Capítulo 5. Violet
Violet
Doce meses para la graduación Champagne Coast - Blood Orange
No me puedo creer que esté aquí. No solo he logrado sobrevivir a los primeros días, sino que me estoy integrando sin ningún problema. Estoy conociendo gente nueva, haciendo amigos y conectando con ellos dadas nuestras circunstancias.
La primera semana se me pasó volando. Hubo muchos gritos, papeleo, revisiones médicas y pinchazos en los brazos y en el culo; no obstante, estoy bien. Nunca me había sentido tan segura ni tan en casa como en el ejército.
Este es mi sitio.
—Atención, cadetes. Os presento a los instructores que se encargarán de vuestra formación durante este año —ruge un hombre alto y delgado delante de mí.
Lleva una camiseta verde militar y unos pantalones a juego que tapan su piel clara.
Me mira apenas un segundo y luego avanza pisando con fuerza a lo largo de la fila.
Nos fulmina a todos con la mirada, uno por uno, estudiándonos como si fuéramos niños.
—Soy el sargento Booker. Somos vuestros profesores, consejeros y orientadores.
Este es el sargento Slater. —Señala a otro hombre enorme que se encuentra a su lado.
Pasa junto a mí con aire amenazador y su mirada es tan evidente que, a pesar de estar oculta tras unas gafas de sol, no necesito verle los ojos para saber lo que opina de mi presencia: soy la única mujer de la clase.
No quiere que esté aquí. Se nota por cómo clava sus ojos en mi cuerpo durante unos segundos, que se me hacen eternos, sin dejar de apretar los puños.
Evito acobardarme. Mantengo la espalda recta, los hombros firmes y la mente concentrada en una única cosa: graduarme.
Él resopla, como si estuviera asqueado. Se aleja y vuelve junto al sargento Booker, quien continúa presentando al resto de los instructores.
Cuando el sargento Slater me da la espalda, sonrío con arrogancia.
Me alegra saber que mi existencia y mi perseverancia le cabrean.
Últimamente he cabreado a mucha gente. Sigo prestando atención mientras el sol me acaricia la piel.
Mi tono oliváceo ha cogido todavía más color desde que llegué.
—Todo el mundo conoce al operador Grim Reaper... pero no es a él a quien teme el ejército y nuestros enemigos, sino a otro hombre con una carrera impecable.
—Todos lo llaman «demonio» y, creedme, lo hacen por una razón —susurra un chico a mi izquierda distrayéndome durante unos segundos.
Frunzo el ceño, molesta, e intento prestar atención al hombre de pelo rubio ceniza y bigote oscuro. El sargento Booker camina de un lado al otro de la fila y yo permanezco quieta. Decido tragarme la curiosidad y las preguntas que se me vienen a la cabeza.
—¿Se refiere a...? —cuchichea alguien a mi lado.
—Ajá..., también está aquí. Estamos jodidos —gruñe antes de seguir—. ¿Quién creéis que entrenó junto a Grim Reaper? ¿Quién le enseñó todo lo que sabe? Al demonio lo creó otro.
—¿Quién? —le pregunta su amigo con tono perezoso y teñido de pesimismo.
—El operador Bestia.
—Pero ¿cómo se llama realmente?
Pongo los ojos en blanco y exploto. No quiero que me echen tan pronto por no escuchar las órdenes de Booker. Acabo de llegar. Tengo mucho que demostrar y no permitiré que me expulsen el primer día solo porque los tíos que tengo al lado estén de marujas.
—¿Podéis callaros de una vez? —les suelto, volviéndome hacia ellos.
Al principio, mi mirada se cruza con la de Willis; sus labios finos y rosados se curvan en una sonrisa socarrona e inmadura.
Me mira de arriba abajo como si intentara desnudarme y me estremezco.
Abre la boca, probablemente para soltarme algún insulto misógino, pero su semblante cambia de golpe.
Se pone pálido y aparta la vista cuando una gran sombra se dibuja sobre los tres.
Alguien carraspea a mis espaldas y noto cómo se me pone la piel de gallina. Me giro despacio, en posición de firmes, con los brazos pegados al costado y conteniendo la respiración.
—¿Cómo me llamo, Willis? —La voz profunda y aterciopelada hace que me dé un vuelco el corazón. Está justo delante de Willis, pero yo mantengo la mirada clavada en los altos árboles de hoja perenne que hay frente a nosotros.
Willis se queda con la boca abierta al ver el tamaño del instructor, al que todavía no nos han presentado.
—¡Responde! —ordena con un tono feroz que me hiela la sangre.
Joder, ¿así es como va a ser? Ni siquiera lo he mirado, pero su voz despierta algo en mí. Es grave y ronca. Sobreviví al entrenamiento básico y nadie hizo que el corazón me diera un vuelco solo con alzar la voz.
—O-O’Connell. K-Kade O’Connell, señor.
¿Kade? ¿O’Connell?
¿Como...?
No.
No puede ser.
—Es sargento maestro O’Connell.
Su tono adquiere una tranquilidad extrema, lo cual me parece incluso más intimidante que sus gritos.
Parpadeo y frunzo el ceño en un intento de desafiar a la anatomía humana y evitar sudar. Aprieto los puños y trato de mirarlo disimuladamente, pero decido no hacerlo cuando la enorme sombra se acerca a mí.
No.
Miro al suelo justo cuando unas botas militares de color arena se detienen delante de mis pies, que parecen minúsculos en comparación con los suyos.
He llamado la atención del monstruo del que todos llevan hablando desde el puto primer día.
Menuda suerte.
—Isla... —murmura con desgana, como si se aburriera.
Sus enormes dedos señalan el apellido grabado en mi uniforme.
Deslizo la mirada desde sus largas piernas hasta su pecho ancho y fornido.
Lleva la misma camiseta militar. Tiene tatuajes en un brazo: serpientes y calaveras entrelazadas.
Cruza los brazos delante del pecho y trato de no mirarlo, pero su cuerpo reclama toda mi atención.
Se queda de pie frente a mí como si estuviera preparado para prenderle fuego al mundo solo porque está cabreado. Joder, en persona es una locura. Una belleza que irradia masculinidad y rasgos peligrosamente atractivos.
Lleva el pelo castaño y ondulado engominado por los lados.
Una barba corta y oscura con pequeños mechones rubios y plateados que acentúan su mandíbula perfecta y afilada.
Tiene los labios carnosos, una cicatriz en el cuello y otra más grande que le atraviesa la ceja y le cruza la mejilla, como si le hubieran cortado.
Ni siquiera sus gafas de aviador pueden ocultar esa gran cicatriz diagonal.
Se pasa la lengua por el labio inferior, como si no lo impresionara.
Finalmente, se quita las gafas y me encuentro con unos ojos crueles, desiguales y helados. Uno es de un azul marino intenso y el otro de un verde vibrante. Ojos que podrían parar el corazón de cualquier chica y convertir la sangre en fuego líquido.
Me mira con el ceño fruncido, como si me evaluara y me estudiara al igual que a un parásito.
Aprieta la mandíbula cuando le sostengo la mirada.
Si intenta intimidarme, que espere sentado porque yo de aquí no me largo.
Mantengo una expresión impasible e intento que no se me note que, aunque vengo dispuesta a pelear, me entran ganas de esconderme cuando lo tengo cerca.
—Me llamo Kade O’Connell. —Inclina la cabeza, deja de fulminarme con la mirada y se dirige al resto de la clase—.
¡Y os doy la bienvenida a mi infierno! Yo dirijo el averno, por lo que, si queréis ver la luz al final del túnel, ¡tendréis que pelearlo!
—exclama. Me fijo en sus dientes perfectamente blancos y en sus colmillos marcados, además de en la vena del cuello que le palpita mientras su voz sigue sembrando el pánico.
Booker y el resto de los instructores sonríen con los brazos cruzados.
Todos son fuertes y enormes. Observan cómo a los estudiantes nos invade el miedo a la vez que gritamos:
—¡Sí, señor!
—¡Tendréis que ganároslo a la puta fuerza! —grita, como si disfrutara de la situación más de lo necesario.
Se vuelve hacia mí y siento un aleteo nervioso en el pecho mientras se activa mi instinto de supervivencia. Clavo la mirada en esos ojos heterocromáticos para hacerle saber que puedo con él. No permitiré que ni él ni ninguno de los instructores me intimiden.
Silba, hunde las mejillas con una rápida inclinación del mentón.
—Qué ganas tengo de ver el destrozo que haré... —Una pausa breve y perturbadora se instala sobre nosotros.
Me está mirando a mí, ¿verdad?
Pero, entonces, termina la frase.
—Con todos vosotros —añade despacio. Esta vez termina su sermón con serenidad, dejándonos a todos como si nos hubiera arrancado la respiración.
Sonríe de forma oscura porque, aunque se dirige a todos, es a mí a quien mira a los ojos, como si estuviera deseando verme fracasar.
Sus botas resbalan en la tierra y las piedrecitas mientras se aleja y se lleva con él mi capacidad para respirar.
He hecho exactamente lo que no quería: llamar la atención de Bestia.