que lo está fulminando con la mirada.
Booker carraspea, como si fuera incapaz de sostenerle la mirada, y se aleja maldiciendo por lo bajini. Sabe que lo que está haciendo Bestia va más allá de una reprimenda de un profesor a una alumna.
Es una novatada. Quiere que me rinda, pero eso no está en mis genes.
Joder. Mentiría si dijera que no tiemblo de miedo ante él. Al mismo tiempo, también hay una vocecita dentro de mí que me dice que me gusta cuando es duro conmigo porque tengo el poder de cabrearlo.
Volvemos a estar a solas. El corazón me late en los oídos. La manera en la que acorta la distancia entre nuestros cuerpos siempre me deja sin aire. Aun así, es un cabrón.
Y... es el padre de Adam. Y mi instructor.
«Espabila, Violet».
Bestia se vuelve hacia mí. Sus labios perfectos se curvan en una sonrisa pecaminosa y perturbadora.
—¿Me va a echar, señor? —pregunto de forma despreocupada.
Se produce otro silencio tenso. Podría oír el sonido de un alfiler al caer. Dirijo la mirada hacia la salida del edificio, preguntándome qué demonios estará pensando ahora mismo.
Se inclina hacia mí y se me corta la respiración.
El fuego me recorre las venas, infectando cada una de mis células hasta que siento como si me quemaran viva.
Su boca está pegada a mi oreja y me dan ganas de pegarle un puñetazo en la cara por ser tan duro conmigo.
Sé que puedo soportarlo, pero el odio que siento por él crece cada día más.
¿Qué me va a mandar hacer ahora? ¿Qué castigo exagerado se guarda bajo la manga? ¿Mil flexiones?
—Ten cuidado, Isla. Porque si lucharas contra mí, te rendirías. Al contrario que tú, yo no muestro misericordia.
Se echa hacia atrás.
—¿Es una amenaza? —pregunto.
—Es un hecho. No te caigo muy bien, ¿no? —ronronea con malicia.
Aprieto los dientes y reprimo las ganas de largarme. Se acerca de nuevo y, esta vez, estamos tan cerca que nuestras narices casi se rozan.
—Genial. —Su voz es grave—. Eso significa que estoy haciendo bien mi puto trabajo, Isla. Quiero que me odies. Apuesto a que te encantaría pegarme ahora mismo, ¿eh? —se burla.
Mantengo los ojos clavados en la salida y me concentro en mi objetivo. Vine aquí para demostrarles a todos que se equivocan. Si me atreviera a noquearlo ahora mismo, me echarían en un abrir y cerrar de ojos.
—No, señor.
Él resopla.
—Lo dudo, pero si vas a pegarme, asegúrate de hacerlo así.
—Me coge la mano y me enseña cómo colocar el pulgar.
Lo miro y él sonríe de oreja a oreja, como si le divirtiera sacarme de quicio—.
Puedes retirarte. —Se gira sin mirarme. No me molesto en prestarle más atención y salgo casi corriendo—.
Ah, Isla, una cosa más. —Llego a la puerta y agarro el pomo—.
Ten cuidado... —me advierte de nuevo con su tono típico de sargento.
Se quita las gafas y me encuentro con su mirada siniestra.
Es igual de intensa y profunda que la de un lobo—.
Habrá consecuencias si otro hombre vuelve a tocarte de esa forma.
La manera en la que esas palabras salen de su boca con tanta facilidad me hace sentir que existe cierto fuego posesivo entrelazado en cada una de ellas.
Su voz se vuelve más grave y me provoca una explosión de mariposas en el estómago.
Se produce una pausa incómoda, cargada de tensión entre los dos. ¿O me lo estaré imaginando todo?
Aprieta la mandíbula. Podrá darme órdenes y presumir de una máscara fría y de macho alfa, pero sus ojos lo delatan.
Me sonrojo y lo miro a la espera de que continúe.
¿Qué pretende que le diga?
Carraspea y vuelve a ponerse las gafas de sol en el puente de la nariz.
—Ya sabes, es un poco inapropiado.
Levanto una ceja.
«¿Dejar que un chico me agarre por la cintura para mantener el equilibrio? ¿En serio?».
Tose de nuevo cuando le suena el móvil. Rompe el contacto visual conmigo para cogerlo. Pongo los ojos en blanco y salgo del edificio sin mirar atrás.
En cuanto la puerta se cierra detrás de mí, siento el aliento de alguien en mi oído.
—Más te vale cubrirte las espaldas. La mayoría de los tíos no quieren que estés aquí. Este lugar es nuestro y no hay sitio para ti. Los instructores no estarán siempre para protegerte. —Willis y Preston me empujan con sus hombros cuando pasan junto a mí con una mirada cruel.
Escupo más sangre y me río.
«No necesito que nadie me proteja».
—Te arrepentirás de haber hecho este curso, Isla. Tengo planes para ti. —Willis se pavonea a unos metros.
Genial.
Además de sobrevivir a Bestia, ahora también tengo que estar pendiente de Willis y sus peligrosos secuaces.