Mariposa (Reinas al mando 1) Capítulo 2. Violet
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Capítulo 2. Violet

Violet

Querido Graham:

Espero que recibas pronto esta carta. Sé que dije que no te escribiría.

.. pero aquí estoy. No paro de pensar en aquel día que entraste en el restaurante con ese uniforme.

Me pareciste el hombre más guapo que jamás había visto.

El corazón me iba a mil mientras te tomaba nota.

Me daba hasta miedo que fueras capaz de oír mis latidos.

No me puedo creer que vinieras única y exclusivamente a comprarle algo para comer a tu tía y.

.. míranos ahora. Desde que te fuiste de despliegue, cada vez que se abre la puerta y suena la campana, le pido a Dios que seas tú el que entre por ella.

Sé que no tienes ni idea de cuándo volverás y sé que solo ha pasado una semana desde nuestro último día juntos.

Aun así, espero que, cuando vuelvas a casa, podamos ir a Wrightsville Beach, tal y como prometimos.

Atentamente,

Grace

Mi abuelita sonríe mientras le leo una de las cartas que me ha pedido.

Me siento en una silla junto a su cama del hospital y sostengo con ambas manos un papel ligeramente arrugado que ha cobrado un tono amarillento debido al paso del tiempo.

Su cabello, que una vez fue pelirrojo y ahora es completamente blanco, cae sobre su almohada.

Y sus pecas parecen moverse cuando una mueca reemplaza esa sonrisa dichosa que antes iluminaba su rostro.

Hoy es un buen día. Se ha despertado con algo de fuerza y ha sido capaz de pasear alrededor del estanque del hospital Greenville. Esta mañana me llamó para que viniera y pudiera cobrarse el único favor que le debo: leerle todas estas cartas.

Desde que le diagnosticaron cáncer, quiere pasar más tiempo conmigo. Y como mi abuela lo es todo para mí, hago todo lo que me pide.

Se pasó toda la vida advirtiéndome de que me mantuviera alejada de los militares; nunca entendí por qué.

Quizá ahora me dé la respuesta. Siempre supuse que era porque vivíamos en una ciudad militar.

Pues ella está casada con mi abuelo, un cartero jubilado que no guarda ninguna relación con el ejército.

Por desgracia, mi abuela no solo está batallando contra el cáncer. Que le diagnosticaran alzhéimer fue un batacazo inesperado. Desde aquel día, solo tenía una petición para mí, pero no ha querido decirme cuál era.

Hasta hoy.

Tras graduarme en Entrenamiento Básico, asistí de inmediato a la Escuela Militar de Paracaidismo durante tres semanas.

Saltar desde los aviones me pareció de lo más emocionante.

Pensaba que estaría asustada la primera vez, pero la adrenalina y el entusiasmo opacaron el miedo y me llenaron de confianza.

Después de ganarme mi Insignia de Paracaidista, me fui a Carolina del Norte, donde se encuentra la base principal de las fuerzas de operaciones especiales.

Sobreviví a la Selección. Fui la única chica de mi clase y me lo curré mucho para conseguirlo.

El esfuerzo valió la pena porque ahora estoy de permiso y puedo disfrutar de pasar tiempo con mis abuelos antes de regresar al curso.

—Abuelita..., ¿puedo hacerte una pregunta? —Doblo la carta manuscrita y la guardo de nuevo en una pequeña caja de madera.

—Claro, mija —responde con voz ronca mientras se acomoda en la cama y abraza su osito de peluche azul. Lo tiene desde que era una adolescente.

—¿Qué son estas cartas? ¿Quién es este hombre?

Mis abuelos llevan juntos media vida, ¿de verdad me está diciendo ahora que compartió su corazón con otro hombre que no era mi abuelo?

El sol entra por la ventana y proyecta rayos dorados sobre su rostro.

—Mija . Es el único favor que te pido. —Entrelaza las manos sobre su regazo—.

Sé que estás muy liada con el trabajo y que pronto volverás a irte.

Por favor, léeme estas cartas siempre que estés en casa.

Quiero recordar a mi primer amor antes de que sea demasiado tarde.

No me malinterpretes, quiero a tu abuelo.

Hemos pasado unos años maravillosos juntos, pero creo que en la vida se puede amar a más de una persona.

Yo elegí a tu abuelo, pero mi primer amor fue Graham.

Me quedo con la boca abierta.

—¡Abuelita! —Me llevo la caja al pecho por la sorpresa.

¿Estuvo enamorada de otro hombre? Por lo que sé, lleva con mi abuelo desde que tenía diecinueve años.

Fue su primer y único novio—. Creo que al abuelo no le haría gracia todo esto, abuelita.

No querría que te leyera estas cartas. ¿Graham ha sido la razón por la que querías que me mantuviera alejada de los hombres militares durante todos estos años?

—Cierro la caja de madera y la deslizo por el suelo de baldosas hasta guardarla debajo de la cama, donde estaba antes.

Sé que puedo tomar mis propias decisiones, por supuesto, para algo tengo veinte años, pero sus palabras se me quedaron grabadas desde que era niña. Aunque eso no me frenó a la hora de unirme al ejército, una decisión que tomé para honrar a mi difunto padre, veterano de guerra.

—Tu abuelo lo sabe. Pero esto es entre tú y yo, ¿entendido? Es lo único que te pido, por favor —me suplica, levantando las cejas.

Nunca podría decirle que no. Echo un vistazo por encima del hombro para asegurarme de que mi abuelo no sospecha nada. Por suerte, está concentrado en el periódico, bolígrafo en mano, resolviendo un crucigrama.

—Bueno, ¿y por qué te casaste con el abuelo en vez de con Graham? —La curiosidad me puede. ¿Por qué acabó con mi abuelo Ramón si a quien amaba era a ese tal Graham?

Ella sonríe, de nuevo, y sus ojos marrones brillan con orgullo.

—Paciencia. Vayamos carta por carta, ¿vale? Después te contaré por qué escogí a tu abuelo.

Me muerdo el interior del labio.

—De acuerdo. Carta por carta —acepto. Me incorporo y le doy un beso en la mejilla—. Escríbeme la próxima vez que quieras que te lea otra.

—Por supuesto, Violet.

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Claro.

—¿Trabajaba en la Marina? Vivimos cerca de una base naval, por lo que asumo que era marinero.

—No, mija . Graham formaba parte de los Boinas Verdes. Me envió todas esas cartas desde Vietnam.

—Abuela, ¿un soldado de las Fuerzas Especiales? —Muevo las cejas de arriba abajo a la vez que le dirijo una sonrisa pícara.

«Caray. Qué bien te lo montaste, abuela».

Se pone roja y suelta una risita como la de una adolescente.

No la había visto sonreír así desde antes de que le dieran su diagnóstico.

Ver lo mucho que la anima hacer un viaje por el baúl de los recuerdos me provoca paz.

Si leerle estas cartas la hace feliz durante este momento tan complicado, tendré paciencia.

—Me sorprendes, abuela. —Me cruzo de brazos y frunzo el ceño.

—¿Por qué?

—Llevas toda la vida advirtiéndome de que me mantenga alejada de los hombres militares y ahora resulta que estuviste enamorada de uno.

Ella guarda silencio. Y esa ausencia de sonido lo dice todo. No sabe qué decir. Se abraza con fuerza a su osito de peluche y siento que he metido el dedo en la llaga. No era mi intención. Agacho la cabeza y aprovecho la situación para irme.

—Te veo luego, abuelita. —Me inclino y le doy un beso en la mejilla de nuevo.

—Que Dios te bendiga, te quiero mucho.

—Yo te quiero más.

Enciende la televisión y cambia de canal dos veces antes de dejar el mando a un lado. Ha puesto una de sus películas favoritas: Beethoven .

—Adiós, abuelo. Me quedo por aquí otro día más; después me iré a Carolina del Norte.

Él apoya el periódico sobre su regazo.

—Estamos muy orgullosos de ti. —Sonríe y se acerca a mi oído—. Se preocupa por ti, pero si entrar en las Operaciones Especiales es lo que te hace feliz, ella también es feliz. Ah, y dale a tu madre algo de tiempo para que acepte tus decisiones —susurra con voz temblorosa.

Mi madre no quiere saber nada sobre mi decisión de unirme al ejército, aunque tampoco se mete.

Siento que no entiende lo especial que es conseguir superar la Selección, un conjunto desafiante y riguroso de pruebas físicas y mentales.

Al principio éramos más de cuatrocientos candidatos, pero solo treinta de nosotros fuimos seleccionados para llevar a cabo el curso de las Fuerzas Especiales.

—No te preocupes por nosotras —lo tranquilizo.

Me pongo recta, sonrío e ignoro el dolor que siento en el pecho cuando la preocupación por su bienestar me atraviesa. No puedo llorar cada vez que los veo.

—Me alegro de que os tenga a vosotros mientras yo no estoy —añado con tranquilidad y me alejo un paso más.

—Concéntrate. Ve y da lo mejor de ti. Nosotros estaremos aquí, apoyando a nuestra nieta. —Coloca su mano pecosa sobre el fondo de su jersey de cuadros rojo chillón. Coge el bolígrafo, se ajusta las gafas, y vuelve a sumergirse en el crucigrama.

Giro sobre mis pies y la suela de mis zapatos rechina. Antes de irme, miro a mi abuela una última vez y me grabo su imagen, viva y feliz. Está concentrada en el presente, disfrutando de algo tan simple como ver su película favorita mientras el veneno le recorre las venas.

Incluso en la oscuridad, no pierde la sonrisa.

Camino por el pasillo hasta la salida. Me despido de la enfermera que le está administrando la quimioterapia y le recuerdo que me llame si pasa algo.

Normalmente no se me permite estar aquí durante el tratamiento, pero esta vez han hecho una excepción.

Cinco minutos más tarde, abandono el hospital y me dirijo al aparcamiento de visitantes.

Saco las llaves y presiono el botón dos veces para abrir mi berlina blanca. Una vez dentro, le escribo a mi madre.

Yo: Hoy la abuela tiene un buen día. Ya voy de camino a casa.

Ma: Vale.

Me sorprende que me responda tan rápido.

Me lo tomo como una buena señal para intentar tener una última conversación con ella antes de irme.

Miro la pantalla del móvil y echo un vistazo por mi galería; es una costumbre que tengo cuando estoy estresada.

Subo hasta arriba del todo, donde encuentro las fotos de nosotros cuatro, esa familia que alguna vez estuvo completa: mi padre, mi madre, mi hermana mayor, Isabella, y yo.

En ellas, mi padre aparece con el pelo corto y salpicado de canas peinado hacia un lado.

Sus grandes gafas redondas descansan sobre su pequeña nariz.

El sol brilla sobre nuestra piel olivácea y mi hermana va vestida de rosa de pies a cabeza, con un pintalabios también rosa.

Yo abrazo a mi madre, llevo mis vaqueros y mi jersey azul oscuro a rayas.

Es de la cena de graduación universitaria de mi hermana en la pizzería italiana del barrio.

Bloqueo el teléfono antes de que una oleada de dolor me arrastre y emerjo de mis recuerdos.

En cuanto arranco el coche, conduzco hacia la casa de mi madre.

Vivimos en una acogedora casa de una sola planta y tres habitaciones, en un vecindario cerca de la iglesia católica a la que asistía todos los domingos por la mañana cuando era niña.

A medida que me alejo de los alrededores del hospital, una sensación de angustia se apodera de mí.

Ya no siento que sea mi hogar, no desde que mi padre falleció.

Mi madre también murió cuando él se fue.

Un halo de frialdad reemplaza ahora su calidez.

Ojalá me acompañara a visitar a la abuela.

Cada vez que la veo con el tratamiento, me muero un poco por dentro. No puedo perderla. Desde que la diagnosticaron, vivo en constante alerta. Me aterra pensar en la idea de que algún día ya no estará aquí, aunque físicamente sí esté presente.

Se me cierra la garganta y hago todo lo posible por combatir la sensación de sequedad y opresión cuando aparco en la entrada de la casa de mi madre. Me quedo dentro del coche, escuchando a The Fray, y respiro hondo.

Últimamente todo parece ir cuesta abajo y sin frenos. No obstante, ya es demasiado tarde como para cambiarlo. Aquí ya no me queda nada.