Capítulo 6 #2
A Pa le tiembla la mandíbula de la tensión; casi puedo oírla.
Si hay algo que sé con certeza que odia, es la ostentación.
Y eso dice bastante de él. Si hay algo que sé sobre el orgullo, es que no obtiene satisfacción de poseer algo, sino de tener más que los demás.
Lo otro que sé con certeza es que se opone con vehemencia a cualquier signo de orgullo en otra persona.
Dos orgullosos pueden trabajar juntos, hasta que el orgullo se convierte en el oficio.
Cash gana.
Siguiente artículo: una silla de montar personalizada.
Pa abre con dos mil. Cash puja tres mil de inmediato. Pa lo sube a cuatro mil.
Y con una sonrisa pícara, Cash puja seis mil.
Seis mil dólares por una silla de montar que cuesta un par de cientos como mucho.
Me entran unas ganas inexplicables de regañar a Cash por gastar tanto solo para superar a Pa.
Pero recuerdo que probablemente tiene dinero de sobra para competir con Pa en todo.
Así que me muerdo la lengua y alargo la mano hacia mi copa.
Pa parece a punto de que le dé algo.
Cash vuelve a ganar.
Becky se ríe cada vez que Cash levanta la pala y se tapa la boca como si fuera lo más divertido que ha visto en su vida. No la culpo.
Cuando la subasta por fin termina y el espectáculo continúa, se inclina hacia mí y me susurra al oído sus impresiones sobre las concursantes del certamen, que desfilan por el escenario cubiertas de lentejuelas y subidas a unos tacones.
—Esa tiene sonrisa de reina del rodeo, pero fíjate... se va a tropezar con ese dobladillo.
Y lo hace. Becky se deshace en carcajadas contra su hombro.
Se me encoge el corazón de ternura al ver con qué facilidad consigue que ella se abra, y en cuestión de minutos están riendo como viejos amigos.
Paso el resto de la noche viéndolo moverse por la sala como si hubiera nacido para ello: estrecha manos, posa para fotos, incluso le arranca una sonrisa reacia a Buck Ramsay, el más escéptico de los escépticos, y hasta consigue una carcajada de la vieja señora Peele.
Es el Cash que recuerdo: natural, magnético, imposible de ignorar.
Petunia aparece a mi lado cerca del final, copa de champán en mano.
—Lo estás haciendo muy bien —dice en voz baja.
—Yo no estoy haciendo nada.
—Les estás dejando que lo vean. Eso lo es todo.
Me estudia como si me viera por primera vez.
—No seas dura con él, Hadley. A pesar de todo, debajo de esa chulería, y créeme, sé que tiene mucha, es buena persona. Pero cuanto más grande es el corazón, más gruesa es la coraza.
Trago saliva.
—Lo sé.
Me alejo con un dolor en el pecho que no me da tregua, y paso el resto de la noche yendo de mesa en mesa, echando una mano donde puedo. Más tarde, cuando la gente se ha ido dispersando y Becky está medio dormida en el regazo de Pa, Cash me encuentra en el pasillo vacío junto a las oficinas.
Al verme, no dice nada. Me quedo ahí de pie, sin saber de pronto qué hacer con los brazos, ni conmigo misma.
Y entonces se acerca, me toma el rostro entre sus manos grandes y me atrae hacia un abrazo que dura demasiado y no lo suficiente a la vez. Es como si estuviera dando salida a algo que llevaba tiempo acumulándose dentro de él, soltando lastre.
—Lo siento —susurra contra mi pelo—. Por irme. Por pensar que así te ahorraría algo. No podía soportar la idea de que te avergonzaras de mí, Hadley.
—No pasa nada. Eso ya quedó atrás.
Se aparta un poco para mirarme a los ojos.
—No robé nada.
—Lo sé. Siempre lo he sabido.
—Fui un idiota.
Me atrae de nuevo hacia él. No puedo evitar preguntarme qué le habrá pasado. Hasta ahora se había mostrado distante. Esto es toda una sorpresa, por no decir otra cosa.
Pero no digo nada. Cierro los ojos y lo aspiro: jabón, un toque de whisky y algo que es simplemente él.
—Te perdoné hace mucho —le susurro.
Resopla.
—Venga ya.
—Lo digo en serio.
Me aparto lo justo para mirarlo.
—Entonces no entendía lo que se siente cuando todo lo que has construido se ve amenazado por culpa de a quién quieres. Ahora sí lo entiendo.
Su mirada se ensombrece.
—¿Qué me estás ocultando?
Vacilo.
—Es solo... la clínica. Es complicado.
—Tengo tiempo.
—Pa me ha amenazado. Va a rescindir el contrato de alquiler y quedarse con el edificio. Me echa.
Su mirada se vuelve intensa, llena de preocupación.
—¿Es por mi culpa? —pregunta—. Me busco otro sitio ahora mismo, Hadley.
—No. No es por eso.
—¿Entonces qué es?
—Prefiero no hablar de eso ahora.
Me escudriña el rostro y luego asiente despacio.
—Cuando estés preparada.
Vuelve a abrazarme, más fuerte esta vez, y por un instante me permito creer que podríamos arreglar esto. Todo. Aprieto los ojos con fuerza.
A la mañana siguiente, Pa me está esperando en la clínica cuando abro.
No entra. Se queda en el porche, con las manos en los bolsillos y una expresión más sombría que nunca.
—Sé que anoche te escabulliste un rato con Reynolds —dice en voz baja.
Me preparo para lo peor.
—Como no me has dado nada, eso significa que ya has elegido.
Se lleva la mano al ala del sombrero, casi con ternura.
—Buena suerte, cariño.
Se aleja, y me quedo ahí plantada viendo cómo el único padre que he conocido me declara la guerra, preguntándome cómo hemos llegado a esto.
Hay algo en el porche, apoyado contra la pared; no lo había visto porque él lo tapaba.
Me agacho y recojo el sobre con manos temblorosas.
Thomas Monroe, Abogado.
Dentro hay documentos legales con una oferta de compra. La compra de mi clínica. La escritura del arrendamiento del terreno viene adjunta, como la soga al cuello que es.
Mi clínica.
Cierro los ojos y el papel se arruga en mi puño mientras la desesperación me invade.
Me pregunto cómo demonios voy a sobrevivir a esto.