Capítulo 28
Hadley
El Rodeo Benéfico es siempre el evento más importante de la temporada, pero este año la tensión es tan densa que casi se puede masticar. Las gradas están abarrotadas. Todo el pueblo ha acudido, atraído por los rumores, los escándalos y la promesa de un enfrentamiento.
Estoy entre bastidores, observando a través de la cortina. El aire en la arena está cargado de electricidad.
Arriba, en la sección VIP escalonada con plataformas de madera y asientos acolchados que ofrecen una vista panorámica, está sentado Wesley Baxter.
Parece un rey contemplando a sus súbditos.
Lleva un Stetson blanco impoluto que jamás ha visto un día de trabajo, y bebe de una copa de champán mientras se reclina al alcance de las unidades de refrigeración portátiles estratégicamente colocadas.
Tiene cara de satisfacción. Cree que ha ganado.
Cree que Cash está hundido, en bancarrota, listo para cederle su legado.
Me llevo la mano al bolsillo. Tengo mi propia arma.
—Sale en dos minutos, Dra. Monroe —susurra el director de escena.
—Estoy lista.
La voz del presentador retumba.
—Damas y caballeros, antes de pasar al evento principal, tenemos a una invitada especial que quiere decir unas palabras sobre la historia de nuestro rodeo local. ¡Demos la bienvenida a la Dra. Hadley Monroe!
Salgo a la arena. El foco me ilumina, cegador. No entrecierro los ojos. Lo acojo con los brazos abiertos. Agradezco la oportunidad de estar aquí, erguida y orgullosa. Hay una ola de aplausos, educados pero curiosos. Me conocen como la doctora, la madre soltera, la mujer del escándalo.
Camino hacia el micrófono en el centro de la arena. No llevo fichas. Solo un libro de registro encuadernado en cuero, con la cubierta agrietada y desgastada por el tiempo.
—Gracias —digo. Mi voz resuena—. Hace diez años, un joven vaquero fue expulsado de este pueblo. Lo acusaron de robar dinero del fondo de las monturas. Lo llamaron ladrón. Lo llamaron basura.
La multitud enmudece. Arriba, en el palco VIP, veo a Wes fruncir el ceño. Junto a los corrales, Thomas se pone rígido.
—Yo era joven entonces —continúo—. Y estaba asustada. Pero guardé algo.
Levanto el libro.
—Este es el registro de inventario del establo de aquel año. Lo encontré en la oficina del rancho antes de las reformas.
Abro el libro por una página marcada.
—El registro muestra que el dinero «desaparecido» de las monturas se transfirió en realidad al fondo de mantenimiento general el 12 de octubre. Firmado por Thomas Monroe.
Un jadeo colectivo recorre las gradas.
—Cash Reynolds no robó nada —digo, con la voz cargada de furia y de justicia—. Le tendieron una trampa. Era inocente. Y es el hombre más honorable que conozco.
Dejo caer el libro sobre la tierra. Aterriza con un golpe sordo.
—Y ahora —digo, señalando hacia los corrales—, vedlo montar.
La música estalla por los altavoces: rock duro y contundente. La puerta del Corral Número Uno se abre de golpe.
Cash sale montado en «Midnight Train». Al ver a ese monstruo de toro, no puedo evitar pensar que el nombre le viene que ni pintado.
La monta es brutal, salvaje. El toro es un monstruo que gira hacia la izquierda e intenta desmontarlo a base de fuerza centrífuga. Pero Cash está pegado a él. Hoy no monta con rabia; monta con alegría. Monta con la libertad de un hombre que ya no tiene nada que ocultar.
Su mano libre vuela en alto. Sus caderas contrarrestan cada movimiento del toro.
Es poesía en movimiento, determinación y gracia fundidas en una, un maestro de su oficio.
Parece disfrutar cada instante, y de algún modo esa energía se contagia a la multitud.
Enloquecen, absortos en él. No los culpo; yo estoy igual.
Suena el timbre.
Desmonta con un floreo y cae de pie. La multitud enloquece por completo. Gritan su nombre, golpean con los pies en las gradas metálicas hasta que toda la arena tiembla.
Cash agita el sombrero. Y luego camina hacia mí con el sudor goteándole por el rostro y el polvo cubriéndole las pestañas. Me agarra por la cintura y me atrae hacia él, justo ahí en el centro del ruedo.
—Has limpiado mi nombre —grita por encima del ruido.
—Solo he dicho la verdad —le grito.
Se inclina y apoya la frente contra la mía.
—Los últimos diez años han dolido, Hadley. No te voy a mentir. Pero tú... Tú y Becky... ahora sois todo lo que me importa. Nada más.
Me besa, fuerte y rápido, y luego se aparta.
—Pero me queda una rata por exterminar —dice.
Sube al escenario y coge el micrófono, luego hace una señal a la cabina de sonido. La música se corta. La pantalla gigante del Jumbotron sobre el marcador parpadea y cobra vida.
—¡Gracias, Marigold Valley! —grita Cash—. Qué bien sienta estar en casa. Pero antes de terminar esta noche, quiero hablar del futuro de Reynolds Ride.
Se gira y señala directamente al palco VIP.
—Wesley Baxter —dice Cash—. Has venido hoy a comprar mi empresa. Pensabas que estabas comprando a un hombre desesperado.
En la pantalla grande aparece un documento. Es un correo electrónico.
De: W. Baxter. Para: Dirección de Fábrica de Guanajuato. Asunto: Reducción de costes.
«Cambiad al cuero de Grado C. Usad costuras sintéticas. Si se rompe en tres meses, eso es obsolescencia programada. Bajad el coste unitario».
Un murmullo recorre la multitud. Los vaqueros se miran las botas, cayendo en la cuenta de que les han vendido basura.
—Eso es fraude, Wes —dice Cash—. Pero son solo negocios, ¿verdad?
La pantalla cambia. Es un extracto bancario.
Transferencia: 50.000 $. Destinatario: T. Miller, Investigaciones Privadas.
Concepto: Trapos sucios de Reynolds.
—Acoso —dice Cash—. Invasión de la privacidad.
En el palco VIP, veo a Wes ponerse de pie. Está volcando sillas, intentando llegar a la puerta.
—Y finalmente —dice Cash, con la voz convertida en un gruñido—. La confesión.
La pantalla se vuelve negra. Aparecen ondas de audio en verde.
Petunia pulsa reproducir.
«Hundí las acciones para enterrarte. Les dije a todos que eras incompetente... Les dije a los proveedores que habías vuelto a beber... Hundí las acciones para comprar los restos por cuatro duros».
La voz de Wes retumba por los altavoces del estadio, clara como el agua. La arrogancia, la malicia, la confesión.
«Que levantes a un hombre de las cenizas no te convierte en el dueño de su alma».
La grabación termina.
Silencio. Absoluto, pesado.
Entonces empiezan los abucheos. Nacen bajos, un rumor en la garganta de la multitud, y crecen hasta convertirse en un rugido. La gente se vuelve hacia el palco VIP, señala, grita.
Miro hacia arriba. Wes está pegado al cristal. Tiene el rostro blanco como la cera. Detrás de él, los tres inversores que trajo se levantan. Uno está al teléfono. Los otros dos se marchan, dejando a Wes solo.
Mira hacia el ruedo. Sus ojos se cruzan con los de Cash.
Cash no sonríe. Solo se lleva la mano al ala del sombrero.
—El trato se acabó, Wes —dice Cash al micrófono—. Mi empresa no está en venta. Y yo tampoco.
Deja caer el micrófono en la tierra.
Los agentes de policía ya suben las escaleras hacia la sección VIP. Petunia debió de enviar el paquete al fiscal del distrito hace una hora.
Cash se vuelve hacia mí. Me rodea el hombro con el brazo, protegiéndome de la locura, igual que hizo en la casa. Pero esta vez no nos escondemos.
—Vamos a buscar a nuestra hija —dice.
Salimos juntos del ruedo, dejando atrás el ruido, la fama y la ruina de los villanos.