Marigold Valley Capítulo 5
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Capítulo 5

Cash

El sol se desangra lentamente por el cielo en tonos dorados amoratados y rosas polvorientos.

La luz del atardecer se filtra por las ventanas mugrientas de The Spur y se derrama sobre el suelo de madera marcado.

El lugar está medio lleno: lugareños apurando cervezas después de un largo día, y un par de forasteros con botas limpias que intentan aparentar que encajan.

Me parece reconocer a un par del equipo de cámaras, pero no me molesto en comprobarlo, centrado solo en lo que tengo delante.

La máquina de discos escupe una vieja canción de George Strait sobre amores perdidos y malas decisiones, y una parte de mí quiere pedirle al camarero que apague el maldito trasto.

Pero tendría que levantarme. Así que paso.

En lugar de eso, respiro hondo, y luego una bocanada corta para llenar los pulmones al máximo.

Un médico, o psicólogo —no recuerdo bien cuál—, me dijo una vez que era una forma infalible de poner la mente y el cuerpo bajo control.

Pero lo único que consigue ahora es llenarme la nariz con el olor a cebollas fritas, cerveza rancia y el fantasma tenue del humo de cigarrillo que se aferra a las vigas, aunque el cartel de fuera dice que lleva tres años prohibido.

—Eres un hombre muy guapo. ¿Te lo habían dicho antes?

Lo peor de estar un poco borracho es que ni siquiera sabes que lo estás.

Verás, cuando un hombre —o mujer, que no soy nada sexista— está completamente sobrio, lo sabe, y si se parece en algo a mí, pasa buena parte de ese tiempo deseando no estarlo.

Por otro lado, cuando alguien está borracho como una cuba, también es muy consciente de ello, y se asegura de que todos los que estén al alcance del oído lo sepan, junto con cada pensamiento sin filtrar y descabellado que le ronda por la cabeza.

Como esta mujer a mi lado, que ahora mismo desliza sus uñas lacadas arriba y abajo por mi antebrazo como si rasgueara una guitarra.

Tiene treinta y tantos, rubia de bote con las raíces oscuras a la vista, y luce un escote que es...

impresionante, por decirlo suavemente. También está borracha perdida y me ha dicho ya cinco veces que debería llevarla a mi habitación de motel y «dejarla montarme como a un semental premiado en la feria del condado».

Aunque no estuviera borracha hasta las trancas, sería un no rotundo.

Uno, porque el brillo maníaco y calculador en sus ojos azul bebé grita que sabe exactamente quién soy y lo abultada que está mi cuenta bancaria.

Dos, porque no puedo dejar de pensar en esa maldita foto en la estantería de Hadley.

Y tres, porque estoy en esa línea perfecta y estúpida entre sobrio y achispado, donde cada idea parece brillante, cada vieja herida duele como si fuera nueva, y la confianza se infla como un globo.

—No —digo, apartando el brazo de su alcance por cuarta vez—. Nunca me lo habían dicho.

Hace un puchero, frunciendo los labios brillantes.

—Pues lo eres. Guapo y melancólico. Como James Dean. El tipo de hombre del que las madres previenen a sus hijas.

Doy un largo trago a mi margarita —nada de cerveza esta noche—.

El borde de sal me pica en los labios, donde llevo horas mordiéndomelos.

La lima es ácida y agria a la vez, me araña el fondo de la garganta mientras el tequila me quema el pecho y me calienta por dentro.

Es la tercera. El hielo está casi derretido, la pajita gorgotea en el fondo cuando sorbo, pero el colocón que me da es justo el adecuado: suaviza los bordes del mundo, hace que mis pensamientos suenen aún más alto, e inclina el mundo sobre su eje solo un poco.

Guapo. Dios santo.

Sin querer, mis pensamientos vuelven a la foto que vi antes en la oficina.

Hadley con un sombrero de sol descolorido, abrazando a una niña pequeña con rizos color fresa y ojos avellana que me dieron un puñetazo en el pecho.

Soy malo con los niños, no distingo uno de otro, así que puede que me equivoque en un par de años, pero estaba claro que no era mía.

No podía tener más de cuatro, quizá cinco.

Delicada como un pajarillo, todo ojos grandes y pecas.

Diez putos años.

Me fui. Elegí irme. Hice una bolsa al amanecer, me subí a mi Chevy destartalado y salí de Marigold Valley sin mirar atrás porque Thomas Monroe me lo había dejado muy claro: yo era basura, siempre lo sería, y si no desaparecía, se aseguraría de que todo el mundo creyera que también era un ladrón, y me metería en la cárcel de propina.

Entonces, ¿por qué la idea de Hadley con otro —otro hombre tocándola, besándola, dejándola embarazada— me quema las venas como ácido?

Inclino el vaso hacia atrás para apurar lo último del tequila, la sal y la lima, que me raspa la garganta en carne viva.

La rubia —Peaches, dijo que se llamaba, y prefiero creer que es un nombre artístico o una trágica decisión de sus padres— sigue hablando, las palabras chapoteándole unas con otras.

—... y entonces le dije: cariño, si no puedes conmigo en mi peor momento...

—... seguro que no me mereces en el mejor —termino la frase por ella, dejando el vaso con más fuerza de la necesaria. El camarero mira hacia aquí, pero lo ahuyento con un gesto.

Peaches parpadea, despacio.

—¡Exacto! ¿Ves? Tú sí me entiendes.

Ya no entiendo nada. Yo fui quien huyó. No tengo derecho a estar celoso.

Pero lo estoy.

Celoso como el demonio. Y cabreado también.

Cabreado con ella por pasar página tan completamente que tuvo una hija con otro tío.

Cabreado conmigo mismo por importarme tanto después de diez años diciéndome que no me importaba.

Cabreado con Thomas por todo —por mirarme a mis dieciocho años como si fuera algo que se había raspado de la bota en cuanto me atreví a querer a su hija.

Thomas.

El nombre me sabe rancio en la lengua.

Suelto una risa amarga en el vaso vacío, tan agria que podría cuajar el aire. Peaches se inclina hacia mí, y su perfume empalagoso —algo barato y floral— me revuelve el estómago.

—¿De qué te ríes, guapo?

—Nada —murmuro—. Pensaba en el hombre que me arruinó la vida.

Ladea la cabeza, el pelo rubio cayéndole sobre un hombro.

—Eso es... un poco oscuro.

Bienvenida a mi cabeza, cariño.

Thomas Monroe solía revolverme el pelo cuando tenía doce años y me caía de caballos a medio domar una y otra vez; me decía que tenía buenas manos, que llegaría a ser alguien algún día si agachaba la cabeza y trabajaba duro; me trataba como al hijo que nunca tuvo, me enseñó a leer las orejas de un caballo, a empalmar una cuerda.

Hasta que empecé a mirar a Hadley como si fuera la única estrella en mi cielo. Entonces, pasé a ser solo el empleado. Escoria blanca con ínfulas de grandeza.

No lo culpo por odiarme. En realidad, no.

Al fin y al cabo, yo venía del barrio pobre, criado en una caravana con un padre que acabó bebiendo más de lo que trabajaba y una madre que se largó antes de que su rostro pudiera grabarse en mi memoria.

Mejor así. Thomas quería Princeton para su princesa, no a una rata de rodeo con agujeros en los vaqueros.

Pero lo que no puedo perdonar, lo que jamás perdonaré, es cómo me destruyó para quitarme de en medio: falsificó los libros del rancho, plantó pruebas, me llamó ladrón delante de todo el maldito condado.

Me tachó de cuatrero que vendía el ganado de los Monroe al mejor postor.

Dejó que el sheriff me arrastrara a comisaría como si fuera una alimaña.

Tenía veintidós años. No tenía nada. Él lo tenía todo.

Y lo usó.

El recuerdo me agria el tequila en el estómago. Hago una señal pidiendo otra copa, pero el camarero ya está sirviendo; supongo que conoce a los de mi tipo. Vaquero roto ahogando fantasmas en botellas. Pero los fantasmas, al parecer, siempre acaban saliendo a la superficie.

Y eso me devuelve al mensaje de antes. Esa captura de pantalla del «libro mayor» con mi nombre garabateado en los márgenes como una sentencia de muerte, junto al ganado desaparecido.

El mensaje usaba la palabra «Chico». No era un apelativo cariñoso. Si acaso, era una burla. Monroe nunca habría dicho «Chico»; me habría llamado «Muchacho» con ese tono despectivo que siempre me saca de quicio.

Solo un hombre me llamaba «chico». Wesley Baxter. Mi antiguo mentor. El hombre que me enseñó todo lo que sé.

¿Coincidencia? Ni de coña.

Alguien está revolviendo la mierda, intentando asustarme. Que mire constantemente por encima del hombro. Que me acojone.

No me conocen nada bien.

Me bebo el margarita de tres tragos; el frío me aterriza. La habitación se inclina agradablemente, mis pensamientos se afilan hasta volverse peligrosos.

Se acabó el acojonarme.

—¿Adónde vas, cariño? —Peaches intenta agarrarme de la manga mientras me levanto y cojo el sombrero de la barra.

—A un sitio donde no querrías estar, Peaches.

Hace un puchero.

—¿Seguro? Doy muy buenas…

—Noches.

El aire de la noche me golpea como una bofetada. El sol casi ha desaparecido, apenas una línea amoratada en el horizonte. Mi camioneta está aparcada en diagonal bajo una farola parpadeante, y de pronto noto las llaves pesadas en el bolsillo.

Rancho Monroe.

No he vuelto desde el día en que Thomas me echó a punta de amenazas y con una escopeta sobre las rodillas.

¿Pero esta noche? Esta noche llevo coraje líquido en las venas y diez años de rabia haciéndome compañía.

Esta noche voy a encontrar pruebas; algo que limpie mi nombre y demuestre a todos en este pueblo que no soy un ladrón. Que nunca lo he sido.

¿Una estupidez? Total.

Pero toda decisión es estúpida hasta que resulta genial.

El trayecto es pura memoria muscular; podría recorrer estos caminos secundarios con los ojos vendados.

Llevo las ventanillas bajadas y el viento entra a ráfagas en la cabina, arrastrando el olor del bar.

La cerca blanca del rancho aparece al final de un largo camino de grava, brillando tenuemente en el crepúsculo.

Las luces de la casa grande titilan en lo alto de la colina como burlándose de mí.