Marigold Valley Capítulo 15
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Capítulo 15

Cash

Se me dan fatal las disculpas. Y también tengo ese orgullo del que advierte la Biblia.

Por eso estoy aquí sentado en mi casa, muriéndome por ver a Hadley, pero a la vez totalmente incapaz de hacer lo que hace falta para arreglar el desastre que provoqué.

Sería cómico si no fuera tan triste.

He pasado las últimas doce horas mirando las paredes del salón, con el silencio de la casa aplastándome como un peso físico. El eco de nuestra discusión flota en el aire; algo repugnante.

No sabes lo que es ver cómo tu mundo se desmorona.

Dije eso. A la mujer que crió a un hijo sola. A la mujer a la que van a echar de su casa. A la mujer cuyo padre la persigue como si fuera una pieza de caza.

Me paso la mano por el pelo, agarrando los mechones hasta que me duele.

Soy un idiota. Un idiota colosal, terco y cegado por el orgullo.

Arremetí porque tenía miedo. Porque mirarla —tan competente, tan hermosa, tan buena— me hace sentir un fraude.

Me hace sentir como el pobre mozo de cuadra que no tiene derecho a tocar siquiera el dobladillo del vestido de la princesa, y mucho menos a dormir en su cama.

Y en lugar de decirle eso —en lugar de admitir que me estoy ahogando y que necesito que sea mi tabla de salvación— la aparté. La acusé de estar a salvo cuando ella está al borde del mismo precipicio que yo.

Gimo, y el sonido raspa contra la habitación vacía.

—Arréglalo, Reynolds —le ordeno al aire—. Mueve el culo y arréglalo.

Cojo las llaves y salgo hacia la camioneta. El motor ruge al arrancar, un sonido familiar y reconfortante. Salgo marcha atrás del camino de entrada y me dirijo al pueblo.

Sé que no estará en casa. Es sábado. Su día libre.

Lo sé no porque la esté acosando, sino porque me acuerdo.

Incluso hace diez años, Hadley no podía quedarse quieta en casa más de una hora.

Siempre estaba deseando salir: trepar al viejo roble junto al arroyo, correr carreras de barriles hasta la puesta de sol, conducir con las ventanillas bajadas solo para sentir el viento.

Era tan marimacho entonces. Rodillas raspadas, tierra bajo las uñas, el pelo perpetuamente enredado en una coleta descuidada. Nunca imaginé que acabaría así, tan femenina. Los vestidos que se ciñen a sus curvas, los rizos suaves, la forma en que se mueve con una elegancia deliberada y grácil.

Pero su esencia no ha cambiado. Esa veta de terquedad no ha desaparecido. Si acaso, se ha vuelto más fuerte. Es lo bastante terca como para guardar rencor hasta que el sol se apague, lo que significa que si quiero su perdón, tengo que ir a ganármelo.

Paso por la clínica. Cerrada.

Paso por el parque. Vacío, salvo por unos adolescentes que hacen el vago junto a los columpios.

Solo queda un sitio. The Sweetest Thing.

Hadley tiene una debilidad por los rollos de canela de Mia que roza la adicción. Si está lamiendo sus heridas —o alimentando una rabia ardiente, que es más probable— estará allí, a base de azúcar y cafeína.

Aparco la camioneta frente a la panadería. La campanilla sobre la puerta tintinea alegremente cuando entro, un sonido que chirría de alegre comparado con la tormenta que se cuece en mis entrañas.

El olor me golpea primero: levadura, vainilla y el aroma intenso del café. El local está lleno, abarrotado con el gentío del sábado por la mañana.

Recorro el local con la mirada, buscando la curva familiar de su espalda o el halo de su pelo oscuro.

La veo en una mesa junto a la ventana. Pero no está sola.

Me quedo clavado en el suelo de madera. Hadley está sentada frente a un hombre.

No lo conozco. Parece del pueblo: camisa de franela, bien afeitado, pelo engominado hacia atrás de una forma que sugiere que pasa más tiempo delante del espejo del que yo paso en una semana.

Está inclinado hacia ella, diciendo algo, y Hadley…

Hadley se está riendo.

Tiene la cabeza echada hacia atrás, dejando al descubierto la línea larga y elegante de su garganta. Sonríe, una sonrisa auténtica que le ilumina los ojos. El tipo de sonrisa que solía dedicarme antes de que lo estropeara todo.

Verla así me golpea como un puñetazo en el plexo solar. La envidia, ardiente y ácida, me inunda las venas. No son solo celos; es algo posesivo y feo que me ruge en los oídos.

¿Quién es ese?

¿Por qué la hace reír?

Y lo más patético de todo: ¿por qué no me echa de menos?

El pensamiento es egoísta y arrogante, y lo sé, pero no puedo evitarlo. Quiero que esté hundida. Quiero que me eche de menos, no que comparta pasteles con un aspirante a modelo de Abercrombie and Fitch mientras yo me destrozo de culpa.

Observo cómo el tipo alarga la mano por encima de la mesa y le toca la suya. Solo un roce, un gesto amistoso.

Se acabó.

Avanzo y mi presencia corta la panadería como una guadaña. Las conversaciones se apagan a mi paso. Me da igual. Tengo los ojos clavados en esa mano que le toca la piel.

—Hadley —digo.

Mi voz sale más grave de lo que pretendía, ronca de algo innombrable.

Hadley deja de reír en el acto. Levanta la vista y la transformación es inmediata. La luz abandona sus ojos. Su rostro se cierra; la calidez da paso a una máscara helada y cautelosa.

—Cash —dice. Su tono es plano—. ¿Qué haces aquí?

El tipo me mira, luego a Hadley, luego otra vez a mí. Retira la mano, consciente de la repentina caída de la presión atmosférica. Se levanta y se sacude las migas de los vaqueros.

—Debería irme, Hadley —dice, y me dedica un gesto cauteloso con la cabeza—. Gracias por el consejo sobre la… eh, rodilla.

—De nada, Mark —dice Hadley sin mirarlo. Tiene los ojos clavados en mí, desafiantes—. Cuídate.

Mark se escabulle como un conejo asustado. Ni siquiera lo veo irse. Ocupo el asiento que ha dejado libre, imponente sobre la mesa.

—¿Quién era ese? —exijo.

—Un paciente —dice con frialdad—. Expaciente. Y no es asunto tuyo.

—Parecía demasiado amistoso para ser un paciente.

Me clava la mirada, con los ojos echando chispas. Echa un vistazo alrededor de la panadería. La gente nos observa. La señora Gable prácticamente se sale de su silla para escucharnos. Becky está en la trastienda con Mia, por suerte sin poder oírnos, pero la mandíbula de Hadley se tensa.

—Aquí no —sisea mientras agarra el bolso.

Se levanta con movimientos bruscos y controlados.

—Fuera. Ahora.

Se dirige hacia la puerta sin esperar a ver si la sigo. La sigo, pisándole los talones como un perro regañado.

Salimos a la acera. Brilla el sol de la mañana, pero el aire entre nosotros es gélido. Hadley se aleja unos pasos de la puerta, cerca de la pared de ladrillo del callejón, donde todos los de dentro pueden vernos a través del ventanal, pero no oírnos.

Veo cómo se giran las cabezas dentro de la panadería. Cómo empiezan los susurros.

Que hablen.

Solo me importa la mujer que tengo delante, con los brazos cruzados sobre el pecho como un escudo.

—Tienes cinco segundos —dice con voz carente de emoción—. ¿Por qué estás aquí?

—Vine a hablar —digo, apoyándome en la pared de ladrillo, intentando parecer relajado aunque me siento como si la piel me quedara pequeña—. Pero está claro que interrumpo.

—Así es —coincide—. Estaba pasando una mañana agradable.

—¿Con Mark? —digo con sorna; el nombre me sabe a vinagre—. Parecíais muy cómodos.

—Es un buen tipo. Me preguntó si podía sentarse conmigo porque la panadería estaba llena.

Me sostiene la mirada con la barbilla en alto.

—¿Por qué te molesta, Cash? Dejaste muy claro qué lugar ocupo en tu vida.

—Llevo veinticuatro horas dándole vueltas a esta pelea —espeto, acercándome a ella. Bajo la voz, pero la intensidad sigue ahí—. No he dormido. No he comido. Y entro aquí y te encuentro riéndote con un pueblerino como si no hubiera pasado nada.

—¡Contó un chiste, Cash! ¿Acaso no puedo reírme?

—Parece rápido, ¿no? —los celos me nublan el cerebro y se desbordan en un torrente tóxico—. Desde luego no tienes ningún problema para pasar página, ¿verdad? Un minuto estás en mi cama y al siguiente eres la reina de la fiesta con el siguiente de la cola.

Espero que llore. Espero que se derrumbe, que me abofetee, que me muestre el dolor que sé que le estoy causando.

Pero no lo hace.

Hadley Monroe no llora. No aquí. No donde el pueblo pueda verla. Y desde luego no donde su hija podría salir y verla derrumbarse.

En cambio, se queda inmóvil. Mortalmente inmóvil. Sus ojos se vuelven de piedra.

—¿Crees que...? ¿Crees que estoy buscando un sustituto? —su voz es un susurro bajo y peligroso. Da más miedo que si hubiera gritado—. Eres un imbécil arrogante y egocéntrico.

—Hadley...

—No. Escúchame tú a mí —me interrumpe, plantándose delante de mí.

Me clava un dedo en el pecho con fuerza—.

Estaba ahí sentada intentando olvidar que el hombre que creía amar me llamó niña mimada y me dejó tirada.

Intentaba sentirme normal durante cinco minutos porque tengo una niña pequeña ahí dentro que necesita una madre que no sea un desastre.

No tengo el lujo de derrumbarme, Cash. No tengo el lujo de desaparecer tres días a lamerme las heridas.

Tiene el rostro seco, la expresión feroz. Parece una guerrera defendiendo la última puerta.

—Y que conste —continúa, con la voz temblándole de rabia contenida— que no estoy buscando un sustituto. Porque, a diferencia de ti, yo no trato a la gente como si fuera intercambiable.

Da un paso atrás y se alisa el jersey con mano temblorosa.

—Aléjate de mí, Cash. Lo digo en serio. No vengas a la clínica. No vengas a mi casa. Solo... aléjate.

Me quedo ahí plantado, sin aliento. La adrenalina da paso a un arrepentimiento repentino y nauseabundo. Lo he vuelto a hacer. Vine a disculparme y en cambio he echado más leña al fuego.

—¿Mamá?

La vocecita llega desde la puerta de la panadería.

Los dos nos quedamos paralizados. La ira se evapora al instante, sustituida por una necesidad frenética de proteger a la niña.

Becky está en la entrada, sujetando la puerta con la cadera. Lleva un delantal manchado que le queda tres tallas grande y tiene la cara llena de harina.

Hadley se vuelve. En un abrir y cerrar de ojos, la furia desaparece de su rostro. No parece triste. No parece rota. Fuerza una sonrisa brillante, firme, dedicada por entero a su hija.

—Hola, cariño —dice Hadley con voz dulce—. ¿Ya has terminado?

Becky asiente y entonces sus ojos se posan en mí. No ve la tensión. No ve cómo nos observa todo el pueblo a través del ventanal. Solo me ve a mí.

—¡Tío Cash! —exclama con una sonrisa radiante, y sale a la acera.

Me siento como una mierda. Una mierda absoluta, de la peor calaña.

—Hola, pequeña —logro decir con voz ronca.

—Hola, tío Cash —saluda.

—¿Qué has hecho, Becky?

—No mucho —responde.

Entonces abre mucho los ojos, como si acabara de acordarse de algo importante.

—¡Casi se me olvida! Lo he hecho para ti.

Hurga en el bolsillo del delantal y saca una pulsera. La verdad es que es bonita: hilo trenzado en colores brillantes y chillones, verde neón y naranja, con algunas cuentas de plástico ensartadas. Me fijo en lo cuidada que está y pienso de inmediato que tiene ojo para las manualidades.

—Es de mi clase de manualidades —explica muy seria—. A mamá le hice una rosa, pero tú eres un vaquero. Así que te hice esta. Le puse una cuenta con un caballo. ¿La ves?

La levanta. Entrecierro los ojos. En el centro hay una pieza de plástico marrón, meticulosamente moldeada con forma de caballo encabritado.

—Yo... la veo —digo. Se me cierra la garganta—. Gracias, Becky. Es muy bonita.

—Toma. —Me coge la mano, mi mano grande, áspera y callosa que acaba de destrozar la paz de su madre, y me desliza la pulsera por la muñeca. Queda apretada, pero me entra.

—Gracias, Beck —susurro.

—¿Te gusta?

—Me encanta. Es... Es lo mejor que me han regalado nunca.

Es la verdad.

Becky sonríe, satisfecha. Luego mira a Hadley.

—Mamá, la tía Mia dice que los cupcakes ya están listos.

—Vale —dice Hadley. Se acerca y coge la mano de Becky. Me mira una última vez. Sus ojos son un muro de hielo.

—Adiós, Cash —dice.

Se da la vuelta y lleva a Becky dentro a recoger sus cosas, con la cabeza bien alta. Por la ventana, veo a Mia fulminándome con la mirada, como si quisiera afilar una baguette y apuñalarme con ella.

Me doy la vuelta y me alejo. No puedo quedarme ahí ni un segundo más. Los susurros que llegan desde la ventana me recorren la piel como si fueran insectos.

Vuelvo a la camioneta y cierro de un portazo tan fuerte que la ventanilla vibra. Agarro el volante con fuerza, la vista clavada en el salpicadero, e intento respirar.

Bajo la vista a la muñeca. El hilo de colores neón destaca contra mi piel. Un regalo de una niña cuya madre acabo de herir.

Suena el teléfono y me arranca de mi autodesprecio.

Me quedo mirándolo. No quiero contestar. Quiero tirarlo por la ventanilla y conducir hasta que se acabe la gasolina.

Pero en la pantalla aparece el nombre de Petunia. Petunia nunca llama a menos que algo vaya mal.

Contesto.

—¿Sí?

—Cash —la voz de Petunia carece de su descaro habitual. Suena grave—. ¿Dónde estás?

—En el pueblo. ¿Por qué?

—Tienes que venir al motel. O... no. Escucha. Acabo de hablar con mi contacto en el banco.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué pasa?

—Es por el contrato con Western Outfitters —dice con la voz tensa—. La cadena nacional.

—Sé quiénes son, Petunia. Son el cuarenta por ciento de nuestra distribución minorista. ¿Qué ha pasado?

—Van a retirar la línea, Cash. Con efecto inmediato.

—¿Qué? —grito, y el teléfono se me resbala de la mano sudorosa—. ¡No pueden hacer eso! ¡Tenemos un contrato!

—Han alegado «inestabilidad en la cadena de suministro» y «preocupaciones sobre la dirección de la marca».

Están invocando la cláusula de fiabilidad.

—Hace una pausa, y el silencio al otro lado de la línea pesa lo suficiente como para aplastar a un hombre—.

Cash... sin su pedido del próximo trimestre... las proyecciones son catastróficas.

—¿Cómo de mal?

—Tenemos capital operativo para treinta días. Quizá menos si los demás proveedores se asustan.

Treinta días.

El número me golpea como un tren de mercancías.

Treinta días. Exactamente el mismo plazo que tiene Hadley en su aviso de desahucio.

—Ha sido B&B, ¿verdad? —pregunto con la voz muerta—. Wes los ha presionado.

—Eso parece —confirma Petunia en voz baja—. Nos está cortando el oxígeno, Cash. Estamos con respiración asistida.

Cuelgo el teléfono.

Me quedo sentado en la cabina de la camioneta mientras los sonidos de Marigold Valley siguen a mi alrededor: coches que pasan, pájaros que cantan, gente que vive vidas que no se desmoronan.

Vuelvo a mirar la pulsera. Verde neón y naranja. La esperanza de una niña enrollada en el brazo de un hombre moribundo.

No tengo a la mujer. No tengo negocio. Tengo treinta días antes de que el imperio que construí se convierta en polvo.

Y lo peor es que no tengo a nadie más a quien culpar que a mí mismo.

Apoyo la cabeza en el reposacabezas y cierro los ojos, dejando que la oscuridad me envuelva.