Capítulo 94
El juicio final
El juicio de la investigación conjunta comenzó en octubre del tercer año. No era el final de todos los procesos: algunos seguirían durante años en apelaciones y recursos. Pero era el principio del final de la fase principal.
Había diecisiete acusados. Los casos que llegaron a juicio oral incluían los nodos principales de ambos corridos: Alaoui en representación del lado marroquí, con la complicación de que el proceso tenía que coordinarse entre jurisdicciones; Figueiredo por el lado portugués; los restos de la organización de Larrea en España; y las personas identificadas en el corredor de trata que no habían llegado a acuerdo con el fiscal.
Elena declaró durante tres días. Era la testigo experta con más expediente acumulado del proceso, la que había estado en más puntos del corredor y que había construido el cuadro más completo de cómo funcionaba la estructura.
Declaró con la misma economía de siempre: hechos, fechas, conexiones. Sin adornos, sin dramatismo, con la precisión que la había caracterizado desde el primer interrogatorio en A Coruña.
El fiscal la interrumpió en una ocasión para preguntarle algo que no estaba en el guion habitual de las declaraciones:
—¿Cuándo empezó a entender que esto era una sola organización?
Elena lo pensó durante un segundo real.
—Cuando la comunicación entre Alaoui y Figueiredo apareció en el expediente —dijo. —Antes de eso, teníamos piezas. Después de eso, teníamos el cuadro completo.
—¿Y qué cambia tener el cuadro completo?
—Que puedes ver lo que falta —dijo Elena.
El presidente del tribunal la miró con una atención que iba más allá de la atención judicial.
Los veredictos llegaron tres meses después del inicio del juicio oral.
Alaoui: culpable. Doce años. Figueiredo: culpable, sentencia coordinada con Portugal. Los restos de la organización de Larrea: varios veredictos de culpabilidad con condenas entre tres y ocho años.
En el apartamento de Lavapiés, la noche de los veredictos, Elena leyó el resumen que el fiscal le mandó por correo. Lo leyó dos veces. Luego fue a la ventana.
Madrid de noche. El mismo Madrid de siempre.
Mateo estaba leyendo en el sofá.
—¿Bien? —preguntó sin levantar la vista.
—Los veredictos. Sí.
—¿Cómo te sientes?
Era la tercera vez que alguien le hacía esa pregunta en esta historia. La primera había sido Ferreiro, la primera noche en A Coruña. La segunda había sido Mateo en la playa de Malpica.
Esta vez la respuesta fue diferente.
—Bien —dijo. —Me siento bien.
Era la respuesta más simple. Era también la más precisa.
Cerró la ventana. Fue al sofá.
El caso no había terminado del todo. Nunca terminaban del todo.
Pero la parte que más había pesado había encontrado, finalmente, su lugar.