Capítulo 8
Hadley
Me despierto con su sabor todavía en los labios.
La casa está en silencio, la luz del amanecer se cuela sigilosamente entre las cortinas como pálidos dedos grises, pero mi corazón retumba, golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar del recuerdo de anoche.
Me quedo ahí tumbada mirando el ventilador de techo dar vueltas perezosas, sintiendo el fantasma de su boca en la mía, cómo sus manos habían sostenido mi rostro como si fuera algo precioso que temía romper.
Y luego cómo él se derrumbó de todos modos. Cómo salió corriendo como si le hubiera apuntado con un arma en lugar de devolverle el beso.
Sé que ha pasado un tiempo desde la última vez que me besaron, una década entera incluso, pero estaba bastante segura de que no besaba tan mal como para que saliera corriendo despavorido. Entonces, ¿qué pasó?
Me toco los labios sin querer. Están hinchados, sensibles. Un recordatorio. Una marca.
Odio que me encante.
Pero me niego a quedarme aquí rememorando. Me levanto de la cama y voy a ver a Becky como ya es costumbre, y cuando asomo la cabeza por su puerta, sus suaves ronquidos se filtran por el pasillo. Con una pequeña sonrisa, vuelvo a mi cama. Pero los pensamientos resurgen en cuanto me tumbo de nuevo.
¿Qué hice mal?
Lo repaso por milésima vez: el beso, lento y profundo, diez años gestándose; cómo había gemido mi nombre como si le doliera; cómo sus brazos se habían apretado como si nunca quisiera soltarme.
Luego el teléfono. Luego nada. Solo el portazo y la tormenta tragándoselo entero.
¿Fue eso? ¿La llamada?
Mi niña había llamado —bendito Colt por haberle dado su teléfono— asustada por la tormenta, y ante ese sonido, esa vocecita confiada diciendo «mamá», él había salido disparado bajo la lluvia como si yo hubiera confesado un asesinato.
No quiere saber nada de ella.
La culpa y el dolor me golpean como un mazo.
Me doy la vuelta y hundo la cara en la almohada para amortiguar el sonido que quiere escapar de mi garganta. No es un sollozo. Algo más feo. Un lamento. El sonido que hace un animal herido cuando se da cuenta de que la trampa siempre estuvo puesta para él.
Pensé que había construido muros lo bastante altos. Diez años de mortero y acero, y «estoy bien». Una tormenta, un beso, y él los derribó como si fueran de naipes.
Y lo peor —lo que me da ganas de vomitar— es que quiero que lo haga de nuevo. Quiero que vuelva y termine lo que empezamos. Quiero que se quede.
Dios, soy patética.
Para cuando Becky entra sigilosamente en mi habitación, con el pelo alborotado y el pijama de unicornios retorcido, ya me he duchado, vestido y puesto la máscara que el mundo espera. Alegre. Capaz. Inquebrantable.
—Buenos días, cariño —la levanto en brazos, respirando su calidez somnolienta—. ¿Tienes hambre?
—¿Tortitas? —pregunta, con la esperanza brillando en esos ojos color avellana tan parecidos a los de él, que me retuercen las entrañas cada día un poco más.
—¿De arándanos?
—¡Sí!
Las hago mientras ella ve la tele. Cada vuelta de la espátula es un acto de rebeldía. ¿Veis? Estoy bien. Estamos bien. Todo es normal.
El móvil vibra en la encimera. Le doy la vuelta a la tanda que tengo en la sartén antes de girar el teléfono para ver quién es.
Petunia.
Picnic comunitario hoy en el parque del lago. Oportunidad perfecta para fotos. Trae a la niña: al público le encanta lo tierno. Cash estará allí.
Me quedo mirando el mensaje hasta que las palabras se difuminan. Debería decir que no. Debería bloquear el número y fingir que ayer nunca ocurrió.
En cambio, como si un poltergeist se hubiera apoderado de mi cuerpo, escribo:
Allí estaremos.
Porque soy una masoquista. Y porque una parte estúpida y traidora de mí necesita ver si me mirará como si todavía fuera la chica que amó. O si solo soy el error del que intenta huir otra vez.
El picnic es un caos maravilloso. Mantas extendidas como colchas de retazos, dispuestas aquí y allá mientras niños chillones se persiguen por el césped, y el humo se eleva hacia el cielo desde una docena de parrillas.
La primavera por fin ha ganado; el aire huele a césped recién cortado y carbón, y a esa efervescencia intangible que siempre he imaginado como esperanza y florecimiento.
Becky lo ve antes que yo.
—¡Rodeo Cash! —grita, y sale disparada.
Cash está junto a la zona de herraduras, hablando con Petunia, injustamente guapo con vaqueros desgastados y una camiseta blanca que resalta unos músculos tonificados que no tengo por qué estar mirando.
Se gira al oír los pasos de Becky, y la sonrisa que le ilumina el rostro es tan tierna, tan genuina, que me roba el aliento.
Se detiene justo frente a él.
—Hola, señorita Becky —dice con voz ronca, como si no la hubiera usado en todo el día—. Te juro que has crecido un palmo desde la semana pasada.
Ella se ríe, encantada.
—¡Eso no es verdad!
—Lo juro por mi sombrero —le coloca el Stetson en la cabeza. Le queda enorme, se la traga entera.
Los alcanzo justo cuando intenta asomarse por debajo del ala.
—Buenos días —digo, intentando sonar despreocupada y quedándome más bien en estrangulada.
Cash levanta la vista. Sus ojos —Dios, esos ojos— se clavan en los míos, y por un segundo el ruido se desvanece. Hay una disculpa en ellos. Y deseo. Y algo más profundo que me aterroriza nombrar.
—Buenos días —dice en voz baja.
—Dijiste que sabías muchos trucos chulos —Becky le tira de la mano—. Enséñame algo genial.
Me mira, interrogante. Asiento. Porque soy débil.
Acabamos sentados en una manta cerca de la orilla del lago. Cash saca una cuerda del bolsillo y empieza a enseñarle a Becky un nudo de as de guía.
—Fíjate bien. El conejo sale del agujero, rodea el árbol y vuelve a meterse por el agujero.
Sus manos son delicadas y guían las manitas de ella en cada movimiento. Es paciente cuando se equivoca y la elogia cuando lo hace bien.
—Eso es. Perfecto.
Becky resplandece como si él fuera el centro del universo.
No puedo respirar.
Así habría sido. Cada día. Él enseñándole cosas. Ella mirándolo como si fuera magia pura. Yo observando desde un lado, con el corazón tan lleno que duele.
Tengo que apartar la mirada.
Mia me encuentra veinte minutos después, me pasa una limonada y mira hacia donde yo miro.
—Estás mirando otra vez.
—Estoy observando.
—Estás tan embobada que da pena verte. Te juro que si le prendes fuego a la camisa con esa mirada láser, voy a disfrutar apagándolo con mis manos. Despacio.
Gimo, notando cómo el rubor me sube por la cara.
—Te odio.
—No, no me odias. Te lo juro por lo más sagrado: no tocaré a tu hombre —sonríe—. Ni aunque intentes quemarlo vivo.
Por fin aparto la mirada. Ella me da un golpecito con el hombro.
—Se le da bien con ella.
—Sí —susurro—. Mucho.
El cotilleo empieza como un zumbido lejano, como abejas a lo lejos.
Lo noto antes de oírlo: esa sensación punzante de que me observan. De que me juzgan.
Entonces las palabras llegan flotando, nítidas.
—Pobre Hadley. Es un encanto, pero es incapaz de tomar buenas decisiones en lo que a él respecta. Solo es cuestión de tiempo antes de que vuelva a hacerle daño.
Me giro. Mary Sheldon y Aimee Cooper son las culpables esta vez. Tienen las cabezas juntas, tapándose la boca con las manos, aunque eso no impide que sus palabras lleguen hasta aquí.
Se me encoge el estómago.
Cuando vuelvo a la clínica el lunes por la mañana, el daño ya está hecho.
Tres cancelaciones antes del mediodía. Y un nuevo artículo en la página de Facebook del pueblo —anónimo, por supuesto— cuestionando mi «juicio profesional» y si los pacientes pueden confiar en una terapeuta «involucrada con un delincuente conocido».
No sé quién es el cabrón que está detrás de esto, pero a estas alturas ya da igual.
Me siento en mi despacho con la puerta cerrada, mirando la foto enmarcada de Becky en el escritorio. En ella está riendo, con su sonrisa mellada y la piel bronceada, el verano antes de que la fatiga empezara a empeorar.
Pienso en Cash arrodillado en el césped, enseñándole ese nudo con paciencia infinita; en cómo me miró cuando pronunció mi nombre en medio de la tormenta; en los diez años que pasé levantando muros, y en cómo él ya ha encontrado las grietas.
El móvil vibra.
Es Cash.
Vi el artículo. Lo siento.
Me quedo mirando la pantalla hasta que las palabras se difuminan tras las lágrimas.
No es culpa tuya.
No tarda en responder. Como si estuviera ahí sentado con el móvil en las manos, esperando mi respuesta.
Siento que sí.
No quiero decirle que sí es culpa suya. Aunque una parte pequeña y mezquina de mí lo piensa. Antes de que pueda contestar, llega otro mensaje.
El picnic estuvo bien, eso sí. Becky es muy especial.
Entonces llegan las lágrimas. Silenciosas, ardientes, imparables. Porque lo es. Y sé que se me acaba el tiempo.
Esa noche, Becky se queda dormida agarrando el pequeño nudo de cuerda que él le hizo, y yo me quedo sentada en el borde de su cama mucho después de que se duerma, acariciándole el pelo y llorando en silencio.
Siempre pensé que lo peor que podía hacer era irse. Me equivocaba. Lo peor es que vuelva y me haga volver a tener esperanza.
Porque la esperanza es algo peligroso para una mujer como yo.