Capítulo 7. Violet
Violet
Ocho meses para la graduación
Ahogarse... no es divertido. Suspendí la primera prueba del examen y, cuando recuperé la consciencia, creía que todo se había acabado.
Pero el sargento Booker me dejó claro que tenía una segunda oportunidad después de devolverme a la vida.
Por suerte, pasé la prueba al segundo intento sin desmayarme ni congelarme.
Nunca había estado tan contenta de aprobar algo.
Estoy en plena navegación terrestre cuando me doy de bruces contra el suelo. Mi rifle sale volando. Toso y me entra tierra en la nariz. Resoplo y alcanzo mi cantimplora, pero alguien le da una patada y acaba junto a un montón de hojas.
Juraría que ha sido Willis.
Me giro para soltarle un par de insultos al imbécil. Sin embargo, me encuentro cara a cara con esos ojos verdes y azules, embriagadores y crueles.
Sargento maestro O’Connell.
«Bestia».
No le caigo bien. Me lo deja claro cada vez que puede con su silencio ensordecedor y sus miradas fulminantes. Pero eso no me intimida. Solo aviva todavía más mi ambición.
—¡Levanta el puto culo! —gruñe, y el corazón me da un vuelco. Joder, qué puto miedo. Parece que esta mañana alguien se ha levantado con el pie izquierdo.
Por supuesto, hago todo lo que puedo para mantener la calma y la compostura. Respiro hondo y le doy la espalda. Todos los músculos me duelen, me arden y me piden un descanso, pero mis ganas de demostrarle a la gente que se equivoca me mantienen en pie.
«Muérdete la lengua, Violet. Arráncatela si es necesario. No les des lo que quieren».
—Ríndete o muere. De una forma u otra, no lo conseguirás.
Me pongo de rodillas, me arrastro por el suelo y voy a por mi rifle, que descansa junto al tronco de un árbol. Cuando lo cojo, me lo echo al hombro y él me sigue, partiendo las ramas bajo sus botas.
«Intenta meterse en mi cabeza».
—¿Crees que estás aquí, en mi curso, en mi clase , porque eres lo bastante buena?
«Ignóralo».
—No, estás aquí por quién era tu padre. Pero ¡para mí, no eres nadie!
«Cabrón».
Mentiras. No son más que mentiras para meterse en mi cabeza. No lo dice en serio.
—No eres más que un número. Otras veinte mujeres intentaron convertirse en operadoras especiales bajo mi mando y las veinte fracasaron. ¿Qué te hace pensar que eres especial?
«No contestes».
De pronto, un dolor fulminante me impacta en la espinilla y me doy de bruces contra el suelo de nuevo. No alcanzo a decir nada, un gemido de dolor se me escapa de entre los labios. Me ha hecho la zancadilla con una patada en la espinilla.
«Capullo».
Aunque, en parte, lo disfruto. Me trata como al resto de los chicos, no me gustaría que fuera de otra manera. Me alimento del dolor. Hace que la victoria sepa mejor.
—¡Ups! —dice junto a mi oído al ponerse de cuclillas.
Percibo esa mueca siniestra y cruel que le gusta poner cuando está con nosotros.
Y cuando su aliento frío me roza la oreja, me estremezco.
Sigo tirada boca abajo y reúno todas mis fuerzas para no pegarle un codazo en su perfecta cara—.
Toca la campana. Vete a casa con tu familia —gruñe.
Su olor me envuelve, su perfume, un aroma masculino a menta mezclada con cedro, se cuela por mi nariz y casi consigue que lo odie un poco menos.
«Casi».
—Toca la campana —me ordena de nuevo. Su voz suena áspera, exigente.
Tocar la campana significa rendirse. Intenta que tire la toalla, pero no lo haré, y me encanta que eso le joda a él y a cualquiera que no quiera que apruebe.
Todos los instructores intentan que los soldados inseguros abandonen en las primeras fases, pero conmigo no funcionará.
Sonrío y aleteo las pestañas para disimular mi pavor. Se tensa, como si no se lo esperara. Va vestido de negro de pies a cabeza y lleva la cara cubierta de pintura de camuflaje en tonos verdes, marrones y negros, como todos nosotros.
—No, sargento maestro —respondo.
Le sostengo la mirada penetrante mientras una oleada de rabia me recorre el cuerpo. Él no parpadea, yo tampoco. Finalmente, tras unos largos segundos, deja de invadir mi espacio personal y se aleja. Observo su espalda musculosa y me fijo en que tiene un tatuaje que le sube hasta la nuca.
No consigo distinguir qué es exactamente. Me miento a mí misma y me digo que no quiero averiguarlo.
Hay tres cosas sobre las que estoy completamente segura en cuanto al instructor más bestial del curso.
Una: para él no existen las medias tintas. Solo lo correcto e incorrecto. Dos: su sonrisa nunca es verdadera. Y tres: siempre que lo tengo cerca, el corazón se me acelera más de lo debido.
He superado la primera fase. Ahora tengo un par de días libres antes de volver al curso.
No obstante, no dejo de entrenar ni un segundo.
Antes de ir al gimnasio por tercera vez en lo que va de día, hago una parada en la oficina de correos de la base.
Cruzo la puerta y voy directa a mi casillero.
Meto la llave, la giro y lo abro. Espero encontrármelo vacío, pero abro los ojos como platos cuando veo que hay algo dentro.
Es una versión en miniatura del osito azul que va con mi abuela a todas partes.
¿Me lo ha mandado ella?
Exhalo para evitar que se me forme un nudo en la garganta.
Es un recuerdo de mi hogar y nunca había estado tan feliz de ver un peluche.
Paso las manos por su pelaje, sonrío al ver cómo mi mirada insensible se transforma en una llena de alegría al reflejarse en sus ojitos negros.
En el fondo del casillero veo una carta cerrada.
Abro los ojos de par en par cuando reconozco la letra.
Es de mi abuela.
Rasgo el sobre con la llave y saco el papel amarillento y envejecido. Es otra de las cartas de amor que Graham le mandó. Por la parte de atrás, una esquina de color blanco llama mi atención antes de que empiece a leer.
Se trata de una nota en una hoja aparte.
Llámame para que la leamos juntas. Estoy muy orgullosa de ti, mija .
Con cariño,
La abuela
Corro de vuelta a mi barracón. En cuanto cierro la puerta, me siento en el escritorio y abro la aplicación de FaceTime.
25 de agosto de 1965
Querida Grace:
Cuando dijeron mi nombre, me quedé en shock . Era día de correo y yo estaba limpiando mi arma. El corazón me dio un vuelco, no entendía nada, pero me invadió la esperanza. No podía ser una carta de mis padres, ya que ambos murieron cuando yo era joven.
Recé a Dios para que fuera tuya y Él me respondió.
Así que, cuando cogí este sobre sellado y leí tu nombre, supe que lo nuestro no había terminado.
Pienso en ti todo el tiempo. El recuerdo de tu sonrisa me ayuda a sobrellevar las misiones. Solo han pasado un par de semanas, pero tres de mis amigos ya han perdido la vida. Supongo que pronto lo leerás en los periódicos.
Solo puedo darte las gracias. Gracias por escribirme. Sé que dijiste que no querías empezar una relación conmigo por mi trabajo... pero, Grace, esta carta ha conseguido que vuelva a respirar por primera vez en semanas. Iremos a esa playa cuando regrese. Te lo prometo.
Con todo mi amor,
Graham
—Abuela, qué bonito. Graham me cae bien, pero me da miedo saber qué fue lo que hizo para que eligieras al abuelo en lugar de a él.
Ver a mi abuela a través de una pantalla me duele. Se mece en su silla mientras teje una manta y responde:
—Era un hombre muy dulce.
Soy capaz de ver cómo le tiemblan las manos a pesar de la mala conexión que tengo. Una sonrisa tímida se dibuja en su rostro pecoso; deja la manta y echa un vistazo a las otras cartas, como si volviera a tener dieciocho años y siguiera enamorada.
Me pregunto qué se sentirá.
Me aseguro de doblar la carta exactamente igual que la recibí. Me arrodillo y la escondo bajo la cama para que nadie la vea. Me levanto, me limpio las palmas de las manos contra las rodillas y me siento de nuevo.
La abuela deja de tejer. Inclina la cabeza, con las agujas todavía en las manos, y no levanta la mirada.
Quiero vomitarle todo lo que me está pasando y decirle lo mucho que echo de menos estar en casa, al igual que algo tan insignificante como comprar un yogur en mi tienda favorita del centro o dormir hasta tarde aunque sea un día a la semana.
Aunque sé que eso solo la angustiará. Ya tiene suficiente con sus problemas de salud. No quiero preocuparla más.
—Háblame de Graham. ¿Cómo era?
Su rostro pasa de una mueca oscura a una igual de brillante que un árbol de Navidad.
—Era alto, muy alto. Con el pelo oscuro y los ojos claros. Muy guapo y todo un caballero, al igual que tu abuelo. Tu abuelo y yo éramos compañeros en el restaurante donde conocí a Graham. Se ponía celoso siempre que venía a verme. —Hace un gesto como restando importancia a los celos de mi abuelo.
—Espera, ¿tuviste un triángulo amoroso?
Ahora estoy enganchada. Estoy tan centrada en graduarme y en mi carrera que temo no llegar a sentir un amor que no duela. Aunque con Adam hubo momentos felices, no compensan su traición.
Ella ladea la cabeza, pensativa.
—Tal vez sí, tal vez no. Tendrás que seguir leyendo para averiguarlo.
Doy una palmada, emocionada.
—No veo la hora de saber por qué elegiste al abuelo en lugar de a él. Y qué hizo para conquistarte.
Me agacho para coger otra carta de debajo de la cama. Por el rabillo del ojo, veo cómo la abuela golpea la pantalla del móvil con el dedo y me obliga a detenerme. Nunca la había visto moverse tan rápido.
—¡De una en una! Ya te lo dije —me regaña con una ceja levantada y veo cómo se le marcan las arrugas de la frente.
—Abuelita... —Pongo morritos.
—Mira, no quiero que te leas todas las cartas antes de tu graduación. ¿Prometes esperarme?
—¿Y qué pasa si no lo consigo? —Mi confianza flaquea durante unos instantes. Bestia no me quita el ojo de encima, me observa como un halcón en busca de su presa, a la espera de cualquier oportunidad que me haga rendirme.
—Lo conseguirás. No digas eso —me reprende—. Mantén la concentración y la confianza.
—La mayor parte de mis instructores están deseando verme fracasar.
Quieren que tire la toalla —confieso y me muerdo las uñas con nerviosismo cuando el sargento maestro O’Connell me viene a la cabeza.
Alto, de tez morena, guapo y desalmado. Me trata y me mira como si fuera una carga de la que está deseando deshacerse.
El resto de los instructores bajan la guardia, aunque sea durante unos segundos para reírse con nosotros, pero el sargento O’Connell es una máquina sin sentido del humor.
A veces pienso que debajo de su piel se esconde un robot.
—Lo conseguirás, te lo prometo —afirma mi abuela con voz tranquilizadora mientras entrecierra los ojos con ternura.
—Yo también lo creo.
Ella asiente en un gesto de apoyo.
—Aunque no estés en casa, voy a preparar un flan para el cumpleaños de tu abuelo porque sé que es tu favorito.
Me quito un peso de encima. Se acuerda de su cumpleaños.
«Se acuerda».
—¿En serio? —chillo, con la boca haciéndoseme agua al imaginarme la textura suave del flan.
«¡Qué envidia!».
—Sí, mijita . Ya sabes que recién hecho está muy caliente, así que lo dejaré enfriar toda la noche y tu abuelo y yo nos lo comeremos en tu honor. Cuando sea tu cumpleaños, haré uno para ti. Y tu abuelo y yo te cantaremos el cumpleaños feliz.
—Voy a cumplir veintidós años, no es necesario.
Ella ríe.
—Siempre serás mi pequeña. Incluso cuando seas vieja y canosa.
—Toca la pantalla del móvil como si me acariciara el pelo, como solía hacer—.
Siempre serás mi nieta. —Hace una pausa, el ambiente en la habitación y en su tono cambia.
Clava su mirada en la mía, con los bordes de sus iris teñidos de gris, y me observa con una intensidad que me atraviesa hasta el alma—.
Si alguna vez te olvido... recuerda que siempre te querré.
Esta enfermedad se llevará mi cuerpo, mija , pero no mi espíritu.
Y mi espíritu siempre estará contigo. —Se le dibuja una leve sonrisa en el rostro.
Siento una presión en el pecho y se me saltan las lágrimas. Me tapo la cara con las manos. Es ella quien se está perdiendo a sí misma. No tengo derecho a llorar, es muy egoísta por mi parte.
—Abuela, esto no es justo.
Soy un desastre. Un completo y absoluto desastre que no para de sollozar en la habitación. Me tiemblan los labios y ahogo los sollozos con la palma de la mano. Abrazo el osito de peluche contra el pecho y me sorbo los mocos. Su perfume floral me envuelve y lloro más fuerte. Incluso huele a ella.
Mi abuela lo es todo para mí.
—No puedo hacerlo. No puedo vivir sin ti. Eres mi mundo. Estoy perdida sin ti.
Ella me ha enseñado todo lo que sé. Es mi guía, la que siempre me inculcó una vida de valores morales y fe.
Me ha enseñado lo que es el amor incondicional.
¿Por qué Dios le hace esto a mi abuela? Es la católica más entregada que conozco.
Siempre se aferra a su fe. He rezado y me he preguntado lo mismo desde su diagnóstico, aun a sabiendas de que nunca obtendré una respuesta.
La muerte forma parte de la vida, pero no pensé que llegaría este día, y menos así.
Mientras sigo cargando con la ansiedad de acabar este curso y toda la tensión acumulada, la realidad sobre el estado de salud de mi abuela me golpea más fuerte que nunca en un momento de claridad y aceptación.
Voy a perderla.
He estado tan ocupada persiguiendo mis metas que me he olvidado de que se está muriendo. No puedo perderla. Ella es... todo para mí.
Estoy perdida en un mar de oscuridad y ella es el faro que se apaga lentamente. No concibo la idea de que no esté a mi lado, de no poder hablar con ella y abrazarla.
Ojalá los abuelos fueran eternos.
—Claro que puedes. Eres fuerte. Yo te enseñé a ser fuerte. Eres una Isla. Eres parte de mí. Siempre estarás bien. —Sonríe débilmente, conteniendo sus propias lágrimas—. Y ahora, no quiero verte derramar ni una sola lágrima más. Haznos sentir orgullosos.
—Vale.
Me paso la mano por la cara roja y fuerzo una sonrisa, aunque no es más que una máscara. Tengo un mal presentimiento porque creo que Bestia solo acaba de empezar conmigo. Y no sé cuántas más sonrisas falsas me quedan.