Capítulo 8. Violet
Violet
Siete meses para la graduación
Tengo la mochila preparada, lista para salir a las cinco de la mañana. Me pesan los párpados y me duelen los hombros y las piernas, pero sigo al pie del cañón. Estoy casi a mitad de camino y, desde lo de la piscina, no he vuelto a fallar en ninguna prueba.
Vamos en autobús, rumbo a pasar dos días de navegación terrestre, algo que mi padre me enseñó a la perfección. No tengo dudas de que voy a aprobar. Roberts está sentado a mi lado y cabecea cada dos por tres, así que le doy un empujón con el hombro para mantenerlo despierto.
—Déjame dormir.
—¿Y si...?
—Los instructores no están aquí para machacarnos. Si yo fuera tú, aprovecharía mi hombro para dormir. Venga, date prisa antes de que cambie de idea —gruñe Roberts, dejándose caer en su asiento.
—Vale.
Cuando el autobús se detiene, me despierto.
Siento que apenas he cerrado los ojos un momento y, aunque no he descansado todo lo que necesito, cualquier aporte de energía, por mínimo que sea, me viene bien.
El viaje ha durado una hora. Me quedé dormida en cuestión de segundos en cuanto apoyé la cabeza en el hombro de Roberts.
Al bajar del bus, analizo el lugar. Estamos en medio del bosque de Carolina del Norte, en un área de entrenamiento prohibida para civiles destinada al curso.
Vamos a pasar aquí todo el día porque la navegación terrestre empieza por la noche. Nuestros instructores nos tendrán vigilados gracias a unas gafas de visión nocturna con detectores térmicos. Tienen que asegurarse de que no hacemos trampas ni nos perdemos.
Mientras todos bajan del autobús, nos quedamos quietos esperando la próxima orden. Distingo a los sargentos Booker y Slater hablando con los demás instructores junto a un camión, pero no veo al monstruo que todos evitan por ninguna parte.
Tras buscarlo por todos lados, mis músculos se relajan al comprobar que no está.
«Genial».
Me tomé una ración MRE, las repugnantes comidas preparadas para los soldados, a la hora de comer. Me imaginé que disfrutaba de una hamburguesa doble con queso mientras masticaba el estofado de ternera. Booker y Slater no han dejado de darnos órdenes desde que llegamos.
Tenemos un rato para relajarnos, así que acepto la invitación de Roberts y lo acompaño a fumar.
—Joder, la navegación terrestre se me da de pena —comenta mientras da una calada. Levanta su paquete de Camel Crush y me ofrece un cigarro.
Niego con la cabeza.
—¿No fumas?
—No.
—Yo no consigo dejarlo. —Se encoge de hombros.
El ambiente cambia cuando las nubes tapan el sol. Se levanta una ráfaga de aire frío y un escalofrío me recorre la espalda. Miro al cielo, esperando ver señales de lluvia, pero solo está más nublado de lo normal. ¿Por qué ha cambiado el aura de este lugar de un momento a otro?
Pero entonces, la sombra aterradora, intimidante y familiar de alguien se cierne sobre nosotros y todos nos enderezamos. Conozco esta sensación a la perfección. Una presencia demoníaca que te chupa hasta el alma está aquí para llevarse nuestra seguridad.
«Está aquí».
Al girarme, me encuentro con la imponente figura del instructor Bestia.
Está de pie, con la espalda recta, los brazos cruzados sobre el pecho, las botas color arena clavadas en el suelo y esa expresión dura, atractiva y de cabrón que tiene siempre.
Sus gafas de aviador totalmente negras descansan sobre el puente de su nariz.
Nos barre a todos con la mirada y se detiene un segundo de más cuando llega a mí.
—¿A qué cojones estáis esperando? Coged todo lo que os haga falta. Os espera una noche muuuuy larga —canturrea con crueldad.
Todos pasamos por la mesa donde se encuentran los instructores.
Cojo todo lo que necesito: un dispositivo GPS que permite rastrear nuestra posición por si nos perdemos, un transportador, tres raciones MRE y bengalas de emergencia.
Estoy segura de haberlo cogido todo, por lo que me alejo tres pasos cuando siento una presión en el estómago. Me he dejado el mapa.
Me doy la vuelta y las ramitas crujen bajo mis pies cuando vuelvo corriendo, pero Bestia se me abalanza.
Me quedo paralizada; los pulmones se me contraen cuando se planta frente a mí.
Me bloquea el paso hasta el mapa. Está a solo unos metros, tentándome, pero tengo un monstruoso muro delante que me fulmina con la mirada a propósito.
La ha tomado conmigo.
No, no, no.
—Ah, ¿quieres el mapa? —Aprieta la mandíbula.
Lo miro a los ojos e intento respirar con normalidad. Todos necesitamos el mapa para superar la prueba.
—Sí, sargento maestro.
—Pues no te va a salir gratis.
Se me cae el alma a los pies.
«La he cagado.
»Me la va a liar».
Solo me había alejado un par de metros cuando me di cuenta de mi error, pero está decidido a castigarme por ello. ¿Qué esperaba? No muestra piedad con nadie y menos conmigo.
—Mil burpees con mochila me parece un trato justo.
«Mierda».
Bajo los hombros en señal de derrota.
Booker interviene y se acerca con paso tranquilo al sargento maestro.
—Bestia, se va a tirar cuatro horas —murmura en voz baja, intentando no llamar la atención de los alumnos. Aun así, lo oigo. Se pasa la mano por el bigote y me da la espalda, pero Bestia mantiene la vista clavada en mi rostro. Yo sigo en posición de firmes, impasible.
El sargento maestro echa un vistazo a su reloj digital, levanta la muñeca izquierda y frunce los labios como si nada.
—Bueno, pues más le vale ir empezando. —Se acerca a mí y me mira de arriba abajo, como si fuera un bicho que quiere aplastar con su bota—. ¿O prefieres rendirte, Isla? —Su voz se vuelve más grave.
La máscara que estoy acostumbrada a ponerme cuando él anda cerca permanece en su sitio, a pesar de que por dentro estoy temblando. Una gota de sudor me baja por la mejilla y me cae por la barbilla cuando niego con la cabeza.
—No me rendiré, sargento maestro.
Chasquea la lengua, cabreado, y me fulmina con la mirada durante lo que se me antojan horas.
Quiere que tire la toalla. Desea que me vaya y no pienso darle esa satisfacción.
Siento la atención de todos los instructores y alumnos sobre mí.
Sé que la mayoría espera que me dé la vuelta, que lo mande a la mierda y abandone el curso para siempre, pero esto no es más que otra oportunidad para demostrarles que este es mi sitio.
—Empieza —resopla.
Deja caer los brazos a los costados y se aleja. Sus pasos retumban mientras se va. La tensión entre nosotros es tan palpable que la noto hasta en los huesos.
Primero dejó que me ahogara. ¿Y ahora? ¿Cuatro horas de burpees con una mochila de más de veinte kilos a la espalda? Este tío quiere que la palme o, como mínimo, que tenga un pie en la tumba.