Marigold Valley Capítulo 5
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Capítulo 5

Mia

—Ese maldito cabrón.

Las palabras me salen de la boca antes de poder cerrar del todo la puerta de la trastienda. Dejo caer el bolso sobre el escritorio —un trasto desvencijado que se tambalea con el golpe— y me giro hacia Hadley, que ya está sentada en una silla, como si nada.

—Supongo que tu investigación lo ha confirmado —dice Hadley, con voz serena ante mi tormenta.

—¿Que si lo ha confirmado? —recorro la pequeña habitación de un lado a otro, apartando de una patada una caja extraviada—.

Hadley, este hombre no es un simple ejecutivo.

Es el ejecutivo. Alexander Krum desayuna empresas.

Compra negocios solo para despiezarlos, ver cómo funcionan y vender los trozos con beneficio.

Es un buitre. Un depredador. Una... una infección bacteriana en traje de diseño.

Hadley arquea una ceja.

—¿Infección bacteriana? Qué específica.

—Es precisa —siseo mientras me paso la mano por el pelo, seguramente añadiendo más harina al desastre de mi moño—. Infecta un lugar, lo enferma y luego saca tajada de la cura. Y está aquí. En Marigold Valley. Con la academia de tu marido en el punto de mira.

Hadley suspira, y su fachada de calma se resquebraja lo justo para dejar ver las arrugas de preocupación alrededor de los ojos.

—Cash me lo contó. Se lo encontró en el recinto ferial. Dice que el tipo le ofreció dinero suficiente para comprar la luna.

Se me encoge el estómago.

—¿Y?

—Y Cash le dijo que se fuera a freír espárragos. Con educación, eso sí. Pero lo rechazó.

—Gracias a Dios —suelto el aire y me apoyo contra el metal frío del congelador industrial—. Pero eso no lo va a detener. Los hombres como él no oyen un «no». Oyen un «negocia más duro». Va a seguir volviendo, Hadley. Va a seguir rascando la herida hasta que sangre.

Hadley asiente.

—Lo sé. Cash también lo sabe. Pero aguantaremos el tipo. Siempre lo hacemos.

Entonces me mira, me mira de verdad, con esa inquietante perspicacia maternal que atraviesa todas mis defensas.

—Pero estamos hablando de Cash —dice con suavidad—. ¿Y tú qué? Se te ve... alterada.

—¡Pues claro que estoy alterada! —levanto los brazos al cielo—. Entró en mi tienda, insultó la decoración, me trató como si fuera una máquina expendedora y luego intentó amedrentarme a golpe de talonario. Pues claro que estoy alterada.

—Yo no llegué a hablar con él —dice Hadley—. ¿Cómo es? Como persona.

Me quedo callada un momento.

—¿Qué?

—Descríbemelo. Al enemigo. Conoce a tu enemigo, ¿no?

Cruzo los brazos y clavo la mirada en un estante de extracto de vainilla.

—Es... arrogante. Frío. Mira a la gente como si fueran variables de una ecuación que ya ha resuelto.

—Vaya. ¿Y cómo has sacado todo eso en tan poco tiempo, Mia?

—Soy observadora.

Trago saliva para disimular todo lo que me callo. Mi mente, traidora, evoca la imagen de él apoyado en mi mostrador, las líneas afiladas de su traje, sus manos contra el cristal.

—No tuve ocasión de verlo mucho. Pero sí que vi esos ojos grises y fríos que tiene.

—No te perdiste gran cosa —digo, y la voz me sale más baja de lo que pretendía—.

Es alto. Hombros anchos. De esos cuerpos que se trabajan en el gimnasio.

Pelo oscuro, perfectamente peinado. Ojos grises.

Como... nubes de tormenta. O acero. —Vacilo y añado—: Y por desgracia, le sienta muy bien el traje. Pero nada más.

Hadley me está mirando. Tiene una sonrisita cómplice bailándole en los labios.

—O sea —dice con sorna—, que estás diciendo que está bueno.

—¡Yo no he dicho eso! —protesto, notando cómo me arde la cara—. He dicho que le sienta bien el traje. A un maniquí también le puede sentar bien un traje. No significa que me lo quiera tirar.

—Has dudado —señala Hadley sin piedad—. Con lo de los ojos. Te has puesto un poco poética con lo del acero.

—¡Porque me miró como si quisiera desmontarme a mí también!

—Ya. —Hadley niega con la cabeza, divertida—. Bueno, tranquila. Cash dice que ha alquilado la Casa de Cristal, la de la cresta.

—¿La que construyó aquel informático y luego abandonó?

—Esa misma. Se va a quedar en el pueblo. Así que tendrás tiempo de sobra para analizarle la sastrería.

El corazón me da un vuelco estúpido y traidor.

Se va a quedar.

Aplasto el sentimiento, lo piso como a una cucaracha.

—Genial —murmuro—. Justo lo que necesitábamos. Un multimillonario cernido sobre nosotros desde la cresta como un villano de James Bond.

—¿Vas a estar bien? —pregunta Hadley mientras se levanta y se sacude la harina de los vaqueros—. ¿Si vuelve por aquí?

—Si vuelve por aquí —digo, entornando los ojos—, le voy a servir descafeinado y le diré que es espresso. Ojalá le hubiera escupido en el café esta mañana.

Hadley se ríe.

—Ay, Mia. Te conozco. No harías eso. Respetas demasiado el grano.

—Es verdad —admito con un mohín—. No lo haría. Es poco profesional. Y antihigiénico. —Un pensamiento perverso me cruza la mente—. Pero... quizá pueda hacer que lo haga Megan. Es nueva. Todavía no tiene mi código ético.

Hadley suelta una carcajada mientras se dirige a la puerta.

—Eres terrible. Llámame si vuelve a aparecer. Traeré las horcas.

—Hecho.

—No, no, no, así es como se hace. Lo deslizas con cuidado aquí dentro y luego al horno, que obviamente ya sabes que tiene que estar precalentado.

Guío las manos de Megan mientras sostiene la bandeja con las hogazas de masa madre sin hornear.

—Me da pánico que se me caiga —confiesa Megan, con los nudillos blancos aferrados a la bandeja de metal—. Es como sostener un bebé. Un bebé muy pesado y sin hornear.

—Es más resistente que un bebé —le aseguro, dando un paso atrás para secarme las manos con un trapo—. Hazlo con decisión. Si dudas, la masa huele el miedo. Es como un perro. O como un hombre.

Megan suelta una risita nerviosa y desliza la bandeja en el enorme horno industrial. Cierra la puerta de un golpe que hace temblar las sartenes colgadas en la pared.

—Perfecto —digo—. Ahora pon el temporizador a veinte minutos. Si se te olvida, acabamos con carbón, y el Sr. Jennings usará las hogazas quemadas como discos de hockey.

Han pasado dos días desde que Alexander Krum salió de mi tienda. Dos días de paz. Pero también dos días pegando un bote cada vez que un coche hace un ruido fuerte en la calle.

Intento convencerme de que lo he olvidado.

El impacto inicial de su presencia se ha desvanecido.

Es solo un tipo rico. Una anécdota sin importancia.

El hecho de que me recordara a un sueño erótico, y la intensidad de ese primer encuentro, fue pura adrenalina.

La novedad. Ahora, con cuarenta y ocho horas de distancia, he recuperado la cordura.

Es solo un tipo asquerosamente rico con una mandíbula de escándalo y muy mala actitud. Nada que no pueda manejar.

La campanilla de la puerta suena.

—Yo controlo el temporizador —dice Megan, señalando el reloj digital—. ¿Sales tú?

—Voy.

Me desato el delantal, me sacudo la harina de los vaqueros como puedo y cruzo las puertas batientes hacia la tienda.

—Bienvenido a The Sweetest Thing, ¿qué puedo…?

Las palabras mueren en mi garganta y el aire parece abandonar la habitación.

Ha vuelto.

Alexander Krum está plantado en el centro de la tienda, con el mismo aspecto que hace dos días y, sin embargo, completamente diferente.

El tiempo no lo ha atenuado. Si acaso, mi memoria había sido demasiado amable. Había suavizado sus aristas, lo había humanizado. Pero ahí, a contraluz con el sol de la mañana entrando por la ventana, resulta abrumador.

Esta vez lleva un traje azul marino, con la chaqueta desabrochada dejando ver una camisa blanca impecable que se tensa sobre su pecho. Me está mirando fijamente.

Y Dios, el olor.

Está a tres metros, pero su aroma me golpea como una ola: sándalo, algo fresco y metálico, como ozono, y cítricos caros. Emana de su piel, atraviesa el denso aroma a café y azúcar, invade mis sentidos hasta que es lo único que puedo oler.

El corazón me martillea frenético contra las costillas. Pum-pum-pum.

Me agarro al mostrador y me obligo a respirar. Intimidante, me recuerdo. Es intimidante. Eso es todo. Miedo. No atracción. Miedo.

Es solo perfume caro. Nada más.

Camina hacia el mostrador con una gracia inquietante, los pasos silenciosos y seguros. Se detiene en el mismo sitio que la otra vez y apoya una mano sobre la vitrina de cristal. Mi mirada baja hasta sus dedos: largos, cuidados, seguros de sí mismos.

—Necesito la contraseña del wifi —dice.

Eso es todo. Ni un hola. Solo una exigencia en esa voz grave de barítono que hace vibrar el aire entre nosotros.

Parpadeo y reprimo el impulso de alisarme el pelo.

—Buenos días a ti también. Estamos genial, gracias por preguntar.

Ignora el sarcasmo.

—Y necesito esa mesa de la esquina. La del enchufe.

Miro la mesa que señala. El mejor sitio de la casa. Vacía por ahora, menos mal.

—Esa mesa es para clientes que pagan —digo, cruzándome de brazos—. Y el wifi también.

—Pienso pagar —dice, sacando la cartera—. Necesito café. Y necesito trabajar.

—¿Trabajar? —alzo una ceja—. ¿Qué tiene que hacer exactamente un multimillonario en una pastelería de Marigold Valley? ¿No deberías estar en algún sitio… no sé, aplastando los sueños de huérfanos o especulando con el mercado de cachorros?

Entrecierra los ojos, pero sin verdadera hostilidad.

—Tengo un negocio que dirigir. Un negocio muy exigente. Y como esa mesa parece ser el único sitio en todo este pueblo con cobertura decente, tu tienda es mi única opción.

Me inclino hacia delante, incapaz de contenerme.

—Eres Alexander Krum —saboreo cómo alza una ceja ante mi observación—. Tu fortuna rivaliza con el PIB de un país pequeño. ¿No puedes simplemente… comprarte un satélite? ¿O mandar a uno de tus secuaces a instalar fibra óptica en la casa que has alquilado?

Se detiene. Su mano se queda quieta sobre la cartera. Me mira y su mirada se afila.

—¿Mi alquiler? —repite en voz baja. Una ceja oscura se arquea—. ¿Me estás vigilando, Mia?