Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 4. Violet
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Capítulo 4. Violet

Violet

—Vale..., llevo el libro electrónico, los cascos, el móvil, la cartera.

.. —Reviso mi mochila y voy tachando mentalmente todos los objetos de la lista para asegurarme de que no me dejo nada.

Sé que los instructores me lo quitarán todo en cuanto llegue, pero yo lo llevo por si acaso—.

Lo único que me falta es un beso de despedida —canturreo mientras cierro la mochila.

Me acerco a Adam con una sonrisa dulce para acariciar sus labios por última vez. No podré volver a besarlo hasta dentro de un año. Con los ojos cerrados y los labios fruncidos, me pongo de puntillas... pero él no se mueve después de unos segundos que se me hacen eternos.

Parpadeo, confundida. Frunzo el ceño y bajo los talones, decepcionada. Los ojos marrones de Adam rehúyen mi mirada.

—¿Qué pasa? —Retrocedo un poco y me acomodo la mochila en el hombro. Siento una nube sobre nosotros que activa los nervios en mi estómago—. Mírame.

No lo hace. Empieza a balancearse sobre los talones, nervioso.

Aprieto los dientes y siento una presión en el pecho. Conozco esa cara perfectamente.

—Tú también no. —Me muerdo el labio y espero que me diga que estoy equivocada, que lo estoy malinterpretando. En su lugar, levanta la vista hacia mí, aunque es incapaz de aguantarme la mirada. Niega con la cabeza como si quisiera huir de esta conversación—. Dime algo, por favor.

—Lo siento —responde con la vista clavada en el suelo.

—¿Lo sientes? —Enarco una ceja.

—No quiero quedarme esperándote, Violet. Quería que acabáramos la universidad juntos.

—Adam..., por favor, no me hagas esto. Y menos ahora. ¿De verdad me vas a decir todo esto justo antes de que me suba al avión?

—Lo siento.

—Otra vez esas dos palabras. ¿Sabes qué? Estoy harta de que la gente diga que lo siente cuando en realidad no es así.

Se encoge de hombros, como si no le importara. Me coloco un mechón de pelo detrás de la oreja mientras la rabia me consume. El recuerdo de nuestros cuerpos entrelazados hace que me hierva la sangre.

—¿Y entonces qué fue lo de anoche? ¿Y lo de esta mañana?

Dios, me siento utilizada.

Por fin me mira.

—¡Iba a declararme! —Saca un anillo del bolsillo trasero.

Brilla con la luz del sol que se cuela por las ventanas. Destellos holográficos se reflejan por todo su rostro cuando lo gira. El corazón me da un vuelco y la idea del matrimonio me golpea como un tren inesperado.

—¿Ibas? —Mi voz se quiebra en un susurro.

—Iba.

—¿Por eso has estado tan raro estos días? —Me arden los ojos. Desvío la mirada cuando se me nubla la vista. Miro a un lado y al otro y parpadeo para disipar la agonía.

«No te derrumbes.

»Trágatelo.

»Aguanta el abandono y la traición como siempre haces. No reacciones».

—No quiero que mi prometida esté rodeada de otros hombres todo el tiempo.

Vi lo mucho que sufrió mi madre con este tema, con mi padre siempre ausente.

Apenas lo conozco. No pienso repetir esa historia.

Sabes perfectamente cómo me siento respecto a él, ¿y ahora?

—Mueve la mano, con el anillo, frente a mí—. ¿Tú también te vas a ir?

—Creía que nuestra relación era más fuerte que la distancia —respondo entre lágrimas.

Adam pone los ojos en blanco.

—Sí, mi madre también.

—¡Nosotros no somos tus padres!

Lo nuestro ya no se puede arreglar.

—¿Cómo voy a ser capaz de dormir por la noche sabiendo que mi novia se está duchando con otros hombres? ¿O durmiendo con ellos? —Se le marca la vena de la frente y me observa con desconfianza.

—¿Es por eso? ¿De verdad piensas que voy a engañarte? —Tuerzo el gesto con una mueca de repulsión—. Nunca te he dado ni una sola razón para no confiar en mí. —Elevo un poco la voz.

—Da igual, Violet. No quiero estar con alguien que sirve en el ejército. —Da un paso atrás, visiblemente harto de nuestra conversación.

Suelto una risa incrédula.

—Prometiste que me apoyarías... —Le recuerdo las ocasiones en las que hablamos del tema—. «Prometo esperarte. Prometo llamarte cada fin de semana. Te lo prometo... para siempre» —le escupo sus propias palabras.

—Las promesas se rompen —responde sin un ápice de remordimiento mientras se guarda el anillo de compromiso en el bolsillo. Trago saliva y me muevo como si acabara de darme una bofetada.

No lo reconozco.

—De todas formas, lo nuestro se estaba viniendo abajo. Ya nunca estás en casa.

La forma en la que lo dice... me confirma que ya tomó la decisión hace tiempo.

¿En qué momento se rindió?

Nos miramos el uno al otro.

Yo, rota. Él, firme con su decisión.

Mi red de apoyo... se ha derrumbado. Las dos personas que prometieron quedarse a mi lado han desaparecido en cuestión de segundos. Me dejan por tomar la decisión de honrar a mi padre. Lo miro, con la esperanza de que se retracte, pero mantiene los labios apretados. No cede. Y yo tampoco lo haré.

No permitiré que me haga sentir culpable para que me quede. Además, aunque quisiera, tampoco tengo opción. Ahora tengo un compromiso que cumplir con el ejército.

—¿Y ya está? ¿Así es como gestionas tú las cosas? ¿Dejándome antes de que me suba al avión?

—No. ¿Tal vez? No lo sé. —Sigue alejándose, con la mirada clavada en mi alma hecha añicos.

De pronto, algo cambia. Acorta la distancia que nos separa, pero yo me cruzo de brazos y levanto un muro entre nosotros.

—Hazle caso a tu madre. Quédate aquí, conviértete en mi mujer. No necesitas estudiar. Cásate conmigo, tengamos hijos y...

¿De verdad me está soltando a la cara el mismo argumento que mi madre?

—No —respondo con dureza—. Adiós, Adam. No permitiré que me rompas en pedazos. Nadie lo hará. —Me vuelvo, le doy la espalda y camino con paso firme.

—Esto no es un adiós, cariño. En una semana, un mes como mucho, volverás. ¡Fracasarás y alguien tendrá que estar aquí para recoger tus pedazos! —grita. La gente con maletas que nos rodea se detiene y lo mira.

Ignorándolo, acelero el paso y me abro camino entre un grupo de gente en dirección al control de seguridad.

Enseño el billete y mi identificación. La agente lo escanea sin emoción y me indica que avance en la fila.

Me quito la chaqueta y saco todos los dispositivos electrónicos, conteniendo la rabia. Resoplo a la vez que rememoro su ridículo intento de declararse. Seguro que esperaba verme de rodillas y rogándole que no me hiciera elegir entre mis sueños y nuestra relación.

Nunca le suplicaré a un hombre. Si Adam y mi madre no creen en mí...

Me trago el nudo de la garganta mientras los recuerdos de las dos personas en las que creía que podía confiar resuenan en mi cabeza. Cojo mis cosas, me cuelgo la mochila a los hombros y me acerco a la puerta con destino a Carolina del Norte.

Soy más fuerte que esto.

Me siento entre un hombre y una mujer que llevan la misma mochila con estampado militar. Saco mis cascos, me los pongo y desbloqueo el móvil. Dejo que suene Lana del Rey a todo volumen, cierro los ojos y me aíslo del mundo.

Mis problemas de confianza me obligaron a entregarme solo a mi madre y a Adam. La gente siempre me decepciona. El dolor que me han provocado en el corazón me ha vuelto de piedra. El aislamiento no siempre tiene que ser solitario, ahora es un escudo que me protege.

No me ato a la gente con facilidad, pero Adam logró entrar en mi vida cuando éramos adolescentes tras varios intentos de romper mi coraza.

No necesito su apoyo.

Creo en mí misma. Y eso es suficiente.

Es hora de demostrarle a mi padre que su sangre corre por mis venas. Sé que me está cuidando desde donde quiera que esté. No importa cuántas veces intenten hundirme, no lo conseguirán. Mucho menos durante el curso.

En el ejército me llaman la «Soldado Inquebrantable». Sé que sobreviviré al próximo año, aunque mi amigo Pete me advirtió de que tuviera cuidado con uno de los instructores más infames y despiadados. Él lo llama monstruo. Demonio. Máquina.

Suspendió a Pete por algo que estaba fuera de su alcance o, al menos, eso es lo que cuenta él.

Tal vez tenga suerte y ese demonio del que me advirtió no sea mi instructor... y, si lo es, espero no llamar su atención.