Marigold Valley Capítulo 6
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Capítulo 6

Hadley

Si hay algo capaz de hacerme olvidar todo aquello en lo que no quiero pensar, es el trabajo. Trabajo agotador y mecánico.

Mia y yo madrugamos para estar en la cocina de su panadería al amanecer, trabajando como una cadena de montaje de dos, cual elfos en víspera de Navidad.

Nubes de harina flotan en el aire y el azúcar se nos pega a los antebrazos, pero los hornos no paran de pitar.

Seis bizcochos de plancha (tres de chocolate, tres de limón con frutos del bosque), cuatrocientas mini quiches, trescientas empanadillas de mora, doscientas tartaletas de fresa y una montaña de fresas bañadas en chocolate.

Es un pedido descomunal, pero apretamos los dientes y nos lanzamos a la tarea.

Entre tanda y tanda de masa, mientras estiramos el tercer lote, Mia se limpia la frente con el dorso de la muñeca y me mira.

—Estás muy callada hoy.

—Estoy concentrada.

—Estás dándole vueltas a algo. No es lo mismo.

Golpeo con el rodillo un poco más fuerte de lo necesario.

—Esta noche voy a estar en medio de mi padre y del hombre que desapareció de mi vida durante diez años, con todo el pueblo mirando. Perdona si no estoy dando saltos de alegría.

Resopla mientras mete otra bandeja en el horno.

—Al menos Cash está imponente en esmoquin. Vi un par de fotos. Madre mía, mujer. Ese hombre luce la ropa de etiqueta como si la hubieran inventado para él.

—Para el carro, anda.

—Solo digo.

Suelto un gemido.

—No me lo recuerdes.

—Demasiado tarde. Ya me he guardado el GIF de él ajustándose los gemelos. Es mi nuevo fondo de pantalla.

—Eres la peor mejor amiga de la historia.

—Yo también te quiero.

Con un resoplido y negando con la cabeza, vuelvo al trabajo.

A las tres en punto, todo está empaquetado, cargado y entregado en el centro cívico. Estoy cubierta de azúcar glas y huelo a esencia de vainilla, pero la parte difícil ya está hecha.

Ahora viene la parte imposible.

Conduzco hasta el rancho de Pa para recoger a Becky. Pasó la noche allí para que yo pudiera hornear sin su «ayuda». La última vez que ayudó, acabamos con un bizcocho que parecía la escena de un crimen.

El largo camino de grava todavía me oprime el pecho. Tengo demasiados recuerdos de correr descalza entre los aspersores, de aprender a conducir con marchas en el viejo Ford de Pa, de escaparme para encontrarme con Cash bajo ese mismo arce que ahora es el doble de grande.

Pa me recibe en el porche. Becky está justo a su lado, con su vestido morado de lentejuelas y el pelo recogido en unas trenzas perfectas que yo no le hice, abrazando el caballo de peluche que él le regaló en Navidad.

La observo un momento, convencida de que Pa fue quien le hizo las trenzas. Aunque no puedo demostrarlo.

—Ahí estás —dice. Es el único saludo que recibo.

Becky sonríe y extiende los brazos hacia mí. La cojo en brazos y hundo la cara en sus rizos un segundo más de lo necesario.

—Gracias por quedarte con ella —le digo.

—Cuando quieras. Ya lo sabes.

Sus ojos están clavados en los míos.

—¿Damos un paseo?

Sé lo que viene. Aun así, lo sigo.

Acabamos en su estudio, la misma habitación revestida de madera oscura donde solía dejarme sentarme en su regazo y «ayudar» con las cuentas del rancho cuando era pequeña. Ahora es distinto; parece más un tribunal que otra cosa.

Cierra la puerta con cuidado.

—¿Has pensado más en lo que te pedí?

Cruzo los brazos.

—Sí, lo he pensado. Y mi respuesta sigue siendo la misma.

Aprieta la mandíbula.

—Hadley, eres mi hija. Y tienes una responsabilidad conmigo. Soy tu padre, tu sangre.

—Las hijas no espían a los pacientes porque a sus padres les dé una rabieta —digo en voz baja—. Tú me enseñaste a hacer lo correcto, Pa. Incluso cuando cuesta. Espiar sería lo fácil. Pero no sería lo correcto. Esto que hago es lo correcto.

Me observa durante un largo momento; algo parecido al orgullo asoma tras la frustración. Quiero que lo diga de una vez. Que me diga que está orgulloso de mí. Pero no lo hace. No desde aquel día.

—Siempre fuiste terca —dice al fin—. Igual que tu madre.

—No estamos hablando de eso, Pa.

Suspira y se frota la nuca.

—He sido paciente. Te dejé construir esa clínica en mis tierras, pagué los impuestos, me callé cuando medio pueblo decía que estabas tirando tu vida por la borda. Pero no pienso quedarme mirando mientras cometes el mismo error dos veces.

—No te corresponde a ti evitarlo.

—Sí me corresponde cuando es mi sangre la que sufre.

Su voz se quiebra, apenas una grieta, pero la percibo.

—Perdí a tu madre por su maldito orgullo. No pienso perderte a ti por el de él.

Las palabras se quedan ahí, suspendidas en el aire entre nosotros. Me desconciertan. No sé qué quiere decir. Nunca me lo contará. Y estoy cansada de preguntar.

Trago saliva.

—No soy ella. Y Cash no es el demonio que te has empeñado en ver.

Thomas me mira largamente. Luego asiente una sola vez, como un juez dictando sentencia.

—Soy el dueño de la tierra, y prácticamente también del edificio.

—No de todo.

—De lo suficiente. Lo suficiente para recuperarlo todo cuando inevitablemente empiecen los problemas, uno detrás de otro, que seguro que vendrán.

—No voy a tener esos problemas, Pa.

—Ya los tienes. Te enviaré los papeles de compra. Si rechazas esta oferta tan generosa, iremos a juicio cuando rescinda tu contrato de arrendamiento.

Así de simple.

Salgo sin decir otra palabra. Becky está esperando junto a la camioneta, balanceando las piernas desde la compuerta trasera.

—¿Todo bien, mamá?

Fuerzo la sonrisa que he perfeccionado a lo largo de años reparando huesos rotos mientras intentaba arreglar un corazón roto.

—Todo perfecto, cariño.

Prepararme esa tarde es ponerme una armadura.

Me rizo el pelo en ondas sueltas que rozan los hombros desnudos, me pinto los labios de un tono rojo rubí y me enfundo el vestido esmeralda que acentúa cada curva. Becky observa desde mi cama, balanceando las piernas, con los ojos muy abiertos.

—Pareces una estrella de cine.

—Y tú pareces una princesa.

Sonríe radiante. Esa sonrisa enciende mi mundo.

Llegamos al centro comunitario a las seis y media.

El aparcamiento ya está lleno: camionetas y todoterrenos alineados como si fuera la feria del condado.

Dentro, es mágico: guirnaldas de luces que cuelgan de las vigas, manteles blancos, el murmullo bajo de conversaciones y el tintineo de copas.

El logo del rancho de Pa está por todas partes: pancartas, programas, incluso servilletas con su marca.

Por supuesto, tiene que asegurarse de que todos sepan que es él quien lo patrocina. La sutileza no es precisamente el fuerte de Thomas Monroe.

Petunia me encuentra enseguida y me da dos besos al aire en las mejillas.

—Estás letal. Estados Unidos va a perder la cabeza.

—No hago esto por Estados Unidos.

Sonríe.

—Aún mejor.

Sus ojos se fijan en alguien detrás de mí. Me doy la vuelta. Entonces lo veo.

Cash Reynolds en esmoquin debería ser ilegal.

La chaqueta negra se tensa sobre unos hombros que, imposiblemente, solo se han vuelto más anchos; la camisa blanca impecable hace que su piel parezca aún más bronceada.

La pajarita de alguna manera enfatiza la columna de su cuello, ciñéndose a su grosor.

Lleva el pelo peinado lo justo para parecer deliberado, y está bien afeitado, con una mandíbula lo suficientemente afilada como para cortar cristal.

Parece recién salido de una valla publicitaria en Manhattan, nada que ver con alguien de Marigold Valley.

Me ve, se detiene, esos ojos color avellana se abren deliciosamente, y olvido cómo respirar.

La preentrevista es una tortura a golpe de titulares.

El entrevistador pregunta sobre el «viaje de sanación», y Cash responde como si hubiera nacido para estar frente a una cámara.

—La señorita Monroe ha sido increíble —dice con voz grave y cálida, sin apartar esos ojos penetrantes de los míos—. Tiene manos muy suaves. Sabe exactamente dónde me duele... y cómo hacer que se sienta bien.

El calor me inunda el rostro.

El entrevistador sonríe como un tiburón.

—Parece que hay mucha confianza ahí.

—Oh, hay confianza —murmura Cash—. Hace que vuelva a por más cada día. No puedo mantenerme alejado.

Quiero morirme. O matarlo. O subirme a él como si fuera un árbol. O las tres cosas.

Logro mantener la voz firme durante el resto, pero el pulso me late tan fuerte que estoy segura de que el micrófono lo capta.

Empieza el espectáculo.

Me abro paso hacia la mesa, donde Becky ya está sentada junto a Pa. Él me lanza una mirada de suficiencia y reproche que casi me hace enseñar los dientes y gruñirle al hombre que se supone que es mi padre, pero que ha decidido ir cada vez más contra mí.

Respiro hondo.

Señor, dame fuerzas.

Pa se inclina hacia mí.

—Bonito vestido.

No sé qué quiere decir con eso, así que me limito a asentir con una sonrisa.

—Gracias, Pa.

Cash, que llega «elegantemente» tarde a pesar de llevar en el edificio desde la entrevista, se deja caer en su asiento con una sonrisa perezosa que no le llega a los ojos cuando mira a Pa.

—Hola, señorita Becky —dice, y omite deliberadamente saludar a Pa para dirigir toda la fuerza de su encanto hacia mi hija—. Estás muy guapa.

Sonríe radiante y se le marcan los hoyuelos.

—Tú también. Pareces James Bond.

—Es la primera vez que me lo dicen.

Se ríe, y el sonido me golpea en lo más hondo del vientre.

La subasta comienza, y con ella, la guerra.

Pa puja quinientos por el viaje guiado de pesca con mosca. Cash lo sube a setecientos cincuenta con un movimiento perezoso de la pala. Pa va a mil. Cash contraataca con mil quinientos, sin que su sonrisa vacile ni un instante.