Mariposa (Reinas al mando 1)
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Capítulo 1 . Kade
Kade
—Joder, viejo, ¿cuándo piensas sentar la cabeza?
Sonrío como un demonio y miro a Booker.
—Eres insufrible, Caos. —Le dedico un corte de mangas—. Otro día más con la misma historia. ¿Tú ves que tenga tiempo para dedicarle a alguien? Nunca estoy en casa. No tendría sentido.
Estamos muy alto. Sobrevolamos las montañas en una zona de guerra a diez minutos de nuestro objetivo.
—¡Sargento maestro! —Una mano me toca el hombro.
Giro la cabeza con brusquedad hacia Owen Pearl, el soldado más joven del equipo. Es pelirrojo y tiene la nariz cubierta de pecas; su nombre en clave es Chico.
Aparta la mano en cuanto capta el mensaje de que no me gusta que me toquen. Ni siquiera me gusta hablar antes de las misiones, pero Booker es mi mejor amigo, por lo que con él hago una excepción. Pero ¿Chico? Más le vale tener una buena excusa.
Enarco la ceja de la cicatriz y, a pesar del pasamontañas con diseño de calavera, Chico percibe mi expresión molesta. Traga saliva y se revuelve en el asiento del Black Hawk.
—Se-señor, ¿permiso para hablar?
Claramente lo he intimidado por la forma en la que tartamudea y se mueve inquieto, además de su tic nervioso por excelencia.
Asiento.
—Solo quiero decirle que es un honor formar parte de esta misión. Todos le conocen. Todos están al tanto de sus entrenamientos con Grim. Aspiro a tener una carrera tan exitosa como la suya. ¿Algún consejo?
Me tenso. Frunzo el ceño y endurezco la mirada. Él me observa a la espera de que le dé una respuesta.
El Black Hawk gira bruscamente y provoca que todos los presentes se quejen y se agarren con fuerza.
—Joder, odio volar. —Booker se levanta el pasamontañas lo justo para dejar al descubierto la boca, coger una bolsa y echar la pota dentro.
Me río. El tío siempre se marea.
—Cabronazo, apunta hacia allí. —Le doy un empujoncito en el hombro hasta que se gira hacia Slater, situado a su lado—. Un consejo... —respondo pensativo. Saco mi último proyecto del bolsillo y trabajo en la calavera de Punisher para Adam. Me gusta tallar madera en mis ratos libres.
Un pedazo de madera cae al suelo mientras ladeo la cabeza y me encojo de hombros.
—Mantente con vida. Sobrevive.
Chico se ríe con ingenuidad y me mira boquiabierto. Sigue riéndose, como si esperara que fuera a unirme a sus carcajadas torpes y quebradas. Con el ceño fruncido, entrecierro los ojos.
—Ah, ¿lo decía en serio? —Se le borra la sonrisa.
No respondo.
—¿Y ya está? ¿Sobrevivir? —Mueve la mano, desconcertado.
—No te quedes paralizado —añado.
Me observa a la espera de que añada algo más, pero asiente cuando ve que no rompo el contacto visual.
—Vale. Genial. Supongo.
—¿Qué tal está tu hijo Adam? —gruñe Booker a mi lado. Su cara verdosa recupera el color poco a poco.
—No hablamos, pero, por lo que sé, le va bien. Su madre me contó que planea pedirle matrimonio a su novia de toda la vida. No la conozco, pero Penny habla maravillas de ella.
—¿Tiene un hijo? —Chico se mete en la conversación—.
Se lo pregunto porque... —Se lleva la mano enguantada al bolsillo y saca una ecografía en la que se ve un óvalo del tamaño de un guisante con una flecha apuntando hacia él y una marca que pone «Latido»—.
Oficialmente, soy el padre de este pequeñín —dice con orgullo.
Le brillan los ojos de puro entusiasmo—.
Todavía no sabemos el sexo, pero ojalá sea una niña.
Vengo de una familia de hombres, así que espero ser el primero en romper la maldición de los Pearl.
—Joder, Chico. ¿Ya te has puesto a tener hijos? ¡Si solo tienes veintiún años! —grita Booker por encima del estruendo que produce la maquinaria del helicóptero. Se inclina sobre mí y echa un vistazo a la foto que sostiene Chico.
—Yo lo tuve a los diecisiete, así que mejor me callo —mascullo.
—Bestia. Treinta segundos. —La voz robótica y estoica del piloto resuena en mi oído.
—Recibido.
Dejo mi pequeño proyecto a un lado y me guardo mi cuchillo favorito en el uniforme antes de hacerle una señal a los demás.
—¡Silencio!
Todos se ponen tensos, enderezan la espalda y cambian el chip.
Nos ponemos la máscara que llevamos en cada misión, y no me refiero solo a los pasamontañas.
Una especie de silencio inquietante nos envuelve antes de que comience la operación, siendo conscientes de que este vuelo en helicóptero podría ser el último.
Aseguramos la zona a pesar de la tormenta de arena que azota el pueblo. El trabajo está hecho. Todos volvemos a casa sanos y salvos.
Slater y Booker escoltan a uno de los objetivos, lo guían por la salida del edificio medio derruido.
El susodicho masculla una retahíla de palabrotas entre dientes y se resiste todo lo que puede.
Es un extremista responsable de la tortura a sangre fría y el asesinato de cientos de familias y soldados.
Chico no se aleja mucho. Echa un vistazo a nuestro alrededor, alerta, en busca de cualquier otra amenaza, aunque ya hemos asegurado la zona. Ha logrado tomarse la misión con calma, aprendiendo e interiorizando lo que le enseñamos los operadores veteranos.
—Buen trabajo, Chico —digo por encima del hombro.
Me recoloco el rifle sobre el hombro cuando lo veo en la esquina del pasillo. Mira a un lado, a solo unos metros de donde se encuentra. Se queda paralizado, con los ojos como platos, sin apartar la mirada del interior de una habitación que ya estaba asegurada.
—¿Chico?
Le tiemblan los dedos alrededor de la pistola.
Está dudando.
Mierda.
Dos disparos suenan y le atraviesan. Su cuerpo se sacude con cada impacto y cae al suelo de golpe. Los micrófonos se encienden y disparan preguntas una y otra vez.
—¡Hombre herido! ¡Hombre herido!
Corro hacia él y llevo a cabo aquello para lo que me entrenaron. Sigo las reglas del combate y neutralizo la amenaza con mi propia arma. Tres disparos y un hombre con la mirada cargada de odio cae al suelo.
Examino a Chico, quien ya está siendo atendido por nuestro personal médico designado.
Arrodillado, evalúo el daño.
Una bala le ha atravesado la carótida. Su corazón dejará de latir en treinta segundos.
Le quito el pasamontañas y me dejo caer a su lado en un charco de sangre.
Tiene el cabello rubio rojizo de punta por la electricidad estática.
La sangre le sale de la boca a borbotones.
Tose y respira con dificultad mientras intenta hablar.
«Quince. Catorce. Trece. Doce».
—D-dile a mi m-mujer que... —tartamudea débilmente. Se traga la sangre antes de continuar—. Q-que la quiero.
«Once. Diez. Nueve. Ocho».
—Lo sé, hermano. Estoy contigo. Todos estamos contigo.
«Siete. Seis. Cinco. Cuatro».
Junta los labios y, mientras las lágrimas resbalan por su pálido rostro, toma su último aliento.
«Tres. Dos. Uno».
Cierro los ojos con fuerza y aprieto los dientes con rabia.
Su primera misión y... está muerto en combate.
—No —susurro, inexpresivo—. Estaba a punto de ser padre... no .
—Se ha ido —informa Booker cuando todos entran para escoltar a Chico al MEDEVAC.
Joder.