Capítulo 93
El nudo final
La prueba que conectaba definitivamente los dos corridos, el de personas y el de armas, llegó en junio del tercer año a través del expediente de comunicaciones de Alaoui, que la DVT marroquí había procesado con la lentitud de quien tiene muchos expedientes y no siempre puede priorizarlos.
En las comunicaciones de Alaoui había una conversación, de hacía catorce meses, con un número que resultó ser de Figueiredo, el socio portugués de Larrea en el caso de tráfico de armas de Bilbao-Oporto.
En esa conversación, que era críptica pero suficientemente clara para los analistas que la procesaron con el contexto de lo que sabían, Alaoui y Figueiredo coordinaban el uso compartido de infraestructura logística: los mismos almacenes, las mismas rutas de transporte, los mismos contactos en los puertos.
Una infraestructura compartida. El crimen organizado siendo eficiente.
Era la prueba del nudo que unía los dos corridos. No perfecta, no incontrovertible por sí sola. Pero combinada con todo lo demás que tenían, era suficiente para que el juez de instrucción ampliara los cargos en el expediente conjunto.
Elena presentó el informe ante el juez en una reunión de dos horas.
El juez lo escuchó, leyó el documento, hizo preguntas precisas.
Al final dijo: —Procedan con los nuevos cargos.
Era la frase más corta con el mayor peso de todo el proceso.
Esa tarde, Elena llamó a cada uno de los que habían contribuido a llegar hasta ese punto. Ferreiro. Salinas. Rojas. Espinosa. Carvalho. Benali. Soto. Lola Fuentes. Cuevas. Heredia. Ramiro.
No era un discurso. Era una llamada breve a cada uno: 'Hemos dado el paso siguiente. Gracias.'
Todos respondieron a su manera. Ferreiro con su austeridad habitual. Salinas con una satisfacción directa. Rojas con una pregunta sobre el siguiente paso. Carvalho con palabras en portugués que Elena no captó del todo pero entendió.
Benali dijo: 'Inshallah, seguimos hasta el final.'
Era la declaración correcta.
Cuando colgó la última llamada, Mateo llegó del trabajo. Llevaba tres semanas en Madrid, en el piso de la calle Olivar, y todavía tenía ese aspecto de alguien que está instalando su vida en un lugar nuevo y no ha terminado de colocar todas las cajas.
Entró en el apartamento con dos bolsas de la compra y una pregunta:
—¿Ha ido bien?
—Sí —dijo Elena.
—¿Cenamos en casa o salimos?
Era la clase de pregunta que el trabajo siempre interrumpía antes de que pudiera hacerse.
—En casa —dijo Elena.
Era la respuesta correcta para esa noche.
Mientras Mateo cocinaba, Elena abrió el cuaderno y escribió una sola línea en la última página del tercero que había llenado en este caso:
'El nudo está atado. El trabajo sigue.'
Lo cerró.
Fue a la cocina.