Mareas de Sangre Capítulo 92
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Capítulo 92

Mateo se queda

En febrero del tercer año, Mateo Iglesias solicitó el traslado de su plaza de médico forense de Santiago de Compostela a Madrid. Era una decisión burocráticamente complicada que requirió meses de gestión. Se resolvió a su favor en abril.

Cuando Elena lo supo, fue ella quien lo llamó.

—¿Cuándo llegas?

—El primero de mayo.

Era una fecha que tenía algo de simbólico, aunque ninguno de los dos lo mencionara.

—¿Necesitas ayuda con el piso?

—Tengo un piso en Lavapies.

Elena miró por la ventana de su apartamento, que también estaba en Lavapiés.

—¿A qué calle?

—Olivar, cuarenta y dos.

Olivar. A cuatro minutos de donde estaba ella.

No lo había planeado. O quizás sí lo había planeado de esa manera que tienen las decisiones que parecen no serlo.

—Bienvenido al barrio —dijo Elena.

Colgó y fue a preparar café. El apartamento de Lavapiés tenía esa tarde de abril una luz particular, del tipo que entra solo cuando el sol está en el ángulo exacto entre los edificios de la calle.

Era la misma luz que había tenido la mañana que preparó la maleta para irse a A Coruña, hacía ya más de dos años.

Mucho había pasado entre esa mañana y esta tarde.

El trabajo seguía. Los expedientes seguían. La investigación conjunta avanzaba. El corredor existía pero era más difícil de operar que antes.

Y en el apartamento de Lavapiés, con el café en la mano y la luz de abril en la ventana, Elena Vargas pensó que hay cosas que el trabajo no puede darte y que eso no es una crítica al trabajo sino simplemente la descripción de lo que el trabajo es y de lo que no es.

El trabajo era necesario. Lo que Mateo Iglesias representaba también era necesario.

Era posible tener las dos cosas. No siempre perfectamente. No sin costes. Pero sí.

Terminó el café. Abrió el portátil. Había un correo de Ferreiro con actualizaciones del expediente de Arias, el agente de A Coruña que había bloqueado denuncias.

Había un correo de Rojas con el último informe del sistema de acogida de Algeciras.

Había un correo de Benali sobre el seguimiento del caso Alaoui en Marruecos.

Los leyó todos.

Luego cerró el portátil y fue a la ventana.

Lavapiés en abril. El barrio que era su territorio desde hacía doce años, que seguía siendo el mismo y seguía siendo diferente, como todo lo que se conoce durante suficiente tiempo.

Era casa.

Era, también, el punto desde donde el trabajo se extendía a todos los demás puntos del mapa.

Era suficiente con que las dos cosas coexistieran.