Marigold Valley Capítulo 21
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Capítulo 21

Cash

Han pasado tres días desde que dormí en casa de Hadley y me escabullí al amanecer, y no me han dado el respiro que esperaba. Si acaso, todo ha empeorado. No quiero estar solo, pero no puedo evitarlo. No puedo estar con ellas, aunque no desee otra cosa.

Ahora, el silencio de esta casa es distinto al de cualquier otro lugar. En el terreno del rodeo, casi terminado, el silencio me ofrece una paz que me han negado durante mucho tiempo, pero aquí, en este espacio «temporal», solo hay una espera interminable.

Sentado a la mesa de la cocina, miro fijamente la pantalla del portátil, tratando de entender las métricas de relaciones públicas que me envió Petunia.

El hombro me palpita; el maldito nunca deja de palpitar del todo.

Alargo la mano hacia el frasco de analgésicos, pero dudo.

Odio cómo difuminan los bordes del mundo.

El dolor, indiferente a mis intentos de evitar una futura dependencia —lo he visto pasar demasiadas veces como para no reconocer su atractivo seductor—, alcanza un crescendo que ya no puedo ignorar.

Abro el tapón.

Mi teléfono suena en ese preciso momento. Una señal de arriba para soltar las pastillas y mover el culo. Quizás.

Giro el móvil y me quedo inmóvil.

Hadley.

No hemos hablado desde la inundación. Me fui de su casa al amanecer. Largarme al alba no es nada nuevo para mí; he hecho el «paseo de la vergüenza» demasiadas veces como para que me importe.

Me quedo mirando la pantalla, paralizado, atrapado en medio de una guerra que me desgarra el pecho. Quiero contestar. Dios, quiero oír su voz. Pero sé que contestar sería egoísta.

Eres el barco que se hunde, recuerda, Cash.

El teléfono deja de sonar.

Y entonces, de inmediato, vuelve a sonar. Esa no es una llamada casual. Ahora lo sé.

Deslizo el dedo por la pantalla y me llevo el teléfono a la oreja.

—¿Hadley?

—¡Cash! —su voz es un desgarro que atraviesa el aire. Aguda, tenue, absolutamente aterrorizada—. Cash, tienes que… No sé a quién más… por favor.

—Hadley, respira —digo, y me levanto tan rápido que la silla chirría contra el suelo—. ¿Qué pasa? ¿Es Thomas?

—Es Becky —solloza. Su llanto es algo visceral que me desmantela las defensas en un instante—. Se desmayó. En la escuela. Me llamaron… no despertaba… la ambulancia…

Apenas puedo procesar sus palabras, pero entiendo lo suficiente. El frasco de pastillas se me cae al suelo y los comprimidos blancos se esparcen por el linóleo.

—¿Dónde estás? —ladro mientras me lanzo hacia la puerta, ignorando la punzada de dolor en el hombro. Comparado con mi estado mental, no es más que el zumbido de un mosquito.

—Hospital General del Condado. Estamos en urgencias. Están haciendo pruebas… está tan pálida, Cash. Está tan pálida.

—Voy para allá. No te muevas.

No recuerdo salir de la casa ni el trayecto. Incluso la carretera es solo un borrón de asfalto.

Se desmayó.

Mi mente vuelve al parque. A cómo se dejó caer pesadamente en la tierra, y cómo su energía se esfumó como una vela apagada de un soplo.

«Siento las piernas pesadas».

Se lo había dicho a Hadley. Le había advertido. Pero no hay satisfacción en tener razón. Solo un pavor frío y nauseabundo que se acumula en mis entrañas.

«Tiene seis años, siete como mucho…», me digo mientras agarro el volante con una mano. «Los niños se desmayan; es normal. Podría ser insolación. Es verano, por el amor de Dios. Quizás solo sea un virus».

Pero el miedo es desproporcionadamente grande dentro de mí.

Abandono la camioneta en la zona de carga de urgencias, sin importarme si se la lleva la grúa. Cruzo las puertas automáticas a la carrera y el olor a antiséptico me golpea como un puñetazo.

—Rebecca Monroe —digo con voz ronca a la enfermera detrás del cristal—. ¿Dónde está?

—Solo puede pasar la familia, señor.

—Soy… —dudo. La palabra se me atraganta. ¿El ex de su madre? ¿El tipo que le compra helados?

—Soy su padre —miento. Las palabras me pesan en la lengua, manchadas de algo prohibido. Pero me abren la puerta, y eso es lo que importa.

—Habitación cuatro —dice la enfermera, y su mirada se suaviza al ver mi aspecto desquiciado.

Corro. Aparto la cortina de la habitación cuatro de un tirón y veo a Hadley de pie junto a la cama, aferrada a la barandilla metálica.

En la cama, imposiblemente pequeña contra las sábanas blancas, está Becky.

Conectada a monitores. Le han pegado una vía intravenosa en la pequeña mano con esparadrapo.

Su piel tiene el color del pergamino, traslúcida y frágil. Tiene los ojos cerrados.

—Hadley —susurro.

Se da la vuelta y revela un rostro devastado por el miedo, surcado de lágrimas. Se derrumba contra mí cuando doy un paso adelante, y la rodeo con el brazo bueno para sostenerla mientras solloza contra mi pecho.

—Simplemente… se cayó —llora Hadley—. La maestra dijo que se desplomó sobre el pupitre. No despertaba, Cash.

—Shh. Está aquí. Mira el monitor. Ahí está su latido. Es fuerte. Está aquí y está bien, Hadley.

Nos quedamos ahí, aferrados el uno al otro, y permanecemos así incluso cuando la cortina se abre de nuevo.

Entra un médico. Es un hombre mayor con aspecto serio pero tranquilo.

—¿Dra. Monroe?

Hadley se aparta de mí y se seca la cara frenéticamente. —¿Qué pasa? ¿Está bien?

—Está estable —dice el médico con delicadeza—. Sus niveles de glucosa estaban críticamente bajos: hipoglucemia. Eso causó el síncope. Le hemos puesto un goteo de dextrosa y está respondiendo. Debería despertarse pronto.

Hadley suelta un suspiro que suena a plegaria. —Bajada de azúcar. Vale. Eso podemos manejarlo.

—No es solo por la comida —continúa el médico, pasando una página de su portapapeles—. Dada la gravedad del colapso, le hicimos un análisis completo. Encontramos niveles significativamente bajos de IGF-1.

Hadley se queda inmóvil. Es médica; sabe lo que eso significa. Yo no.

—¿Qué es eso? —pregunto con la voz ronca, asustado por la expresión horrorizada de Hadley.

—Factor de Crecimiento Insulínico —susurra Hadley, tan pálida que su rostro parece un trozo de pergamino.

—Correcto —dice el médico—. Combinado con su cuadro clínico (la fatiga, el retraso en el desarrollo dental), todo apunta a un diagnóstico de deficiencia de hormona del crecimiento. DGH.

Frunzo el ceño mientras miro el cuerpecito diminuto de Becky. —¿Hormona del crecimiento? ¿Quiere decir... que por eso es tan pequeña?

—Sí —dice el médico. Me mira y luego vuelve a la gráfica—. Es tratable. Pero explica por qué su cuerpo trabaja el doble para crecer la mitad. La está agotando.

Hace una pausa y golpetea la gráfica con el bolígrafo. —Sin embargo, lo que me preocupa es que esto haya pasado desapercibido tanto tiempo. Normalmente lo detectamos cuando se salen de la curva de crecimiento, hacia los cuatro o cinco años.

Hadley guarda silencio. Mira al suelo, rígida como una piedra.

—Di por hecho que simplemente era... menuda —dice Hadley con la voz apenas audible—. Como mi madre.

—Es fácil que pase desapercibido —le asegura el médico—. Pero si comparamos su edad ósea con su edad cronológica, la discrepancia es significativa. Está en el percentil cinco de altura y peso para una niña de nueve años.

El tiempo se detiene en la habitación. Lo noto, y por la expresión pensativa del médico, él también. El pitido del monitor cardíaco parece alargarse en un tono continuo y plano mientras el aire parece escaparse del cubículo.

Parpadeo y sacudo ligeramente la cabeza.

—Disculpe —digo, con las palabras espesas en mi boca, como mantequilla de cacahuete—. ¿Ha dicho... nueve?

El médico me mira confundido. —Sí. Su fecha de nacimiento es el 12 de mayo de hace nueve años. Tiene nueve años y dos meses.

Nueve.

Miro a Becky. En mi mente veo las botitas de agua, el caballo de peluche, y cómo la llevé en brazos durante la inundación, asombrado de lo poco que pesaba.

Tiene seis años, insiste mi cerebro. Tiene que tener seis.

Hadley se había marchado de Marigold Valley un par de años después que yo y había tenido una hija con otro. Eso es lo que siempre había pensado, demasiado asustado para preguntarle.

Pero el médico ha dicho nueve.

Miro a Hadley. No mira al médico. Ni siquiera a Becky. Me mira a mí. Y en sus ojos no veo confusión, solo terror.

Nueve años.

Mi cerebro, normalmente lento para los cálculos, de repente se convierte en una máquina. Hace las cuentas con una velocidad brutal, implacable. Tiene nueve años. Súmale nueve meses de embarazo. Son casi diez años.

Hace diez años. Mayo. Hace diez años, en mayo, yo tenía veintidós y estaba haciendo las maletas para largarme de Marigold Valley en plena noche porque Thomas Monroe me había dicho lo que me haría si no me iba.

Y hace diez años, en mayo... pasé todas y cada una de las noches en la cama de Hadley Monroe.

La revelación me golpea como un tren. Me golpea más fuerte de lo que el toro jamás lo hizo.

Más fuerte que las noticias sobre mi empresa.

Es como si el suelo se hubiera disuelto y estuviera cayendo al vacío.

Retrocedo un paso y mi hombro choca contra el carro médico.

Los instrumentos traquetean, pero no les presto atención. No puedo.

—Cash —susurra Hadley. Es una súplica. No tengo fuerzas para atender súplicas.

La miro a ella, luego a la niña en la cama, y después a los ojos color avellana de Becky (cerrados ahora, pero los conozco). Recuerdo a la camarera. «Clavadita a su padre», había dicho. Cuánta razón tenía. Recuerdo lo que sentí cuando la cogí en brazos. La gravedad.

No era gravedad. Era la sangre llamando a la sangre.

Me había dicho que su padre se había ido, y yo había querido matar al cabrón por romperle el corazón a esa niña. Sería cómico si no fuera tan jodidamente irónico.

—Tiene nueve años —digo. Mi voz es irreconocible. Es la voz de un desconocido.

—Cash, por favor. —Hadley da un paso hacia mí—. Déjame que te lo explique.

Retrocedo cuando intenta tocarme, como si fuera radiactiva.

—Nueve años —repito, con ganas de vomitar—. Tú... me dejaste creer...

—¡Intenté decírtelo! —sisea entre lágrimas—. ¡Lo intenté! ¡Te fuiste! ¡Desapareciste!

—¡Volví! —rujo.

El médico retrocede, alarmado. —Señor, necesito que baje la voz.

Lo ignoro. Mi mundo entero se ha reducido a la mujer que tengo delante y a la mentira con la que me ha estado engañando día tras día durante semanas. Me había mentido a la cara todos los días. Y nunca le había remordido la conciencia; nunca había dicho nada.

—Volví —digo, con la voz temblando de una rabia tan profunda que la siento fría—. Llevo dos meses aquí. He comido en tu mesa. Le curé el raspón de la rodilla.

Señalo la cama con un dedo tembloroso.

—Me dejaste creer que era de otro. Me dejaste ahí sentado, preguntándome quién era el padre. Me dejaste consumirme de celos por un fantasma.

—¡Tenía miedo! —grita Hadley—. ¡Dijiste que eras tóxico! ¡Dijiste que te ibas! ¿Qué querías que hiciera?

—¡Es mi hija!

Las palabras me desgarran al salir. Quedan suspendidas en el aire, vibrando con su verdad.

Mi hija.

Vuelvo a mirar a Becky. Y esta vez, el velo ha desaparecido. No veo a una «niña menuda y frágil». Me veo a mí mismo. Veo la nariz que me rompí en el instituto. Veo las manos que sujetaban la pulsera de colores.

La pulsera.

Bajo la mirada a mi muñeca. La trenza verde y naranja sigue ahí. Un regalo de una niña que no sabía que existía. Una hija de la que me perdí nueve años. Me perdí sus primeros pasos, su primera palabra, incluso el día en que se le cayeron las paletas.

Estuve sumido en la soledad, creyéndome solo. Y ella estaba aquí.

El dolor me golpea entonces, en guerra con la rabia. Me arrastra como un maremoto.

—Me los robaste —susurro, mirando a Hadley horrorizado—. Me robaste nueve años.

Becky se remueve en la cama. Un leve gemido escapa de sus labios.

Me quedo paralizado.

—¿Mamá? —grazna.

Hadley corre a su lado.

—Estoy aquí, cariño.

Becky abre los ojos. Están adormilados, confusos. Pasan de largo a Hadley y se posan en mí.

—¿Tío Cash? —susurra.

El nombre me atraviesa como un cuchillo en el estómago.

Tío.

Es una mentira. Una etiqueta que tapa la verdad para mantenerme a distancia.

La miro. Quiero ir hacia ella. Quiero caer de rodillas junto a la cama y cogerle la mano. Pero no puedo. Porque tiemblo de una ira tan volátil que temo arruinarlo todo si la expreso delante de ella.

No puedo seguir en esta habitación.

Hadley ve la decisión en mis ojos.

—Cash —suplica—. No te vayas.

La miro por última vez. Veo a la mujer que amo, y veo a la desconocida que guardó el mayor secreto de mi vida. No sé cómo reconciliarlas.

—Tengo que irme —logro decir con voz ahogada.

Me doy la vuelta y salgo. Salgo de la habitación, recorro el pasillo, atravieso las puertas dobles hacia el aparcamiento. Llego al borde del asfalto antes de que me fallen las piernas. Me apoyo contra la pared de ladrillo, boqueando, agarrándome el pecho.

Es mía.

Me deslizo por la pared hasta quedar sentado en el hormigón. Hundo la cabeza entre las manos y dejo escapar un sonido que es mitad sollozo, mitad grito.

«El deporte más solitario del mundo».

Como casi todo en mi vida, la soledad había sido una mentira. Nunca estuve solo. Solo estuve ciego.