Marigold Valley Capítulo 9
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Capítulo 9

Cash

Petunia ya no llama a la puerta. Entra sin más con la llave de repuesto que nunca debí darle; sus tacones repiquetean sobre mi suelo de madera como disparos.

Estoy en la isla de la cocina, con un café que lleva frío al menos veinte minutos entre las manos, la vista clavada en el indicador bursátil del móvil como si fuera una sentencia de muerte. Flechas rojas por todas partes. Otro cuatro por ciento menos desde ayer.

Deja caer la tableta junto a mi taza. Le echo un vistazo y vislumbro la retahíla de correos y llamadas perdidas que reclaman su atención. Hago una mueca; ni loco querría estar en su lugar. Y entonces recuerdo mis propios problemas.

—El equipo se está dando de bruces contra un muro —dice, con la voz cortante pero teñida de agotamiento.

Está cansada, lo sé. Yo también—. La mitad del pueblo se ha cerrado en banda.

No quieren hablar ante la cámara. No nos dejan filmar en la tienda de piensos ni en el restaurante.

El viejo Peele echó al del dron de su propiedad a rastrillazo limpio.

Me paso una mano por la cara.

—Porque piensan que los estoy explotando.

—Porque piensan que eres el mismo chico arrogante que se fue y se le subieron los humos —corrige con suavidad—.

Corre el rumor de que todo esto del «héroe local» es solo un truco publicitario.

Que los vas a exprimir para conseguir simpatía, subir el precio de tus acciones y largarte de nuevo sin mirar atrás.

Me río, pero sin pizca de gracia.

—No les falta razón.

Petunia guarda silencio un momento.

—Tengo contramedidas en marcha. A finales de esta semana filtraremos material entre bastidores: niños en el picnic, tú enseñándoles trucos con nudos, ese tipo de cosas.

También intentaremos que un par de tus viejos compañeros de rodeo publiquen fotos antiguas y cuenten cómo siempre defendiste a Marigold.

Puede que suavice las cosas. Puede que no.

Asiento con la vista clavada en la superficie negra de mi café, como si tuviera respuestas.

Había visto la publicación, había soltado maldiciones mientras la leía y luego había hecho todo lo posible por consolar a Hadley.

Para lo que sirvió. Si a mí me tiraban fruta podrida, a ella le tirarían un ladrillo.

Así funcionaban los pueblos pequeños como este: los más vulnerables siempre se llevaban la peor parte.

¡Dios, cómo lo odio!

—¿Cómo le está afectando a Hadley?

Duda. Eso me dice que es grave.

—Por lo que sé, ha perdido clientela. Pacientes que cancelan a diestro y siniestro —dice al fin—.

Todo viene de los rumores de que su juicio está comprometido porque está…

involucrada contigo. Alguien está echando leña al fuego: chivatazos anónimos a los grupos de Facebook locales, comentarios estúpidos en el blog de Fanny. Es feo.

Las palabras me golpean como una coz en el pecho. Hadley. Pagando los platos rotos por mí. Otra vez.

Cierro los ojos.

—No se merece esto.

—No —dice Petunia en voz baja—. No se lo merece.

Me deja con eso. La puerta se cierra con un clic a su espalda.

El trayecto a la clínica es silencioso. Demasiado silencioso.

La radio permanece apagada. No quiero canciones sobre amores perdidos ni segundas oportunidades ni ninguna de esas gilipolleces ahora mismo.

Mientras conduzco, pienso en volver a verla.

Nuestras sesiones están más espaciadas ahora que me voy curando, son menos frecuentes.

Y como aún no he reunido el valor para decirle exactamente lo que quiero de ella, esos momentos se vuelven aún más especiales.

Una oportunidad para verla y empaparme de ella como si estuviera perdido en el desierto, muerto de sed, y ella fuera agua.

Hadley está en la sala de terapia. La luz del sol que se cuela entre las persianas se enreda en su pelo como si quisiera prenderle fuego. Parece cansada: hermosa y cansada y cerrada de una manera que me encoge el pecho.

—Buenos días —dice con voz deliberadamente neutra.

—Buenos días.

Cumplimos con el ritual: estiramientos, bandas de resistencia, sus manos sobre mi piel como si pertenecieran ahí.

Intento que sea algo ligero. Intento fingir que el beso no ocurrió.

Intento fingir que no salí huyendo como un cobarde en cuanto oí la voz de Becky al teléfono, que no he mantenido las distancias desde entonces.

Pero las palabras me queman en la punta de la lengua.

—Quieren pruebas —digo finalmente, con el brazo extendido y temblándome en una posición de aguante.

—¿Qué? —Está confundida, con el ceño fruncido como si intentara entender mis palabras—. ¿Quién quiere pruebas?

—Los inversores —escupo como si fuera una palabrota.

Deja la banda y se sienta sobre los talones, con las piernas dobladas.

—¿Para qué necesitan pruebas, Cash?

—Pruebas de que estoy «reformado». Como si fuera un chucho callejero que recogieron y que aún podría morder.

Hace una pausa.

—¿Qué tipo de pruebas?

—Más de esto —hago un gesto vago con la mano libre—. Más sonrisas para las cámaras mientras el pueblo finge que no me odia. Más… porno de redención. Amenazan con retirarse del todo si no les sirvo el cuento de hadas en bandeja.

Guarda silencio un buen rato, y luego sus dedos retoman el trabajo: presión lenta y deliberada sobre el nudo junto a mi escápula.

—Eso es… mucho —dice al fin.

—Sí —exhalo entre dientes mientras presiona—. Aunque la presión no es nada nuevo. Llevo con la bota de tu padre en el cuello desde que tuve edad para beber.

El aire cambia.

Las manos de Hadley se detienen de nuevo. Cuando levanto la vista, tiene los labios apretados en una línea tensa.

—No lo hagas —dice en voz baja.

—¿Que no haga qué?

—No lo metas en esto.

Me incorporo despacio; la banda elástica golpea la pared al soltarse.

—Ya está metido, Hadley. Lo está desde el día en que decidió que yo no era suficiente para ti. Que se pudra en el infierno, el maldito cabrón... sigue atacando, lo sé. Y esta vez usa mi propia empresa como arma.

—No hables así de él donde pueda oírte.

Sus ojos relampaguean.

—Sé cómo es. Lo que es. Pero sigue siendo mi padre, Cash.

—¡Y por su culpa lo perdí todo!

Las palabras se me escapan antes de poder frenarlas.

—Por su culpa te perdí a ti.

Hadley se encoge como si la hubiera abofeteado.

Me paso una mano por el pelo, intentando contenerme.

—Lo siento. Es que... Petunia me ha contado lo que pasa. Pacientes que cancelan. Los rumores. Todo por mi culpa.

Hadley aparta la mirada, con la mandíbula tensa.

—No es culpa tuya.

—Pues lo parece.

—No lo es —su voz apenas es un susurro. No la creo.

El silencio se extiende entre nosotros. Denso y cargado con todo lo que quiero decir pero no puedo. Todavía no.

Lo intento de nuevo, con más suavidad.

—No quería volver a arrastrarte a esto.

—No me arrastraste —dice ella—. Te dejé entrar.

Las palabras quedan suspendidas en el aire.

Trago saliva.

—¿Te... arrepientes?

Entonces me mira a los ojos, y hay tanto en ellos: dolor, deseo, miedo, un perdón que no merezco.

—No sé lo que siento —dice al fin—. Pero sé que estoy cansada de fingir que no siento nada.

El corazón me da un vuelco.

—Hadley...

—Tengo otra cita —dice de pronto, retrocediendo—. Hemos terminado por hoy.

Asiento con un nudo en la garganta.

—Sí. Vale.

Me marcho antes de estropearlo más.

El trayecto a casa es un borrón de rabia y arrepentimiento, pero también de algo que se parece peligrosamente a la esperanza.

Estoy casi llegando cuando el móvil empieza a estallar: Petunia, mi abogado, números desconocidos.

Me detengo en el arcén y contesto a Petunia al tercer tono.

—Es grave —dice antes de que pueda abrir la boca.

—¿Cómo de grave?

—Demanda preliminar presentada esta mañana. Robo, infracción de marca... de todo. Las acciones han caído un veinte por ciento y siguen desplomándose.

Se me hiela la sangre.

—¿Quién la ha presentado?

—Ahí está lo gordo —dice en voz baja—. B en la cara de Hadley cuando solté aquellas palabras horribles; en el segundo nudo de cuerda que llevo en el bolsillo, desgastado y suave de tanto frotarlo como un talismán; en el hombre que quería ser cuando me fui de este pueblo: uno que volvería tan rico, tan exitoso, que nadie podría volver a llamarme basura.

Resulta que el dinero no compra clase.

No devuelve los años que perdí. Y desde luego no me hace digno de la mujer que aún sabe a todo lo bueno que he conocido.

Sigo siendo el chico del barrio malo. Y quizás siempre lo seré. El whisky sigue cerrado.

Porque hay noches en que ni siquiera ahogarme en sus profundidades doradas parece suficiente.