Capítulo 95
Lo que queda
El tiempo que sigue a los grandes casos tiene una textura particular: no es el silencio porque el trabajo sigue, sino un ritmo diferente, más sostenido, menos agudo.
Es el tiempo en que los expedientes se convierten en archivos, los archivos en precedentes, los precedentes en parte del conocimiento institucional que hace que el siguiente caso empiece desde un punto más adelantado que el anterior.
Elena pasó el invierno del tercer año redactando el informe final de la investigación conjunta: doscientas páginas que documentaban la estructura completa del corredor, las conexiones entre sus distintos componentes, las lecciones aprendidas sobre los métodos de investigación que habían funcionado y los que no.
Era un documento que no tendría lectores masivos. Lo leerían los jueces de instrucción, los fiscales especializados, los analistas de Europol, los responsables de los protocolos de cooperación internacional.
Era para ellos para quien lo escribió. Era la transmisión de lo aprendido hacia los que vendrían después.
En marzo, Ferreiro fue a Madrid por primera vez sin razón de trabajo. Llegó un viernes y se fue el domingo. Elena y Mateo le mostraron el barrio de Lavapiés, que el subinspector evaluó con la misma mirada que lo evaluaba todo: atenta, discreta, sin comentarios innecesarios.
—¿A qué sabe Madrid? —le preguntó Mateo esa noche en el restaurante.
Ferreiro pensó durante un momento.
—A muchas cosas a la vez —dijo. —Como los casos complicados.
Era la respuesta de Ferreiro: inesperada y exacta.
En abril, Elena viajó a Dakar. No por trabajo: Aïssatou Diallo, la mujer de Senegal rescatada del almacén de Algeciras, había vuelto a visitar a su familia y le había mandado un mensaje invitando a Elena a que fuera si alguna vez iba por allí.
No era un destino habitual para Elena Vargas. Pero había una semana de vacaciones pendiente desde hacía dos años y Mateo tenía amigos en la ciudad.
Fueron juntos. Era la primera vez que viajaban juntos a ningún sitio que no tuviera relación con el trabajo.
Dakar tenía colores que Elena no esperaba: el azul del Atlántico que desde aquí se veía diferente al de A Coruña, el naranja de la tierra, el blanco y el verde de los edificios. Tenía ruido y calor y una energía que no se parecía a nada que ella hubiera conocido en España o Portugal o Marruecos.
Aïssatou los encontró en el barrio de Ouakam. Estaba con su madre, una mujer de sesenta y tantos años con la dignidad tranquila de quien ha criado a los suyos con lo que había.
—Gracias —le dijo la madre de Aïssatou a Elena, en un francés que tenía el acento del wolof debajo.
Elena no pudo responder de inmediato. Cuando lo hizo, fue en el único francés que tenía:
—Elle est forte. C'est elle qui s'est sauvée.
Era verdad. Aïssatou se había salvado a sí misma. Lo que Elena había hecho era limpiar el camino para que eso fuera posible.
Era la distinción que importaba.