Capítulo 20
Hadley
El cielo sobre Marigold Valley se oscurece. Sucede en lo que parece un instante.
En realidad, empieza sobre las dos de la tarde.
Primero, un tono enfermizo verde-púrpura se extiende sobre las montañas como una pesada cortina, y para las tres, la lluvia arrecia de verdad.
Al principio, confío en que sea solo una llovizna.
Pero qué va. Se convierte en un auténtico diluvio, una cortina vertical de agua que golpea el pavimento con fuerza suficiente para rebotar hasta las rodillas.
De pie junto a la ventana delantera de la clínica, observo cómo el aparcamiento se transforma en un lago. En un abrir y cerrar de ojos, mi sedán tiene quince centímetros de agua marrón y arremolinada hasta los bajos. Y el nivel no para de subir.
—¿Mamá?
Becky, sentada en la pequeña mesa de colorear de la sala de espera, parece diminuta bajo la tenue luz de la clínica.
La electricidad se había cortado diez minutos antes, dejándonos en una penumbra gris.
Ahora aguantamos aquí, iluminadas solo por las señales de salida de emergencia y los ocasionales relámpagos que rasgan el cielo.
—Está bien, cariño —digo.
Tengo la voz tensa, pero me esfuerzo por aparentar una calma que no siento.
—Solo es una tormenta de verano. Pasará.
—No me gustan los truenos —susurra—. Son demasiado fuertes. Y cuando lo hacen temblar todo, me asustan.
—Lo sé. Pero los truenos suenan muy, muy lejos. No tienes por qué preocuparte.
Al oír eso, me lanza una mirada escéptica que me arranca una risita.
—Pasará pronto, cariño. No te preocupes.
Una alerta de emergencia suena en mi teléfono; es un sonido estridente que nos hace dar un respingo a las dos.
El arroyo que atraviesa el centro del pueblo se ha desbordado, y las carreteras más bajas han desaparecido.
Vuelvo a mirar por la ventana y veo que el agua ha subido al menos otros quince centímetros.
Deberíamos habernos ido hace una hora.
Culparse a una misma no sirve de nada. Lo sé porque se lo había repetido a Becky muchas veces: lo mejor es centrarse en las posibles soluciones y no en la parte de culpa que te toca.
Pero saber y sentir son dos cosas muy diferentes.
Había estado enterrada en papeleo de seguros, buscando un resquicio legal para combatir la orden judicial que Thomas presentó.
Tan concentrada en salvar el edificio, que estúpidamente había terminado atrapándonos dentro de él.
El miedo me eriza la nuca. Es una sensación fría que me deja las piernas como fideos.
No puedo conducir con esto. Lo sé. En el mejor de los casos, el coche se me calará antes de llegar siquiera a la carretera principal.
Tampoco puedo ir andando, no con Becky. Estamos atrapadas.
Miro hacia mi teléfono en el mostrador de recepción.
No puedo llamar a papá por mil razones, ni siquiera a Colt.
Solo queda una persona que sé seguro que podría ayudar.
Alguien que conduce una camioneta elevada que desayuna barro.
Cash.
Pero no puedo llamarlo. Estuvo en este mismo vestíbulo hace apenas unos días y me dijo que era tóxico. Que me estaba salvando al marcharse. Si lo llamo ahora, seré esa damisela en apuros que lo arrastra de vuelta al lío justo cuando intenta pasar página.
Así que decido esperar a que pase la tormenta.
Tengo los dedos aferrados al alféizar de la ventana cuando suena el teléfono. El sonido retumba en la habitación silenciosa, y el corazón me martillea en el pecho mientras lo cojo.
Cash.
Me quedo mirando el nombre durante un largo segundo. Se me cierra la garganta. Deslizo el pulgar por la pantalla y contesto.
—¿Diga?
—¿Dónde estás? —Su voz suena ronca, urgente. Nada de rodeos ni cortesías.
—Estoy... estoy en la clínica —admito.
—¿Becky está contigo?
—Sí. La recogí del colegio antes de que llegara la tormenta.
—Quédate ahí —ordena—. No cojas el coche. El puente de la comarcal 9 se lo ha llevado el agua. La corriente es demasiado fuerte.
—No iba a conducir —digo a la defensiva, aunque el alivio me debilita las rodillas.
—No puedes esperar a que pase. El pronóstico dice que van a caer otros diez centímetros en la próxima hora. La clínica está en zona inundable, Hadley. Si el arroyo sube otros treinta centímetros, ese edificio se va a llenar de agua.
Miro hacia abajo, donde el agua ya lame el último escalón.
—Yo... no sabía que era tan grave.
—Voy a recogeros.
—Cash, no —digo por instinto—. Tú tampoco puedes conducir con esto. Tu hombro...
—Voy para allá —repite. Su tono no admite discusión—. Cierra con llave. Aléjate de las ventanas. Estaré ahí en diez minutos.
La línea se corta y bajo el teléfono con la mano temblorosa. Va a venir. Aunque me dejó. Aunque está lesionado.
—¿Viene el tío Cash? —pregunta Becky, ahora de pie a mi lado.
—Sí, cariño —digo, acariciándole el pelo—. Va a venir.
Los siguientes diez minutos son los más largos de mi vida. La lluvia sigue golpeando el tejado como si fueran piedras. Becky ya está visiblemente preocupada, así que la subo a mi regazo en un rincón y tarareo una canción que no recuerdo haber aprendido.
Entonces veo unos faros que cortan la penumbra.
La enorme silueta negra de la camioneta de Cash atraviesa el agua y levanta una ola de casi dos metros.
Se detiene frente a la entrada principal, sube el bordillo de un salto, y Cash baja de un brinco.
Lleva un chubasquero amarillo sobre la ropa y el sombrero calado hasta las cejas.
Quito el cerrojo y empujo la puerta. El viento me la arranca de las manos.
—¡Vamos! —grita por encima del rugido—. ¡Coge el bolso!
Entra con una intensidad que lo convierte menos en un hombre y más en un torbellino de nailon mojado y determinación. Tiene un aspecto terrible, eso lo veo enseguida. Está pálido, con ojeras. Pero su mirada sigue clavada, penetrante. Se agacha y hace una mueca cuando el hombro malo le da un tirón.
—Hola, Beck —grita, tratando de parecer animado—. ¿Lista para un paseo en barco?
Becky asiente, aterrorizada pero con una confianza ciega en él. La coge con el brazo bueno y la alza sobre la cadera.
—Hadley, quédate justo detrás de mí —ordena—. Agárrate a la trabilla del cinturón si hace falta.
Salimos al caos de la tormenta. El agua está helada, y cuando me golpea las pantorrillas, me tenso, sobresaltada. Cash, sin embargo, es un muro sólido contra el viento. Se mueve con determinación, protege a Becky con el cuerpo y la deposita en el asiento trasero con un movimiento suave y ágil.
—¡Adentro! —me grita.
Me subo a la cabina de un salto y él corre hasta el lado del conductor. Cuando sube, está empapado, le cuesta respirar, el rostro pálido de dolor.
—¿Estás bien? —pregunto mientras alargo la mano para tocarle el brazo.
—Bien —gruñe mientras pone la camioneta en marcha atrás. Sus movimientos son torpes mientras intenta maniobrar con el cabestrillo puesto—. Vamos a llevarte a casa.
El trayecto es una pesadilla, voy agarrada al asiento con todas mis fuerzas.
Apenas veo nada con el diluvio, y no entiendo cómo se las arregla para sortear los charcos profundos, pero Cash conduce con una destreza que asusta.
Cuando por fin llegamos a mi entrada, en terreno más alto, suelto un suspiro que es mitad sollozo, mitad plegaria.
—Lo logramos —susurro.
Cash entra con Becky en brazos y la deja de pie sobre la alfombra. Está temblando. No la culpo.
—Bien —digo, activando el modo mamá—. Baños. Ya. Cash, hay toallas en el armario del pasillo.
Asiente. Parece fuera de lugar en mi vestíbulo, chorreando agua sobre el suelo de madera. —Yo... probablemente debería irme.
Me vuelvo hacia él, incrédula. —¿Estás loco? ¡Mira afuera, Cash! Acabas de cruzar un río con la camioneta. No pienso dejarte volver a salir con esto.
—Estoy empapado. Voy a arruinarte los suelos.
—¡Me dan igual los suelos! —Le agarro el brazo bueno—. Te quedas.
Duda, mirando la puerta como si quisiera huir, pero luego mira a Becky y toda resistencia lo abandona. —Vale —dice en voz baja.
Una hora después, la casa está caldeada. Becky duerme en el sofá y Cash está sentado en el sillón junto a la chimenea, con unos pantalones de chándal viejos de mi padre. Entro con dos tazas de chocolate caliente.
—Gracias —dice con voz ronca.
—Estás loco, Cash. Gracias a ti. Muchísimas gracias.
No responde. Me siento en el otro extremo del sofá y lo observo. Parece atormentado. El hombre con el que hablé hace unos días ha desaparecido, y en su lugar solo queda este cascarón.
—¿Qué tal el hombro?
—Ahí sigue —dice—. Palpitando. Pero el hielo ha ayudado.
—No deberías haber conducido. No con un solo brazo.
Me mira por encima del borde de la taza, con los ojos oscuros. —No iba a dejar que te llevara el agua, Hadley.
—Dijiste que ibas a mantenerte alejado —le recuerdo con suavidad—. Dijiste que eras tóxico.
—Lo soy —dice sin rodeos—. Pero hasta el veneno tiene sus usos. Como matar malas hierbas. O cruzar riadas con una camioneta.
Es un chiste negro, pero ninguno de los dos se ríe.
—Pareces cansado, Cash. Y no me refiero a que tengas sueño. Me refiero a... cansado del alma.
Aparta la mirada y se queda contemplando las llamas. —Ha sido una semana larga.
Noto el peso de los secretos aplastándolo, pero mantiene el muro levantado.
—Becky también parece cansada —dice, cambiando de tema.
—Es la tormenta —digo—. El miedo agota.
—Sí —murmura—. Ya lo creo.
Lo estudio de arriba abajo. Las líneas duras de la mandíbula, la vulnerabilidad de la garganta expuesta... Mi mirada se detiene ahí mientras mis pensamientos divagan.
Vino a por nosotras. A pesar de todo, vino. Las grietas entre nosotros son profundas, inundadas de historia y dolor, pero sentada aquí en la calma de la tormenta, me doy cuenta de que el puente aún no se ha derrumbado.
—¿Cash?
Abre un ojo.
—Gracias. Por salvarnos.
Me mira durante un largo rato. Luego cierra los ojos de nuevo.
—No te salvé, Hadley —susurra, con la voz apenas audible bajo la lluvia—. Solo retrasé lo inevitable.
No discuto. Me limito a beber mi chocolate y a observarlo mientras se sume en un sueño inquieto, sabiendo que por esta noche, al menos, está a salvo. Está seco.
Y está aquí.