Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 3. Violet
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Capítulo 3. Violet

Violet

—¡No!

—Por favor.

—¡No! Perdí a tu padre por ese mismo trabajo. —Me mira con desprecio—. ¿Ahora también voy a tener que preocuparme por ti?

Intento cogerle la mano, pero se aparta como si yo fuera una enfermedad y mi ambición una infección venenosa.

—Acabo de volver del Entrenamiento Básico. Por favor, no me hagas esto. Te busqué entre la multitud, mamá, ¡y no estabas allí!

La hija pequeña de mi madre quiere honrar el legado de su padre y ella es incapaz de aceptarlo.

—¡Ma!

—¿Por qué no puedes sentar cabeza aquí? ¿En esta ciudad? Ir a la universidad. Centrarte en tu relación con Adam. Tener hijos, ser su mujer, cuidar de la casa mientras él trabaja. ¿Por qué te empeñas en conseguir ese trabajo?

Echo la cabeza hacia atrás, como si acabara de pegarme una bofetada. Porque, prácticamente, es como si lo hubiera hecho. Se me llenan los ojos de lágrimas y dejo caer los hombros.

—Aspiro a más... —murmuro.

Se me descompone el rostro cuando jugueteo con la chapa de identificación de mi padre en el bolsillo. Si él siguiera vivo, me habría apoyado sin titubear. Habría convencido a mi madre de que no era necesario exagerar tanto, que me las apañaría bien.

Me encuentro con su mirada seria, pero ella no vacila.

Busco al fantasma de mi padre, deseando que estuviera de pie frente a mí, rogándole que me deje ir, pero cuando mi madre sigue negando con los ojos pétreos y los labios apretados en el salón junto a nuestro retrato familiar, no lo encuentro por ninguna parte.

No está aquí porque está muerto, y todavía me cuesta aceptarlo después de todos estos años.

—Aspiro a más —admito—. Quiero ser como papá.

—Eres pequeña —señala, como si llevara tiempo callándose lo que de verdad piensa—. Eres bajita y menuda. Además de lenta. No eres igual de fuerte que los hombres. Eres. Mi. Pequeña.

Arrugo la nariz.

—Pero también soy la hija de mi padre —sentencio. Enarco una ceja y me encuentro con su mirada preocupada. Se le ensanchan los orificios de la nariz y chasquea la lengua, molesta.

Sabe perfectamente a qué me refiero. Me vuelvo hacia la fotografía de mi padre que cuelga de la pared. Lleva puesto su uniforme y sostiene su rifle en una mano. Era el mejor francotirador del mundo hasta que un tal Daegan Hannibal llegó y batió su récord.

— Mija..., por favor . ¡Acabarás herida! Las mujeres de nuestra familia nunca se han dedicado a eso, siempre ha sido cosa de hombres.

—¡Lo sé! Seré la primera. Te lo prometo —declaro.

Ella resopla.

—Vale. Supongamos que lo logras —expone el escenario hipotético como si se tratara de una locura—, ¿qué pasará cuando vayas a la guerra?

—Suspira como si la idea le resultara insoportable.

Clava sus ojos marrones en mí y una lágrima le resbala por la mejilla—.

¡No puedo perderte! Eres mi pequeña, Violet.

—Agita las manos delante de mí para darle énfasis a su argumento.

—Mamá..., estaré bien.

—¡Eso no lo sabes! Y si te pasa algo, ¡no quiero tener que ser yo la que te diga que te avisé!

—¡Mamá! —Retrocedo, sus palabras son como una puñalada en el corazón—. Pues no lo hagas. —Contengo el grito ahogado que amenaza con salir. ¿Cómo ha podido decir eso?

Sigue distanciándose de mí. Se da la vuelta y se abraza los codos por encima del cárdigan negro para consolarse. Es muy injusta. O haces las cosas a su manera o nada.

—Por favor, mamá. Voy a hacerlo, quieras o no. —Suelto la chapa de identificación de mi padre. Extiendo los brazos para intentar que me dé un abrazo de despedida. Sin embargo, se aleja y niega con la cabeza. Sostiene el rosario en la mano con tanta fuerza que se le ponen los nudillos blancos.

Se me nubla la vista y llega un punto en el que soy incapaz de seguir conteniendo las lágrimas. Me las limpio rápidamente sin querer mostrarle mi debilidad, sin que mi determinación flaquee.

—¿Me escribirás? —le pregunto esperanzada, sorbiéndome los mocos—. No podré usar el móvil, pero sí recibir cartas. Seguramente pueda hacer alguna llamada de vez en cuando. En cuanto llegue allí, te llamaré y...

—No te molestes. Fuera de mi casa. —Mantiene los ojos clavados en el retrato de mi padre mientras señala la puerta principal.

—¿Ma? —lloriqueo. Me llevo la mano al pecho, con ganas de abrazarla. No lo ha vuelto a hacer desde que él murió... desde el funeral.

Finalmente, nuestras miradas se encuentran, pero la suya ya no es la de una madre. Solo guarda resentimiento. Juega con las puntas de su pelo negro rizado salpicado de canas como si tratara de contenerse para no decir más cosas de las que después pueda arrepentirse.

No reconozco a mi madre.

Me habla como si no fuera más que una extraña en la casa en la que me crio durante los últimos veinte años.

Echo un vistazo a las paredes color crema y observo los muebles.

La televisión en la que solía ver mis películas de miedo favoritas mientras ella me gritaba que pusiera sus telenovelas preferidas.

Miro la cocina donde solía ayudar a mi madre a preparar flan cada dos meses cuando se estresaba, o en ocasiones especiales.

Después, bajo la vista al collar con una cruz que llevo colgado al cuello.

Abro la boca e intento que no me tiemblen los labios para decirle un último adiós.

—No me hagas esto. Te necesito. Siempre te necesitaré, soy tu hija. Eres la única familia que me queda. Por favor, mamá.

—¿No lo entiendes? Te desheredo. Ya no eres una Isla. No eres mi hija.

El silencio nos envuelve mientras asimilo lo que acaba de decir.

—¿Porque me voy a unir al ejército?

—¡Sí!

El viento y el calor me aturden mientras proceso su rechazo. Está renegando de su hija. Todo porque quiero honrar a mi padre. Sinceramente, creo que él se sentiría orgulloso de mí. No pienso cambiar de opinión por nadie.

Todas las emociones y el estrés que he ido acumulando dentro durante todo el proceso del alistamiento se filtran por las grietas del escudo que he construido.

He aprendido a ser fuerte y enfrentarme a todo lo que se me ponga por delante desde que mi padre falleció, porque el hombre de la casa se fue y yo tuve que dar un paso al frente.

He sido la fortaleza que mi madre necesitaba en los días en los que el dolor la consumía.

Me culpa por su muerte. Nunca me lo ha dicho, pero tampoco hace falta.

Sus acciones, como no abrazarme desde el funeral, ya lo dicen por ella.

Lo grita con su ausencia en todas mis graduaciones escolares desde que me uní al ejército.

Creía que necesitaba más tiempo. Confiaba en que dejaría de verme como la chica responsable de la muerte de su marido y volvería a tratarme como a su hija. .. pero me equivocaba.

—¿Crees que no puedo conseguirlo? —pregunto.

Se encoge de hombros con la mirada vacía y respira de forma entrecortada.

—Lo siento. Ahora estás sola.

Una lágrima me resbala por la mejilla al perder la esperanza de verla el día de mi graduación.

Se suponía que estaría allí.

«Se suponía que mi padre estaría allí».

No puedo hacer esto sin ella.

Cuando se aleja en dirección a la cocina, me quedo paralizada.

Se me cierra la garganta. Me limpio rápidamente el rostro dolorido con la palma de la mano, demasiado avergonzada como para llorar delante de ella.

Con la maleta en una mano y mi mochila reglamentaria del ejército en la otra, salgo por la puerta principal de la casa en la que ya no soy bienvenida.

Una despedida cumplida. Pasemos a la siguiente.

Miro la hora en el reloj de mi muñeca, el cual me recuerda que solo tengo treinta minutos si no quiero perder el vuelo.

—Odio que me abandones. No quiero que te vayas... ¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —Adam no ha parado de cuestionar mi decisión sobre el ejército.

—Me prometiste que me apoyarías —lo interrumpo.

Frunce el ceño y sigue mirando su móvil.

—Ya, lo sé, pero tú también me prometiste otras cosas.

—¿Y eso qué significa? —digo a la vez que me pongo los pantalones y me los abrocho. Se encoge de hombros, como si diera la conversación por terminada.

—¿Quién te escribe?

—Mi padre. Al parecer, ha vuelto a Estados Unidos después de otra misión de un año. —Sacude la cabeza—. Sigue intentando forjar una relación conmigo. El tío no lo pilla. No quiero saber nada de él después de lo que le hizo a mi madre. La abandonó. Nunca lo elegiré a él.

Bloquea el móvil y se lo guarda en el pantalón.

Adam no habla mucho sobre el divorcio de sus padres.

Lo único que sé es que fueron padres adolescentes y su matrimonio no duró mucho.

Nunca ha dudado de la versión de la historia que le contó su madre, así que ni siquiera se molestó en escuchar la de su padre.

La señora Lillington contó que a su exmarido ya no le interesaba ser un hombre de familia, prefería ser un soldado.

Adam evita hablar sobre su padre, por lo que nunca indago para respetar sus límites.

Incluso se cambió el apellido y adoptó el de soltera de su madre hace unos años.

Sus respuestas cortantes hicieron que dejara de intentarlo.

Siempre se cierra y cambia de tema. Sin embargo, desde que murió mi padre, siento que debo decirle algo.

Daría cualquier cosa por volver a recibir un mensaje suyo.

No conozco su historia porque Adam no se abre conmigo, pero quizá su relación todavía se puede salvar.

—Tal vez deberías darle una oportunidad. Ojalá mi padre siguiera vivo. Haría lo que fuera por volver a escuchar su voz... —expongo suavemente mientras me hago un moño.

—¡Por favor, para! —me corta desde el otro lado de la cama y me sobresalto.

Pone los brazos en jarras—. No vuelvas a meterte en mi relación con mi padre.

Es un imbécil, un egoísta de mierda que eligió al ejército antes que a nosotros.

Te lo digo por última vez, déjalo ya —me reprende y se dirige hacia la puerta de su habitación para poner fin a la conversación.

Frunzo el ceño y me trago su berrinche.

No lo dice en serio. Solo está agobiado porque me voy... nada más.

—Lo siento... no pretendía pasarme de la raya. Solo intento ayudar. —Lo sigo—. Pero, por favor, no me hables así —ruego, buscando a mi mejor amigo tras esta versión de Adam que tan poco me gusta. Ahora mismo, lo necesito más que nunca.

Deja caer los hombros y aprieta los labios.

—Sí... lo siento. Venga, vamos.

Camina por el pasillo, con paso tranquilo, y coge mi maleta. Tira de ella mientras yo me quedo mirando mis Converse verdes.

Suspiro y lo sigo. Últimamente lo noto raro, pero me ha asegurado que todo va bien entre nosotros.

«Estamos bien».